viernes, 10 de abril de 2009

Vida muerta

Había cuatro palabras que no se podían nombrar y cinco que sólo se podían recordar, pero las demás se podían utilizar siempre que se quisiera, tantas veces como las soñáramos o incluso pretendiéramos soñar. Llevaba quince años (¿o eran veinte?) encerrado en el mismo cuartucho infausto, sólo amueblado con un catre, un retrete y una mesa donde reposaba la máquina de escribir, lettera 96, que tanto me extrañó encontrar cuando me arrojaron sin miramientos sobre las baldosas desgastadas del calabozo. Desde entonces todo había sido el mismo día continuo sólo interrumpido por mis necesidades fisiológicas y por la conclusión de cada uno de los textos de 4350 caracteres que desde el primer día me obligaron a redactar.

Nunca me dieron instrucciones claras, simplemente me ordenaron escribir si quería comer, luego a base de golpes intuí lo que hacía mal y más tarde, cuando ya parecía hacerlo bien, uno de mis carceleros me anunció desde el ventanuco de la celda que la próxima vez que no lo hiciera suficientemente bien me cortarían la cabeza. Lo dijo con tanta naturalidad que un frío estropajoso se me introdujo en el bajo estómago. Supe que estaba muerto, que nunca podría salir de este oscuro agujero con vida, entre otras cosas porque ya no tenía vida ni sentimientos ni nada que se le pareciera.

Sólo tenía palabras que no eran mías, palabras malditas dictadas por el miedo y la urgencia de ponerlas en fila para que hablaran de lo que otros querían que hablasen, para que dijeran lo que ellos esperaban sin saber nunca, ni ellos siquiera, lo que esperaban. Ellos querían que construyera la realidad. Con cada palabra, con cada letra, con cada chasquido de cada tecla hasta sumar las 4350 veces que mis dedos pulsaban el mecanismo para crear un mundo que no existía para que vivieran o soñaran o se engañaran o murieran seres que no sé si eran o son.

Nadie podrá nunca imaginar la tortura que supone el miedo a que una palabra mal elegida o un punto y coma en un lugar inesperado convierta esa realidad en la realidad de tu cabeza cortada y tu vida, esta insoportable vida que vive de inventar vida muerta, ya no tenga nada que ver con mis propios pensamientos, con la maravillosa vida que me fluye de las entrelíneas y convierte la tortura en ensueños y gozos que ninguno de los que me vigilaban podría nunca sospechar.

Al principio cada pulsación de cada tecla era un helor de miedo que me sudaba las yemas de los dedos hasta hacerlas resbalar y confundir la tecla, con el sinvivir que ello conllevaba. Poco a poco la costumbre fue convirtiendo al miedo en temor y luego en simple cuidado de no caer en la desidia, la rutina. De intentar construir la realidad llegué a aprender que ésta no existe, sólo se pretende. Así me fue fácil concluir que el peligro de mi existencia venía no tanto de lo que pudiera escribir, sino de lo que en ningún modo podía escribir. Las cosas escritas parecen tan reales que a veces son difíciles de explicar, pero me gustaría que vosotros, lectores siempre engañados por las realidades que os construyen, pudierais alcanzar a entender cuán importante fue para mí descubrir que mi salvación dependía de darles a mis carceleros la realidad que ellos esperaban y mi libertad, a la vez, dependía de que ellos esperaran en todo momento la realidad que yo les construía. No fue fácil.

Pero poco a poco, letra a letra, fui construyendo la realidad que yo quería para ellos: fui cambiando el orden de las cosas, de las palabras, de forma imperceptible hasta que esperaron convencidos y entrañablemente tranquilos que mis abajos pasaran a estar siempre arriba y que mis cielos se poblaran de demonios deseosos de hacer el bien incluso a aquellos a los que torturábamos. Cambié el tamaño y el color de las cosas, los árboles dejaron de ser árboles y se convirtieron en peces de colores que amueblaban nuestras mentes de líquidos fosilizados colgados de nuestros lacrimales como relojes blandos marcando las horas al revés. Fue mucho más fácil con los años convertir los adentros en afueras, los poderes en ruegos, los cientos en miles o los pasados en futuros. Cada palabra pasó a tener los suficientes significados para que no significara más que lo que yo quería que significase, cada línea se dibujaba a sí misma en un plano secreto que sólo se hacía visible en mi pensamiento, cada día mi vida vivía un poco más de ellos y ellos vivían un poco más por mí. Con el tiempo me fue fácil encerrarlos en mi mazmorra y ponerlos a escribir este texto.

(Como banda sonora de este cuentecillo nada mejor que la música de Kronos Quartet y Clint Mansell en la magnífica película de Darren Aronofsky “Requiem for a Dream”.

Edito para cambiar la secuencia inicial ya que el autor no permite su reproducción, una cosa extraña ya que él ha utilizado para su edición el material y la música de la película sin consultar al autor primigenio; en fin, cada uno es dueño de lo poco que puede tener.

En su lugar pongo este montaje donde la música cobra todo su protagonismo. También os añado éste enlace, donde podréis ver la peli en streaming, aunque, como siempre, os recomiendo que la veáis en un cine a oscuritas y con todos los sentidos puestos a remojar.

Yo la vi anoche mismo para refrescarla y todavía estoy metido en su burbuja: es una película impresionantemente bien montada, de Aronofsky claro. A destacar el montaje alterno que se llega a ramificar en cada uno de los personajes principales, la inmensa soledad, cómo los personajes intentan agarrarse a la esperanza o a las ilusiones pasadas y cómo inexorablemente, sin que ninguno de ellos tenga consciencia de momento siguiente, sus vidas degeneran. Me quedo con el vestido rojo de la madre y, magnífico, el grupito de vecinas tomando el sol en la calle. También apuntar cómo se ponen en paralelo los efectos de diversas drogas, tanto las ilegales como las admitidas por la medicina o la misma televisión como enajenante mental. Preciosa película para las almas que la puedan soportar.

Esta entrada ya son dos, pero es que no me puedo resistir, esta peli me ha atrapado, no sé si volverla a ver ahora mismo)


(Más información:

Darren Aronofsky:

http://darrenaronofsky.com/DA.html

http://es.wikipedia.org/wiki/Darren_Aronofsky

http://www.imdb.com/name/nm0004716/

Requiem for a Dream:

http://www.babab.com/no08/requiem.htm (genial crítica de Sergi Puertas, antiguo compañero de Delito que se está haciendo mayor muy bien, quién lo iba a pensar)

http://www.requiemforadream.com/

http://es.wikipedia.org/wiki/Requiem_por_un_sue%C3%B1o

http://www.imdb.com/title/tt0180093/

http://www.bsospirit.com/comentarios/requiemdream.php

Kronos Quartet:

http://www.kronosquartet.org/

http://es.wikipedia.org/wiki/Kronos_Quartet

Clint Mansell:

http://www.myspace.com/mansellclint

http://es.wikipedia.org/wiki/Clint_Mansell)

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jueves, 9 de abril de 2009

Lo que nos pasa a los que pensamos que lo que nos pasa sólo nos pasa a los que nos pasa.

Alejandro Pérez es un cineasta que ha hecho un corto sobre el proceso creativo y la meta referencialidad. Es una idea o simple onanismo, no sé. Se ha llevado el premio del público en el certamen de cortos de notodofilmfest, lo que no necesariamente quiere decir que no sea bueno. Si queréis más información visitar la página del autor, pero, mejor, antes visionar el video.


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viernes, 3 de abril de 2009

Las personas y los espejos

Son personas las que van por la calle y te miran y te ven y te dicen no deberías seguir ese camino y tú les dices es que es mi camino y ellos se encogen de hombros y siguen su camino.

Y sigues andando y ves el cartel y te paras y sigues mirando, te siguen mirando, y entras.

Al fondo del pasillo hay una mesa y detrás de ella una silla. Sentado en la silla está él. Está más delgado y su mirada ya no brilla tanto, o mejor diría que ya no brilla. Me mira. Está pálido. Está triste. No, no está triste. No es nada. Está nada. Le miro, le veo, no le conozco, ya no es él. Hace una mueca que no entiendo. Le sonrío y la sonrisa es un bloque de cemento que se nos cae a los pies y nos rompe el alma. Le digo, ¿qué tal? Me repite la mueca y me mira con toda la indiferencia de su mirada muerta. Calla y yo carraspeo y le digo estás envejecido y ya no pareces guapo, has cruzado la raya y tu cara está vencida como si tu mujer te hubiera abandonado y tú siguieras ahí, queriéndola como el primer día y yo siguiera aquí, queriéndola como el primer día.

-¿Sabes algo de ella?

-No.

Los dos callamos y recordamos la arena y sus besos y sus te quiero no me abandones nunca que nos decía a cada uno en días alternos. Los dos sonreímos de pena y yo me siento frente a él y parece que los dos nos odiemos, pero nos comprendemos.

Su pelo está blanco y lo único que nos alivia de aquellos sueños son los delirios de las palabras que se escriben solas para no pensar en ellas. La queremos y nos odiamos por odiarla mientras la seguimos deseando, mintiéndonos sus recuerdos para que no nos hagan más daño. Nos queremos los tres. Ella allá donde esté ya no nos recuerda, pero igual nos quiere.

Sonreímos. Lleno hasta el borde dos chupitos de vodka y nos los bebemos de un trago. Repetimos una, dos, tres, hasta cuatro veces. Ahora reímos y nos ponemos a llorar. Estamos borrachos. O no. Ella le decía no me dejes nunca te diga lo que te diga y a mí me decía no me dejes nunca te diga lo que te diga. Un día nos dejó.

Yo me quedé en silencio durante años, yendo cada día al trabajo, mirando cada día en el espejo mi misma cara que ya no conocía, recordando la arena, las jacarandas liras que en abril nos llevaban de paseo, sus cantos en mi oído, sus silencios tan acomodados diciéndome no me dejes nunca, su karaoke cantando bajo la lluvia, su mirada con nubes azules y sus arias de diva atormentada que sólo susurraba si estaba demasiado triste. Oh! mio babbino caro. No me dejes nunca o me tiraré al Arno. Sus llamadas a cualquier hora, su sonrisa pintada de rojo en el pasillo de esta casa, sus enfados por querer querer bien y no poder. Él se fue a buscarla y estuvo años buscando en Roma, París, Amsterdam, Chania, Berlín, Florencia, y en cualquier sitio donde su risa resonara. Estuvo a punto de encontrarla varias veces, pero siempre en el último momento sólo llegó a atisbar el olor a su perfume, white. El mismo que vaporizaba en mi cama para que él día no se me viniera encima sin ella cuando al amanecer volvía con él.

Tras todos esos años un día él regresó y se puso a dejar que el tiempo nos fuera cubriendo granito a granito como aquel reloj de arena que yo jugaba a voltear mientras ella jugaba a que nos quería. Pasó más tiempo y cayó más arena y los dos nos seguimos mirando mirar en espejos que ya no nos reflejaban. Mi trabajo es duro a veces. Sólo rutina y alguna alegría de vez en cuando. Su trabajo no tiene ninguna rutina, pero tampoco alegrías. La primera vez que nos cruzamos nos reconocimos al instante, a pesar de nuestros rostros demacrados y tristes, arenosos y abandonados. Ni siquiera nos miramos, no hacía falta. Él comenzó a andar y yo me puse a su lado y también caminé. Recorrimos todas sus calles en silencio, todas las calles por las que él caminó con ella y todas las calles por las que yo caminé con ella. Esto se repitió cada día durante las siguientes semanas. Siempre en silencio. No hacía falta hablar, nunca nos cruzamos ni una palabra. Él recordaba y yo recordaba. Desde el primer día tuvimos la misma idea, pero seguimos andando callados.

Tal y como nos habíamos encontrado un día dejamos de hacerlo. Yo seguí caminando sólo por las mismas calles durante más y más años, más y más días llenos de la misma rutina, de la misma memoria que se había quedado huérfana y sin memoria de ella aunque sus labios siguieran cantando como películas mudas, aunque su risa ya no fuera aquella risa y la gente te sigue mirando caminar y se para a indicarte el camino, un poco tristes, un poco hartos ya de que tú sigas tan perdido, hasta que de pronto hoy te pares otra vez frente al cartel y el está dentro en la silla frente a la mesa y bebáis vodka y casi no crucéis palabra y os odiéis por lo que habéis tenido y casi que os queráis por lo que habéis perdido. Quizás ella murió hace mucho o quizás nosotros hayamos muerto hace mucho y ahora estamos aquí viviendo la nada sin ella, mirándonos en el espejo con un cartel entre la barbilla y el corazón que dice "Cerrado por derribo", y con la antigua idea de que ambos somos la misma persona. Quizás a él le esté pasando lo mismo.

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A conceptual play.
Thinking to Lacan's "Mirror stage" and to Magritte "This is not a pipe". Magritte "Ceci n'est pas une pipe", which seems a contradiction, but is actually true: the painting is not a pipe, it is an image of a pipe. (In his book, This Is Not a Pipe, French philosopher and critic Michel Foucault discusses the painting and its paradox.).
This is not "me". Maybe is it a symbolic multiple "Ego"?!?...
en.wikipedia.org/wiki/Jacques_Lacan#The_mirror_stage_.28l...

La fotografía pertenece a Osvaldo_zoom, un fotografo que he encontrado en flickr y que me encanta.

Podéis visitar su página de flickr aquí: http://www.flickr.com/people/osvaldo_zoom/

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jueves, 26 de marzo de 2009

Noche de Copla

Había meado casi medio litro de orín amarillo más bien blanco y estaba un poco borracha, pero ahora, delante del espejo del servicio de señoras con azulejos rosas y posters de folclóricas todo sonrisa y dientes, se encontraba guapa. O por lo menos se podía mirar sin desviar la mirada hacia los ensueños de tantos años atrás con tantos desengaños detrás. Se observó con un poco de miedo de ser otro póster más y realizó sus ejercicios maxilares durante los treinta segundos necesarios para seguir en el papel de folclórica ensayando delante de un espejo con la música prestada y las ganas de amanecer mañana colgando de cualquier puente con los ojos ciegos.
Se atusó con mimo la peluca rubia. Qué coño, pensó, estoy para comerme, aunque sea con natillas, rió. Se acomodó las bragas y el esparadrapo en la entrepierna y se dispuso para salir a la sala. La próxima canción era la suya.
Los sillones eran de skay rojo y la oscuridad iba y venía entre luces azules y naranjas. Babyblue se acercó a la cabina y entregó el papelito con su nombre y la canción que quería cantar. No hubiera sido necesario, desde hacía ocho años cada jueves por la noche sin falta, a eso de las 00:30, cantaba la misma canción vestida con el mismo vestido granate de raso que le caía hasta los tacones de aguja negros como el abismo.
El aplauso de cada jueves la recibió cuando subió al escenario y como cada vez los focos fueron borrando a sus amigos puestos en pie para homenajearla mientras sus caras se iban haciendo de oro y fuego y sonrisa. Alguna envidia y cientos de recuerdos la venían a vitorear perdidos allí en medio de tanta vida que no se sabía a dónde había ido a parar o si había sido suya o si había sido siquiera de alguien, fuera quien fuera, él o ella. La copla inundó el vocerío con clarines y redobles y Babyblue ya no veía nada más que los palos que recibió de niño cada vez que se vestía para cantar, que las burlas en el "Juan Sebastián Elcano", que las lágrimas escondidas tras mucho coñac del malo y algún golpe contra algún cristal de espejo que reflejaba la ausencia de su mujer.

"Apoyá en er quisio de la mansebía miraba ensenderse la noche de mayo"

Su voz acostumbrada a adueñarse de la música ajena también se adueñó del mundo como cada jueves que era lo que quería ser. Todos los miedos y los lloros se fueron con cada palabra de cada estrofa para que Babyblue marcara el compás con sus caderas y pusiera a girar sus sueños hechos del revés. Abajo del escenario las parejas bailaban abrazadas con las sonrisas puestas a imaginar sus propias historias perdidas. Las mujeres tomaban sanfranciscos y los hombres fumaban con desdén mientras se les caía aún un poco del deseo por la comisura de la boca. Al fondo de la sala una mulata sin papeles, posiblemente treinta años más joven que cualquiera allí, se dejaba manosear por un gordo calvo vestido a lo fiebre del sábado noche y con un medallón de bisutería asomando entre sus sebosas tetas de buscón de saldos y oportunidades. Junto a la barra el sector bujarrón no cejaba en su algarabía de coqueteos, tientos, desplantes y requiebros de pantalones entallados hasta la cintura y camisas rojas o verdes y chillonas con sus canesús. Cerca de la pista de baile había un hombre sentado en una mesa, completamente sólo. Bebía a sorbos lentos una bebida alcóholica, quizá whisky, y fumaba recreándose en el humo que exhalaba con una cadencia ensimismada. Iba vestido de negro, pantalón y camisa de puños cerrados y su aspecto era de no estar allí ni en ningún sitio. Mientras fumaba y escuchaba a Babyblue tamborileaba con sus dedos sobre la hoja blanca donde había escrito la canción que a continuación iba a interpretar: "Tatuaje".
Babyblue puso todo su tesón en alcanzar el tono perfecto para terminar el estribillo:

"Ojos verdes, verdes como la albahaca. Verdes como el trigo verde y el verde, verde limón."

Todo el público arrancó a aplaudir con entusiasmo mientras Babyblue hacía las reverencias de rigor y se retiraba con paso pausado y triunfador hasta los servicios de caballeros del karaoke. Allí se quitó la peluca, las medias y el vestido que plegó perfectamente; se desmaquilló y se quitó la lencería negra que le acompañaba cada vez que jugaba a ser él. Con sumo cuidado despegó el esparadrapo de su pene y lo liberó para volver a mear con la fluidez que le permitía su próstata. Se vistió de hombre y salió a la calle. El aire fresco le hizo sentir bien. Avivó el paso, era muy tarde y por la mañana tenía que llevar a su nieto al colegio.

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lunes, 23 de marzo de 2009

El país, Iván Castell y nave #527: un experimento.

 

Hoy me ha pasado una cosa curiosa. Estaba, como cada día a la misma hora y casi que en el mismo sitio, leyendo El País (ya con acento, pero cada vez con menos principios) tan aburridamente como podía entre bocaditos a la tostada y bocaditos furtivos ( y mentales) a la camarera que me está enseñando la erótica del amor de madre, pero esto es otro tema, quizá otro día. El caso es que uno de los artículos mencionaba a Iván Castell, un filmador de cortos aragonés que está teniendo mucho éxito en la red con su corto nave #527. La verdad es que después de tanto machaqueo con la Chacón, el zapatitos o el monaguillo hipocritón y trajerillo de Camps, cuando lees cualquier cosa en El País estás buscando la intención con la que ha sido publicada, la trama. Una noticia así no tiene porque tener más trasfondo, pero ya nos gustaría a todos que alguien nos hiciera una campaña publicitaria parecida. Esto es pura envidia, claro.

Cuando he llegado esta tarde a casa he visionado el corto. La historia me ha parecido poco original y la interpretación (sobre todo del hombre de negro) creo que mejorable. Yo lo hubiera acortado un poco, hubiera quitado diálogos y los hubiera hecho más crípticos, quizá. Quitando esto, que es una simple impresión de un espectador cualquiera, creo que la trama está bien montada. Por supuesto recuerda a otros, pero, ¿que sería de nosotros sin referentes, sin las vecinas que nos hablan por las esquinas? El corto cumple con creces el que creo que es su objetivo principal: crear un clima de desasosiego y tensión creciente en el espectador hasta llegar a la eclosión final donde la historia se resuelve de una forma ya vista muchas veces, pero no por eso menos efectiva en este caso. No me gusta que la explicación de la falla venga dada desde la literalidad del dialogo de los personajes, creo que hubiera sido de gran mérito una explicación, por otra parte necesaria, exclusivamente visual. No obstante estos peros que voy poniendo, me quedo con la sensación de que el film tiene muchos más méritos que deméritos, sobre todo en su montaje, verdadero causante del efecto de tensión que progresivamente se apodera del espectador, y por su música, compuesta por Guillermo Siibert. Hasta aquí la filología.

Ahora la sociología. Lo que más me ha llamado la atención han sido los comentarios que algunos espectadores, que al igual que yo habían ido a ver el corto por su referencia en El País. Si observamos atentamente los comentarios vemos como los que han sido hechos tras la noticia del periódico son bastante más negativos que los hechos anteriormente. Si tenemos en cuenta que  el corto fue estrenado en 2 de junio y hasta ayer había recibido más de 30000 visualizaciones… ¿qué ha cambiado? ¿Se ha convertido en otra película? Yo creo que sí. Puede que haya alguna fórmula secreta o algún encantamiento disfrazado de logaritmo neperiano que, llegando a un número dado de espectadores (o de lectores, o de auditores) convierta la obra en algo que hasta ese momento no fue. Es lo que se llama morir de amor.

Os dejo el video (con una buenísima postproducción) y también algunos enlaces para conocer al autor:

http://ivancastell.org/nave-527/

http://www.myspace.com/ivancastell

http://myspace.com/nave527

http://myspace.com/sergiosiibert
http://jjsanchezmillan.blogspot.com
http://www.fotolog.com/la_ciruela
http://www.myspace.com/siibert

http://www.mediafire.com/?tdtiwnl1pdn (para bajarse la banda sonora)

Os recomiendo que lo veáis a pantalla completa y en alta definición y que luego leáis los comentarios del personal, algunos son muy interesantes.

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miércoles, 18 de marzo de 2009

“Yo no lo haría”

Lucio Martínez había coleccionado cromos de pequeño, también había jugado a la taba y al "churro va" hacía unos treinta años. Hoy en día, tras dos hijos, tres amores rotos, una condena por hurto con rotura, siete asesinatos impunes y dos adicciones profundas; una no reconocida a las novelas malas y otra evidente al vino cabezón; seguía manteniendo una afición insufrible por las frases de películas de serie B, a la que había sumado una bastante menos explicable: seguir durante horas, días o semanas a personas, ya fueran hombres, niños o mujeres, que llamaban su atención en el perdido deambular por la ciudad en que había quedado su vida.

No se podía deducir ninguna regla que determinara cuáles eran las personas elegidas para un seguimiento que empezaba tímido y como retraído, siempre dudando de valerle la pena al seguidor, y poco a poco se iba convirtiendo en algo absorbente que se iba apoderando del tiempo de Lucio hasta convertirlo en prisionero de aquel a quien seguía.

No había reglas. De pronto Lucio veía a alguien parado en un semáforo y no podía dejar de ponerse a su lado, mirarlo de reojo, observarlo con disimulo para saber cuanto antes si la persona era o no era de aquellos que él debía seguir. Muchos no lo eran. Sin embargo, de vez en cuando esa persona en el semáforo tenía una mirada, esa clase de mirada, o un pliegue en la comisura de los labios, o justamente cuando cambiaba a ámbar el semáforo la persona se llevaba la mano a los labios como si quisiera tapar un bostezo, pero Lucio descubría emocionado que se trataba de una caricia más del diablo.

En estas ocasiones el corazón empezaba a golpearle la yugular y las palmas de sus manos se llenaban de sudor. Comenzaba un seguimiento que podía durar dos semáforos más o incluso días o semanas. Todo dependía de la persona perseguida. La inmensa mayoría desmentían el interés de Lucio al poco tiempo con una mirada diferente o un gesto que los llenaba de la vulgaridad de lo normal y los excluía de su atención. Otras pocas veces el elegido no sólo no desdecía de su interés, sino que poco a poco y según como proseguía el seguimiento, iba cumpliendo cada una de las expectativas que Lucio había intuido en su primer vistazo.

Llevaba siguiendo al anciano desde hacía tres días enteros. La primera vez lo había visto sentado en un banco situado en el muelle del puerto, de cara al mar. Hacía un día nublado, algo fresco para la época del año que era. Apenas se veían unos cuantos pescadores alejados en la escollera, el resto del puerto estaba como abandonado sin barcos ni gente que lo transitara, ni siquiera estibadores a pesar de no ser un día festivo. Sí había gaviotas y un perro justo al lado del anciano, unido a él por una correa y quizás por demasiados años, empezó a adivinar Lucio mientras se apoyaba sobre unos bultos a unos quince metros en diagonal de donde se sentaba el anciano. Lucio se puso las gafas para verlo con mayor nitidez y descubrió un rostro suave, con muy pocas arrugas, pero todo el tiempo grabado en la piel, no sabría explicarlo bien. Se fue paseando por aquella expresión distante, sobria pero relajada, e intentó meterse dentro de aquella cabeza, iniciar un paseo que le llevara a los pensamientos del anciano, a sus recuerdos también. Pasaron fácilmente dos horas en las que Lucio se transformó en anciano viendo lo que veía el anciano, pensando lo que pensaba el anciano y recordando lo que recordaba el anciano.

El anciano se levantó y comenzó a alejarse muelle abajo con su perro siguiéndole y ramoneando en cualquier objeto que encontraba. Lucio lo siguió cruzando calles y avenidas hasta un barrio no muy alejado del puerto donde el anciano se perdió en un portal y luego reapareció abriendo el balcón de una vivienda de la segunda planta. Lucio se sentó ahora en un banco del parque situado frente al balcón. El abuelo no volvió a aparecer en todo el día y Lucio estuvo allí sentado recordando la infancia del abuelo, sus cromos y sus tabas, su juventud llena de guerra y su madurez llena de miedo. Vio una mujer y un hijo muerto del anciano; vio dolor y esperanza, o tal vez olvido. Se embarcó en un carguero que llevaba a la otra orilla del mar y no volvió en muchos, todos los años. Vio una casa blanca con ventanas azules y un sol grande y otra mujer sabia encunando el tiempo perdido y también recordó un gran amor y un gran odio.

Al día siguiente y al otro todo transcurrió igual. El anciano salía pronto de casa y compraba el pan y alguna vianda en el colmado junto a su patio. Volvía a subir y al poco reaparecía para su paseo matinal con su perro de la correa. Llegaba al puerto y se sentaba en el mismo banco para perderse durante toda la mañana en un horizonte que no tenía enfrente, sino detrás de su mirada. Lucio había dejado ya de ver al anciano y sólo podía contemplar el mismo horizonte que él. Ninguno de sus pensamientos era ya suyo, sino del anciano, ninguna de las palabras mudas que se dibujaban en su mente era suya, sino del anciano. Como todas las veces anteriores ya nada en su vida era suyo, sino de aquella persona a la que seguía. Cada recuerdo, cada pensamiento, cada sueño de esas personas se apoderaba de él y le oprimía hasta no dejarle respirar. De nuevo otra vez la opresión estaba ahí en su pecho y en su cuello, en su mandíbula y en sus hombros, en sus sienes y sus ojos a punto de estallar. Ya no recordaba quién era o si se llamaba Lucio o a sus hijos idos o sus mujeres expiadas con vino malo. Sólo era lo que era el anciano y estaba ya casi muerto.

Buscó entre sus bolsillos un pañuelo y se secó la cara y las manos. Se acercó hasta el banco intentando tranquilizar su respiración y se sentó junto al anciano. Pasaron los dos juntos más de media hora pensando lo mismo. El anciano sonrió con desgana y le miró fijamente por primera vez. Pasó otro buen rato hasta que le dijo con una voz muy suave:

-Yo no lo haría.

Lucio no pudo responder. Sólo sacó el estilete de la caña de su bota y lentamente se lo clavó al viejo en el corazón. El perro comenzó a ladrar.

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domingo, 15 de marzo de 2009

Las nubes y los cielos

Lauta es un hombre hecho a trocitos de muchos países que hoy cumple años allá por la parte de Buenos Aires. Es una buena ocasión para regalarle con este video de unas tierras muy cercanas a él.

Salud y Buenaventura, Lauta.

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sábado, 14 de marzo de 2009

Los abrazos en los bolsillos

(Hace unos años aprendí a compartir el periódico del almuerzo con una persona especial que un día, como prueba de que los dos sabíamos leer entre líneas, me regaló un libro de poemas de Joaquín Sabina. Hoy yo le regalo este cuentecito al estilo del maestro para recordar su sonrisa de chica lista comentando los bulos y las noticias)

Hacía menos de dos horas que habíamos estado follando en mi casa y ahora me estaba abrazando en medio del bar. Fue un abrazo más que de amor para darme toda su amistad sin palabras, toda su lealtad sin promesas que a mi me supo a un amor de por vida aunque durara unas pocas horas más. Ella era la camarera y el abrazo se terminó, las copas exigían toda su atención. Me quedé en mi mesa abrazando su espacio mientras la miraba deambular por la humorosa sala llena de música y sombras con voces gritonas que olían a alcohol. Era morena y vestía medias negras que le trepaban hasta una minifalda escasa, pero también muy negra bajo un ombligo con un piercing en cruz y un top tan negro como los pezones con los que yo aún jugaba en mi mente para no olvidar que más tarde los podría soñar. Los diecinueve días de Sabina eran noches que lo invadían todo con un estruendo de bafle cascado y yo rogué muy bajito que fueran, como en la canción, al menos quinientas. Seguí siguiéndola con la mirada y con todo el cariño del que era capaz a esas horas de mi vida y seguí sintiendo su abrazo dentro de todos mis silencios hasta llegar a ella un día, una noche, y quedarme mirándola mientras inclinaba las tetas para acercarme la primera copa que le pedí y creo que en ese momento, mientras acercaba mi mano a su copa y mis ojos a sus tetas, le puse nombre a cada una de ellas y hasta creo que me enamoré.

Luego vinieron palabras sonrisa envueltas de cortesía. Pocas, porque yo hablo poco y ella ríe tanto que no le hace falta hablar. Vinieron una noche más, otra, quizás dos más, y ya sabía su nombre, Violeta, y que detrás de su risa a veces había sólo silencio y a veces más risa aún. Entre cliente y cliente y copa y copa empezamos una conversación llena de medias frases cortadas por otras frases y preguntas que no esperaban respuesta o, por lo menos, no les importaba la respuesta. Nos acostumbramos a conocernos así, entre paréntesis de músicas y ruidos, entre idas y venidas de ella a mi mesa con su bandeja y sus piernas preciosas rozándome al pasar. Esa noche la esperé en la calle a que saliera. Hacía una madrugada húmeda y caminamos por las calles arrullándonos como gatos. Me contó y le conté, la besé, me besó y me acarició la polla en un portal. Me dijo que ella no podía ser fiel y metió las manos en los bolsillos de mi abrigo mientras me besaba. Yo la comprendí y le dije que no me importaba, pero me apreté mucho a ella para impedirle que me fuera infiel. Eran besos largos sin aire y quemando que se interrumpían unos a otros. Yo sólo quería estar allí en ella para siempre y no pensar que estaba pensando, no empezar de nuevo a distraerme recordando cada segundo que pasaba, cada milésima de beso y su lengua dibujando todos esos secretos en mi alma.

Llegamos a mi casa y ella se fumó un porro mientras yo besaba su nuca. Hablábamos despacito para no despertarnos del ensueño y nos contábamos todas esas cosas que luego hieren tanto cuando ya no tienen sentido. Amaneció y se hizo el mediodía y ella se fue legañosa dejándome sus medias negras para que pudiera dormir atado a ella. Yo me entrelacé suavemente con ellas y mantuve durante horas los ojos abiertos porque temía que si me dormía todo se convirtiese en un sueño.

Por la noche volví al bar y todas las palabras, las copas las risas y los besos parecieron repetirse igual y yo la miré a cada momento y la quise y quise que me pudiera ser fiel algún día. Luego pasaron las quinientas noches cada una igual y distinta. Nunca pudo serme fiel, pero entre cliente y cliente me miraba para que yo recordara el abrazo aquel y sintiera lo que me quería. Una noche, como tantas, la esperé a la salida del bar de la calle Siete, pero cuando pasó por mi lado llevaba las manos metidas en los bolsillos de otro tipo. Mientras se alejaba con él me pareció que de sus labios se escapaba un susurro confesándonos que ella no podía ser fiel.


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domingo, 8 de marzo de 2009

Un regalo es un mundo

Bruce Branit es un preciosista supervisor de efectos especiales que está alcanzando reconocimiento por sus creaciones en internet. Un video coproducido por él se hizo muy popular cuando comenzó esto de los cortos pensados para su distribución por la red. Se llama “405 The Movie (emergency landing)” y es espectacular.

En este video que os muestro a continuación, Branit alcanza un lirismo cautivador. El video se llama World Builder y narra cómo un hombre construye un mundo virtual para la mujer que ama.

Veámoslo primero:

(mejor a pantalla completa)


World Builder from Bruce Branit on Vimeo.

El hombre construye un mundo para que viva más cerca de él la mujer que ama, postrada en la cama de un hospital, pensemos que en coma.

Dos finales posibles:

a) La mujer, por efecto de las señales neurológicas que el hombre le transmite directamente al cerebro, despierta, bella durmiente, y vive feliz y contenta el resto de su días con su príncipe azul.

b) La mujer, por efecto de las señales neurológicas que el hombre le transmite directamente al cerebro, despierta, bella durmiente, y vive feliz y contenta exactamente durante dos años menos un mes y quince días con su príncipe azul, ya que desde un tiempo atrás se ha ido dando cuenta que su príncipe no para de retocar su mundo virtual y le ha ido añadiendo elementos que cada vez tienen menos que ver con ella (un equipo de la NHL, un río con salmones para ir a pescar los fines de semana, tres puestos de perritos calientes en la misma calle y una casa de apuestas regida por una despampanante rubia de bote con un minúsculo baberito de color rosa como sus pezones). La mujer denuncia al marido alegando acoso, secuestro y malos tratos psicológicos. El hombre recibe una orden de alejamiento y es expulsado del mundo virtual. Al poco la chica de la casa de apuestas y la ex-mujer se enamoran, se tiñen el pelo de rosa y ponen el mundo virtual en venta. Se van.

Elige el que más te guste.

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viernes, 6 de marzo de 2009

Las ausencias y los mimos.




He llegado a la plaza al mediodía, tarde ya entrada para los residentes. Es una plaza como tantas otras plazas del centro histórico de las viejas ciudades europeas; llena de turistas, puestos de venta de toda clase de comidas rápidas, souvenirs, helados, gente vendiendo de todo, mimos caracterizados de cualquier cosa petrificados y centrifugando a la gente a su alrededor. Me he detenido por eso, por los mimos y la gente. Y también porque estoy cansado de caminar y de pensar. Llevo caminando desde el 30 de diciembre de 2008 a las 6 y pico de la tarde. Y ahora estoy aquí, en esta plaza. Me siento en un banco apartado, donde la gente no me pueda ver, aunque creo que ya hace tiempo que no soy visible, o por lo menos la gente no hace el menor ademán de haberme visto, como mucho desvían la mirada tan bruscamente que es como si me estuvieran reconociendo, saludando; y eso me reconforta. La gente va y viene. Los coches y los tranvías también. Es curioso, pero no hay mucho ruido si descontamos las llamadas de los vendetodo y las campanillas de los tranvías; por momentos el silencio se hace sitio y llega a ocuparlo casi todo, menos su voz, claro. Es un silencio amigo, suave, apenas cruzado por una tenue melodía de algún piano que no logro divisar en la plaza. Sí, yo creo que ha sido la gente y los mimos los que han llamado mi atención. También los tranvías. Siempre me he sentido atraído por las ciudades con tranvías, esos trenecillos humildes y cercanos juntando gentes y calles en historias y amores o preguntas que se hacen al aire de ciudades como Praga. Los recuerdos ya no son siquiera míos y parece que se me rían burlones.

La gente se mueve rápido de un sitio a otro, de un mimo a otro o de un puesto a otro, pero no parece saberse si hay algo que les indique un determinado camino. ¿Hay algún orden?, me pregunto a mí mismo no sin reírme un poco. Me quedo observando largo rato mirando al vacío y entonces me doy cuenta: la gente no se mueve, en realidad hace mucho tiempo que ya no está; sólo se mueven sus huellas, sus sombras. Sólo se mueven sus ausencias. Hay un perpetuo movimiento de ausencias en esta plaza llena de sombras desfilando en tío-vivos sin concierto. La gente no está, se va. Sólo los mimos están quietos y parados, de píe, mostrando su presencia. Sólo los mimos están y mueven las peonzas de las ausencias en sus juegos malabares. Sólo los mimos giran y giran la nada alrededor de ellos, sólo ellos dibujan las miradas que les ven, las cuencas vacías y abuitradas que les miran. Vuelvo a oír su voz en aquella tarde de diciembre y veo su ausencia desfilar nerviosa de mimo en mimo, como las demás sin ningún sentido, parándose con sus cuencas vacías mientras me desvía la mirada con disimulo. Veo que corre tras de unos niños. Son sus hijos que se le escapan tartamudeando mientras ella les grita y les llora hasta que la niña se tumba en la plaza y se hace la muerta. Su madre se acerca y le hace mimos, pero la niña sigue muerta debajo del hocico de un perro que la olisquea. Los mimos siguen quietos.

En el centro de la plaza hay uno de ellos vestido con una especie de chilaba blanca junto a una mujer que bien podría llevar un burka negro. Mi vista también está cansada ya, pero hay algo en ellos que atrae mi atención, no podría decir muy bien qué. Es fácil para mi imaginar que son pareja y viven de mimarse y mimar a las ausencias que también a ellos les persiguen, aunque no en demasiada cantidad. Yo creo que seleccionan las ausencias que les interesan en grupitos pequeños y no las dejan amontonarse, las mantienen a raya porque saben que si no lo hacen les convertirán a ellos mismos en olvido. Creo que son felices todavía. Unos metros más allá diviso a otro hombre, también vestido con lo que parece una chilaba o túnica, ésta completamente amarilla. Éste está completamente solo, sin ausencias que se arremolinen en su torno. De pronto se acerca una ausencia, parece hablar con él, le da dinero y desaparece. Luego, al rato, se le acerca una pareja, cruzan unas pocas palabras y la pareja también se va. Luego, bastante tiempo después, otro hombre hace lo mismo. El mimo amarillo se queda solo. Lo veo como mira a la pareja de la chilaba blanca y el burka. Les tiene un poco de envidia.

La plaza se ha convertido en un baile de círculos que se abrazan sin poder adivinarlo y se diluyen sin la sospecha de ningún cariño. Pienso en su sexo abierto en el asiento delantero de mi coche y recuerdo que ya no tengo coche ni niños ni casa ni siquiera el recuerdo de haberlos tenido. Sólo su voz al móvil aquella tarde y al fondo del auricular el ruido de las urgencias del hospital. Dejé mi coche con las luces puestas y la puerta completamente abierta. Tiré mi móvil con furia al suelo y comencé a andar. Luego vino un tren, otro y muchos más sin rumbo fijo por paises que no sé si pasé. Ahora estoy cansado en esta plaza, con su voz su ausencia y los mimos aquellos que me daba y sus no me dejes que te deje nunca pase lo que pase. Todo mentiras que giran y giran como estas gentes ausentes que forman corrillos alrededor de mimos que les mienten a cambio de más mimos y algo de dinero. Turistas sin rumbo llenando plazas y tranvías sin destino conocido.

En una esquina de esta plaza casi cuadrangular se ha formado un gran círculo, casi perfecto. El círculo se mantiene tanto tiempo que las ausencias son ya gente que observa muy atenta como un malabarista hace sus juegos y tira fuego por la boca. Me pongo en píe y comienzo a caminar hacia el círculo. Antes de llegar a él acaricio la cabeza de un niño que se ha detenido subido a su bicicleta. Un muchacho con una cazadora naranja pasa corriendo por mi lado y me da la impresión de ser una bola de fuego. Me acerco al mimo con la chilaba amarilla y me doy cuenta de que no es una chilaba, sino una mortaja. Le pregunto si puedo hacer de mimo y me dice que no. Le cuento la historia de la mujer, de su marido, de su niña muerta y se muestra completamente indiferente. Le pregunto si hay salida. Me dice que no. Saco de mi billetera una foto tamaño carnet de la mujer, la rompo en pedazos y se los doy; él los pone en el hueco de su mano y los sopla con fuerza hasta que llenan toda la plaza de nubes y aquella sonrisa perdida. Me dice algo, pero no consigo oírlo, la plaza se va llenando del vocerío de la gente y el ruido de los tranvías. Me dirijo hacia el gran círculo mientras la música del piano se va apagando. Me hago hueco hasta situarme en primera fila. El malabarista sigue comiendo fuego. Me quedo allí, en el círculo, mirándolo con mis cuencas vacías.

(Este magnífico video fue tomado por James Leng, más conocido como Ettubrute en Flickr, en la plaza Dam de Amsterdam. El efecto que ha conseguido es tan especial y evocador que a mí me ha provocado la historieta que os pongo aquí arriba. Como siempre que algo te incita la necesidad de escribir, de crear o elaborar lo que sea, hasta un pastel, el artesano solo es el médium de esa idea que se le ha metido dentro vete tú a saber cómo. Es decir, el relato estaba dentro del cuadro, del video en este caso, yo sólo he puesto las palabras. Os invito a que visitéis las galerias de James en Flickr: http://www.flickr.com/photos/ettubrute/).

(El video se ve mejor en pantalla completa)

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viernes, 13 de febrero de 2009

De por qué no escribir o de por qué hoy no hace años que murió Julio Cortázar.

Puede que sea de esos que se pasaron la niñez fantaseando. Es posible que fuera uno de esos niños de la guerra que disparaban sin cesar y morían sin pausa para resucitar de inmediato y volver a ser heridos de gravedad ante los ojos llorosos de su amada niña de trenzas rubias como el cliché y gafas de pasta de estar mucho más del lado de acá de la realidad. Es posible. Es posible que las historias en mi cabeza empezaran con las informaciones marisabidillas de mis compañeros de juegos (la mayoría más espabilados y con más mundo que yo), que me aseguraban condescendientes que los reyes no venían de París ni las cigüeñas tenían la regla (o algo así, no sé bien). Siempre era más llevadero sofreír la realidad que comérsela cruda.

Recuerdo claramente la tarde que el menor de los Vizcaya (de los peores truhanes del barrio) me contó que en el colegio donde él iba había un patio tan grande que toda la clase hacía carreras de bicicletas y podían jugarse tres partidos de fútbol a la vez. Desde ese momento aquel colegio y aquel patio fueron los escenarios de muchas historias que no se atrevían a salir de la pantalla plana de mi cerebro, pero que, dentro de mí, vivían tan preclaramente que a veces me entraba verdadero pánico a caerme de la bici en una de esas locas carreras. Cuando un par de años después (las cosas de la vida) mis padres me apuntaron a aquel colegio, estuve días sin dormir y sin atreverme a dejar que las historias continuaran su fluir porque algo en mi interior me avisaba de que la gorda realidad arrastraba las sayas por el suelo. En mi primer día de clase busqué con un nervioso fatalismo el inmenso patio, pero aquel colegio no tenía patio ni nada que se le pareciera, apenas un zaguán donde nos apiñábamos todos los críos para hacer la famélica gimnasia sueca que el nacionalcatolicismo del quiero y no puedo impartía bajo la atenta mirada, en mi caso, del maestro chusquero del régimen.

Nunca he podido perdonar al menor de los Vizcaya que secuestrara toda mi fabulación con una fabulación suya. De pronto todas las historias que yo había imaginado imaginando aquel colegio con su patio infinito, con sus veloces y peligrosas carreras, sólo eran apéndices de las suyas, rémoras inútiles colgando de aquel cuento chino al que me sometió aprovechándose de su posición de experimentado engañabobos. O, quizás, nunca he podido perdonar a mis padres que me llevaran a aquel colegio, que pincharan aquel globo de fantasía que yo me había construido sin la menor consideración a un estallido que me produjo más efectos de los que se pueden pensar.

Desde ese momento mis historias dejaron de ser libres, se convirtieron en historietas pusilánimes que no se atrevían a asomar el gaznate por si otra vez la vieja señora, la realidad, venía con sus pinzas de tender la ropa sin arrugas. Era como imaginar el mundo sin agua para no correr el riesgo de ahogarse, como dormir tapado con el embozo hasta la coronilla para que los monstruos nocturnos que creamos no nos encuentren. Me quedé sin historias y la realidad comenzó a abrirme de piernas sin pudor hasta que en mi cabeza ya no había cuentos ni películas ni cines, sólo blancos y negros aristados que iban y venían, sin colores, chapoteando como patos.

Poco tiempo después tuve la sensación de que quería escribir. Era una sensación, no una certeza ni un conocimiento. Sólo una sensación. Era como ese árbol bajo el que pasamos cada día de nuestra niñez y cada día sentimos que un día nos subiremos a él. Es una sensación que me sigue acompañando hoy. Se trataba de sacar las historias de mi cabeza y acomodarlas en el papel. Pero no era tan fácil. Las historias ya no eran libres. Tenían miedo. Se sentían ridículas tumbadas en un papel secante que las convertía en torpes y repetidos cuentos que tenían que parecer, no bastaba ya sólo con ser. De pronto las historias tenían que parecer verdad. Ya estaba allí de nuevo la vieja gorda realidad. En mi cabeza de niño cualquier historia valía, en mi papel de adolescente ninguna historia parecía suficientemente verosímil. Mis bruces habían topado con la Literatura. Se acabó el juego.

De querer escribir a hacerlo van por medio muchos tebeos cambiados en el kiosko del tío Chaume, muchas novelas policíacas de Punto Rojo y poco a poco libros progresivamente más gruesos, hasta alguno de ellos con eso que llaman calidad literaria, que no sé muy bien que es. Tener la sensación de escribir e incluso la voluntad de escribir me fue acompañando a mí y a mis escritos durante toda la adolescencia, también acompañó a mis lecturas el sueño de escribir como ellas estaban escritas y el miedo de no poder escribir como ellas lo fueron. Las historias hacía mucho que habían dejado de ser libres. Estaban acostumbradas ya. Menuda putada.

Pasaron Hesse, Doctoiesvky, Stendhal y algunos más. El miedo seguía en aumento y yo seguía jugando con las historias que otros inventaban para mi. La pereza se hizo abrigo del miedo y así juntitos se acurrucaron en el sofá de leer para no escribir. Y una noche vino él.

Era una de esas madrugadas en las que los jóvenes regresan a casa con copas y aún sin sueño. Yo, no recuerdo ahora el porqué, fui a dormir a casa de unos amigos, en un lecho preparado con mantas en el suelo. Ante el desvelo y la incomodidad al poco rato me levanté y empecé a inspeccionar una librería que había en la habitación. Topé con una contraportada desde la que un barbudo con ojos de pez me miraba. Enseguida vi a través de su mirada que tenía llena la cabeza de la mismas historias que yo la tenía cuando niño. De las mismas y muchas más porque, además de ser mucho más mayor que yo, él nunca había dejado de fabricarlas.

El libro se titulaba "Final del juego". Se trataba de una recopilación de cuentos. Cautivado por la mirada del escritor, me senté en un sillón y comencé a leer al azar uno de los cuentos. Se llamaba Axolotl. Devoré la narración sin respirar y cuando llegué al punto final comprendí la mirada de la contraportada y también que yo nunca podría escribir. Esta vez no se trataba de miedo, ni siquiera a la realidad. Al contrario, por una vez había encontrado una realidad que no me zarandeaba. Se trataba de una cuestión de economía: no valía la pena intentar escribir cuando alguien ya había escrito todo lo que valía la pena leer.

A "Axolotl" siguieron todos los cuentos de ese ejemplar y de otros más. Vinieron "Los Premios", “El perseguidor”, "El libro de Manuel", los cronopios, el 62...Y llegó Horacio. No sé si el orden es enteramente correcto, pero llegó Horacio, la maga y Rocamadour. Rayuela. Durante varios años estuve leyendo compulsivamente a Cortázar. Perdí la sensación de escribir, sólo tenía el afán de poder encerrarme en sus historias, ya no me interesaban para nada las mías. De tener la cabeza llena de ellas, había pasado yo a estar completamente metido en las ideas de Julio. Me había convertido en un axolotl.

cortazar5

Mi mundo se fue a corretear la calles de París, a mirar reflejos buscando magas, a pedir en lúgubres restaurantes Polidor châteaus saignants, a felicitar a los conductores de bus urbano y a mirar a las enfermeras señoritas Cora como si su ternura pudiera salvarme de mí mismo. Pero no existía París, ni el Sylvaner es un vino tan bueno. Era un cronopio con uniforme de fama, otra historia dentro de mi que no existía, otro colegio sin patio, porque los horacios tienen el problema de evaporarse al contacto con la vieja gorda y los que vemos andando por las calles, sean o no de París, son famas engominados disfrazados de cronopios. Es así la cosa.

Llegó un momento en que el dejarse llevar por la lectura se convirtió en compulsión, las diferentes voces de los narradores y metanarradores de las historias de Cortázar se encaramaron dentro de mí y me hablaban sin cesar de cosas como las jacarandas o los cementerios de París. Una noche me vi asomado al balcón de un hotel de Montmartre observando las tumbas del cementerio desveladas bajo mis pies, oí los gritos de algún personaje colgados de mi silencio y sentí tristeza de estar tan lejos ya de aquel niño que un día perdió la libertad de imaginar. Volví a maldecir al menor de los Vizcaya, a mis bien intencionados padres y a este bendito escritor que me había metido en su pecera de infinitas palabras de colores disfrazadas de pez.

Decidí dos cosas: no volver a escribir y no volver a leer a Cortázar. Fueron dos decisiones cobardes, aterradas, que me exiliaron de la tierra de las historias para encerrarme entre las tres paredes de los despertadores blandos que siempre tocan el mismo himno a la misma hora. Cada día el día de la marmota me fue curando de mis locuras quijanescas y me devolvió a la normalidad de una vigilia con sueños financiados a plazos. La gimnasia sueca no había sido en vano, aunque el rigor mortis del sentido común no ha podido evitar que permanezcan conmigo dos secuelas. La primera es que cada vez que subo a un subte busco con una ansiedad mal disimulada encontrarme con los ojos reflejados de la maga (de mi maga, de alguna maga) en el cristal de una ventanilla y, la segunda, que ya sólo me puedo enamorar de mujeres que lean Rayuela en un tren que viaja hacia París. Es posible que ambas secuelas sean una sola secuela.

Ahora, tantos años después, recuerdo como entre sombras sus mecanos de piolines entre ventanas para salvar distancias imposibles entre lo que queremos y lo que creemos que queremos, recuerdo caídas infinitas sobre rayuelas dibujadas en las lápidas de cementerios nómadas que siempre vuelven a París. A Montmartre. Creo haber soñado su magia apacible de mantenerse tan joven, tan niño fabulando, y morirse tan triste de amor. Creo haber vivido, haber estado viviendo, quizás en algún olvido, sus escritos letra a letra, coma y punto, exactamente a la misma velocidad que alcanzaba en mis carreras de bicicleta. Es una sensación. Es posible que Cortázar no haya muerto. Ni siquiera vivido. Es posible que lo esté imaginando yo todo.


Enlaces:

La página de los enlaces de Julio Cortázar

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sábado, 31 de enero de 2009

Vinos y reservas

“Cuando bebo vino bueno digo:

-Voy a ser malo.

Cuando bebo vino malo digo:

-Voy a ser bueno.”

2000484056_2405a443d0

(Esta elegantísima foto la he encontrado en flickr, fue tomada por udronotto y os recomiendo que la enlacéis para ver el resto de su galería, es muy recomendable)

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jueves, 22 de enero de 2009

Votos, Palestina y muerte

Cuando tomé mi primera comunión me regalaron unos cubiertos de plata, un reloj que no me puse nunca, una propensión a la culpa de la que sólo me libré con muchas más culpas y un maravilloso libro ilustrado llamado “La Biblia contada a los niños” que yo creo que me inició más a las lecturas y a las fábulas que a cualquier historia sagrada.

El libro narraba el Antiguo Testamento, la historia de las 12 tribus de Israel, hijas de Jacob, luchando por la Tierra Prometida. Era tan visual lo que yo leía que podía ver, con mis ojos recién estrenados de niño, rodar hasta el suelo la cabeza de Holofernes y cómo el hercúleo Sansón perdía su fuerza, su dignidad, por una mujer. Como la vida misma.

Desde entonces han venido más lecturas y más historias, pero ninguna me ha dejado grabado tan visualmente esa violencia permitida, tan justificada, que emanaba de cada párrafo de aquella historia fundacional que es la del pueblo judío. ¿Pero qué es el pueblo? Sólo María Ostiz debe saberlo.

Cuando hoy en día veo las imágenes de la masacre que se está llevando a cabo en Palestina las confundo con aquellas imágenes que me invadían leyendo aquel libro, aquella violencia escondida en sus páginas que quería ser razón y sólo era miedo, ojo por ojo. Intento deshacerme de las imágenes antiguas con razones adquiridas, recuerdo la persecución que ha sufrido “ese pueblo” a lo largo de los siglos, su exclusión, su expulsión, su exterminación…, pero sólo me vienen imágenes de una violencia testaruda, altiva y orgullosa. El pueblo elegido por dios ha elegido a unos gobernantes (desde hace muchas décadas) que atormentan y exterminan a otros pueblos (del mismo dios, aunque de otros profetas).

Pienso en las “razones oficiales”: “Nos estamos defendiendo de una organización terrorista que pone en peligro la vida de nuestros ciudadanos”. No dicen que esa organización que ellos, nosotros, tildan de terrorista, Hamas, ha sido elegida en unas elecciones democráticas para ocupar puestos institucionales. No dicen que esa organización lleva años procurando ayudas sociales a sus conciudadanos palestinos, frente a la corrupción imperante en Al Fatah y la situación de cruel estrangulamiento causada por el cercamiento al que Israel somete a los territorios palestinos. No se dice que cuando Hamas ganó las elecciones se llegó a una tregua en la que una de las condiciones era que Israel cesara en su aislamiento y embargo. No se dice que no hay ninguna voluntad de que esta situación se solucione porque todos saben que esta situación no tiene solución.

Desde hace muchos años se han sucedido los acuerdos y hojas de ruta, pero siempre se soslayan cuestiones inamovibles sin las que no es posible solucionar el conflicto: sólo un bienestar económico, un buen nivel de vida, acabaría con las posiciones radicales palestinas en contra del Estado de Israel. ¿Por qué, entonces, se ha dedicado Israel a imposibilitar el desarrollo económico en Gaza y Cisjordania, por qué le ha negado el acceso a los recursos hídricos, por qué ha convertido ese territorio en un verdadero campo de concentración? Porque Israel sólo puede sobrevivir mientras el peligro que significa su enemigo le permita seguir ejerciendo esa opresión sobre él. La prosperidad y la paz permitirían que la verdadera arma, el único peligro real, acabara con el estado de Israel: la demografía.

Mientras tanto siguen los simulacros de intentos de solución. La Unión Europea saca a pasear su hipócrita buena voluntad de burgués caritativo, los Estados Unidos mantienen su clientelismo con las verdaderas fuerzas que los rigen y los países musulmanes utilizan la causa palestina de mezquina coartada a sus obsoletos regímenes. Tras ellos, los países, dicen que están los pueblos: el pueblo israelí, el pueblo palestino, el pueblo americano…Mentiras.

Mentiras que nos contamos cada día, orgullosos de ser europeos y demócratas. Mentiras que nos cuentan cada día para que les miremos hacer y deshacer desde la esquina, ocupados en vivir mientras otros, los nuestros, se ocupan en no dejar vivir. La gran matanza estaba preparada con la aquiescencia de la gran manzana: tres semanas de tiempo para ahondar la herida de la tierra Palestina, tres semanas para esquilmar la tierra prometida antes de que el Gran Prestidigitador envuelva las falacias en su nube de humo, para que Obama lo cubra todo con su manto de las nadas bien dichas. Me lo dijo mi amigo Leví Morteira, que es judío antiguo. Ahora vendrán nuevos planes y nuevos dineros para construir lo que luego se pueda destruir, para que siempre haya un enemigo que nos permita fingir que sufrimos lo que hacemos sufrir.

Pero, ¿qué es un pueblo?, ¿el que vota a los asesinos? ¿Se puede decir que no fueron responsables los alemanes por votar al nacionalsocialismo? ¿Se puede decir que no fuimos responsables los españoles de permitir que nos gobernara un régimen dictatorial y asesino durante casi medio siglo? ¿Se puede decir que los ciudadanos israelíes no son responsables de los asesinatos que comenten los gobiernos por ellos elegidos?

En aquella biblia contada a aquel niño que era yo siempre se hablaba del otro, de un peligro que venía de fuera y que había que abortar, siempre había sangre, venganza y miedo. Siempre existía un otro al que excluir y al que derrotar.

Y es que el poder necesita de su miedo, y el de los otros, para existir.


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jueves, 15 de enero de 2009

Planetalibro

Un planeta es algo que da vueltas con nosotros dentro, por ejemplo. Un libro es algo que da vueltas sin que muchos lo lean aunque algunos lo compren. Por eso es bueno prestar libros: un libro que se presta normalmente se lee.

Planetalibro es un sitio web donde se promocionan toda clase de noticias, o no noticias, sobre literatura. Esto es bueno porque la gente interesada tiene acceso fácil a todo aquello que es tenido como literario (sea lo que sea eso que llamamos literario, que diría la persona más literaria que he conocido en mi vida). Algunos de ellos, los que visitan Planetalibro, leen libros; otros leen lo que se dice sobre los libros que nunca leen, pero leen (la mejor forma de estar callados).

Este post es una condición que Planetalibro pone a los que quieren promocionar sus blogs en su sitio. Es lo que mi viejo profesor de Ciencias Naturales llamaba una simbiosis y lo que en algunas malas pelis vienen a decir como: “Tú me rascas mi espalda y yo te rasco la tuya.” Bueno, el caso es que esto me sirve a mí para que alguno de los que leen sobre literatura me lea aunque nunca me lea (un libro). ¿Que para qué quiero yo que alguien me lea? Pues no lo sé, pero os aseguro que todo aquel que escribe algo, y ahora estoy pensando en todos esos maravillosos grafitis de los cuartos de baños de adolescentes (y adolescentas), sólo lo escribe para que alguien lo lea, por más que nunca lo que se lea tenga que ver con lo escrito.

Daos una vuelta por  Planetalibro, creo que os gustará y de paso hacemos corrillo.

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martes, 13 de enero de 2009

Música para el cambio

Si le pusiéramos a estas imágenes algunas botellas de coca-cola estaríamos ante un buen anuncio al uso, pero, afortunadamente, en este video sólo vemos cantantes callejeros que cantan la misma canción en diferentes partes del mundo. Se trata de una buena producción de una organización llamada Playing for Change, que pretende eso, que algo cambie, la guerra por la paz, utilizando la música para ello. Podéis informaos mejor en www.playingforchange.com. La canción es Stand by me. Os va a gustar.


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lunes, 12 de enero de 2009

El amigo y la muerte

Un amigo me dijo:

-La muerte es este quemar que me viene de dentro y no me deja respirar.

Al poco tiempo murió.

Algunas veces me acuerdo de él; si no estoy entretenido en otra cosa.

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lunes, 5 de enero de 2009

Visiones y ternuras

Hace algunos años, en un viaje a París, ocurrió este suceso que os voy a contar y que se convirtió en un cuento de los que terminan con puntos suspensivos, como esos finales abiertos de las buenas narraciones que no quieren pontificar, aleccionar ni formar con un final, feliz o no, que no sería más que el golpe definitivo de autoridad de un autor, dios omnipresente, que lo sabe todo, lo puede todo y lo controla todo.

Durante mi estancia en París acudí junto a unos amigos a una interpretación del Réquiem de Mozart en la Sainte Chapelle. ¿Qué decíos de la Saint Chapelle? ¿Qué decíos del Réquiem? Ambas cosas juntas prometían ser impresionantes, así que con ese espíritu abierto a la impresión acudí yo al evento.

La obra fue interpretada por un coro y orquesta de estos que se dedican a interpretar conciertos para turistas, aunque, no obstante lo que se suele encontrar por ahí, su calidad era muy encomiable. No así la del público, nosotros, que éramos turistas del montón, porque los que no lo son, del montón, se llaman viajeros.


(No he podido encontrar un video de la Sainte Chapelle y menos con alguna interpretación del Réquiem, pero he encontrado ésta que os pongo, dirigida por Karl Böhm, que parece ser tiene la particularidad, aparte de su exquisitez, de tener un ritmo algo más lento de lo normal, con lo que la pieza cobra más profundidad si cabe)

La capilla se fue abarrotando de gente simpar que parecía más dirigirse a contemplar un espectáculo popular (ya fuera una suelta de vaquillas o la quema de alguno de esos horrendos monumentos de poliespan) o incluso deportivo y también popular. Pero, claro, para popular el réquiem de Mozart y para popular, su uso lo delata, la Sainte Chapelle, o ¿qué función tiene, si no, este espectacular santuario de mitad del siglo XIII que no sea la de acoger miles y miles de turistas deseosos de poseer en poco tiempo cientos de años de historia? Todo lo que se puede comprar es popular.

Ya estábamos todos asentados (que no acomodados): francesitos de provincias que nos miraban (a los turistas genuinos) con su poquito revirado de chauvinismo francés, eslavos de todas la rusias vestidos a lo saturday night fever de verano (esto sucedía en julio, justamente un día después de la muerte de Marlon Brando), españoles siempre a medio camino entre el ser y el estar, ingleses todos metidos para dentro y, dios mío: había italianos, multitud de italianos en formato familiar con multitud de hijos, esposas y demás familia política al más puro estilo neorealista, llenos de cachivaches para el viaje y coca-cola, muchísimas botellas de coca-cola de litro y medio, muchísimos paquetitos de plástico que rasgar y muchísimos comentarios en voz alta que llevaron mi espíritu profundamente concienciado para la mitificación de música y espacio a la desesperación de mi cruda realidad de turista del montón.

Era evidente que yo era uno de ellos, pero intentaba por todos los medios abstraerme de lo absoluto concreto que suponía mi estar allí en ese lugar. Imagino que cada uno de ellos, de los otros, estaba en ese mismo momento intentando el mismo ejercicio de abstracción (sería muy duro la invasión de ese espacio con la intención de escuchar algo como el réquiem sin un mínimo esfuerzo de alejarse de la simple realidad que aquello era poco más o menos la misma feria que inventaron siglo y medio antes los hermanos Lumière), pero os aseguro que en conjunto no lo conseguían.

Imaginaos cual fue mi sorpresa, y salvación, cuando en uno de los giros nerviosos de mi cuello descubrí unas tres o cuatro filas más atrás, justamente detrás de una de esas familias de italianos bullangueros, una pareja impecablemente vestida, talmente como si fueran a la ópera (de París). Eran un hombre y una mujer, ambos de mediana edad, ella podría tener entre 38 y 42 años y él quizás un poquito más. Desde el momento en que los vi ya no pude sustraer mi atención de ellos, así que con un precario disimulo me abstraí en ellos de mi pobre condición de turista alienado y no dejé de preguntarme ni un momento qué hacía esa pareja tan completamente diferente al resto allí.

Me pregunté muchas cosas más, me imagine muchísimas más. Me llamó mucho la atención la actitud que tenía el uno para el otro. Comentaban entre ellos de forma queda y atenta, se miraban con caricias, con una atención cuidadosa y sabia que mecía la mirada del otro con esa protección desenvuelta con la que algunas madres ven jugar a sus niños en el parque. La mujer era muy bella, de rasgos orientales y unos labios pintados de rojo que me recordaron otros rojos, de labios. Su pelo era claro, seguramente tintado, y sus ojos me miraron distraídos, como sin verme, durante alguna fracción de segundo. Yo disimulé como pude mi vigilancia, pero no podía separarme de aquel embeleso que me provocaban sin darse cuenta de mi existencia aquellos dos seres, tan extraños a lo que les rodeaba, tan vestidos y puestos para consumir esa gloria que es el Réquiem como si estuvieran bajo las lámparas de la Ópera de Garnier y no rodeados de nuestra horda de ávidos consumidores de postales. El hombre tenía una apariencia muy distinguida, un poco distraída y, es posible que esto fuera cosecha mía, bondadosa. Su pelo era completamente blanco, pero su semblante aún mantenía vivos los brillos de una juventud pausada, conocedora, relajada, que parecía disfrutar de lo que tenía con la lejanía suficiente como para no sentirse dueño, ni esclavo, de ello. Iba vestido de impecable traje de chaqueta con corbata burdeos que le hacía juego con una mirada que a veces me pareció un poco metida para dentro. En un momento la mujer le acarició la mejilla y yo creí morir de celos; no de ella, de ella en ese momento, y en todos los posibles, sólo podría sentir envidia, sino de otra caricia en mi mejilla en una escalera mecánica del metro, de otra ciudad, de otros tiempos. Allí estaba yo, mirón invasor de las caricias que había perdido, pero ni siquiera existía para ellos, que no reparaban en mi admirado y un poco ensoñado mirar. Posiblemente nada hubiera despertado mi atención si ella no hubiera sido guapísima, si ambos no hubieran sido tan especialmente distinguidos, si no hubieran contrastado tanto con lo que les rodeaba; pero os aseguro que mi atención no hubiera durado más de lo habitual si ellos no hubieran atesorado todas estas características.

El coro y los músicos irrumpieron en el sagrado espacio y los italianos, españoles y demás representantes del bajo pueblo consiguieron simular un silencio inquieto dominado por los primeros compases del Réquiem (Dales el descanso eterno, Señor); yo, muy a mi pesar, tuve que girar mi cuello y dejar de verlos, de imaginarlos, mientras esa bendita música me hacía olvidar mi condición de eterno aspirante y perpetuo condenado a lo que soy. Creo que fue el Réquiem más amoroso que nunca he oído, por lo que yo había perdido y por lo que veía que otros tenían.

Cuando llegamos al Lacrimosa el rabillo del ojo ya lo tenía en la nuca, pero era imposible, no podía ver la nacarada cara de la ¿japonesa?, ¿filipina?, acunando las notas de la antífona. Mi emoción estaba ya tan sarpullida que hasta los italianos me parecían querubines y en mi cabeza sólo había lágrimas que se preguntaban por la salida y el por qué de tantas cosas que ya no tenían ni siquiera un qué a esas alturas en que la luz eterna volvió a iluminar la capilla y mi cuello fue un resorte para buscar a la pareja que estaba tres filas más atrás como inserta en una mandorla que los aislaba del todo y los iluminaba, si esto fuera posible, más que esa misma luz eterna.

Los volví a encontrar muy juntos, pero sin enñoñamiento, su cariño era un cariño del saber, inteligente si esto es posible, generoso y racional a la vez, de regalo sabido, acostumbrado a sentirse caricia y mimo, también cuidado y protección, era un amor con sacarina, no para no engordar, sino para no empalagar. Y tenían huellas en su cara, en su mirada, de que la música la llevaban ya ellos, antes de que sonara, pero que el escucharla les había asegurado lo que ya sabían: ellos.

La gente, los turistas, empezaron a desfilar rápido y a trompicones, las etapas se suceden sin cesar y el tiempo siempre es escaso. La pareja seguía en su asiento, unas veces en silencio, otras con palabras quedas que ellos comprendían antes de ser articuladas. Yo me hice el propósito de no moverme de allí hasta que ellos no emprendieran la marcha y conseguí urdir un simulacro de conversación con mis compañeros para rezagar nuestra marcha. De pronto la pareja se levantó. Conseguí contemplar a la mujer de pie y vi que iba extraordinariamente elegante vestida con un traje que bien podía ser de noche, negro, muy escotado y con cortes longitudinales a ambos lados que le llegaban hasta muy arriba, casi la cintura. Iba muy sexy. Mi envidia y mi deseo hacían grecorromana. Mi sorpresa fue enorme cuando vi que el hombre llevaba en su mano un bastón blanco, plegable, de ciego.

Fue como si el bastón explicara toda esa ternura que había estado contemplando, espiando, durante toda la audición. Fue como si la ternura sólo pudiera existir con el bastón, como si el bastón me excusara a mí de no haber podido conservar en su momento y para mí todo ese amor que en ellos adivinara; de no poder tener, pobre harapiento, toda esa distinción que esa ternura les irradiaba, no los trajes, no la diferencia. Fue una especie de salvación, de salvoconducto, que me eximía de todos mis pecados y me quitaba la condena de ser mortal, egoísta y tan burdo como los italianos, o los mismos españoles. Pero este consuelo duró apenas unos segundos, porque en cuanto se levantaron y comenzaron a caminar enlazados por la cintura, atentos y corteses el uno con el otro, compartiendo el espacio de la misma forma que ambos se cedían el espacio, unidos y autónomos en esa frontera blanca que les hacía de faro o linterna, de boya y testigo de que se veían con otros ojos, uno al otro, no el otro al uno, que no necesitaban ver, sólo saber que sabían; en cuanto la vi a ella tan cuidadosa de él, a él tan seguro de y por ella, volví a sentir toda la envidia de no estar un poco más ciego, de no haberme dejado llevar por alguien, de haber preguntado demasiado, de haber querido ver más allá de lo que se puede ver.

Me desentendí de mi grupo y les seguí conforme salían, muy cerca de ellos. Hablaban un inglés que yo apenas podía comprender, apenas pronunciaban palabras, no parecían hacerles falta ya las palabras. La gente se cruzaba a nuestro alrededor acercándonos y alejándonos, estábamos cruzando los pasillos de la Concergerie cuando ellos se detuvieron frente a un banco, entre la multitud que no reparaba en ninguno de nosotros. Ella se sentó en el banco, ante la mirada ciega de él, y comenzó a bajarse alguna prenda de ropa, interior, desde la cintura. Imaginaos mi conmoción: la mujer se estaba quitando las bragas rodeada de toda la gente frente a su hombre que no la podía ver porque estaba ciego.

Ternura más erotismo es igual a perversión.

Y estas tres cosas imagino que son las que atan a cualquier hombre (por lo menos a mi sí) y a cualquier mujer (esto ya lo sé menos) a una pulsión, a un deseo de ir más allá, de seguir hasta donde sea.

No podía entender qué estaba pasando. ¿Se había dado cuenta la mujer de mi atención y había decidido mostrarme lo que nunca iba a tener o acaso era una invitación a tenerlo? ¿Se estaba desnudando en público como parte de un acto supremo de amor y sexo en el que ella mostraba a los demás lo que no podía ver él? ¿Sería el fin de este acto contárselo luego en el hotel, desnudos ya completamente ambos, o quizás caminando por el camino hacia el restaurante, o el mismo hotel, o en un ascensor, contándoselo al oído, haciendo de la narración tanto sexo como sexo de lo narrado? ¿Sería tanto su amor que ella me sustraería mis ojos viéndola en ese acto público para dárselos luego a él, con su imagen en ellos, en ese otro acto privado en el que el mirar se convierte en simple fetiche y lo que se ve está más allá de cualquier mirada? Seguí con mi envidia insana, con mi rabia eterna que me atronaba los oídos en un Dies Irae.

Fuera como fuera, estaba completamente absorbido por aquella pareja, por aquel hombre distinguido y elegante, que parado frente a la mujer, a un escaso metro delante y de espaldas a mi, no podía ve lo que yo veía, lo que nadie más parecía ver: unas esplendidas piernas apenas cubiertas por una tela que se desprendían de una especie de culotte y dejaban al descubierto un no tan explicito como yo esperaba, pero no menos excitante, tanga rojo.

A pesar de ser el suceso tan sensual siendo tanga como no siéndolo, a mi entender empezaron a dejar de tener plena validez mis elucubraciones pseudopsicológico-eróticas y descarté al momento todo mi protagonismo en la historia. Yo era el mirón, el narrador ahora, de una historia en la que quizás mi papel no tenía tanta importancia, seguramente las cosas no ocurrían por mí, pero, y esto es la gran paradoja de lo narrativo, ahora, cuando lo cuento, sé que tampoco hubieran sucedido sin mi.

La mujer se levantó y ambos continuaron su camino, yo continué siguiéndolos, enamorado de la ternura que irradiaban, del amor que les suponía, de la fuerte carga simbólica de los dos colores que me habían atrapado, el blanco del bastón y el rojo del tanga, la ternura y el erotismo, la pasión y el cariño.

Llegamos al patio del Palacio de Justicia y el hombre y la mujer se sentaron en las escalinatas. Yo me uní a mi gente y desde lejos seguí observándolos. Hubiera dado cualquier cosa por cambiarme con aquel hombre, por estar cerca de aquellas piernas desnudas aunque no pudiera verlas, por sentir aquella mano en la mejilla una vez más, aunque no fuera la misma mano. Oía la voz de la mujer en mi imaginación inventando historias para aquel hombre que no podía verlas, pero sí sentirlas. Todo el Réquiem volvía a sonar en mis oídos y cada nota era una palabra de ella, una ternura, una sonrisa…

No pude resistirme a quedarme un poco con ella, con él, para siempre y aprovechando que mi cámara tenía un buen zoom, simulé que le hacía fotos a mi amiga P. cuando en realidad se las hacía a ellos. Éstas son:

Como podéis ver, la mujer es bellísima. La distancia a la que tomé la foto y mi mal pulso impiden apreciarlo bien, pero convenir conmigo que semejante aparición en medio de un grupo de turistas sudorosos y cansinos es para impresionar a cualquiera. Llamo vuestra atención también sobre el tanga que se adivina entre sus muslos: mezclar la Sainte Chapelle, el Réquiem de Mozart, la elegancia y belleza de esta mujer, la presencia del hombre y un bastón de ciegos y tendréis una historia, seguro.

En esta foto ella parece observar su móvil mientras él parece pensativo, con la vista como perdida.

La mujer hablando por su móvil y él como contemplando algo en la lejanía. La mujer parece mirar mi objetivo. ¿Seré yo el protagonista, al final? ¿Existirá sólo la historia si se narra?

La mujer continúa hablando por su móvil. El hombre se ha puesto unas gafas y lee una guía de París. En ese momento me di cuenta de lo equivocado que había estado. El bastón blanco, que todavía estaba en poder del hombre, no era para él, sino para ella. Ella era la ciega.

No puedo negar que me desencanté bastante de todas mis elucubraciones y que la explicación de ese supuesto striptease privado y exclusivo ofrecido a mi cegada persona era mucho más sencilla y, por lo tanto, real: como señal de respeto al lugar que iba, la Sainte Chapelle, y dado que su vestido dejaba casi al descubierto sus piernas, se había puesto esa especie de culotte durante el concierto; luego, al terminar, se lo quitó. ¿Por qué iban tan elegantemente vestidos? Es posible pensar que luego del concierto fueran a una cena o a una fiesta. Todo, desde el primer momento, había ocurrido en mi imaginación, hasta el punto de que si no hubiera hecho las fotos hoy en día no podría estar seguro de si esta pareja había asistido o no al concierto. Pero nada de eso importa, en realidad, lo único cierto es que en mí crearon una historia, una preciosa historia que algún día escribiré. Evidentemente yo no había sido ni protagonista ni visible en ningún momento para ella, pero ella algún día será la protagonista de algo que no vio.

Estuvieron sentados un rato y continuaron camino. Salieron del Palacio de Justicia y cruzaron hacia la orilla del Sena. Yo quise seguirles, pero mis amigos me llevaron en dirección contraria. Aún hoy en día los imagino caminando lentamente junto al Sena, bajando a su orilla, cruzando el Pont Neuf, hablándose muy despacio, contándose historias reales o inventadas. Imagino al hombre hablándole de mí, de mis ojos viéndola, fijos en su tanga…

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sábado, 20 de diciembre de 2008

El clima en Ulán-Bator

Me ha llegado este powerpoint con fotos de Mongolia. Mongolia es un país de cuando yo era pequeño, muy lejano y extraño, lleno de pastores y sangrientos guerreros a caballo. También es un país con clima, claro. Me salió en un examen de geografía hace muchos años: clima de Ulán-Bator. Según la clasificación climática de Köppen, que se basa en temperaturas y precipitaciones, se trata de un clima templado frío de verano frío en el que no se alcanzan los 22ºc. (Dwc), con invierno seco y muy frío, con temperaturas medias que no rebasan los 10º durante 8 meses al año. Ya véis. Por supuesto estos datos los acabo de sacar de la wikipedia porque ni siquiera creo que los supiese aquel día del examen. Lo de Ulán-Bator no se me ha olvidado nunca y me viene a la cabeza, asociado a esa prueba, con cierta asiduidad. Es un nombre bonito, como de balneario con burguesía decadente al estilo de Chéjov o del mismo Doctoievsky. Es un nombre de película con tonos sienas y ocres, con campesinas de piel endurecida por el viento y esperanzas idas con él. Sí, yo creo que en Ulán-Bator hará mucho viento.

Pero lo importante son las fotos. Son muy bonitas. Si pulsáis en la esquina inferior de vuestra derecha podréis verlas en pantalla completa.

Mongolia(Yen)
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