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sábado, 29 de agosto de 2009

Cita en Praga I

Las mañanas de las primaveras de Praga suelen ser grises y de fina lluvia; algunas con tanques, otras, como ésta en la que me dirigía a la cita, con el frío del invierno todavía pellizcando en las orejas. Conocía la ciudad como si fuera un dibujo hecho por mí mismo y sentía sus sombras como si fueran los reflejos de mi memoria, pero esto no evitaba que siguiera perdiéndome entre sus calles como uno más de los muchos turistas que desaparecían sin rastro cada año.
La cita, como siempre, era en el cementerio judío, a los pies de la tumba del rabino Löw. Como siempre recorrí la calle Parizská hasta encontrar la sinagoga española, como siempre el hombre de la puerta me saludó, shalom, y murmuró la misma fórmula para sus adentros. El encanto lo dibujó todo y yo ya no era yo y la sinagoga salmodiaba resonando a los cielos que se cerraron o se hicieron negros o simplemente se vistieron de infierno.
Desde los tiempos del golem cada sabbath se repetía la misma escena. Mis sienes temblaban bajo el sudor y mi pulso viejo de parkinson temblaba bajo el temor de no encontrarla. Pero siempre la encontraba, sólo tenía que perderme para ello, sólo tenía que recitar en silencio la thorá para encontrar la palabra, para poner cada cifra en su sitio.
Cambiaron las horas y los siglos y de pronto ya estaba entre las tumbas y los recuerdos de tantos tiempos se habían teñido de gotas de rocío. Una vez más tuve miedo y eso me tranquilizó. Los gatos me acompañaron hasta que descubrí sus tobillos y sus piernas tan largas tan blancas bajo las medias negras y su boca roja de guardar sonrisas y su guante su mano sus ojos mirándome su espera, siempre su espera.
Me acercó uno de los papelitos que la gente ponía bajo piedrecitas sobre el túmulo. De todo el mundo venían judíos a pedirle deseos al rabino. El deseo de su billete era mi deseo y nos abrazamos y seguimos mucho tiempo en silencio. Olía a piel, olí su pasado, quise ver mi muerte o escuchar el nombre de dios, pero ella sólo me besó. Volví a tener miedo.
Oí el despertar del golem, su llanto, su ira, pensé conmigo no te va a pasar nada y ella rio con cansancio y me cogió la mano y empezamos a caminar por su laberinto de tumbas y vidas perdidas de turistas despistados atrapados en instantáneas que al momento se convierten en los nombres del holocausto llenando los muros con letras minúsculas que nunca forman el nombre impronunciable de dios, que nunca estallan dentro de nuestras cabezas, que nunca sueñan en lo que queremos ni en lo que sentimos.
Había nombres de niños y de ancianos, había nombres repetidos en vidas repetidas en días y días iguales en muertes iguales en lápidas iguales sin papelitos ni deseos ni recuerdos. Había muerte y yo me sentí bien abrazado a ella mientras esperaba que escribiera mi nombre en el muro y luego me llevara a mi tumba. La noche me hacía caricias y su boca roja me cantó una canción muy despacito, como para no despertarme.
Llegamos a la entrada del cementerio y tras una vitrina vi cientos de zapatos y zapatillas amontonados de todos los colores tamaños y edades. Vi la foto de la madre con su hijo de la mano, con su abrigo nuevo y sus maletas para el viaje. Volví a llorar y ella volvió a acariciarme la mejilla. Siempre era igual.
Desde una reja nos asomamos a la calle y vimos decenas de gatos mirándonos y recitando el salmo 309. Ella se emocionó y se apretó fuerte a mí. La quise.
Amanecía en las nubes y el cielo se hizo esperma cayendo lentamente sobre su boca roja. Nos despedimos e intenté salir, pero como siempre sólo desperté.
Tras el cristal de la ventana las gotas resbalaban con pereza. La eché de menos y me arreglé deprisa para salir a la calle. No me importó mojarme cruzando el puente, sólo quería cuanto antes llegar de nuevo al cementerio, a su tumba, a su vida. Todo estaba triste e igual que siempre, pero cada paso que daba era una noche que llegaba hasta ella, cada sueño una vida que vivía con ella, cada día hasta la noche una muerte que me separaba de ella.
Cuando llegué al cementerio estaba ya lleno de turistas. Alguno depositaban sus papelitos sobre las tumbas, otros leían los deseos ya pedidos, otros se guarecían tras los objetivos de sus cámaras. Yo me acerqué a la tumba del rabino y cogí el papelito que ella me había dejado. Decía: "duerme antes para verme antes". Quise imaginar su rostro, sus palabras, sus risas, pero sólo pude imaginar el nombre impronunciable de Yahveh.
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viernes, 24 de abril de 2009

Retrato de mujer con maleta y niño

El juego era sencillo, no tenía ninguna regla. Lo único que tenías que hacer era ponerte la peluca que te correspondiera, luego empezaba a sonar la música y cuando te tocaba el turno salías y bailabas. La primera vez me meé de miedo. Creo que eso me salvó la vida, aunque me dieron tantos golpes que estuve dos semanas sin poder jugar. El sargento Flitz me volvió a ayudar, una vez más. Me trajo sopa y curó mis labios y mis moraduras, me acarició la frente como tomándome la temperatura. No me obligó a chupársela hasta que mis labios no estuvieron completamente curados; mi niño no paraba de llorar de verme llorar y él una tarde le trajo dos caramelos y un puzzle del Káiser para que lo encajara. Mi niño dejó de llorar y le miró con esos ojos verdes perplejos con los que miraba las cosas que no acababa de entender.

El sargento Flitz fue bueno conmigo desde el principio, aunque lo primero que hizo la primera vez que me vio fue pegarme un sopapo. Yo creo que los dos nos miramos sorprendidos; yo por el dolor y él por ver en mi rostro que estaba acostumbrada al dolor, no era demasiado diferente a mi marido. Por la noche se acercó a mi camastro y después de acariciar a mi niño como si le tomara la temperatura puso su pene sobre mis labios cerrados. Siguió acariciando la frente de mi niño y yo supe que tenía que abrir la boca.

Desde esa noche ni a mi niño ni a mí nos faltaron comida ni mantas. El sargento me trataba muchas veces con cariño, me enseñó las fotos de su mujer y de sus hijos, me habló de su tierra y del lago donde todos los viernes de madrugada iba a pescar. Me habló de su perro y de su madre, del amor de su vida que nunca le había querido, de la mierda que era la guerra y de las ganas que tenía que terminara para poder volver a dormir aunque fuera sólo una noche más, de la lástima que sentía por mí y los míos, pero que me diera cuenta de la culpa que teníamos por no haber sabido ni querido ser alemanes, por habernos hecho ricos a costa del pueblo alemán, por haber mantenido nuestra secta de judíos usureros y haber socavado la dignidad de su raza. Yo asentía sin saber muy bien a qué, me sentía tan incómoda con sus palabras que casi prefería oír sus gemidos con su miembro en mi boca. Nunca le dejé que se corriera dentro y él siempre me respetó en esto como mi marido.

El juego era sencillo. Las chicas nos poníamos en semicírculo en el escenario, cada una con la peluca que nos hubiera correspondido. Estábamos en el bar de oficiales del campo de Terezin. El humo, la música y el vocerío de los alemanes me aturdían. Seguía teniendo tanto miedo como el primer día, pero sabía que no podía volver a defraudarlo, mi niño y yo misma seguíamos vivos gracias al sargento Flitz y para él era muy importante que yo cumpliera. Me lo había explicado muy bien la noche anterior: sólo tenía que ponerme la peluca que me dijeran y cantar la canción que me dijeran; luego, por orden de grado, los oficiales irían eligiendo a las que más les hubieran gustado. Las no elegidas irían al bar de suboficiales. Barra libre.

Le dije que yo no quería estar con ningún hombre que no fuera él. Él ser rió y me dijo que yo estaría con cualquiera que me permitiera respirar un segundo más. Yo pensé que tenía razón, pero necesité también pensar que era por mi niño. Se lo dije: "Es por mi niño" y él volvió a reír un poco triste y acarició mi clítoris con su dedo hasta que el calor volvió a invadir mi cuerpo y mi pensamiento se llenó de culpa y de deseo y las lágrimas me volvieron a las mejillas y el flujo resbaló otra vez por mis muslos y él otra vez se rió y otra vez me acarició suave la mejilla y acarició suave la frente de mi niño.

Esa noche me eligió un capitán y a la semana siguiente ya ni me acuerdo. Mi sargento Flitz se puso celoso y dejó de acariciar a mi niño y ya no me trajo más comida ni me metió más su pene ni me acarició más el clítoris.

Un día muy de mañana se plantó ante mí y me dijo que hiciera las maletas y me pusiera la mejor ropa que volvía a casa, acarició la frente del niño y me besó suave en los labios. Vi una lágrima en sus ojos y luego nos llevó a una gran cola de prisioneros que esperaban sin saberlo su turno para los hornos. Todos llevaban sus mejores ropas y un fotógrafo nos hacía fotos. Éste fue el juego.

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La idea de este relato me ha venido de mi último viaje a Praga, hace ahora unos dos años. Allí estuve viendo de nuevo en el Museo Judío de Praga el Memorial del Holocausto. Aunque nunca he estado muy de acuerdo con la propaganda del dolor, lo cierto es que ver los dibujos de aquellos niños y niñas (la inmensa mayoría de ellos murió) conmueve y mucho. Pero esta vez lo que más me conmovió fue una fotografía. En ella, por supuesto en blanco y negro, se ve a una mujer que está de pie formando una cola, esperando algo. La mujer tiene una belleza sobria y elegante. Debe tener unos treinta años y tiene un atractivo especial que va más allá de sus rasgos o sus formas. Su atractivo es la dignidad. La mujer está vestida con ropas que aunque no se pueda decir que sean humildes tampoco parecen ser las que llevaría alguien con un status económico o social elevado; se trata de un vestido oscuro y un abrigo negro que le llega hasta la pantorrilla y le da un aspecto sereno y refinado. Pareciera que la mujer se ha arreglado para salir y aunque no parece llevar rímel o maquillaje, sí se adivina claramente que se ha peinado con cierto esmero. En su rostro no se percibe atisbo de impaciencia o incertidumbre, menos aún de temor o siquiera una mota de resignación. Está aguardando algo, simplemente aguardando.

En su mano derecha lleva una maleta, en la izquierda un niño de unos ocho años. El niño también parece haberse arreglado para salir. Lleva unos pantalones cortos y, debajo del abrigo, una chaqueta de la misma tela de los pantalones; bajo la chaqueta, una camisa blanca. Tanto la madre como el hijo llevan cosidas en los abrigos sendas estrellas de David.

Me impresionó muchísimo ver el porte de la mujer, su belleza tranquila dándole la mano a su hijo. Ninguno de los dos parece saber lo que les espera. Yo no sé si podría haber esperanza en la madre, si verdaderamente podía pensar que ya había pasado lo peor y que a partir de entonces las puertas de Terezin se abrían a la esperanza y no a Auschwitz. En la fotografía se les ve tan vivos que da miedo pensar que ya estaban muertos.

He buscado la foto por internet, pero me ha sido imposible encontrarla (si alguno sabe de ella le agradeceré que me informe), así que he creado este pequeño montaje con fotografías hechas en Auschwitz por mi camarada Benito y con algunos de los dibujos hechos por los niños y niñas del campo de Terezin. La música es de Wim Mertens (“Zweierlei”, del álbum “With no need for seeds”)

Edito para aconsejaros que veáis el video a pantalla completa y con el sonido lo más alto posible.

Más información:

Terezin:

http://www.pamatnik-terezin.cz/showdoc.do?docid=164 El sitio oficial de Terezin en internet.

http://www.memoriales.net/topographie/checoslovaquia/terezin.htm Terezin, su historia.

http://es.wikipedia.org/wiki/Terezin: Información sucinta y útil, como siempre.

http://kurioso.wordpress.com/2009/02/20/los-ninos-que-vivieron-y-dibujaron-el-holocausto/ De este blog he sacado los dibujos de Terezin. Hay una información muy detallada del tema.

http://www.radio.cz/es/articulo/46588 Página en castellano con abundante información sobre temas checos

Auschwitz:

http://www.auschwitz.org.pl/ Sitio oficial

http://remember.org/auschwitz/ Paseo virtual por el campo

http://es.wikipedia.org/wiki/Auschwitz wikipedia, no ha que decir más.

http://www.memoriales.net/ Este sitio es fundamental si te interesa este tema.

http://www.ushmm.org/wlc/article.php?lang=es&ModuleId=10007021 Artículo en la enciclopedia del holocausto.

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