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sábado, 15 de agosto de 2009

Serendipity

Aunque sé muy bien que sólo se mueren los demás, nunca nosotros, pude prever esa muerte que nunca sentiría a algunos centímetros, o cientos o metros, o mejor a un simple vistazo de pájaro, por debajo del puntero del ratón.

Nueva York aparecía un poco desdibujada en el Google Maps, pero todos sus olores y humores confluían en la punta de mi nariz de sabueso antiguo husmeando esas fotos tan extensas como lo que querían mostrar, tan reales como el mapa de Borges, tan falsas como la ilusión de los inmortales. Caminé por sus calles sin rumbo fijo, dejándome perder por mis propios sentidos extraviados y mis cuatro ideas de la ciudad, más propias de filmotecas blanquinegras y carajillos de antaño en el Café Malvarrosa que de alguna anterior visita.

La dirección: 225 E 60th St New York, NY 10022; la hora: las 19:30 de una apacible y ya tenuemente soleada tarde de julio de este mismo año. Apreté el street view y mi muñequito se encontró de repente deambulando por aquellas calles. Manhattan es un barrio con nombre de cóctel y está lleno de tiendas caras y restaurantes modernos llenos de mujeres caras llenas de potingues y caras comidas de polla, así que me conformé con andar con toda la soltura que me daba el saberme agarrado al mapa y no mirar más de lo necesario.

Me encontraba en el comienzo del Queensboro bridge, en el cruce de 2nd Ave. y 59th St.; un lugar inhóspito donde confluían multitud de calles y de taxis amarillos. Mi muñequito tuvo un amago de ataque de agorafobia y tuve que sentarme en un banco y centrar mi vista en un punto fijo para que se me fuera el vértigo y el pasado. Seguí caminando y mi muñequito siguió caminando con mis mismos pasos hasta coger la 2nd Ave. a la derecha, una amplia calle con buena pinta y muchos comercios y tráfico fluido y como educado. No había casi negros por las aceras.

Cruce la 2nd Ave. con mi paso un tanto acartonado, me daba la impresión de haber hecho aquel camino muchas veces, pero sabía que no, que nunca había estado antes allí, que las calles eran tan planas como mi memoria, que mi vista sólo veía lo que sabía, que sólo mi corazón sabía lo que iba a pasar. Serendipity.

En el siguiente cruce había un semáforo y en el semáforo había una mujer, media melena lacia de pelo rubio teñido y desvencijado, media mirada segura y otro tanto acobardada más allá de mañana o del siguiente paso. La seguí y ella cruzó como si cruzara por otra calle, como si pensara ser otra mujer la que cruzara o la que era o la que fue. Cruzamos, mi muñequito y yo y ella, y seguimos caminando, ella como perdida y yo perdido, recordando los pasados que ya no tenían huella. Llegamos a la 60th St. y la mujer dobló a la izquierda y yo doblé a la izquierda.

Caminaba a dos metros de ella enganchado a la estela de su perfume y los pensamientos se le iban cayendo sueltos a mis pies que intentaban esquivarlos con nerviosos saltitos del muñequito y nerviosas renuncias mías a leérselos antes de que explotaran de algún sopetón. Nueva York es una gran ciudad y mi muñequito del Google tenía miedo a encontrar la casualidad.

Llegamos a la dirección antes indicada y ella entró en el local: Serendipity. Y yo entré en el local. Ella se sentó en una mesa cerca de la entrada y revisó su móvil distraída hasta que llegó el camarero. Yo me senté justo detrás de ella, procurando no llamar su atención. Ella pidió pastel caliente de chocolate con helado de chocolate encima. Yo también. Ella comió despacio, yo callé despacio todo lo que hubiera querido decirle. Ella se giró despacio, llevaba los labios sucios de chocolate, yo le sonreí y con una servilleta le limpié la boca. Ella siguió callada durante algún tiempo, luego se sentó frente a mí y comenzó a hablar. Cuando terminó ya había anochecido en Google y tras el cristal de la puerta pude ver a mi muñequito sentado en un banco. Parecía dormido. Yo quise responderle, decirle que nada importaba, que todo había estado bien, pero no tenía voz ni palabras y sólo pude acariciar la comisura de sus labios. Ella dejó resbalar un par de lágrimas y me besó el dedo índice y lo introdujo en su boca y me enseñó su ropa interior y me dijo ¿follamos la última vez? y yo le dije que sí y entonces entró un negrazo de dos metros y a mi me pareció que al final se la iba a follar él y yo le dije negro de mierda y él con acento de puertoriqueño se rió y me clavó su cuchillo, creo, y vi como el muñequito se quedaba muy quieto desangrándose en el banco, tan congelado como el helado de chocolate que se derretía en el plato. El Google Maps en mi ordenador se quedó colgado. Como la casualidad de encontrarte un día, aunque fuera en Nueva York.

Serendipity-NY


Más información:

http://es.wikipedia.org/wiki/Serendipia

http://www.unafamiliageek.es/2008/04/serendipia-serendipity-suerte-e-ingenio/

http://www.cienciateca.com/ctsserend.html

http://detodounpoco-tag.blogspot.com/2007/11/cerrado-por-cucarachas-y-ratones-el.html

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jueves, 28 de mayo de 2009

Los espejos y las máscaras

A veces (éstas son mis pesadillas más terribles)

me veo reflejado en un espejo, pero me veo

reflejado con una máscara.

(Jorge Luis Borges)

El hombre del espejo miró durante unas décimas de segundo a su modelo y luego giró con parsimonia el hombro por delante señalando una verónica que era desdén y olvido instantáneo del ser inerme que luchaba por vivir quince centímetros más allá de su reflejo.
El hombre del espejo había abandonado el espejo y ahora caminaba con paso de tango por la calle oscura aún de madrugada; el hombre reflejado siguió a su reflejo por esa calle y por todas las calles hasta llegar a un cruce de caminos con un perro atropellado en medio de la calzada. Era la rotonda de siempre, era la búsqueda de siempre y el hombre del espejo se encendió un cigarro. El hombre reflejado había dejado de fumar muchos años atrás.
A las rotondas siguieron los gatos y luego la escena con la mujer de negro y la gitana cantando en la calle una tarde de primavera y todos los ritos disfrazados de mitos y la risa maravillosa y la pena, toda la pena del tiempo después intentando recuperar aquella risa, aquellas nubes azules en aquellos ojos con risa de abrazos y palabras hechas para vestir con pijama los cariños que llegan un poco tímidos al principio, un poco con sorpresa de sentirse a sí mismos.
Pasaron las horas que siempre pasaban, dos o tres o seis, qué más daba, y los caminos ya estaban caminados todas las veces y las esperanzas ya regresaban aburridas como siempre de tanto andar tanto andar por las mismas rotondas los mismos pasados que ahogaban como pasadizos sin fin y otra vez el hombre del espejo se detuvo y terminó despacio de aspirar el humo de su última calada y se giró y sonrió benefactor al desolado hombre que le seguía.

-No me sigas más. No la busques más. Olvídanos. Olvídate.

El hombre reflejado calló como siempre y se quedó como siempre parado, hundido hasta las corvas en el mismo silencio con el que callaba todas las palabras que se le habían ido perdiendo desde hacía. El hombre del espejo rió burlón y continuó su paseo de días deshechos hasta llegar al parque del techado de los besos. Se sentó en el mismo banco y esperó un buen rato hasta que la mujer volvió a aparecer y se sentó junto a él.
Un día más la escena se repitió. El hombre del espejo y la mujer se abrazaron y comenzaron a besarse, a reír, a susurrarse canciones muy cerca del ensoñamiento, a acariciarse los párpados y las entrepiernas con un abandono que convertía a cada caricia en una huella perpetua de la siguiente caricia. El hombre reflejado gritó con furia, pero sólo consiguió provocar las risas de la pareja y de los cientos de gatos que ahora llenaban el jardín hasta que el jardín desapareció y la mujer desapareció y todos los gatos se volvieron pasos del hombre del espejo pisando las calles adoquinadas del centro y cruzándose a cientos de mujeres que andaban como ella que vestían como ella que miraban como ella tras sus máscaras de antifaz y el hombre reflejado seguía siguiendo, seguía queriendo encontrar algún final a la pesadilla, pero a cada paso del hombre del espejo se reflejaban mil caras de mujer cubiertas con los velos de los malos quereres o de los quereres falsos o de los quereres rotos o que perdieron sus reflejos.
Llegaron hasta la plaza de la catedral y allí el hombre del espejo se detuvo ante otra mujer de máscara y pasado tapado y habló con ella durante un rato interminable, un siglo o así, hasta que la mujer sonrió, le sonrió, y como despedida le acarició suavemente la mejilla. El hombre del espejo pareció quedarse pensativo y durante otras décimas de segundo me miró fijamente a los ojos. Dejó de parecerse a mí. La mujer caminó muy despacio en mi dirección y cuando llegó a mi altura alzó ligeramente la máscara de sus ojos y me susurró hasta luego con la misma voz que tanto me había querido. No la reconocí. Seguí mirándome un minuto o dos más en el espejo, como cada mañana. Volví a recordarla, volví a desear encontrarla aquel día, aunque fuera detrás de una máscara.


Más información:

http://www.ubu.com/film/borges.html

http://www.ucm.es/info/especulo/numero22/espejo.html

http://www.sololiteratura.com/bor/borlaimagen.htm

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