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viernes, 3 de abril de 2009

Las personas y los espejos

Son personas las que van por la calle y te miran y te ven y te dicen no deberías seguir ese camino y tú les dices es que es mi camino y ellos se encogen de hombros y siguen su camino.

Y sigues andando y ves el cartel y te paras y sigues mirando, te siguen mirando, y entras.

Al fondo del pasillo hay una mesa y detrás de ella una silla. Sentado en la silla está él. Está más delgado y su mirada ya no brilla tanto, o mejor diría que ya no brilla. Me mira. Está pálido. Está triste. No, no está triste. No es nada. Está nada. Le miro, le veo, no le conozco, ya no es él. Hace una mueca que no entiendo. Le sonrío y la sonrisa es un bloque de cemento que se nos cae a los pies y nos rompe el alma. Le digo, ¿qué tal? Me repite la mueca y me mira con toda la indiferencia de su mirada muerta. Calla y yo carraspeo y le digo estás envejecido y ya no pareces guapo, has cruzado la raya y tu cara está vencida como si tu mujer te hubiera abandonado y tú siguieras ahí, queriéndola como el primer día y yo siguiera aquí, queriéndola como el primer día.

-¿Sabes algo de ella?

-No.

Los dos callamos y recordamos la arena y sus besos y sus te quiero no me abandones nunca que nos decía a cada uno en días alternos. Los dos sonreímos de pena y yo me siento frente a él y parece que los dos nos odiemos, pero nos comprendemos.

Su pelo está blanco y lo único que nos alivia de aquellos sueños son los delirios de las palabras que se escriben solas para no pensar en ellas. La queremos y nos odiamos por odiarla mientras la seguimos deseando, mintiéndonos sus recuerdos para que no nos hagan más daño. Nos queremos los tres. Ella allá donde esté ya no nos recuerda, pero igual nos quiere.

Sonreímos. Lleno hasta el borde dos chupitos de vodka y nos los bebemos de un trago. Repetimos una, dos, tres, hasta cuatro veces. Ahora reímos y nos ponemos a llorar. Estamos borrachos. O no. Ella le decía no me dejes nunca te diga lo que te diga y a mí me decía no me dejes nunca te diga lo que te diga. Un día nos dejó.

Yo me quedé en silencio durante años, yendo cada día al trabajo, mirando cada día en el espejo mi misma cara que ya no conocía, recordando la arena, las jacarandas liras que en abril nos llevaban de paseo, sus cantos en mi oído, sus silencios tan acomodados diciéndome no me dejes nunca, su karaoke cantando bajo la lluvia, su mirada con nubes azules y sus arias de diva atormentada que sólo susurraba si estaba demasiado triste. Oh! mio babbino caro. No me dejes nunca o me tiraré al Arno. Sus llamadas a cualquier hora, su sonrisa pintada de rojo en el pasillo de esta casa, sus enfados por querer querer bien y no poder. Él se fue a buscarla y estuvo años buscando en Roma, París, Amsterdam, Chania, Berlín, Florencia, y en cualquier sitio donde su risa resonara. Estuvo a punto de encontrarla varias veces, pero siempre en el último momento sólo llegó a atisbar el olor a su perfume, white. El mismo que vaporizaba en mi cama para que él día no se me viniera encima sin ella cuando al amanecer volvía con él.

Tras todos esos años un día él regresó y se puso a dejar que el tiempo nos fuera cubriendo granito a granito como aquel reloj de arena que yo jugaba a voltear mientras ella jugaba a que nos quería. Pasó más tiempo y cayó más arena y los dos nos seguimos mirando mirar en espejos que ya no nos reflejaban. Mi trabajo es duro a veces. Sólo rutina y alguna alegría de vez en cuando. Su trabajo no tiene ninguna rutina, pero tampoco alegrías. La primera vez que nos cruzamos nos reconocimos al instante, a pesar de nuestros rostros demacrados y tristes, arenosos y abandonados. Ni siquiera nos miramos, no hacía falta. Él comenzó a andar y yo me puse a su lado y también caminé. Recorrimos todas sus calles en silencio, todas las calles por las que él caminó con ella y todas las calles por las que yo caminé con ella. Esto se repitió cada día durante las siguientes semanas. Siempre en silencio. No hacía falta hablar, nunca nos cruzamos ni una palabra. Él recordaba y yo recordaba. Desde el primer día tuvimos la misma idea, pero seguimos andando callados.

Tal y como nos habíamos encontrado un día dejamos de hacerlo. Yo seguí caminando sólo por las mismas calles durante más y más años, más y más días llenos de la misma rutina, de la misma memoria que se había quedado huérfana y sin memoria de ella aunque sus labios siguieran cantando como películas mudas, aunque su risa ya no fuera aquella risa y la gente te sigue mirando caminar y se para a indicarte el camino, un poco tristes, un poco hartos ya de que tú sigas tan perdido, hasta que de pronto hoy te pares otra vez frente al cartel y el está dentro en la silla frente a la mesa y bebáis vodka y casi no crucéis palabra y os odiéis por lo que habéis tenido y casi que os queráis por lo que habéis perdido. Quizás ella murió hace mucho o quizás nosotros hayamos muerto hace mucho y ahora estamos aquí viviendo la nada sin ella, mirándonos en el espejo con un cartel entre la barbilla y el corazón que dice "Cerrado por derribo", y con la antigua idea de que ambos somos la misma persona. Quizás a él le esté pasando lo mismo.

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A conceptual play.
Thinking to Lacan's "Mirror stage" and to Magritte "This is not a pipe". Magritte "Ceci n'est pas une pipe", which seems a contradiction, but is actually true: the painting is not a pipe, it is an image of a pipe. (In his book, This Is Not a Pipe, French philosopher and critic Michel Foucault discusses the painting and its paradox.).
This is not "me". Maybe is it a symbolic multiple "Ego"?!?...
en.wikipedia.org/wiki/Jacques_Lacan#The_mirror_stage_.28l...

La fotografía pertenece a Osvaldo_zoom, un fotografo que he encontrado en flickr y que me encanta.

Podéis visitar su página de flickr aquí: http://www.flickr.com/people/osvaldo_zoom/

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jueves, 26 de marzo de 2009

Noche de Copla

Había meado casi medio litro de orín amarillo más bien blanco y estaba un poco borracha, pero ahora, delante del espejo del servicio de señoras con azulejos rosas y posters de folclóricas todo sonrisa y dientes, se encontraba guapa. O por lo menos se podía mirar sin desviar la mirada hacia los ensueños de tantos años atrás con tantos desengaños detrás. Se observó con un poco de miedo de ser otro póster más y realizó sus ejercicios maxilares durante los treinta segundos necesarios para seguir en el papel de folclórica ensayando delante de un espejo con la música prestada y las ganas de amanecer mañana colgando de cualquier puente con los ojos ciegos.
Se atusó con mimo la peluca rubia. Qué coño, pensó, estoy para comerme, aunque sea con natillas, rió. Se acomodó las bragas y el esparadrapo en la entrepierna y se dispuso para salir a la sala. La próxima canción era la suya.
Los sillones eran de skay rojo y la oscuridad iba y venía entre luces azules y naranjas. Babyblue se acercó a la cabina y entregó el papelito con su nombre y la canción que quería cantar. No hubiera sido necesario, desde hacía ocho años cada jueves por la noche sin falta, a eso de las 00:30, cantaba la misma canción vestida con el mismo vestido granate de raso que le caía hasta los tacones de aguja negros como el abismo.
El aplauso de cada jueves la recibió cuando subió al escenario y como cada vez los focos fueron borrando a sus amigos puestos en pie para homenajearla mientras sus caras se iban haciendo de oro y fuego y sonrisa. Alguna envidia y cientos de recuerdos la venían a vitorear perdidos allí en medio de tanta vida que no se sabía a dónde había ido a parar o si había sido suya o si había sido siquiera de alguien, fuera quien fuera, él o ella. La copla inundó el vocerío con clarines y redobles y Babyblue ya no veía nada más que los palos que recibió de niño cada vez que se vestía para cantar, que las burlas en el "Juan Sebastián Elcano", que las lágrimas escondidas tras mucho coñac del malo y algún golpe contra algún cristal de espejo que reflejaba la ausencia de su mujer.

"Apoyá en er quisio de la mansebía miraba ensenderse la noche de mayo"

Su voz acostumbrada a adueñarse de la música ajena también se adueñó del mundo como cada jueves que era lo que quería ser. Todos los miedos y los lloros se fueron con cada palabra de cada estrofa para que Babyblue marcara el compás con sus caderas y pusiera a girar sus sueños hechos del revés. Abajo del escenario las parejas bailaban abrazadas con las sonrisas puestas a imaginar sus propias historias perdidas. Las mujeres tomaban sanfranciscos y los hombres fumaban con desdén mientras se les caía aún un poco del deseo por la comisura de la boca. Al fondo de la sala una mulata sin papeles, posiblemente treinta años más joven que cualquiera allí, se dejaba manosear por un gordo calvo vestido a lo fiebre del sábado noche y con un medallón de bisutería asomando entre sus sebosas tetas de buscón de saldos y oportunidades. Junto a la barra el sector bujarrón no cejaba en su algarabía de coqueteos, tientos, desplantes y requiebros de pantalones entallados hasta la cintura y camisas rojas o verdes y chillonas con sus canesús. Cerca de la pista de baile había un hombre sentado en una mesa, completamente sólo. Bebía a sorbos lentos una bebida alcóholica, quizá whisky, y fumaba recreándose en el humo que exhalaba con una cadencia ensimismada. Iba vestido de negro, pantalón y camisa de puños cerrados y su aspecto era de no estar allí ni en ningún sitio. Mientras fumaba y escuchaba a Babyblue tamborileaba con sus dedos sobre la hoja blanca donde había escrito la canción que a continuación iba a interpretar: "Tatuaje".
Babyblue puso todo su tesón en alcanzar el tono perfecto para terminar el estribillo:

"Ojos verdes, verdes como la albahaca. Verdes como el trigo verde y el verde, verde limón."

Todo el público arrancó a aplaudir con entusiasmo mientras Babyblue hacía las reverencias de rigor y se retiraba con paso pausado y triunfador hasta los servicios de caballeros del karaoke. Allí se quitó la peluca, las medias y el vestido que plegó perfectamente; se desmaquilló y se quitó la lencería negra que le acompañaba cada vez que jugaba a ser él. Con sumo cuidado despegó el esparadrapo de su pene y lo liberó para volver a mear con la fluidez que le permitía su próstata. Se vistió de hombre y salió a la calle. El aire fresco le hizo sentir bien. Avivó el paso, era muy tarde y por la mañana tenía que llevar a su nieto al colegio.

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