jueves, 28 de mayo de 2009

Los espejos y las máscaras

A veces (éstas son mis pesadillas más terribles)

me veo reflejado en un espejo, pero me veo

reflejado con una máscara.

(Jorge Luis Borges)

El hombre del espejo miró durante unas décimas de segundo a su modelo y luego giró con parsimonia el hombro por delante señalando una verónica que era desdén y olvido instantáneo del ser inerme que luchaba por vivir quince centímetros más allá de su reflejo.
El hombre del espejo había abandonado el espejo y ahora caminaba con paso de tango por la calle oscura aún de madrugada; el hombre reflejado siguió a su reflejo por esa calle y por todas las calles hasta llegar a un cruce de caminos con un perro atropellado en medio de la calzada. Era la rotonda de siempre, era la búsqueda de siempre y el hombre del espejo se encendió un cigarro. El hombre reflejado había dejado de fumar muchos años atrás.
A las rotondas siguieron los gatos y luego la escena con la mujer de negro y la gitana cantando en la calle una tarde de primavera y todos los ritos disfrazados de mitos y la risa maravillosa y la pena, toda la pena del tiempo después intentando recuperar aquella risa, aquellas nubes azules en aquellos ojos con risa de abrazos y palabras hechas para vestir con pijama los cariños que llegan un poco tímidos al principio, un poco con sorpresa de sentirse a sí mismos.
Pasaron las horas que siempre pasaban, dos o tres o seis, qué más daba, y los caminos ya estaban caminados todas las veces y las esperanzas ya regresaban aburridas como siempre de tanto andar tanto andar por las mismas rotondas los mismos pasados que ahogaban como pasadizos sin fin y otra vez el hombre del espejo se detuvo y terminó despacio de aspirar el humo de su última calada y se giró y sonrió benefactor al desolado hombre que le seguía.

-No me sigas más. No la busques más. Olvídanos. Olvídate.

El hombre reflejado calló como siempre y se quedó como siempre parado, hundido hasta las corvas en el mismo silencio con el que callaba todas las palabras que se le habían ido perdiendo desde hacía. El hombre del espejo rió burlón y continuó su paseo de días deshechos hasta llegar al parque del techado de los besos. Se sentó en el mismo banco y esperó un buen rato hasta que la mujer volvió a aparecer y se sentó junto a él.
Un día más la escena se repitió. El hombre del espejo y la mujer se abrazaron y comenzaron a besarse, a reír, a susurrarse canciones muy cerca del ensoñamiento, a acariciarse los párpados y las entrepiernas con un abandono que convertía a cada caricia en una huella perpetua de la siguiente caricia. El hombre reflejado gritó con furia, pero sólo consiguió provocar las risas de la pareja y de los cientos de gatos que ahora llenaban el jardín hasta que el jardín desapareció y la mujer desapareció y todos los gatos se volvieron pasos del hombre del espejo pisando las calles adoquinadas del centro y cruzándose a cientos de mujeres que andaban como ella que vestían como ella que miraban como ella tras sus máscaras de antifaz y el hombre reflejado seguía siguiendo, seguía queriendo encontrar algún final a la pesadilla, pero a cada paso del hombre del espejo se reflejaban mil caras de mujer cubiertas con los velos de los malos quereres o de los quereres falsos o de los quereres rotos o que perdieron sus reflejos.
Llegaron hasta la plaza de la catedral y allí el hombre del espejo se detuvo ante otra mujer de máscara y pasado tapado y habló con ella durante un rato interminable, un siglo o así, hasta que la mujer sonrió, le sonrió, y como despedida le acarició suavemente la mejilla. El hombre del espejo pareció quedarse pensativo y durante otras décimas de segundo me miró fijamente a los ojos. Dejó de parecerse a mí. La mujer caminó muy despacio en mi dirección y cuando llegó a mi altura alzó ligeramente la máscara de sus ojos y me susurró hasta luego con la misma voz que tanto me había querido. No la reconocí. Seguí mirándome un minuto o dos más en el espejo, como cada mañana. Volví a recordarla, volví a desear encontrarla aquel día, aunque fuera detrás de una máscara.


Más información:

http://www.ubu.com/film/borges.html

http://www.ucm.es/info/especulo/numero22/espejo.html

http://www.sololiteratura.com/bor/borlaimagen.htm

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viernes, 22 de mayo de 2009

Rostros y castigo

El rostro de la panadera se le quedó grabado tras los párpados, pero no volvió a reconocerla como panadera nunca más. Siguieron los rostros del camarero de todos los días, de la buena señora Rosenda que, como cada vez, le volvió a ofrecer los claveles que nunca compró y esta vez los claveles dejaron de existir, la señora Rosenda dejó de existir, pero su rostro se quedó grabado tras la desconocida cara del camarero y la desconocida cara de la panadera, así en fila, uno tras otro. A estos se les fueron sumando el viejo limpiabotas de la esquina de enfrente, el vendedor del cupón y todas las viejas figuras conocidas del barrio que pasaban a ser rostros desconocidos conforme iban engrosando la cada segundo más larga hasta el infinito lista de rostros desconocidos que se agolpaban pegados unos a los otros sin identidad ni recuerdo de ella, sin explicación posible a tanta cara pegada para siempre bajo sus párpados o dentro de sus ojos abiertos, todas sin cuerpo ni pasado convertidas en calcamonías gritándole en silencio ¿quienes somos, quienes fuimos, por qué no nos dejas salir, por qué no nos dejas vivir? Cada rostro que veía se convertía en una cara encerrada para siempre dentro su cabeza, cada rostro que apresaba era un ser menos que recordaba haber visto o conocido alguna vez, cada cara en la fila de su desmemoria era un olvido de algún ser querido, odiado o simplemente conocido. El mundo se le vacío de personas y se le llenó de caras hasta no poder ver ni un segundo atrás ni un segundo delante de lo que iba a venir o de lo que se había ido.

Solo conservó la memoria de tres mujeres a la que había creído querer alguna vez. A medida que los recuerdos del resto de su vida se iban perdiendo, los recuerdos de ellas iban haciéndose tan abundantes y detallados que sus minutos se convirtieron en un sudoku imposible en el que intentaba conjuntarlos en líneas que supusieran algún pasado. No pudo. Le faltaban las caras que completaran aquellas verdades construidas con tantas mentiras. Sus días se convirtieron en sus ojos cerrados y su vista recontando caras apelmazadas y truncadas de quienes fueran, decapitaciones sin sentido ni sangre ni sentimiento, sólo caras pegadas a la pared de su recuerdo, sólo vacío en aquella botella sin cuello ni mensaje puesta a zozobrar segundo a segundo, imagen a imagen, en un libro de fotografías sin alma ni cuerpo que le endemoniaba la vida y le hacía girar el carrusel del revés hasta pararse en una nada hueca llena de nadas y caras mirándole mirarlas rebuscando el sentido o intentando hallar algo, un nombre, que ponerles como pie de foto o encontrar, por fin por favor, un rostro al que ponerle la historia de aquello que él había querido. Posiblemente era la locura y por eso las palabras también se ponían en fila sin orden como los rostros, sin orden ni sentido iban ocupando sus filas, llenando los huecos de todos esos rostros vacíos para ocultar el dolor, el ya acostumbrado y mísero dolor, de no poder llevarse un rostro al recuerdo de todos sus olvidos.

Ese fue el castigo que duró hasta el fin de sus días por días y más días, por años y más años, juntándose caras al momento desconocidas tras sus párpados, juntándose recuerdos milimétricos en su dolor como afiches que le emponzoñaban el respirar. Volvió a vivir como la primera vez cada uno de los momentos, de las palabras, de las risas, de los besos, de los gemidos, de los llantos, de las dichas, de cada uno de aquellos amores, de cada una de aquellas torturas a la que aquellas mujeres desmembradas le seguían sometiendo sin piedad con tal de hacerle pagar por la temeridad de haberlas querido un poco más de lo que ellas estuvieron dispuestas a quererlo a él. Siguió hasta el fin acumulando rostros olvidados y probándoselos a sus recuerdos sin rostro como si fueran máscaras venecianas. Ninguna máscara sirvió, ningún recuerdo murió. Un día quiso recordar el crimen de tanto castigo, pero no lo consiguió.


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lunes, 18 de mayo de 2009

Mario Benedetti: Sin putas ni poetas.

Se nos fueron las palabras y sus pasos de baile con sus ecos y tonos que nos hacían reflejarnos en el espejo de vernos buenos y queredores.

Se nos fue el marino de aquel club de putas que recitaba en alemán, nos quedamos sin sus sueños salmodiados de antillano, nos quedamos sin su alma grande que reventaba tácticas y estrategias.

Y así estamos, puestos a guardar a la inaguardable debajo de nuestra gabardina de exhibicionistas con más miedo al helor del abandono que pudor a la vergüenza de lo callado; así estamos, mirando nuestro fondo de armario rebuscando el último amigo, el único mito, que nos abrace mientras dura el camino.

Así estamos, sin putas ni poetas.

Desde mis tiempos de instituto Mario Benedetti ha sido mi compañero. De repente este mundo se está quedando vacío de todos a los que conocí. Quizás es que estas calles que veo al pasar ya no sean las del que yo habité, por algún callejón de Praga desemboqué en éste que ya no sé muy bien qué es.

Intentaré andar sin pisar mi sombra, no sea que los del nuevo mundo me descubran y me echen de él.

Además del poeta, una de las cosas que me acompañaron más en el antiguo mundo fue la película “El lado oscuro del corazón”, de Eliseo Subiela. En una memorable escena aparece el poeta recitando un poema. Antes de eso Dario Grandinetti recita en off uno de los poemas de Benedetti que siempre conservé en mi armario: “No te salves”. Desgraciadamente nunca, ni en el mundo antiguo ni en el nuevo, encontré a nadie que no se salvara y siguiera vivo. Ni siquiera yo. En la siguiente escena asistimos a la declaración de amor más bonita (y más inútil) de la que he tenido conocimiento en mi antigua vida.

En el mundo antiguo los versos de Benedetti servían para querer, el el mundo nuevo igual ya sólo sirven para leer sin querer.




Más información:

Mario Benedetti:

http://es.wikipedia.org/wiki/Mario_Benedetti

http://www.cervantesvirtual.com/bib_autor/mbenedetti/autor.shtml

http://amediavoz.com/benedetti.htm

“El lado oscuro del corazón”:

http://es.wikipedia.org/wiki/El_lado_oscuro_del_coraz%C3%B3n

Eliseo Subiela:

www.eliseosubiela.com

http://es.wikipedia.org/wiki/Eliseo_Subiela

http://www.monteuve.com/filmografia/subiela.html

Dario Grandinetti:

http://es.wikipedia.org/wiki/Dar%C3%ADo_Grandinetti

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jueves, 14 de mayo de 2009

Melodías y equilibrios

Hola. Me llamo Fito y los Fitipaldis y hago letras de canciones. También las canto. Durante años he estado enamorado de Leonor Watling, ¿la conocéis? La vi en una serie de televisión que se llamaba "Raquel busca su sitio" y me quedé colgado y empecé a escribir canciones y luego a cantarlas y triunfé y me hice famoso y casi que hasta gané dinero y de pronto de ser feo fui guapo y de ser aburrido simpático y de ser nada lo fui todo, pero ella era más.

Un día nos conocimos y ella me dijo que le encantaban mis canciones y que las tenía todas y hasta ahí llegamos, el resto como si me follara un pez. Yo me quedé con mi baba colgando y me puse a escribir canciones para ella sin parar. No me llegaron a salir nada mal. Nos intercambiamos móviles y mensajes pero yo ya me di cuenta de que la cosa en follar no iba a acabar.

Una noche actué en Barcelona, en el Foro, junto a Calamaro y allí vi a mi amigo Carlos bailando y apuntando su móvil al cielo para que mi música le llegará a alguien que seguro que también él se quería follar y me di cuenta de que todo está en perfecto equilibrio entre los noes y los síes que viene a ser entre el follar o el no follar que viene a ser entre el tener o el no tener que viene a ser entre el querer o el no querer o el ser o el no ser, que hubiera dicho Parménides o quien coño fuera.

El 24 de junio de 2005, santo del rey, una mujer me paró por la calle y me pidió un autógrafo en una foto mía. Le escribí con recato "para tus ojos" y ella me besó en la mejilla y me dijo al oído que "yo ya tengo la vida hecha" y yo me quedé de piedra pensando que pudieran haber vidas ya hechas y enseguida le apunté mi número de teléfono en la foto y a los días me llamó y me dijo que si un café y nos acostamos y me contó de su marido y de sus dos hijos, su niña de seis meses, y a la semana se la trajo a mi casa y mientras yo le tocaba las tetas a ella ella le daba a su niña el biberón en mi cama.

Me llamaba todas las noches y me decía te quiero me encuentro mal tú no tienes nada que perder tú eres Fito y los Fitipaldis y yo le decía que en cualquier momento lo podía perder todo porque siempre se pierde todo o nada y si nada nada tenías y si todo todo lo perdías, pero esto ella no lo entendía, sólo me pedía ponme la canción y yo le pregunté qué canción y me dijo esa de "Me haces bien" y no pude convencerla de que esa canción no era mía, era de Jorge Drexler, pero le daba igual, pónmela otra vez, otra vez, y yo se la ponía y le hacía bien.

Me encantaba follar con ella y quererla como si quisiera a Leonor Watling y los días fueron pasando sin agobio con sus dudas y sus malas conciencias traídas siempre a destiempo y con mohines de quiero y no quiero y alguna mentira que me contó al bies como si así fuera menos mentira. Un día me enteré de que Leonor Watling se había quedado embarazada de Jorge Drexler y sentí un poco que todo estaba en perfecto equilibrio otra vez, como si fuera una regla de tres, ni la canción era mía ni la criatura era mía ni Leonor era mía ni mi amante era mía porque el me haces bien ya no le hacía tanto bien y me mandó a freír espárragos con más mohines y se fue a refugiar en su marido que aunque fuera gilipollas y facha sabía mucho de excel.

Yo seguí llenando mi pared de fotos de la Watling, sin poder evitar un cierto desapego. Al Drexler no he podido volver a escucharlo y de lo que soy Fito y los Fitipaldis poco a poco me estoy curando. Del daño que ella me hizo no. Todo está en equilibrio.


(Si tenéis tiempo os recomiendo esta entrevista a Leonor Watling: http://www.youtube.com/watch?v=FpOP7dwvIYU)



Y se terminó la gramola por hoy.

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martes, 12 de mayo de 2009

Antonio Vega

No sé si se puede ser un muerto ejemplar, pero si yo pudiera elegir el muerto que quiero ser creo que Antonio Vega sería un buen referente. A él se le murió la chica del ayer y a todos se nos ha muerto alguien cada día mientras jugábamos a que vivíamos. Ahora vendrán los homenajes y los recuerdos, las biografías y las buenas palabras, pero a algunos nos sigue gustando más la gente que no se salva. Yo de él me quedo con esta canción:


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jueves, 7 de mayo de 2009

Los cánticos y las sirenas

-Hola, tú debes ser el nuevo.

El cántico me hizo detener y levantar la vista. Tres escalones más arriba había una sonrisa disfrazada de sirena y todo el encanto del mundo. Nos presentamos: Marta, la mujer de un antiguo compañero de instituto; yo, encantado y sin un puto mástil donde atarme y resistir a mi nueva compañera de trabajo.

Nos hicimos amigos cordiales, luego cómplices; enseguida aprendimos a hablarnos con los ojos y a guardarnos los silencios como quien cede el paso. Su risa era una noria escondiendo los miedos y su voz se convirtió en el único personaje capaz de contar cualquier historia que pudiera haber sido.

Me ofreció su número de móvil y yo lo rechacé avisándole de que si me lo daba querría más y ella me envío un sms para que pudiera acercarme a ella entre las rotondas y los gatos negros hasta su casa a comer pato y después de hablarme de su vida como si fuera una sábana tendida en su balcón para mí y de enseñarme sus piedrecitas negras de Tenerife y acercar su aliento a mi mejilla nos despedimos y me besó muy suave en los labios y luego cuando yo ya iba de vuelta, me envió otro sms que decía "¿te ha gustado mi pato, te has convertido en sapo?"

Al poco fuimos amantes y amigos cordiales y cómplices. Ella buscaba palabras para regalarme junto a sus nubes azules, sus abrazos, sus recuerdos y tanta comprensión para mi recién estrenada condición de sapo que a mí se me amontonaban los segundos para quererla cuando en un garito de madrugada metió sus manos en mis bolsillos y me dijo que ella no podía ser fiel. Desde aquella noche la seguí por cada rendija de cada noche y de cada día, la contemplé desde cada una de sus innúmeras, le escribí los pocos torpes versos que pude aprehender para ella, le cedí mi vida y la de todos los demás para poder estar con ella incluso cuando no estaba ella.

Los días nos siguieron enamorados y se acostumbraron a acompañarnos en nuestros paseos y nuestras lecturas, en sus abrazos profundos buscando un refugio que ella misma no se daba, en sus sorpresivas iras y furtivos hastíos, en su miedo o en esa pequeña locura que la hacía llorar con lágrimas tímidas que yo nunca supe comprender. El mundo existía dos pasos más atrás de su brazo colgado del mío escuchándola cantarme al oído coplas y aquella vieja canción de The Bangels. Una noche me abrazó y me prometió que no me dejaría nunca.

Los ratos se nos fueron viniendo y yendo, y sin sentirlo ya no éramos tan cómplices y ya no éramos tan amigos y un día me envío un sms que decía: "¿Por qué no puedo estar con quien yo quiero?" Luego ella me dejó y todos los días se fueron con ella. Nunca quiso volver a hablar conmigo.

Yo perdí mi vida y el empleo y me fui a buscarla donde no estuviera, por todas esas ciudades en las que habíamos soñado estar; pero ella estaba tan dentro mío que se agarraba a mis pulmones y no me dejaba respirar ni dormir ni pensar en nada más que no fuera volver el tiempo atrás, del revés, y volver a vivir lo mismo, exactamente lo mismo, porque nada podría ser mejor.

Pasaron los años y yo regresé sin un céntimo y muy enfermo, sin casa ni personas de antes ni después. Me dediqué a mendigar por las calles y a beber hasta matarme. Un día nos cruzamos, ninguno de los dos nos reconocimos aunque ambos supimos al instante quiénes éramos. Desde entonces la espero cada día en el mismo rincón. Ella me echa unas monedas y sigue su camino. Yo la odio con toda mi alma por no ser ya ella mientras sigo buscando dentro de mí a aquella sirena.


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sábado, 2 de mayo de 2009

La historia de mi padre

El manco nos estaba metiendo la bronca una vez más aquella mañana plantado justo delante de mí. Yo sólo podía verle la espalda y su pelo grasiento alfombrando una calva que ya le llegaba por el cogote. No hacía falta ver más, imaginaba perfectamente su cara desencajada y su ira antigua apoderándose del miedo de todos nosotros.

El manco había luchado con los nacionales. Algunos decían que había estado en África y que su mujer se había ido con un moro o cosas así. Lo seguro es que el brazo sí lo perdió en la guerra, por eso nos odiaba tanto. Sobre todo a mí que era zurdo e hijo de rojos, aunque esto último yo no se lo decía a nadie.

El viejo pupitre de madera crujió con un movimiento mío y Don Enrique se giró como una peonza con su único brazo izquierdo y sin mirar siquiera me asestó un manotazo en la nuca que llevó a mis morros a reventarse contra la mesa. La sangre de mi nariz llenando el cubículo del tintero me dejó asombrado a mí, y tan asustado a él que el rojo de su ira se transmutó en un santiamén en blanco de miedo. Habíamos intercambiado los colores y yo, quizá por primera vez, sentí haber ganado una batalla aun cautivo y desarmado y chorreando sangre por las narices.

El manco me socorrió solícito, más que para curarme para borrar toda esa escandalosa huella de su disparatada violencia. Mandó callar a mis compañeros que se burlaban alborotados y me acompañó al botiquín para asistirme. La amnistía duró lo que tardó en olvidarse del susto y verme otra vez escribiendo con la izquierda. Con su única mano me agarró de la patilla y me levantó un palmo del suelo. Esta vez ni mis lágrimas acallaron sus gritos ni las burlas del resto. Yo no podía entender esa aversión porque yo escribiera con la izquierda cuando él mismo lo hacía con tanta necesidad como yo.

Cuando llegué a casa no le conté nada a mi madre, ella nunca supo nada de los golpes del manco ni de las burlas de mis compañeros o de los insultos a mi padre ausente. Yo sólo quería mirar su silencio, su quehacer ensimismado. Me quedaba mirándola y me sentía orgulloso de ella, siempre callada, siempre de negro, y de mi padre, al que nunca conocí, pero del que había imaginado tantas biografías que parecían haber sido muchos padres, no uno. Ninguna de ellas me servía como historia, porque yo ya sabía muy bien que los perdedores no tienen nunca historia.

El manco siguió pegándome todo el curso, quizás para matar el miedo de aquella sangre; mi madre siguió cuidándome callada. Algunos días, antes de irnos a dormir, sacaba la caja de fotografías y me las iba enseñando con pequeñas acotaciones como "tu abuelo Andrés", "tu abuela Simona"... No habían fotos de mi padre, pero mi imaginación fabricaba todas las historias a la medida del cariño que sentía por mi madre.

Un día el manco citó a mi madre para hablar con él en el colegio. Más que temor sentí un asco infinito porque mi madre se mezclara con el mundo sórdido de mi escuela, porque perdiera esa paz que tanto me curaba del infierno que era para mí todo lo que no era ella. Creo que el motivo de la entrevista fue que el manco no conseguía que yo escribiera con la derecha e intentaba que mi madre le ayudara en su cruzada. Ella no me comentó nunca nada, pero desde entonces fue al colegio con bastante regularidad. Un día vi como el manco al despedirse acariciaba con su mano izquierda el trasero de mi madre. Ella le sonrió. Desde entonces no he vuelto a imaginar a mi padre, sólo sueño con tener dos brazos izquierdos, el mío y el del manco en una urna.


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viernes, 24 de abril de 2009

Retrato de mujer con maleta y niño

El juego era sencillo, no tenía ninguna regla. Lo único que tenías que hacer era ponerte la peluca que te correspondiera, luego empezaba a sonar la música y cuando te tocaba el turno salías y bailabas. La primera vez me meé de miedo. Creo que eso me salvó la vida, aunque me dieron tantos golpes que estuve dos semanas sin poder jugar. El sargento Flitz me volvió a ayudar, una vez más. Me trajo sopa y curó mis labios y mis moraduras, me acarició la frente como tomándome la temperatura. No me obligó a chupársela hasta que mis labios no estuvieron completamente curados; mi niño no paraba de llorar de verme llorar y él una tarde le trajo dos caramelos y un puzzle del Káiser para que lo encajara. Mi niño dejó de llorar y le miró con esos ojos verdes perplejos con los que miraba las cosas que no acababa de entender.

El sargento Flitz fue bueno conmigo desde el principio, aunque lo primero que hizo la primera vez que me vio fue pegarme un sopapo. Yo creo que los dos nos miramos sorprendidos; yo por el dolor y él por ver en mi rostro que estaba acostumbrada al dolor, no era demasiado diferente a mi marido. Por la noche se acercó a mi camastro y después de acariciar a mi niño como si le tomara la temperatura puso su pene sobre mis labios cerrados. Siguió acariciando la frente de mi niño y yo supe que tenía que abrir la boca.

Desde esa noche ni a mi niño ni a mí nos faltaron comida ni mantas. El sargento me trataba muchas veces con cariño, me enseñó las fotos de su mujer y de sus hijos, me habló de su tierra y del lago donde todos los viernes de madrugada iba a pescar. Me habló de su perro y de su madre, del amor de su vida que nunca le había querido, de la mierda que era la guerra y de las ganas que tenía que terminara para poder volver a dormir aunque fuera sólo una noche más, de la lástima que sentía por mí y los míos, pero que me diera cuenta de la culpa que teníamos por no haber sabido ni querido ser alemanes, por habernos hecho ricos a costa del pueblo alemán, por haber mantenido nuestra secta de judíos usureros y haber socavado la dignidad de su raza. Yo asentía sin saber muy bien a qué, me sentía tan incómoda con sus palabras que casi prefería oír sus gemidos con su miembro en mi boca. Nunca le dejé que se corriera dentro y él siempre me respetó en esto como mi marido.

El juego era sencillo. Las chicas nos poníamos en semicírculo en el escenario, cada una con la peluca que nos hubiera correspondido. Estábamos en el bar de oficiales del campo de Terezin. El humo, la música y el vocerío de los alemanes me aturdían. Seguía teniendo tanto miedo como el primer día, pero sabía que no podía volver a defraudarlo, mi niño y yo misma seguíamos vivos gracias al sargento Flitz y para él era muy importante que yo cumpliera. Me lo había explicado muy bien la noche anterior: sólo tenía que ponerme la peluca que me dijeran y cantar la canción que me dijeran; luego, por orden de grado, los oficiales irían eligiendo a las que más les hubieran gustado. Las no elegidas irían al bar de suboficiales. Barra libre.

Le dije que yo no quería estar con ningún hombre que no fuera él. Él ser rió y me dijo que yo estaría con cualquiera que me permitiera respirar un segundo más. Yo pensé que tenía razón, pero necesité también pensar que era por mi niño. Se lo dije: "Es por mi niño" y él volvió a reír un poco triste y acarició mi clítoris con su dedo hasta que el calor volvió a invadir mi cuerpo y mi pensamiento se llenó de culpa y de deseo y las lágrimas me volvieron a las mejillas y el flujo resbaló otra vez por mis muslos y él otra vez se rió y otra vez me acarició suave la mejilla y acarició suave la frente de mi niño.

Esa noche me eligió un capitán y a la semana siguiente ya ni me acuerdo. Mi sargento Flitz se puso celoso y dejó de acariciar a mi niño y ya no me trajo más comida ni me metió más su pene ni me acarició más el clítoris.

Un día muy de mañana se plantó ante mí y me dijo que hiciera las maletas y me pusiera la mejor ropa que volvía a casa, acarició la frente del niño y me besó suave en los labios. Vi una lágrima en sus ojos y luego nos llevó a una gran cola de prisioneros que esperaban sin saberlo su turno para los hornos. Todos llevaban sus mejores ropas y un fotógrafo nos hacía fotos. Éste fue el juego.

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La idea de este relato me ha venido de mi último viaje a Praga, hace ahora unos dos años. Allí estuve viendo de nuevo en el Museo Judío de Praga el Memorial del Holocausto. Aunque nunca he estado muy de acuerdo con la propaganda del dolor, lo cierto es que ver los dibujos de aquellos niños y niñas (la inmensa mayoría de ellos murió) conmueve y mucho. Pero esta vez lo que más me conmovió fue una fotografía. En ella, por supuesto en blanco y negro, se ve a una mujer que está de pie formando una cola, esperando algo. La mujer tiene una belleza sobria y elegante. Debe tener unos treinta años y tiene un atractivo especial que va más allá de sus rasgos o sus formas. Su atractivo es la dignidad. La mujer está vestida con ropas que aunque no se pueda decir que sean humildes tampoco parecen ser las que llevaría alguien con un status económico o social elevado; se trata de un vestido oscuro y un abrigo negro que le llega hasta la pantorrilla y le da un aspecto sereno y refinado. Pareciera que la mujer se ha arreglado para salir y aunque no parece llevar rímel o maquillaje, sí se adivina claramente que se ha peinado con cierto esmero. En su rostro no se percibe atisbo de impaciencia o incertidumbre, menos aún de temor o siquiera una mota de resignación. Está aguardando algo, simplemente aguardando.

En su mano derecha lleva una maleta, en la izquierda un niño de unos ocho años. El niño también parece haberse arreglado para salir. Lleva unos pantalones cortos y, debajo del abrigo, una chaqueta de la misma tela de los pantalones; bajo la chaqueta, una camisa blanca. Tanto la madre como el hijo llevan cosidas en los abrigos sendas estrellas de David.

Me impresionó muchísimo ver el porte de la mujer, su belleza tranquila dándole la mano a su hijo. Ninguno de los dos parece saber lo que les espera. Yo no sé si podría haber esperanza en la madre, si verdaderamente podía pensar que ya había pasado lo peor y que a partir de entonces las puertas de Terezin se abrían a la esperanza y no a Auschwitz. En la fotografía se les ve tan vivos que da miedo pensar que ya estaban muertos.

He buscado la foto por internet, pero me ha sido imposible encontrarla (si alguno sabe de ella le agradeceré que me informe), así que he creado este pequeño montaje con fotografías hechas en Auschwitz por mi camarada Benito y con algunos de los dibujos hechos por los niños y niñas del campo de Terezin. La música es de Wim Mertens (“Zweierlei”, del álbum “With no need for seeds”)

Edito para aconsejaros que veáis el video a pantalla completa y con el sonido lo más alto posible.

Más información:

Terezin:

http://www.pamatnik-terezin.cz/showdoc.do?docid=164 El sitio oficial de Terezin en internet.

http://www.memoriales.net/topographie/checoslovaquia/terezin.htm Terezin, su historia.

http://es.wikipedia.org/wiki/Terezin: Información sucinta y útil, como siempre.

http://kurioso.wordpress.com/2009/02/20/los-ninos-que-vivieron-y-dibujaron-el-holocausto/ De este blog he sacado los dibujos de Terezin. Hay una información muy detallada del tema.

http://www.radio.cz/es/articulo/46588 Página en castellano con abundante información sobre temas checos

Auschwitz:

http://www.auschwitz.org.pl/ Sitio oficial

http://remember.org/auschwitz/ Paseo virtual por el campo

http://es.wikipedia.org/wiki/Auschwitz wikipedia, no ha que decir más.

http://www.memoriales.net/ Este sitio es fundamental si te interesa este tema.

http://www.ushmm.org/wlc/article.php?lang=es&ModuleId=10007021 Artículo en la enciclopedia del holocausto.

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martes, 21 de abril de 2009

Lucía Puenzo y El niño pez.

La directora argentina presentó su segundo film en la sección Panorama de la Berlinale. Fue recibido primero con expectación y luego, de verlo, con satisfacción por los espectadores del pase. La película es la adaptación de la novela del mismo título escrita por Lucía en el año 2004. Según cuenta la autora, ha intentado desprender del trabajo fílmico todos los rasgos literarios subyacentes en la historia original. Ha conseguido una densa historia que destaca en el plano visual aunque, según alguna crítica procedente de Argentina (país donde ya se ha estrenado al público), la historia se pierde un tanto en alguna subtrama paralela. En España se estrena el viernes 24 de este mes, así que ya hablamos después.

Lucía Puenzo se dio a conocer internacionalmente con su primera película, XXY, ganadora del premio del jurado de Cannes en 2007.

Os pongo un video de XXY y otro de El niño pez.



Más información:

http://www.cinenacional.com/personas/index.php?persona=11310

http://www.pagina12.com.ar/diario/espectaculos/6-38661-2004-07-24.html

http://xxylapelicula.puenzo.com/main.html

http://www.blogdecine.com/tag/lucia+puenzo

http://www.actualidadcine.com/2009/04/12/entrevista-a-la-directora-lucia-puenzo-con-motivo-del-estreno-de-el-nino-pez/

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/2-13474-2009-04-10.html

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lunes, 20 de abril de 2009

Modelos y mujeres y personas.

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miércoles, 15 de abril de 2009

A destiempo

Quería cambiarse de casa para ver si eso era cambiarse de cara o de alma o sólo de esquina de estar mirando las cosas que pasan por fuera mientras la lejía corre por todas las venas o los recuerdos. Él siempre vivía después de tocar vivir, siempre era viejo para lo que hacía, siempre llegaba unos segundos o unas horas o unos años después de haberlo soñado. Y la cosa sucedía y él estaba pensando en lo siguiente que debería haber vivido y aún no. Una pesadilla. Conoció a su primer amor exactamente quince años y tres días después de haberla amado con toda su vida, después de haber imaginado hasta tatuarlo cada rasgo del sentimiento que se le proyectaba en la pared oscura de su cuarto de dormir. Perdió a su primer amor exactamente quince años y tres días después de haber tenido en la huella de los labios la frase: "Si esto es vivir, contigo me vale."
Habían pasado años desde entonces y ya aquel amor no era dolor, pero seguía sorprendiéndole por algunas madrugadas. Llovía en la calle y Arturo terminó lentamente su cigarro. Llevaba años intentando dejar de fumar y de pensar, pero era imposible, ambas cosas iban unidas. Cruzó la calle bajo la lluvia y el semáforo en rojo y se cobijó bajo una cornisa donde ya se cobijaba un tipo, un negro culebrón de estos que llevan el son bajo los párpados y la navaja escondida en algún lugar de lo que fue su alma. Aprovechó para pedirle fuego y se hicieron brothers al poco; se fueron caminando bajo la lluvia y entraron en un after que ya estaba cerrado. Allí bebieron alcohol del malo y siguieron fumando. Hablaron. Los dos habían perdido las mismas cosas y tampoco nada había sido mejor tras ello. Hablaron. El negro había nacido en Sevilla, pero no tenía acento. Él había nacido en Lisboa, pero no sabía de sus padres ni tampoco estaba seguro de llamarse Arturo. Llegó tarde. O la conoció tarde, da igual. El negro le contó de un tren que salía a las ocho de la mañana. Le enseñó dos billetes. Le faltaba un viajero, seguramente una mujer. El negro cantaba seguiriyas de Triana. Lo hacía muy bien. Arturo, o como coño se llamara, fingía escucharle cantar mientras seguía pensando años atrás. Siempre a destiempo. Siempre el despienso.
Después del primer amor llegaron las desamantes a quererlo hasta pudrirlo, a usarlo y tirarlo al compás de cualquier colilla de extralargo rubio blend. Siempre se supo enamorado cuando ellas ya no estaban, cada vez se vio engañado cuando el engaño había pasado. Siempre llegaba tarde a llegar tarde. El negro dejó de cantar y empezó a hablar sin parar. Por suerte Arturo sólo tenía una certeza. No la certeza incumplida de cada noche, ahora tenía la certeza de poder llegar a tiempo una puta vez en su vida. Eran las 6'45 de la mañana. En el after sonaba una vez tras otra el "my way" de “la voz”, pero Arturo llevaba años oyendo la misma canción de Sabina. Las putas iban y venían alrededor de los dos hombres sin el menor asomo de atención por parte de estos. El humo parecía un atardecer y los dos tíos se besaron mientras tanto, pero el negro dictó precio y acababa de morir. A destiempo. Arturo no había besado nunca a ningún hombre y menos a un negro ni tampoco había matado a negro alguno, pensó, ni a ningún hombre, quiso recordar. No supo si le gustó, se dio cuenta, pero tampoco era tan grave con tal de llegar a la estación. Se sabía tan viejo que se sintió feliz a destiempo.
Cuando salieron del after la noche ya no existía y Sinatra seguía con voz de Sabina, las aceras eran siempre las mismas, los días no pasaban más que después de tres noches y el tráfico despertaba entre charcos y luces de cafeterías que servían aguardiente a los obreros de la construcción. Le apetecía comerse un huevo duro con un buen café y esperar la hora de dormir, pero siguió caminando al lado del negro bujarrón, pasito a pasito desandando los sueños hasta la estación donde seguían las mismas putas de hacía quince años, los mismos amores colgados del andén esperando el sueño de la mañana, los sueños aquellos tan mentira. Y rió a carcajadas y como no sabía como explicarlo le contó al negro un chiste de putas negras y el negro se rió, idiota, por reírse porque seguro que no entendía nada aunque cantara como Camarón y le metiera mano a la bragueta y Arturo creyera verle el diente de plata que cantaba hacía mucho aquella orquesta de ese nombre.
Todavía quedaba mucho para que el tren saliera y el negro se hacía el remolón, esperando quizás a que de pronto apareciera la mulata y estuviera aún a tiempo de cambiar el menú, pero los relojes de las estaciones nunca mienten y los trenes siempre han sido más fieles que algunas mujeres, así que los dos subieron sin equipaje, tan viejos, tan tarde, tan cutre la vida por detrás y por delante, y se acomodaron contrabrazados a sí mismos, olvidados ya en cada traviesa de sí y del otro, esperando que la borrachera les borrara la mañana o el sol y les enturbiara hasta la noche.
Arturo agarró con fuerza la polla del negro y le rebuscó hasta encontrar la navaja entre sus entrañas. Sabía que quería matarlo y no sabía por qué, pero estaba tan cansado, llegaba ya a todo tan tarde, que el sueño se hizo negro y abrazo y pensar mañana, mañana lo mato en Sevilla, mañana lo mato. Y al día siguiente la noche llegó como siempre demasiado tarde y aunque Arturo nunca llegó a querer al negro ni dejó de fumar ni de pensar en el pasado, se sentía un poco mejor cuando sentía su abrazo.

(Para ilustrar el relato iba a poner a Camarón cantando siguiriyas de Triana, también he pensado en poner algún video con “Pedro el Navaja” con la Orquesta Platería o con Rubén Blades…Y al final he encontrado este video de la gran Amy que contiene el espíritu de aquellos dos y añade el tono que yo le quería dar al relato. Como mis palabras no alcanzan a conseguirlo, permitirme que me ayude con el desgarro sobreviviente de esta mujer enterrando su corazón)


(El video es impecablemente bello, la canción impecablemente Amy. Como siempre que se puede, se recomienda ver a pantalla completa y alta definición.

Más información:

http://www.amywinehouse.co.uk/

http://es.wikipedia.org/wiki/Amy_Winehouse)

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viernes, 10 de abril de 2009

Vida muerta

Había cuatro palabras que no se podían nombrar y cinco que sólo se podían recordar, pero las demás se podían utilizar siempre que se quisiera, tantas veces como las soñáramos o incluso pretendiéramos soñar. Llevaba quince años (¿o eran veinte?) encerrado en el mismo cuartucho infausto, sólo amueblado con un catre, un retrete y una mesa donde reposaba la máquina de escribir, lettera 96, que tanto me extrañó encontrar cuando me arrojaron sin miramientos sobre las baldosas desgastadas del calabozo. Desde entonces todo había sido el mismo día continuo sólo interrumpido por mis necesidades fisiológicas y por la conclusión de cada uno de los textos de 4350 caracteres que desde el primer día me obligaron a redactar.

Nunca me dieron instrucciones claras, simplemente me ordenaron escribir si quería comer, luego a base de golpes intuí lo que hacía mal y más tarde, cuando ya parecía hacerlo bien, uno de mis carceleros me anunció desde el ventanuco de la celda que la próxima vez que no lo hiciera suficientemente bien me cortarían la cabeza. Lo dijo con tanta naturalidad que un frío estropajoso se me introdujo en el bajo estómago. Supe que estaba muerto, que nunca podría salir de este oscuro agujero con vida, entre otras cosas porque ya no tenía vida ni sentimientos ni nada que se le pareciera.

Sólo tenía palabras que no eran mías, palabras malditas dictadas por el miedo y la urgencia de ponerlas en fila para que hablaran de lo que otros querían que hablasen, para que dijeran lo que ellos esperaban sin saber nunca, ni ellos siquiera, lo que esperaban. Ellos querían que construyera la realidad. Con cada palabra, con cada letra, con cada chasquido de cada tecla hasta sumar las 4350 veces que mis dedos pulsaban el mecanismo para crear un mundo que no existía para que vivieran o soñaran o se engañaran o murieran seres que no sé si eran o son.

Nadie podrá nunca imaginar la tortura que supone el miedo a que una palabra mal elegida o un punto y coma en un lugar inesperado convierta esa realidad en la realidad de tu cabeza cortada y tu vida, esta insoportable vida que vive de inventar vida muerta, ya no tenga nada que ver con mis propios pensamientos, con la maravillosa vida que me fluye de las entrelíneas y convierte la tortura en ensueños y gozos que ninguno de los que me vigilaban podría nunca sospechar.

Al principio cada pulsación de cada tecla era un helor de miedo que me sudaba las yemas de los dedos hasta hacerlas resbalar y confundir la tecla, con el sinvivir que ello conllevaba. Poco a poco la costumbre fue convirtiendo al miedo en temor y luego en simple cuidado de no caer en la desidia, la rutina. De intentar construir la realidad llegué a aprender que ésta no existe, sólo se pretende. Así me fue fácil concluir que el peligro de mi existencia venía no tanto de lo que pudiera escribir, sino de lo que en ningún modo podía escribir. Las cosas escritas parecen tan reales que a veces son difíciles de explicar, pero me gustaría que vosotros, lectores siempre engañados por las realidades que os construyen, pudierais alcanzar a entender cuán importante fue para mí descubrir que mi salvación dependía de darles a mis carceleros la realidad que ellos esperaban y mi libertad, a la vez, dependía de que ellos esperaran en todo momento la realidad que yo les construía. No fue fácil.

Pero poco a poco, letra a letra, fui construyendo la realidad que yo quería para ellos: fui cambiando el orden de las cosas, de las palabras, de forma imperceptible hasta que esperaron convencidos y entrañablemente tranquilos que mis abajos pasaran a estar siempre arriba y que mis cielos se poblaran de demonios deseosos de hacer el bien incluso a aquellos a los que torturábamos. Cambié el tamaño y el color de las cosas, los árboles dejaron de ser árboles y se convirtieron en peces de colores que amueblaban nuestras mentes de líquidos fosilizados colgados de nuestros lacrimales como relojes blandos marcando las horas al revés. Fue mucho más fácil con los años convertir los adentros en afueras, los poderes en ruegos, los cientos en miles o los pasados en futuros. Cada palabra pasó a tener los suficientes significados para que no significara más que lo que yo quería que significase, cada línea se dibujaba a sí misma en un plano secreto que sólo se hacía visible en mi pensamiento, cada día mi vida vivía un poco más de ellos y ellos vivían un poco más por mí. Con el tiempo me fue fácil encerrarlos en mi mazmorra y ponerlos a escribir este texto.

(Como banda sonora de este cuentecillo nada mejor que la música de Kronos Quartet y Clint Mansell en la magnífica película de Darren Aronofsky “Requiem for a Dream”.

Edito para cambiar la secuencia inicial ya que el autor no permite su reproducción, una cosa extraña ya que él ha utilizado para su edición el material y la música de la película sin consultar al autor primigenio; en fin, cada uno es dueño de lo poco que puede tener.

En su lugar pongo este montaje donde la música cobra todo su protagonismo. También os añado éste enlace, donde podréis ver la peli en streaming, aunque, como siempre, os recomiendo que la veáis en un cine a oscuritas y con todos los sentidos puestos a remojar.

Yo la vi anoche mismo para refrescarla y todavía estoy metido en su burbuja: es una película impresionantemente bien montada, de Aronofsky claro. A destacar el montaje alterno que se llega a ramificar en cada uno de los personajes principales, la inmensa soledad, cómo los personajes intentan agarrarse a la esperanza o a las ilusiones pasadas y cómo inexorablemente, sin que ninguno de ellos tenga consciencia de momento siguiente, sus vidas degeneran. Me quedo con el vestido rojo de la madre y, magnífico, el grupito de vecinas tomando el sol en la calle. También apuntar cómo se ponen en paralelo los efectos de diversas drogas, tanto las ilegales como las admitidas por la medicina o la misma televisión como enajenante mental. Preciosa película para las almas que la puedan soportar.

Esta entrada ya son dos, pero es que no me puedo resistir, esta peli me ha atrapado, no sé si volverla a ver ahora mismo)


(Más información:

Darren Aronofsky:

http://darrenaronofsky.com/DA.html

http://es.wikipedia.org/wiki/Darren_Aronofsky

http://www.imdb.com/name/nm0004716/

Requiem for a Dream:

http://www.babab.com/no08/requiem.htm (genial crítica de Sergi Puertas, antiguo compañero de Delito que se está haciendo mayor muy bien, quién lo iba a pensar)

http://www.requiemforadream.com/

http://es.wikipedia.org/wiki/Requiem_por_un_sue%C3%B1o

http://www.imdb.com/title/tt0180093/

http://www.bsospirit.com/comentarios/requiemdream.php

Kronos Quartet:

http://www.kronosquartet.org/

http://es.wikipedia.org/wiki/Kronos_Quartet

Clint Mansell:

http://www.myspace.com/mansellclint

http://es.wikipedia.org/wiki/Clint_Mansell)

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jueves, 9 de abril de 2009

Lo que nos pasa a los que pensamos que lo que nos pasa sólo nos pasa a los que nos pasa.

Alejandro Pérez es un cineasta que ha hecho un corto sobre el proceso creativo y la meta referencialidad. Es una idea o simple onanismo, no sé. Se ha llevado el premio del público en el certamen de cortos de notodofilmfest, lo que no necesariamente quiere decir que no sea bueno. Si queréis más información visitar la página del autor, pero, mejor, antes visionar el video.


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viernes, 3 de abril de 2009

Las personas y los espejos

Son personas las que van por la calle y te miran y te ven y te dicen no deberías seguir ese camino y tú les dices es que es mi camino y ellos se encogen de hombros y siguen su camino.

Y sigues andando y ves el cartel y te paras y sigues mirando, te siguen mirando, y entras.

Al fondo del pasillo hay una mesa y detrás de ella una silla. Sentado en la silla está él. Está más delgado y su mirada ya no brilla tanto, o mejor diría que ya no brilla. Me mira. Está pálido. Está triste. No, no está triste. No es nada. Está nada. Le miro, le veo, no le conozco, ya no es él. Hace una mueca que no entiendo. Le sonrío y la sonrisa es un bloque de cemento que se nos cae a los pies y nos rompe el alma. Le digo, ¿qué tal? Me repite la mueca y me mira con toda la indiferencia de su mirada muerta. Calla y yo carraspeo y le digo estás envejecido y ya no pareces guapo, has cruzado la raya y tu cara está vencida como si tu mujer te hubiera abandonado y tú siguieras ahí, queriéndola como el primer día y yo siguiera aquí, queriéndola como el primer día.

-¿Sabes algo de ella?

-No.

Los dos callamos y recordamos la arena y sus besos y sus te quiero no me abandones nunca que nos decía a cada uno en días alternos. Los dos sonreímos de pena y yo me siento frente a él y parece que los dos nos odiemos, pero nos comprendemos.

Su pelo está blanco y lo único que nos alivia de aquellos sueños son los delirios de las palabras que se escriben solas para no pensar en ellas. La queremos y nos odiamos por odiarla mientras la seguimos deseando, mintiéndonos sus recuerdos para que no nos hagan más daño. Nos queremos los tres. Ella allá donde esté ya no nos recuerda, pero igual nos quiere.

Sonreímos. Lleno hasta el borde dos chupitos de vodka y nos los bebemos de un trago. Repetimos una, dos, tres, hasta cuatro veces. Ahora reímos y nos ponemos a llorar. Estamos borrachos. O no. Ella le decía no me dejes nunca te diga lo que te diga y a mí me decía no me dejes nunca te diga lo que te diga. Un día nos dejó.

Yo me quedé en silencio durante años, yendo cada día al trabajo, mirando cada día en el espejo mi misma cara que ya no conocía, recordando la arena, las jacarandas liras que en abril nos llevaban de paseo, sus cantos en mi oído, sus silencios tan acomodados diciéndome no me dejes nunca, su karaoke cantando bajo la lluvia, su mirada con nubes azules y sus arias de diva atormentada que sólo susurraba si estaba demasiado triste. Oh! mio babbino caro. No me dejes nunca o me tiraré al Arno. Sus llamadas a cualquier hora, su sonrisa pintada de rojo en el pasillo de esta casa, sus enfados por querer querer bien y no poder. Él se fue a buscarla y estuvo años buscando en Roma, París, Amsterdam, Chania, Berlín, Florencia, y en cualquier sitio donde su risa resonara. Estuvo a punto de encontrarla varias veces, pero siempre en el último momento sólo llegó a atisbar el olor a su perfume, white. El mismo que vaporizaba en mi cama para que él día no se me viniera encima sin ella cuando al amanecer volvía con él.

Tras todos esos años un día él regresó y se puso a dejar que el tiempo nos fuera cubriendo granito a granito como aquel reloj de arena que yo jugaba a voltear mientras ella jugaba a que nos quería. Pasó más tiempo y cayó más arena y los dos nos seguimos mirando mirar en espejos que ya no nos reflejaban. Mi trabajo es duro a veces. Sólo rutina y alguna alegría de vez en cuando. Su trabajo no tiene ninguna rutina, pero tampoco alegrías. La primera vez que nos cruzamos nos reconocimos al instante, a pesar de nuestros rostros demacrados y tristes, arenosos y abandonados. Ni siquiera nos miramos, no hacía falta. Él comenzó a andar y yo me puse a su lado y también caminé. Recorrimos todas sus calles en silencio, todas las calles por las que él caminó con ella y todas las calles por las que yo caminé con ella. Esto se repitió cada día durante las siguientes semanas. Siempre en silencio. No hacía falta hablar, nunca nos cruzamos ni una palabra. Él recordaba y yo recordaba. Desde el primer día tuvimos la misma idea, pero seguimos andando callados.

Tal y como nos habíamos encontrado un día dejamos de hacerlo. Yo seguí caminando sólo por las mismas calles durante más y más años, más y más días llenos de la misma rutina, de la misma memoria que se había quedado huérfana y sin memoria de ella aunque sus labios siguieran cantando como películas mudas, aunque su risa ya no fuera aquella risa y la gente te sigue mirando caminar y se para a indicarte el camino, un poco tristes, un poco hartos ya de que tú sigas tan perdido, hasta que de pronto hoy te pares otra vez frente al cartel y el está dentro en la silla frente a la mesa y bebáis vodka y casi no crucéis palabra y os odiéis por lo que habéis tenido y casi que os queráis por lo que habéis perdido. Quizás ella murió hace mucho o quizás nosotros hayamos muerto hace mucho y ahora estamos aquí viviendo la nada sin ella, mirándonos en el espejo con un cartel entre la barbilla y el corazón que dice "Cerrado por derribo", y con la antigua idea de que ambos somos la misma persona. Quizás a él le esté pasando lo mismo.

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A conceptual play.
Thinking to Lacan's "Mirror stage" and to Magritte "This is not a pipe". Magritte "Ceci n'est pas une pipe", which seems a contradiction, but is actually true: the painting is not a pipe, it is an image of a pipe. (In his book, This Is Not a Pipe, French philosopher and critic Michel Foucault discusses the painting and its paradox.).
This is not "me". Maybe is it a symbolic multiple "Ego"?!?...
en.wikipedia.org/wiki/Jacques_Lacan#The_mirror_stage_.28l...

La fotografía pertenece a Osvaldo_zoom, un fotografo que he encontrado en flickr y que me encanta.

Podéis visitar su página de flickr aquí: http://www.flickr.com/people/osvaldo_zoom/

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jueves, 26 de marzo de 2009

Noche de Copla

Había meado casi medio litro de orín amarillo más bien blanco y estaba un poco borracha, pero ahora, delante del espejo del servicio de señoras con azulejos rosas y posters de folclóricas todo sonrisa y dientes, se encontraba guapa. O por lo menos se podía mirar sin desviar la mirada hacia los ensueños de tantos años atrás con tantos desengaños detrás. Se observó con un poco de miedo de ser otro póster más y realizó sus ejercicios maxilares durante los treinta segundos necesarios para seguir en el papel de folclórica ensayando delante de un espejo con la música prestada y las ganas de amanecer mañana colgando de cualquier puente con los ojos ciegos.
Se atusó con mimo la peluca rubia. Qué coño, pensó, estoy para comerme, aunque sea con natillas, rió. Se acomodó las bragas y el esparadrapo en la entrepierna y se dispuso para salir a la sala. La próxima canción era la suya.
Los sillones eran de skay rojo y la oscuridad iba y venía entre luces azules y naranjas. Babyblue se acercó a la cabina y entregó el papelito con su nombre y la canción que quería cantar. No hubiera sido necesario, desde hacía ocho años cada jueves por la noche sin falta, a eso de las 00:30, cantaba la misma canción vestida con el mismo vestido granate de raso que le caía hasta los tacones de aguja negros como el abismo.
El aplauso de cada jueves la recibió cuando subió al escenario y como cada vez los focos fueron borrando a sus amigos puestos en pie para homenajearla mientras sus caras se iban haciendo de oro y fuego y sonrisa. Alguna envidia y cientos de recuerdos la venían a vitorear perdidos allí en medio de tanta vida que no se sabía a dónde había ido a parar o si había sido suya o si había sido siquiera de alguien, fuera quien fuera, él o ella. La copla inundó el vocerío con clarines y redobles y Babyblue ya no veía nada más que los palos que recibió de niño cada vez que se vestía para cantar, que las burlas en el "Juan Sebastián Elcano", que las lágrimas escondidas tras mucho coñac del malo y algún golpe contra algún cristal de espejo que reflejaba la ausencia de su mujer.

"Apoyá en er quisio de la mansebía miraba ensenderse la noche de mayo"

Su voz acostumbrada a adueñarse de la música ajena también se adueñó del mundo como cada jueves que era lo que quería ser. Todos los miedos y los lloros se fueron con cada palabra de cada estrofa para que Babyblue marcara el compás con sus caderas y pusiera a girar sus sueños hechos del revés. Abajo del escenario las parejas bailaban abrazadas con las sonrisas puestas a imaginar sus propias historias perdidas. Las mujeres tomaban sanfranciscos y los hombres fumaban con desdén mientras se les caía aún un poco del deseo por la comisura de la boca. Al fondo de la sala una mulata sin papeles, posiblemente treinta años más joven que cualquiera allí, se dejaba manosear por un gordo calvo vestido a lo fiebre del sábado noche y con un medallón de bisutería asomando entre sus sebosas tetas de buscón de saldos y oportunidades. Junto a la barra el sector bujarrón no cejaba en su algarabía de coqueteos, tientos, desplantes y requiebros de pantalones entallados hasta la cintura y camisas rojas o verdes y chillonas con sus canesús. Cerca de la pista de baile había un hombre sentado en una mesa, completamente sólo. Bebía a sorbos lentos una bebida alcóholica, quizá whisky, y fumaba recreándose en el humo que exhalaba con una cadencia ensimismada. Iba vestido de negro, pantalón y camisa de puños cerrados y su aspecto era de no estar allí ni en ningún sitio. Mientras fumaba y escuchaba a Babyblue tamborileaba con sus dedos sobre la hoja blanca donde había escrito la canción que a continuación iba a interpretar: "Tatuaje".
Babyblue puso todo su tesón en alcanzar el tono perfecto para terminar el estribillo:

"Ojos verdes, verdes como la albahaca. Verdes como el trigo verde y el verde, verde limón."

Todo el público arrancó a aplaudir con entusiasmo mientras Babyblue hacía las reverencias de rigor y se retiraba con paso pausado y triunfador hasta los servicios de caballeros del karaoke. Allí se quitó la peluca, las medias y el vestido que plegó perfectamente; se desmaquilló y se quitó la lencería negra que le acompañaba cada vez que jugaba a ser él. Con sumo cuidado despegó el esparadrapo de su pene y lo liberó para volver a mear con la fluidez que le permitía su próstata. Se vistió de hombre y salió a la calle. El aire fresco le hizo sentir bien. Avivó el paso, era muy tarde y por la mañana tenía que llevar a su nieto al colegio.

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lunes, 23 de marzo de 2009

El país, Iván Castell y nave #527: un experimento.

 

Hoy me ha pasado una cosa curiosa. Estaba, como cada día a la misma hora y casi que en el mismo sitio, leyendo El País (ya con acento, pero cada vez con menos principios) tan aburridamente como podía entre bocaditos a la tostada y bocaditos furtivos ( y mentales) a la camarera que me está enseñando la erótica del amor de madre, pero esto es otro tema, quizá otro día. El caso es que uno de los artículos mencionaba a Iván Castell, un filmador de cortos aragonés que está teniendo mucho éxito en la red con su corto nave #527. La verdad es que después de tanto machaqueo con la Chacón, el zapatitos o el monaguillo hipocritón y trajerillo de Camps, cuando lees cualquier cosa en El País estás buscando la intención con la que ha sido publicada, la trama. Una noticia así no tiene porque tener más trasfondo, pero ya nos gustaría a todos que alguien nos hiciera una campaña publicitaria parecida. Esto es pura envidia, claro.

Cuando he llegado esta tarde a casa he visionado el corto. La historia me ha parecido poco original y la interpretación (sobre todo del hombre de negro) creo que mejorable. Yo lo hubiera acortado un poco, hubiera quitado diálogos y los hubiera hecho más crípticos, quizá. Quitando esto, que es una simple impresión de un espectador cualquiera, creo que la trama está bien montada. Por supuesto recuerda a otros, pero, ¿que sería de nosotros sin referentes, sin las vecinas que nos hablan por las esquinas? El corto cumple con creces el que creo que es su objetivo principal: crear un clima de desasosiego y tensión creciente en el espectador hasta llegar a la eclosión final donde la historia se resuelve de una forma ya vista muchas veces, pero no por eso menos efectiva en este caso. No me gusta que la explicación de la falla venga dada desde la literalidad del dialogo de los personajes, creo que hubiera sido de gran mérito una explicación, por otra parte necesaria, exclusivamente visual. No obstante estos peros que voy poniendo, me quedo con la sensación de que el film tiene muchos más méritos que deméritos, sobre todo en su montaje, verdadero causante del efecto de tensión que progresivamente se apodera del espectador, y por su música, compuesta por Guillermo Siibert. Hasta aquí la filología.

Ahora la sociología. Lo que más me ha llamado la atención han sido los comentarios que algunos espectadores, que al igual que yo habían ido a ver el corto por su referencia en El País. Si observamos atentamente los comentarios vemos como los que han sido hechos tras la noticia del periódico son bastante más negativos que los hechos anteriormente. Si tenemos en cuenta que  el corto fue estrenado en 2 de junio y hasta ayer había recibido más de 30000 visualizaciones… ¿qué ha cambiado? ¿Se ha convertido en otra película? Yo creo que sí. Puede que haya alguna fórmula secreta o algún encantamiento disfrazado de logaritmo neperiano que, llegando a un número dado de espectadores (o de lectores, o de auditores) convierta la obra en algo que hasta ese momento no fue. Es lo que se llama morir de amor.

Os dejo el video (con una buenísima postproducción) y también algunos enlaces para conocer al autor:

http://ivancastell.org/nave-527/

http://www.myspace.com/ivancastell

http://myspace.com/nave527

http://myspace.com/sergiosiibert
http://jjsanchezmillan.blogspot.com
http://www.fotolog.com/la_ciruela
http://www.myspace.com/siibert

http://www.mediafire.com/?tdtiwnl1pdn (para bajarse la banda sonora)

Os recomiendo que lo veáis a pantalla completa y en alta definición y que luego leáis los comentarios del personal, algunos son muy interesantes.

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miércoles, 18 de marzo de 2009

“Yo no lo haría”

Lucio Martínez había coleccionado cromos de pequeño, también había jugado a la taba y al "churro va" hacía unos treinta años. Hoy en día, tras dos hijos, tres amores rotos, una condena por hurto con rotura, siete asesinatos impunes y dos adicciones profundas; una no reconocida a las novelas malas y otra evidente al vino cabezón; seguía manteniendo una afición insufrible por las frases de películas de serie B, a la que había sumado una bastante menos explicable: seguir durante horas, días o semanas a personas, ya fueran hombres, niños o mujeres, que llamaban su atención en el perdido deambular por la ciudad en que había quedado su vida.

No se podía deducir ninguna regla que determinara cuáles eran las personas elegidas para un seguimiento que empezaba tímido y como retraído, siempre dudando de valerle la pena al seguidor, y poco a poco se iba convirtiendo en algo absorbente que se iba apoderando del tiempo de Lucio hasta convertirlo en prisionero de aquel a quien seguía.

No había reglas. De pronto Lucio veía a alguien parado en un semáforo y no podía dejar de ponerse a su lado, mirarlo de reojo, observarlo con disimulo para saber cuanto antes si la persona era o no era de aquellos que él debía seguir. Muchos no lo eran. Sin embargo, de vez en cuando esa persona en el semáforo tenía una mirada, esa clase de mirada, o un pliegue en la comisura de los labios, o justamente cuando cambiaba a ámbar el semáforo la persona se llevaba la mano a los labios como si quisiera tapar un bostezo, pero Lucio descubría emocionado que se trataba de una caricia más del diablo.

En estas ocasiones el corazón empezaba a golpearle la yugular y las palmas de sus manos se llenaban de sudor. Comenzaba un seguimiento que podía durar dos semáforos más o incluso días o semanas. Todo dependía de la persona perseguida. La inmensa mayoría desmentían el interés de Lucio al poco tiempo con una mirada diferente o un gesto que los llenaba de la vulgaridad de lo normal y los excluía de su atención. Otras pocas veces el elegido no sólo no desdecía de su interés, sino que poco a poco y según como proseguía el seguimiento, iba cumpliendo cada una de las expectativas que Lucio había intuido en su primer vistazo.

Llevaba siguiendo al anciano desde hacía tres días enteros. La primera vez lo había visto sentado en un banco situado en el muelle del puerto, de cara al mar. Hacía un día nublado, algo fresco para la época del año que era. Apenas se veían unos cuantos pescadores alejados en la escollera, el resto del puerto estaba como abandonado sin barcos ni gente que lo transitara, ni siquiera estibadores a pesar de no ser un día festivo. Sí había gaviotas y un perro justo al lado del anciano, unido a él por una correa y quizás por demasiados años, empezó a adivinar Lucio mientras se apoyaba sobre unos bultos a unos quince metros en diagonal de donde se sentaba el anciano. Lucio se puso las gafas para verlo con mayor nitidez y descubrió un rostro suave, con muy pocas arrugas, pero todo el tiempo grabado en la piel, no sabría explicarlo bien. Se fue paseando por aquella expresión distante, sobria pero relajada, e intentó meterse dentro de aquella cabeza, iniciar un paseo que le llevara a los pensamientos del anciano, a sus recuerdos también. Pasaron fácilmente dos horas en las que Lucio se transformó en anciano viendo lo que veía el anciano, pensando lo que pensaba el anciano y recordando lo que recordaba el anciano.

El anciano se levantó y comenzó a alejarse muelle abajo con su perro siguiéndole y ramoneando en cualquier objeto que encontraba. Lucio lo siguió cruzando calles y avenidas hasta un barrio no muy alejado del puerto donde el anciano se perdió en un portal y luego reapareció abriendo el balcón de una vivienda de la segunda planta. Lucio se sentó ahora en un banco del parque situado frente al balcón. El abuelo no volvió a aparecer en todo el día y Lucio estuvo allí sentado recordando la infancia del abuelo, sus cromos y sus tabas, su juventud llena de guerra y su madurez llena de miedo. Vio una mujer y un hijo muerto del anciano; vio dolor y esperanza, o tal vez olvido. Se embarcó en un carguero que llevaba a la otra orilla del mar y no volvió en muchos, todos los años. Vio una casa blanca con ventanas azules y un sol grande y otra mujer sabia encunando el tiempo perdido y también recordó un gran amor y un gran odio.

Al día siguiente y al otro todo transcurrió igual. El anciano salía pronto de casa y compraba el pan y alguna vianda en el colmado junto a su patio. Volvía a subir y al poco reaparecía para su paseo matinal con su perro de la correa. Llegaba al puerto y se sentaba en el mismo banco para perderse durante toda la mañana en un horizonte que no tenía enfrente, sino detrás de su mirada. Lucio había dejado ya de ver al anciano y sólo podía contemplar el mismo horizonte que él. Ninguno de sus pensamientos era ya suyo, sino del anciano, ninguna de las palabras mudas que se dibujaban en su mente era suya, sino del anciano. Como todas las veces anteriores ya nada en su vida era suyo, sino de aquella persona a la que seguía. Cada recuerdo, cada pensamiento, cada sueño de esas personas se apoderaba de él y le oprimía hasta no dejarle respirar. De nuevo otra vez la opresión estaba ahí en su pecho y en su cuello, en su mandíbula y en sus hombros, en sus sienes y sus ojos a punto de estallar. Ya no recordaba quién era o si se llamaba Lucio o a sus hijos idos o sus mujeres expiadas con vino malo. Sólo era lo que era el anciano y estaba ya casi muerto.

Buscó entre sus bolsillos un pañuelo y se secó la cara y las manos. Se acercó hasta el banco intentando tranquilizar su respiración y se sentó junto al anciano. Pasaron los dos juntos más de media hora pensando lo mismo. El anciano sonrió con desgana y le miró fijamente por primera vez. Pasó otro buen rato hasta que le dijo con una voz muy suave:

-Yo no lo haría.

Lucio no pudo responder. Sólo sacó el estilete de la caña de su bota y lentamente se lo clavó al viejo en el corazón. El perro comenzó a ladrar.

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