viernes, 6 de marzo de 2009

Las ausencias y los mimos.




He llegado a la plaza al mediodía, tarde ya entrada para los residentes. Es una plaza como tantas otras plazas del centro histórico de las viejas ciudades europeas; llena de turistas, puestos de venta de toda clase de comidas rápidas, souvenirs, helados, gente vendiendo de todo, mimos caracterizados de cualquier cosa petrificados y centrifugando a la gente a su alrededor. Me he detenido por eso, por los mimos y la gente. Y también porque estoy cansado de caminar y de pensar. Llevo caminando desde el 30 de diciembre de 2008 a las 6 y pico de la tarde. Y ahora estoy aquí, en esta plaza. Me siento en un banco apartado, donde la gente no me pueda ver, aunque creo que ya hace tiempo que no soy visible, o por lo menos la gente no hace el menor ademán de haberme visto, como mucho desvían la mirada tan bruscamente que es como si me estuvieran reconociendo, saludando; y eso me reconforta. La gente va y viene. Los coches y los tranvías también. Es curioso, pero no hay mucho ruido si descontamos las llamadas de los vendetodo y las campanillas de los tranvías; por momentos el silencio se hace sitio y llega a ocuparlo casi todo, menos su voz, claro. Es un silencio amigo, suave, apenas cruzado por una tenue melodía de algún piano que no logro divisar en la plaza. Sí, yo creo que ha sido la gente y los mimos los que han llamado mi atención. También los tranvías. Siempre me he sentido atraído por las ciudades con tranvías, esos trenecillos humildes y cercanos juntando gentes y calles en historias y amores o preguntas que se hacen al aire de ciudades como Praga. Los recuerdos ya no son siquiera míos y parece que se me rían burlones.

La gente se mueve rápido de un sitio a otro, de un mimo a otro o de un puesto a otro, pero no parece saberse si hay algo que les indique un determinado camino. ¿Hay algún orden?, me pregunto a mí mismo no sin reírme un poco. Me quedo observando largo rato mirando al vacío y entonces me doy cuenta: la gente no se mueve, en realidad hace mucho tiempo que ya no está; sólo se mueven sus huellas, sus sombras. Sólo se mueven sus ausencias. Hay un perpetuo movimiento de ausencias en esta plaza llena de sombras desfilando en tío-vivos sin concierto. La gente no está, se va. Sólo los mimos están quietos y parados, de píe, mostrando su presencia. Sólo los mimos están y mueven las peonzas de las ausencias en sus juegos malabares. Sólo los mimos giran y giran la nada alrededor de ellos, sólo ellos dibujan las miradas que les ven, las cuencas vacías y abuitradas que les miran. Vuelvo a oír su voz en aquella tarde de diciembre y veo su ausencia desfilar nerviosa de mimo en mimo, como las demás sin ningún sentido, parándose con sus cuencas vacías mientras me desvía la mirada con disimulo. Veo que corre tras de unos niños. Son sus hijos que se le escapan tartamudeando mientras ella les grita y les llora hasta que la niña se tumba en la plaza y se hace la muerta. Su madre se acerca y le hace mimos, pero la niña sigue muerta debajo del hocico de un perro que la olisquea. Los mimos siguen quietos.

En el centro de la plaza hay uno de ellos vestido con una especie de chilaba blanca junto a una mujer que bien podría llevar un burka negro. Mi vista también está cansada ya, pero hay algo en ellos que atrae mi atención, no podría decir muy bien qué. Es fácil para mi imaginar que son pareja y viven de mimarse y mimar a las ausencias que también a ellos les persiguen, aunque no en demasiada cantidad. Yo creo que seleccionan las ausencias que les interesan en grupitos pequeños y no las dejan amontonarse, las mantienen a raya porque saben que si no lo hacen les convertirán a ellos mismos en olvido. Creo que son felices todavía. Unos metros más allá diviso a otro hombre, también vestido con lo que parece una chilaba o túnica, ésta completamente amarilla. Éste está completamente solo, sin ausencias que se arremolinen en su torno. De pronto se acerca una ausencia, parece hablar con él, le da dinero y desaparece. Luego, al rato, se le acerca una pareja, cruzan unas pocas palabras y la pareja también se va. Luego, bastante tiempo después, otro hombre hace lo mismo. El mimo amarillo se queda solo. Lo veo como mira a la pareja de la chilaba blanca y el burka. Les tiene un poco de envidia.

La plaza se ha convertido en un baile de círculos que se abrazan sin poder adivinarlo y se diluyen sin la sospecha de ningún cariño. Pienso en su sexo abierto en el asiento delantero de mi coche y recuerdo que ya no tengo coche ni niños ni casa ni siquiera el recuerdo de haberlos tenido. Sólo su voz al móvil aquella tarde y al fondo del auricular el ruido de las urgencias del hospital. Dejé mi coche con las luces puestas y la puerta completamente abierta. Tiré mi móvil con furia al suelo y comencé a andar. Luego vino un tren, otro y muchos más sin rumbo fijo por paises que no sé si pasé. Ahora estoy cansado en esta plaza, con su voz su ausencia y los mimos aquellos que me daba y sus no me dejes que te deje nunca pase lo que pase. Todo mentiras que giran y giran como estas gentes ausentes que forman corrillos alrededor de mimos que les mienten a cambio de más mimos y algo de dinero. Turistas sin rumbo llenando plazas y tranvías sin destino conocido.

En una esquina de esta plaza casi cuadrangular se ha formado un gran círculo, casi perfecto. El círculo se mantiene tanto tiempo que las ausencias son ya gente que observa muy atenta como un malabarista hace sus juegos y tira fuego por la boca. Me pongo en píe y comienzo a caminar hacia el círculo. Antes de llegar a él acaricio la cabeza de un niño que se ha detenido subido a su bicicleta. Un muchacho con una cazadora naranja pasa corriendo por mi lado y me da la impresión de ser una bola de fuego. Me acerco al mimo con la chilaba amarilla y me doy cuenta de que no es una chilaba, sino una mortaja. Le pregunto si puedo hacer de mimo y me dice que no. Le cuento la historia de la mujer, de su marido, de su niña muerta y se muestra completamente indiferente. Le pregunto si hay salida. Me dice que no. Saco de mi billetera una foto tamaño carnet de la mujer, la rompo en pedazos y se los doy; él los pone en el hueco de su mano y los sopla con fuerza hasta que llenan toda la plaza de nubes y aquella sonrisa perdida. Me dice algo, pero no consigo oírlo, la plaza se va llenando del vocerío de la gente y el ruido de los tranvías. Me dirijo hacia el gran círculo mientras la música del piano se va apagando. Me hago hueco hasta situarme en primera fila. El malabarista sigue comiendo fuego. Me quedo allí, en el círculo, mirándolo con mis cuencas vacías.

(Este magnífico video fue tomado por James Leng, más conocido como Ettubrute en Flickr, en la plaza Dam de Amsterdam. El efecto que ha conseguido es tan especial y evocador que a mí me ha provocado la historieta que os pongo aquí arriba. Como siempre que algo te incita la necesidad de escribir, de crear o elaborar lo que sea, hasta un pastel, el artesano solo es el médium de esa idea que se le ha metido dentro vete tú a saber cómo. Es decir, el relato estaba dentro del cuadro, del video en este caso, yo sólo he puesto las palabras. Os invito a que visitéis las galerias de James en Flickr: http://www.flickr.com/photos/ettubrute/).

(El video se ve mejor en pantalla completa)

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viernes, 13 de febrero de 2009

De por qué no escribir o de por qué hoy no hace años que murió Julio Cortázar.

Puede que sea de esos que se pasaron la niñez fantaseando. Es posible que fuera uno de esos niños de la guerra que disparaban sin cesar y morían sin pausa para resucitar de inmediato y volver a ser heridos de gravedad ante los ojos llorosos de su amada niña de trenzas rubias como el cliché y gafas de pasta de estar mucho más del lado de acá de la realidad. Es posible. Es posible que las historias en mi cabeza empezaran con las informaciones marisabidillas de mis compañeros de juegos (la mayoría más espabilados y con más mundo que yo), que me aseguraban condescendientes que los reyes no venían de París ni las cigüeñas tenían la regla (o algo así, no sé bien). Siempre era más llevadero sofreír la realidad que comérsela cruda.

Recuerdo claramente la tarde que el menor de los Vizcaya (de los peores truhanes del barrio) me contó que en el colegio donde él iba había un patio tan grande que toda la clase hacía carreras de bicicletas y podían jugarse tres partidos de fútbol a la vez. Desde ese momento aquel colegio y aquel patio fueron los escenarios de muchas historias que no se atrevían a salir de la pantalla plana de mi cerebro, pero que, dentro de mí, vivían tan preclaramente que a veces me entraba verdadero pánico a caerme de la bici en una de esas locas carreras. Cuando un par de años después (las cosas de la vida) mis padres me apuntaron a aquel colegio, estuve días sin dormir y sin atreverme a dejar que las historias continuaran su fluir porque algo en mi interior me avisaba de que la gorda realidad arrastraba las sayas por el suelo. En mi primer día de clase busqué con un nervioso fatalismo el inmenso patio, pero aquel colegio no tenía patio ni nada que se le pareciera, apenas un zaguán donde nos apiñábamos todos los críos para hacer la famélica gimnasia sueca que el nacionalcatolicismo del quiero y no puedo impartía bajo la atenta mirada, en mi caso, del maestro chusquero del régimen.

Nunca he podido perdonar al menor de los Vizcaya que secuestrara toda mi fabulación con una fabulación suya. De pronto todas las historias que yo había imaginado imaginando aquel colegio con su patio infinito, con sus veloces y peligrosas carreras, sólo eran apéndices de las suyas, rémoras inútiles colgando de aquel cuento chino al que me sometió aprovechándose de su posición de experimentado engañabobos. O, quizás, nunca he podido perdonar a mis padres que me llevaran a aquel colegio, que pincharan aquel globo de fantasía que yo me había construido sin la menor consideración a un estallido que me produjo más efectos de los que se pueden pensar.

Desde ese momento mis historias dejaron de ser libres, se convirtieron en historietas pusilánimes que no se atrevían a asomar el gaznate por si otra vez la vieja señora, la realidad, venía con sus pinzas de tender la ropa sin arrugas. Era como imaginar el mundo sin agua para no correr el riesgo de ahogarse, como dormir tapado con el embozo hasta la coronilla para que los monstruos nocturnos que creamos no nos encuentren. Me quedé sin historias y la realidad comenzó a abrirme de piernas sin pudor hasta que en mi cabeza ya no había cuentos ni películas ni cines, sólo blancos y negros aristados que iban y venían, sin colores, chapoteando como patos.

Poco tiempo después tuve la sensación de que quería escribir. Era una sensación, no una certeza ni un conocimiento. Sólo una sensación. Era como ese árbol bajo el que pasamos cada día de nuestra niñez y cada día sentimos que un día nos subiremos a él. Es una sensación que me sigue acompañando hoy. Se trataba de sacar las historias de mi cabeza y acomodarlas en el papel. Pero no era tan fácil. Las historias ya no eran libres. Tenían miedo. Se sentían ridículas tumbadas en un papel secante que las convertía en torpes y repetidos cuentos que tenían que parecer, no bastaba ya sólo con ser. De pronto las historias tenían que parecer verdad. Ya estaba allí de nuevo la vieja gorda realidad. En mi cabeza de niño cualquier historia valía, en mi papel de adolescente ninguna historia parecía suficientemente verosímil. Mis bruces habían topado con la Literatura. Se acabó el juego.

De querer escribir a hacerlo van por medio muchos tebeos cambiados en el kiosko del tío Chaume, muchas novelas policíacas de Punto Rojo y poco a poco libros progresivamente más gruesos, hasta alguno de ellos con eso que llaman calidad literaria, que no sé muy bien que es. Tener la sensación de escribir e incluso la voluntad de escribir me fue acompañando a mí y a mis escritos durante toda la adolescencia, también acompañó a mis lecturas el sueño de escribir como ellas estaban escritas y el miedo de no poder escribir como ellas lo fueron. Las historias hacía mucho que habían dejado de ser libres. Estaban acostumbradas ya. Menuda putada.

Pasaron Hesse, Doctoiesvky, Stendhal y algunos más. El miedo seguía en aumento y yo seguía jugando con las historias que otros inventaban para mi. La pereza se hizo abrigo del miedo y así juntitos se acurrucaron en el sofá de leer para no escribir. Y una noche vino él.

Era una de esas madrugadas en las que los jóvenes regresan a casa con copas y aún sin sueño. Yo, no recuerdo ahora el porqué, fui a dormir a casa de unos amigos, en un lecho preparado con mantas en el suelo. Ante el desvelo y la incomodidad al poco rato me levanté y empecé a inspeccionar una librería que había en la habitación. Topé con una contraportada desde la que un barbudo con ojos de pez me miraba. Enseguida vi a través de su mirada que tenía llena la cabeza de la mismas historias que yo la tenía cuando niño. De las mismas y muchas más porque, además de ser mucho más mayor que yo, él nunca había dejado de fabricarlas.

El libro se titulaba "Final del juego". Se trataba de una recopilación de cuentos. Cautivado por la mirada del escritor, me senté en un sillón y comencé a leer al azar uno de los cuentos. Se llamaba Axolotl. Devoré la narración sin respirar y cuando llegué al punto final comprendí la mirada de la contraportada y también que yo nunca podría escribir. Esta vez no se trataba de miedo, ni siquiera a la realidad. Al contrario, por una vez había encontrado una realidad que no me zarandeaba. Se trataba de una cuestión de economía: no valía la pena intentar escribir cuando alguien ya había escrito todo lo que valía la pena leer.

A "Axolotl" siguieron todos los cuentos de ese ejemplar y de otros más. Vinieron "Los Premios", “El perseguidor”, "El libro de Manuel", los cronopios, el 62...Y llegó Horacio. No sé si el orden es enteramente correcto, pero llegó Horacio, la maga y Rocamadour. Rayuela. Durante varios años estuve leyendo compulsivamente a Cortázar. Perdí la sensación de escribir, sólo tenía el afán de poder encerrarme en sus historias, ya no me interesaban para nada las mías. De tener la cabeza llena de ellas, había pasado yo a estar completamente metido en las ideas de Julio. Me había convertido en un axolotl.

cortazar5

Mi mundo se fue a corretear la calles de París, a mirar reflejos buscando magas, a pedir en lúgubres restaurantes Polidor châteaus saignants, a felicitar a los conductores de bus urbano y a mirar a las enfermeras señoritas Cora como si su ternura pudiera salvarme de mí mismo. Pero no existía París, ni el Sylvaner es un vino tan bueno. Era un cronopio con uniforme de fama, otra historia dentro de mi que no existía, otro colegio sin patio, porque los horacios tienen el problema de evaporarse al contacto con la vieja gorda y los que vemos andando por las calles, sean o no de París, son famas engominados disfrazados de cronopios. Es así la cosa.

Llegó un momento en que el dejarse llevar por la lectura se convirtió en compulsión, las diferentes voces de los narradores y metanarradores de las historias de Cortázar se encaramaron dentro de mí y me hablaban sin cesar de cosas como las jacarandas o los cementerios de París. Una noche me vi asomado al balcón de un hotel de Montmartre observando las tumbas del cementerio desveladas bajo mis pies, oí los gritos de algún personaje colgados de mi silencio y sentí tristeza de estar tan lejos ya de aquel niño que un día perdió la libertad de imaginar. Volví a maldecir al menor de los Vizcaya, a mis bien intencionados padres y a este bendito escritor que me había metido en su pecera de infinitas palabras de colores disfrazadas de pez.

Decidí dos cosas: no volver a escribir y no volver a leer a Cortázar. Fueron dos decisiones cobardes, aterradas, que me exiliaron de la tierra de las historias para encerrarme entre las tres paredes de los despertadores blandos que siempre tocan el mismo himno a la misma hora. Cada día el día de la marmota me fue curando de mis locuras quijanescas y me devolvió a la normalidad de una vigilia con sueños financiados a plazos. La gimnasia sueca no había sido en vano, aunque el rigor mortis del sentido común no ha podido evitar que permanezcan conmigo dos secuelas. La primera es que cada vez que subo a un subte busco con una ansiedad mal disimulada encontrarme con los ojos reflejados de la maga (de mi maga, de alguna maga) en el cristal de una ventanilla y, la segunda, que ya sólo me puedo enamorar de mujeres que lean Rayuela en un tren que viaja hacia París. Es posible que ambas secuelas sean una sola secuela.

Ahora, tantos años después, recuerdo como entre sombras sus mecanos de piolines entre ventanas para salvar distancias imposibles entre lo que queremos y lo que creemos que queremos, recuerdo caídas infinitas sobre rayuelas dibujadas en las lápidas de cementerios nómadas que siempre vuelven a París. A Montmartre. Creo haber soñado su magia apacible de mantenerse tan joven, tan niño fabulando, y morirse tan triste de amor. Creo haber vivido, haber estado viviendo, quizás en algún olvido, sus escritos letra a letra, coma y punto, exactamente a la misma velocidad que alcanzaba en mis carreras de bicicleta. Es una sensación. Es posible que Cortázar no haya muerto. Ni siquiera vivido. Es posible que lo esté imaginando yo todo.


Enlaces:

La página de los enlaces de Julio Cortázar

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sábado, 31 de enero de 2009

Vinos y reservas

“Cuando bebo vino bueno digo:

-Voy a ser malo.

Cuando bebo vino malo digo:

-Voy a ser bueno.”

2000484056_2405a443d0

(Esta elegantísima foto la he encontrado en flickr, fue tomada por udronotto y os recomiendo que la enlacéis para ver el resto de su galería, es muy recomendable)

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jueves, 22 de enero de 2009

Votos, Palestina y muerte

Cuando tomé mi primera comunión me regalaron unos cubiertos de plata, un reloj que no me puse nunca, una propensión a la culpa de la que sólo me libré con muchas más culpas y un maravilloso libro ilustrado llamado “La Biblia contada a los niños” que yo creo que me inició más a las lecturas y a las fábulas que a cualquier historia sagrada.

El libro narraba el Antiguo Testamento, la historia de las 12 tribus de Israel, hijas de Jacob, luchando por la Tierra Prometida. Era tan visual lo que yo leía que podía ver, con mis ojos recién estrenados de niño, rodar hasta el suelo la cabeza de Holofernes y cómo el hercúleo Sansón perdía su fuerza, su dignidad, por una mujer. Como la vida misma.

Desde entonces han venido más lecturas y más historias, pero ninguna me ha dejado grabado tan visualmente esa violencia permitida, tan justificada, que emanaba de cada párrafo de aquella historia fundacional que es la del pueblo judío. ¿Pero qué es el pueblo? Sólo María Ostiz debe saberlo.

Cuando hoy en día veo las imágenes de la masacre que se está llevando a cabo en Palestina las confundo con aquellas imágenes que me invadían leyendo aquel libro, aquella violencia escondida en sus páginas que quería ser razón y sólo era miedo, ojo por ojo. Intento deshacerme de las imágenes antiguas con razones adquiridas, recuerdo la persecución que ha sufrido “ese pueblo” a lo largo de los siglos, su exclusión, su expulsión, su exterminación…, pero sólo me vienen imágenes de una violencia testaruda, altiva y orgullosa. El pueblo elegido por dios ha elegido a unos gobernantes (desde hace muchas décadas) que atormentan y exterminan a otros pueblos (del mismo dios, aunque de otros profetas).

Pienso en las “razones oficiales”: “Nos estamos defendiendo de una organización terrorista que pone en peligro la vida de nuestros ciudadanos”. No dicen que esa organización que ellos, nosotros, tildan de terrorista, Hamas, ha sido elegida en unas elecciones democráticas para ocupar puestos institucionales. No dicen que esa organización lleva años procurando ayudas sociales a sus conciudadanos palestinos, frente a la corrupción imperante en Al Fatah y la situación de cruel estrangulamiento causada por el cercamiento al que Israel somete a los territorios palestinos. No se dice que cuando Hamas ganó las elecciones se llegó a una tregua en la que una de las condiciones era que Israel cesara en su aislamiento y embargo. No se dice que no hay ninguna voluntad de que esta situación se solucione porque todos saben que esta situación no tiene solución.

Desde hace muchos años se han sucedido los acuerdos y hojas de ruta, pero siempre se soslayan cuestiones inamovibles sin las que no es posible solucionar el conflicto: sólo un bienestar económico, un buen nivel de vida, acabaría con las posiciones radicales palestinas en contra del Estado de Israel. ¿Por qué, entonces, se ha dedicado Israel a imposibilitar el desarrollo económico en Gaza y Cisjordania, por qué le ha negado el acceso a los recursos hídricos, por qué ha convertido ese territorio en un verdadero campo de concentración? Porque Israel sólo puede sobrevivir mientras el peligro que significa su enemigo le permita seguir ejerciendo esa opresión sobre él. La prosperidad y la paz permitirían que la verdadera arma, el único peligro real, acabara con el estado de Israel: la demografía.

Mientras tanto siguen los simulacros de intentos de solución. La Unión Europea saca a pasear su hipócrita buena voluntad de burgués caritativo, los Estados Unidos mantienen su clientelismo con las verdaderas fuerzas que los rigen y los países musulmanes utilizan la causa palestina de mezquina coartada a sus obsoletos regímenes. Tras ellos, los países, dicen que están los pueblos: el pueblo israelí, el pueblo palestino, el pueblo americano…Mentiras.

Mentiras que nos contamos cada día, orgullosos de ser europeos y demócratas. Mentiras que nos cuentan cada día para que les miremos hacer y deshacer desde la esquina, ocupados en vivir mientras otros, los nuestros, se ocupan en no dejar vivir. La gran matanza estaba preparada con la aquiescencia de la gran manzana: tres semanas de tiempo para ahondar la herida de la tierra Palestina, tres semanas para esquilmar la tierra prometida antes de que el Gran Prestidigitador envuelva las falacias en su nube de humo, para que Obama lo cubra todo con su manto de las nadas bien dichas. Me lo dijo mi amigo Leví Morteira, que es judío antiguo. Ahora vendrán nuevos planes y nuevos dineros para construir lo que luego se pueda destruir, para que siempre haya un enemigo que nos permita fingir que sufrimos lo que hacemos sufrir.

Pero, ¿qué es un pueblo?, ¿el que vota a los asesinos? ¿Se puede decir que no fueron responsables los alemanes por votar al nacionalsocialismo? ¿Se puede decir que no fuimos responsables los españoles de permitir que nos gobernara un régimen dictatorial y asesino durante casi medio siglo? ¿Se puede decir que los ciudadanos israelíes no son responsables de los asesinatos que comenten los gobiernos por ellos elegidos?

En aquella biblia contada a aquel niño que era yo siempre se hablaba del otro, de un peligro que venía de fuera y que había que abortar, siempre había sangre, venganza y miedo. Siempre existía un otro al que excluir y al que derrotar.

Y es que el poder necesita de su miedo, y el de los otros, para existir.


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jueves, 15 de enero de 2009

Planetalibro

Un planeta es algo que da vueltas con nosotros dentro, por ejemplo. Un libro es algo que da vueltas sin que muchos lo lean aunque algunos lo compren. Por eso es bueno prestar libros: un libro que se presta normalmente se lee.

Planetalibro es un sitio web donde se promocionan toda clase de noticias, o no noticias, sobre literatura. Esto es bueno porque la gente interesada tiene acceso fácil a todo aquello que es tenido como literario (sea lo que sea eso que llamamos literario, que diría la persona más literaria que he conocido en mi vida). Algunos de ellos, los que visitan Planetalibro, leen libros; otros leen lo que se dice sobre los libros que nunca leen, pero leen (la mejor forma de estar callados).

Este post es una condición que Planetalibro pone a los que quieren promocionar sus blogs en su sitio. Es lo que mi viejo profesor de Ciencias Naturales llamaba una simbiosis y lo que en algunas malas pelis vienen a decir como: “Tú me rascas mi espalda y yo te rasco la tuya.” Bueno, el caso es que esto me sirve a mí para que alguno de los que leen sobre literatura me lea aunque nunca me lea (un libro). ¿Que para qué quiero yo que alguien me lea? Pues no lo sé, pero os aseguro que todo aquel que escribe algo, y ahora estoy pensando en todos esos maravillosos grafitis de los cuartos de baños de adolescentes (y adolescentas), sólo lo escribe para que alguien lo lea, por más que nunca lo que se lea tenga que ver con lo escrito.

Daos una vuelta por  Planetalibro, creo que os gustará y de paso hacemos corrillo.

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martes, 13 de enero de 2009

Música para el cambio

Si le pusiéramos a estas imágenes algunas botellas de coca-cola estaríamos ante un buen anuncio al uso, pero, afortunadamente, en este video sólo vemos cantantes callejeros que cantan la misma canción en diferentes partes del mundo. Se trata de una buena producción de una organización llamada Playing for Change, que pretende eso, que algo cambie, la guerra por la paz, utilizando la música para ello. Podéis informaos mejor en www.playingforchange.com. La canción es Stand by me. Os va a gustar.


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lunes, 12 de enero de 2009

El amigo y la muerte

Un amigo me dijo:

-La muerte es este quemar que me viene de dentro y no me deja respirar.

Al poco tiempo murió.

Algunas veces me acuerdo de él; si no estoy entretenido en otra cosa.

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lunes, 5 de enero de 2009

Visiones y ternuras

Hace algunos años, en un viaje a París, ocurrió este suceso que os voy a contar y que se convirtió en un cuento de los que terminan con puntos suspensivos, como esos finales abiertos de las buenas narraciones que no quieren pontificar, aleccionar ni formar con un final, feliz o no, que no sería más que el golpe definitivo de autoridad de un autor, dios omnipresente, que lo sabe todo, lo puede todo y lo controla todo.

Durante mi estancia en París acudí junto a unos amigos a una interpretación del Réquiem de Mozart en la Sainte Chapelle. ¿Qué decíos de la Saint Chapelle? ¿Qué decíos del Réquiem? Ambas cosas juntas prometían ser impresionantes, así que con ese espíritu abierto a la impresión acudí yo al evento.

La obra fue interpretada por un coro y orquesta de estos que se dedican a interpretar conciertos para turistas, aunque, no obstante lo que se suele encontrar por ahí, su calidad era muy encomiable. No así la del público, nosotros, que éramos turistas del montón, porque los que no lo son, del montón, se llaman viajeros.


(No he podido encontrar un video de la Sainte Chapelle y menos con alguna interpretación del Réquiem, pero he encontrado ésta que os pongo, dirigida por Karl Böhm, que parece ser tiene la particularidad, aparte de su exquisitez, de tener un ritmo algo más lento de lo normal, con lo que la pieza cobra más profundidad si cabe)

La capilla se fue abarrotando de gente simpar que parecía más dirigirse a contemplar un espectáculo popular (ya fuera una suelta de vaquillas o la quema de alguno de esos horrendos monumentos de poliespan) o incluso deportivo y también popular. Pero, claro, para popular el réquiem de Mozart y para popular, su uso lo delata, la Sainte Chapelle, o ¿qué función tiene, si no, este espectacular santuario de mitad del siglo XIII que no sea la de acoger miles y miles de turistas deseosos de poseer en poco tiempo cientos de años de historia? Todo lo que se puede comprar es popular.

Ya estábamos todos asentados (que no acomodados): francesitos de provincias que nos miraban (a los turistas genuinos) con su poquito revirado de chauvinismo francés, eslavos de todas la rusias vestidos a lo saturday night fever de verano (esto sucedía en julio, justamente un día después de la muerte de Marlon Brando), españoles siempre a medio camino entre el ser y el estar, ingleses todos metidos para dentro y, dios mío: había italianos, multitud de italianos en formato familiar con multitud de hijos, esposas y demás familia política al más puro estilo neorealista, llenos de cachivaches para el viaje y coca-cola, muchísimas botellas de coca-cola de litro y medio, muchísimos paquetitos de plástico que rasgar y muchísimos comentarios en voz alta que llevaron mi espíritu profundamente concienciado para la mitificación de música y espacio a la desesperación de mi cruda realidad de turista del montón.

Era evidente que yo era uno de ellos, pero intentaba por todos los medios abstraerme de lo absoluto concreto que suponía mi estar allí en ese lugar. Imagino que cada uno de ellos, de los otros, estaba en ese mismo momento intentando el mismo ejercicio de abstracción (sería muy duro la invasión de ese espacio con la intención de escuchar algo como el réquiem sin un mínimo esfuerzo de alejarse de la simple realidad que aquello era poco más o menos la misma feria que inventaron siglo y medio antes los hermanos Lumière), pero os aseguro que en conjunto no lo conseguían.

Imaginaos cual fue mi sorpresa, y salvación, cuando en uno de los giros nerviosos de mi cuello descubrí unas tres o cuatro filas más atrás, justamente detrás de una de esas familias de italianos bullangueros, una pareja impecablemente vestida, talmente como si fueran a la ópera (de París). Eran un hombre y una mujer, ambos de mediana edad, ella podría tener entre 38 y 42 años y él quizás un poquito más. Desde el momento en que los vi ya no pude sustraer mi atención de ellos, así que con un precario disimulo me abstraí en ellos de mi pobre condición de turista alienado y no dejé de preguntarme ni un momento qué hacía esa pareja tan completamente diferente al resto allí.

Me pregunté muchas cosas más, me imagine muchísimas más. Me llamó mucho la atención la actitud que tenía el uno para el otro. Comentaban entre ellos de forma queda y atenta, se miraban con caricias, con una atención cuidadosa y sabia que mecía la mirada del otro con esa protección desenvuelta con la que algunas madres ven jugar a sus niños en el parque. La mujer era muy bella, de rasgos orientales y unos labios pintados de rojo que me recordaron otros rojos, de labios. Su pelo era claro, seguramente tintado, y sus ojos me miraron distraídos, como sin verme, durante alguna fracción de segundo. Yo disimulé como pude mi vigilancia, pero no podía separarme de aquel embeleso que me provocaban sin darse cuenta de mi existencia aquellos dos seres, tan extraños a lo que les rodeaba, tan vestidos y puestos para consumir esa gloria que es el Réquiem como si estuvieran bajo las lámparas de la Ópera de Garnier y no rodeados de nuestra horda de ávidos consumidores de postales. El hombre tenía una apariencia muy distinguida, un poco distraída y, es posible que esto fuera cosecha mía, bondadosa. Su pelo era completamente blanco, pero su semblante aún mantenía vivos los brillos de una juventud pausada, conocedora, relajada, que parecía disfrutar de lo que tenía con la lejanía suficiente como para no sentirse dueño, ni esclavo, de ello. Iba vestido de impecable traje de chaqueta con corbata burdeos que le hacía juego con una mirada que a veces me pareció un poco metida para dentro. En un momento la mujer le acarició la mejilla y yo creí morir de celos; no de ella, de ella en ese momento, y en todos los posibles, sólo podría sentir envidia, sino de otra caricia en mi mejilla en una escalera mecánica del metro, de otra ciudad, de otros tiempos. Allí estaba yo, mirón invasor de las caricias que había perdido, pero ni siquiera existía para ellos, que no reparaban en mi admirado y un poco ensoñado mirar. Posiblemente nada hubiera despertado mi atención si ella no hubiera sido guapísima, si ambos no hubieran sido tan especialmente distinguidos, si no hubieran contrastado tanto con lo que les rodeaba; pero os aseguro que mi atención no hubiera durado más de lo habitual si ellos no hubieran atesorado todas estas características.

El coro y los músicos irrumpieron en el sagrado espacio y los italianos, españoles y demás representantes del bajo pueblo consiguieron simular un silencio inquieto dominado por los primeros compases del Réquiem (Dales el descanso eterno, Señor); yo, muy a mi pesar, tuve que girar mi cuello y dejar de verlos, de imaginarlos, mientras esa bendita música me hacía olvidar mi condición de eterno aspirante y perpetuo condenado a lo que soy. Creo que fue el Réquiem más amoroso que nunca he oído, por lo que yo había perdido y por lo que veía que otros tenían.

Cuando llegamos al Lacrimosa el rabillo del ojo ya lo tenía en la nuca, pero era imposible, no podía ver la nacarada cara de la ¿japonesa?, ¿filipina?, acunando las notas de la antífona. Mi emoción estaba ya tan sarpullida que hasta los italianos me parecían querubines y en mi cabeza sólo había lágrimas que se preguntaban por la salida y el por qué de tantas cosas que ya no tenían ni siquiera un qué a esas alturas en que la luz eterna volvió a iluminar la capilla y mi cuello fue un resorte para buscar a la pareja que estaba tres filas más atrás como inserta en una mandorla que los aislaba del todo y los iluminaba, si esto fuera posible, más que esa misma luz eterna.

Los volví a encontrar muy juntos, pero sin enñoñamiento, su cariño era un cariño del saber, inteligente si esto es posible, generoso y racional a la vez, de regalo sabido, acostumbrado a sentirse caricia y mimo, también cuidado y protección, era un amor con sacarina, no para no engordar, sino para no empalagar. Y tenían huellas en su cara, en su mirada, de que la música la llevaban ya ellos, antes de que sonara, pero que el escucharla les había asegurado lo que ya sabían: ellos.

La gente, los turistas, empezaron a desfilar rápido y a trompicones, las etapas se suceden sin cesar y el tiempo siempre es escaso. La pareja seguía en su asiento, unas veces en silencio, otras con palabras quedas que ellos comprendían antes de ser articuladas. Yo me hice el propósito de no moverme de allí hasta que ellos no emprendieran la marcha y conseguí urdir un simulacro de conversación con mis compañeros para rezagar nuestra marcha. De pronto la pareja se levantó. Conseguí contemplar a la mujer de pie y vi que iba extraordinariamente elegante vestida con un traje que bien podía ser de noche, negro, muy escotado y con cortes longitudinales a ambos lados que le llegaban hasta muy arriba, casi la cintura. Iba muy sexy. Mi envidia y mi deseo hacían grecorromana. Mi sorpresa fue enorme cuando vi que el hombre llevaba en su mano un bastón blanco, plegable, de ciego.

Fue como si el bastón explicara toda esa ternura que había estado contemplando, espiando, durante toda la audición. Fue como si la ternura sólo pudiera existir con el bastón, como si el bastón me excusara a mí de no haber podido conservar en su momento y para mí todo ese amor que en ellos adivinara; de no poder tener, pobre harapiento, toda esa distinción que esa ternura les irradiaba, no los trajes, no la diferencia. Fue una especie de salvación, de salvoconducto, que me eximía de todos mis pecados y me quitaba la condena de ser mortal, egoísta y tan burdo como los italianos, o los mismos españoles. Pero este consuelo duró apenas unos segundos, porque en cuanto se levantaron y comenzaron a caminar enlazados por la cintura, atentos y corteses el uno con el otro, compartiendo el espacio de la misma forma que ambos se cedían el espacio, unidos y autónomos en esa frontera blanca que les hacía de faro o linterna, de boya y testigo de que se veían con otros ojos, uno al otro, no el otro al uno, que no necesitaban ver, sólo saber que sabían; en cuanto la vi a ella tan cuidadosa de él, a él tan seguro de y por ella, volví a sentir toda la envidia de no estar un poco más ciego, de no haberme dejado llevar por alguien, de haber preguntado demasiado, de haber querido ver más allá de lo que se puede ver.

Me desentendí de mi grupo y les seguí conforme salían, muy cerca de ellos. Hablaban un inglés que yo apenas podía comprender, apenas pronunciaban palabras, no parecían hacerles falta ya las palabras. La gente se cruzaba a nuestro alrededor acercándonos y alejándonos, estábamos cruzando los pasillos de la Concergerie cuando ellos se detuvieron frente a un banco, entre la multitud que no reparaba en ninguno de nosotros. Ella se sentó en el banco, ante la mirada ciega de él, y comenzó a bajarse alguna prenda de ropa, interior, desde la cintura. Imaginaos mi conmoción: la mujer se estaba quitando las bragas rodeada de toda la gente frente a su hombre que no la podía ver porque estaba ciego.

Ternura más erotismo es igual a perversión.

Y estas tres cosas imagino que son las que atan a cualquier hombre (por lo menos a mi sí) y a cualquier mujer (esto ya lo sé menos) a una pulsión, a un deseo de ir más allá, de seguir hasta donde sea.

No podía entender qué estaba pasando. ¿Se había dado cuenta la mujer de mi atención y había decidido mostrarme lo que nunca iba a tener o acaso era una invitación a tenerlo? ¿Se estaba desnudando en público como parte de un acto supremo de amor y sexo en el que ella mostraba a los demás lo que no podía ver él? ¿Sería el fin de este acto contárselo luego en el hotel, desnudos ya completamente ambos, o quizás caminando por el camino hacia el restaurante, o el mismo hotel, o en un ascensor, contándoselo al oído, haciendo de la narración tanto sexo como sexo de lo narrado? ¿Sería tanto su amor que ella me sustraería mis ojos viéndola en ese acto público para dárselos luego a él, con su imagen en ellos, en ese otro acto privado en el que el mirar se convierte en simple fetiche y lo que se ve está más allá de cualquier mirada? Seguí con mi envidia insana, con mi rabia eterna que me atronaba los oídos en un Dies Irae.

Fuera como fuera, estaba completamente absorbido por aquella pareja, por aquel hombre distinguido y elegante, que parado frente a la mujer, a un escaso metro delante y de espaldas a mi, no podía ve lo que yo veía, lo que nadie más parecía ver: unas esplendidas piernas apenas cubiertas por una tela que se desprendían de una especie de culotte y dejaban al descubierto un no tan explicito como yo esperaba, pero no menos excitante, tanga rojo.

A pesar de ser el suceso tan sensual siendo tanga como no siéndolo, a mi entender empezaron a dejar de tener plena validez mis elucubraciones pseudopsicológico-eróticas y descarté al momento todo mi protagonismo en la historia. Yo era el mirón, el narrador ahora, de una historia en la que quizás mi papel no tenía tanta importancia, seguramente las cosas no ocurrían por mí, pero, y esto es la gran paradoja de lo narrativo, ahora, cuando lo cuento, sé que tampoco hubieran sucedido sin mi.

La mujer se levantó y ambos continuaron su camino, yo continué siguiéndolos, enamorado de la ternura que irradiaban, del amor que les suponía, de la fuerte carga simbólica de los dos colores que me habían atrapado, el blanco del bastón y el rojo del tanga, la ternura y el erotismo, la pasión y el cariño.

Llegamos al patio del Palacio de Justicia y el hombre y la mujer se sentaron en las escalinatas. Yo me uní a mi gente y desde lejos seguí observándolos. Hubiera dado cualquier cosa por cambiarme con aquel hombre, por estar cerca de aquellas piernas desnudas aunque no pudiera verlas, por sentir aquella mano en la mejilla una vez más, aunque no fuera la misma mano. Oía la voz de la mujer en mi imaginación inventando historias para aquel hombre que no podía verlas, pero sí sentirlas. Todo el Réquiem volvía a sonar en mis oídos y cada nota era una palabra de ella, una ternura, una sonrisa…

No pude resistirme a quedarme un poco con ella, con él, para siempre y aprovechando que mi cámara tenía un buen zoom, simulé que le hacía fotos a mi amiga P. cuando en realidad se las hacía a ellos. Éstas son:

Como podéis ver, la mujer es bellísima. La distancia a la que tomé la foto y mi mal pulso impiden apreciarlo bien, pero convenir conmigo que semejante aparición en medio de un grupo de turistas sudorosos y cansinos es para impresionar a cualquiera. Llamo vuestra atención también sobre el tanga que se adivina entre sus muslos: mezclar la Sainte Chapelle, el Réquiem de Mozart, la elegancia y belleza de esta mujer, la presencia del hombre y un bastón de ciegos y tendréis una historia, seguro.

En esta foto ella parece observar su móvil mientras él parece pensativo, con la vista como perdida.

La mujer hablando por su móvil y él como contemplando algo en la lejanía. La mujer parece mirar mi objetivo. ¿Seré yo el protagonista, al final? ¿Existirá sólo la historia si se narra?

La mujer continúa hablando por su móvil. El hombre se ha puesto unas gafas y lee una guía de París. En ese momento me di cuenta de lo equivocado que había estado. El bastón blanco, que todavía estaba en poder del hombre, no era para él, sino para ella. Ella era la ciega.

No puedo negar que me desencanté bastante de todas mis elucubraciones y que la explicación de ese supuesto striptease privado y exclusivo ofrecido a mi cegada persona era mucho más sencilla y, por lo tanto, real: como señal de respeto al lugar que iba, la Sainte Chapelle, y dado que su vestido dejaba casi al descubierto sus piernas, se había puesto esa especie de culotte durante el concierto; luego, al terminar, se lo quitó. ¿Por qué iban tan elegantemente vestidos? Es posible pensar que luego del concierto fueran a una cena o a una fiesta. Todo, desde el primer momento, había ocurrido en mi imaginación, hasta el punto de que si no hubiera hecho las fotos hoy en día no podría estar seguro de si esta pareja había asistido o no al concierto. Pero nada de eso importa, en realidad, lo único cierto es que en mí crearon una historia, una preciosa historia que algún día escribiré. Evidentemente yo no había sido ni protagonista ni visible en ningún momento para ella, pero ella algún día será la protagonista de algo que no vio.

Estuvieron sentados un rato y continuaron camino. Salieron del Palacio de Justicia y cruzaron hacia la orilla del Sena. Yo quise seguirles, pero mis amigos me llevaron en dirección contraria. Aún hoy en día los imagino caminando lentamente junto al Sena, bajando a su orilla, cruzando el Pont Neuf, hablándose muy despacio, contándose historias reales o inventadas. Imagino al hombre hablándole de mí, de mis ojos viéndola, fijos en su tanga…

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sábado, 20 de diciembre de 2008

El clima en Ulán-Bator

Me ha llegado este powerpoint con fotos de Mongolia. Mongolia es un país de cuando yo era pequeño, muy lejano y extraño, lleno de pastores y sangrientos guerreros a caballo. También es un país con clima, claro. Me salió en un examen de geografía hace muchos años: clima de Ulán-Bator. Según la clasificación climática de Köppen, que se basa en temperaturas y precipitaciones, se trata de un clima templado frío de verano frío en el que no se alcanzan los 22ºc. (Dwc), con invierno seco y muy frío, con temperaturas medias que no rebasan los 10º durante 8 meses al año. Ya véis. Por supuesto estos datos los acabo de sacar de la wikipedia porque ni siquiera creo que los supiese aquel día del examen. Lo de Ulán-Bator no se me ha olvidado nunca y me viene a la cabeza, asociado a esa prueba, con cierta asiduidad. Es un nombre bonito, como de balneario con burguesía decadente al estilo de Chéjov o del mismo Doctoievsky. Es un nombre de película con tonos sienas y ocres, con campesinas de piel endurecida por el viento y esperanzas idas con él. Sí, yo creo que en Ulán-Bator hará mucho viento.

Pero lo importante son las fotos. Son muy bonitas. Si pulsáis en la esquina inferior de vuestra derecha podréis verlas en pantalla completa.

Mongolia(Yen)
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jueves, 18 de diciembre de 2008

De deseos y finales

Quizás sea casualidad, quizás sólo sea el destino, pero hoy me ha ocurrido algo que quiero reseñar:

Estaba frente a una fotocopiadora, de esas que grapan y todo, haciendo fotocopias, cuando de pronto he oído a mis espaldas un: "hola, ¿tienes para mucho?", yo he contestado que para un ratito y me he girado con una sonrisa oblícua. Se trataba de un hombre que andaría por los mismos años que yo y que abrigaba su aspecto triste y un tanto desaliñado con una sonrisa que parecía estar aprendiendo a andar. Me dijo: "Si no te importa espero a que termines" a lo que yo capoteé con un "claro que no".

Durante unos minutos; mi ratito era más bien largo; siguió una conversación de frases cortas e inconexas, de esas que se dejan caer con la esperanza de que llenen un hueco en el que sólo caben el flojo desdén y el hastío, pero, cuando me estaba peleando con el undécimo enganche de papel de la fotocopiadora, de sopetón el tipo soltó una frase que me desconcertó: "Hoy he hablado con ella", me dijo, a lo que yo sólo pude balbucir un "¿cómo?, ¿con quién?" que no tuvo ninguna respuesta pues el tipo había empezado un monólogo del que el receptor, yo, no era más que una simple pared donde acolchar su eco:

"La he llamado por motivos de trabajo, pero en realidad lo único que quería era volver a escuchar su voz. Tenía mucho miedo, el corazón se me desbocaba debajo de la voz neutra que he puesto para que no notara el más mínimo sentimiento, porque si lo hacía me volvería a colgar. Le he preguntado por su salud, por sus hijos, por el trabajo, y me ha contestado a todo que bien, pero sin entusiasmo, con ese "bien" que se dice para dejarte claro que las cosas no van bien, o no tan bien como quisieras, pero, ¿qué le vas a hacer?, lo soportarás, y, en todo caso, si no lo soporta ya no soy yo la persona adecuada para presenciarlo, para saberlo, que no lo soporta. Se ha convertido, me he convertido, en ese otro al que se le dicen las cosas convenientes, los lugares comunes, las cosas como deben ser, no como se sienten. Pero yo, ¿qué quieres que te diga?, sí he notado sentimiento, muy allá al fondo de las aes y de los ¿estás bien?, bien, bien, pero he notado una pizquita de sentimiento. No me ha colgado, me ha hablado, se ha despedido deseándome felices fiestas. Como dios manda."

Han pasado tres segundos y cuando me he vuelto hacía él para inquirirle una continuación de su relato, el tipo ya no estaba. Me he reído un poco en silencio, pero en seguida me he librado de cualquier ironía o burla incapaz de tapar con su vacuidad los interrogantes con los que el extraño sujeto me había dejado. Terminé de fotocopiar y me di una vuelta por los pasillos y los despachos de mi planta y de otras plantas para ver si lo encontraba, decidido a que me contara toda la historia. No tuve suerte, no lo volví a ver. Pregunté por él, nadie me dió razón.

Cuando he llegado a casa he encontrado el video que os pongo a continuación. Es un corto, una buena historia. Un tipo, al parecer azarosamente, consigue un método para cumplir sus deseos, o parte de ellos. El agujero negro. Todo va bien hasta que él mismo es engullido por sus deseos. No me gusta el final "comme il faut", el final necesario para que el tipo pague por tener deseos. Me ha recordado al genio de la botella, ese que te concedía tres deseos y al final acababas convertido en camello o algo peor porque la cosa tenía su truco, su trampa. Me he acordado también de las pelis americanas de final feliz, me he acordado del extraño amigo de la fotocopiadora, de la emoción que sentía de haber podido hablar con la chica, de que no le hubiera colgado. He pensado en los deseos, en los del tipo, en qué habían acabado, en un simple escuchar una voz. Me he preguntado por los deseos que tendría al principio de toda esta historia que yo aún no sé. Mañana seguiré buscando, y pasado, hasta que lo encuentre. Le preguntaré por la historia, me la contará. Seré su agujero negro.




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sábado, 6 de diciembre de 2008

Lo simple y lo complejo

Es curioso como desde tiempos inmemoriales, aunque ahora se me ocurre citar a los sumerios, no sé por qué, en cuanto alguien tenía una información de la que los demás no disponían y que podía ser útil para la comunidad (con el tiempo no hizo ya falta ni que fuera útil), se las apañaba para conseguir gracias a ella una posición privilegiada, de poder, con relación a los otros. Claro, las cosas del saber son tan simples que sólo hay que saberlas para tenerlas y, si todo el mundo las tuviera, el efecto de privilegio se disiparía. Muy pronto, quizás antes de comprender lo que sabía, el poseedor de esa información descubrió que, por una parte, debía evitar en la medida de lo posible que el resto del barrio conociera como él esa información, y, por otra, debía intentar que los demás supieran que la poseía y la creyeran lo suficientemente compleja como para delegar en él su administración. Así nació la astronomía, la religión y la economía, así nació la ciencia y el conocimiento, así nació el poder, otro poder más potente y sutil que ya no necesitaba de otra fuerza que no fuera la recreación de un mundo, de una realidad, acorde con sus intereses.

Había nacido el discurso. La explicación de lo que es y lo que puede ser, de lo que debe ser, se fue sistemantizando, poco a poco, y, a la vez, aumentando su complejidad para que sólo los iniciados, los pertenecientes a ese grupo que ya manejaba el poder, pudieran seguir haciéndolo.

La economía fue creciendo y se despojó lentamente del hábito religioso y el capote militar; a la par el discurso se fue haciendo laico y el comercio cruzó las fronteras y transcendió la economía del oikos, pasando del intercambio necesario a la acumulación de excedentes y la sustitución de su valor de uso por el valor de venta: ya teníamos aquí la economía de mercado. Ya teníamos aquí las ideologías.

El problema de la economía de mercado es que necesita un incremento constante de la demanda para no caer en lo que llaman recesión. Esto se consigue con una clase consumidora lo más amplia posible y que, además, sea capaz de adaptarse continuamente a una oferta cada vez más variada, amplía y alejada de las necesidades básicas. Ya tenemos aquí a la clase media. Una clase media necesitada de una formación suficiente para comprender los mensajes publicitarios, los mensajes ideológicos, las bondades del sistema. Ya tenemos aquí la educación.

La educación es una de esas palabras relicario que acoge, o más bien esconde, diversos segmentos: está la educación como adiestramiento de esa clase media que tiene que sostener el sistema de poder y está la formación iniciática de cierta clase que desde siempre ha dominado las estructuras de realidad. En unos colegios se enseña a aceptar, en otros se enseña a dominar el discurso, a utilizarlo, a convertirlo en permanente poder.

De la cosecha en el valle del Nilo hemos pasado a los grandes artilugios culturales que se celebran en los prestigiosos templos de nuestrar ciudades , las palabras se convierten en pequeñas dagas florentinas que se utilizan para domeñar a aquellos que no pertenecen a la élite. Las palabras son poder en los labios de quienes administran el saber, haciéndolo complejo e inaccesible para el resto. Los lenguajes de las élites colegiadas, de las academias, se hacen técnicos y oscuros, difíciles de comprender para el que no pertenece al círculo exclusivo. Todos se oyen hablar, los unos a los otros, y se sienten satisfechos de que no los entiendan, pero los reconozcan como dueños de ese discurso.

Pero de vez en cuando aparece alguien, como este hombre del video, y te das cuenta de que lo simple siempre es más útil que lo complejo.

Podéis ver la explicación completa de la crisis en su blog: http://leopoldoabadia.blogspot.com/search/label/%2B%20ANEXO%201%20Crisis%20NINJA

Tambíen ver otros videos en youtube: http://Pod%C3%83%C2%A9is%20ver%20la%20explicaci%C3%83%C2%B3n%20completa%20de%20la%20crisis%20en%20su%20blog:%20http://leopoldoabadia.blogspot.com/search/label/%2B%20ANEXO%201%20Crisis%20NINJA%20%20Tamb%C3%83%C2%ADen%20ver%20otros%20videos%20en%20youtube:%20http://es.youtube.com/results?search_query=leopoldo+abadia&search_type=



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lunes, 1 de diciembre de 2008

Regalos y ausencias




Es curioso como con el paso del tiempo, entrepuertas y escaleras, vamos incorporando pequeñas cosas a nuestra vida que se van convirtiendo en grandes. Leemos historias que nunca nos abandonarán más, conocemos gente que aunque sí nos abandonará, se quedará con nosotros quizás sin saberlo. Adquirimos costumbres insospechadas tiempo atrás, desde abrazar el Islam a pedir el descafeinado de sobre en vez del de máquina y algunos, incluso, llegan a terminar, por una vez, su primera colección de fascículos, después de haber comenzado mil y una septiembre tras septiembre movidos por un pasajero propósito de regeneración otoñal. Vamos llenándonos de esos pequeños recuerdos que se convierten en el espíritu del que nos los ha regalado, ocupándonos de nuevo por unos momentos y dejándonos la satisfacción, quizás diría mejor la tranquilidad, de que su presencia, aún en su ausencia, sigue haciéndonos bien. Uno de estos regalos es la canción que os pongo a continuación. Guardarla para cuando pase el tiempo. Seguro que la conocéis. Es Eternal Flame, de las Bangles. Tengo otra versión, grabada en un casero karaoke, que me gustaría que alguien recordara. Pero no me atrevo a ponerla. Aún.
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sábado, 22 de noviembre de 2008

Solamente saber

Solamente saber si estás bien.
Si estás, amada antigua.
Si el sol alegra tu cara y esos pensares que a saber por dónde andan ahora.
Sólo saber si aún pasa la gitana cantando cerca de tu ventana,
si aún conservas las piedrecitas negras,
si aún te encanta el Dante,
si aún me piensas, de vez en cuando.
Solamente saber si sientes o ya no sientes,
si la luna brilla en ti como aquella noche,
si alguna vez todavía cantas del brazo de alguien,
si alguna vez aún lloras abrazada a alguien.
Sólo saber si estás, si sigues, si añoras,
si vives, si piensas, si quieres.
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martes, 29 de julio de 2008

Bronwyn, la que renace de las aguas, de J.E. Cirlot

¿Os he hablado en Entrepuertas y escaleras de Bronwyn y de Juan Eduardo Cirlot?

Hace años alguien me regaló un libro de poesía. El libro se titulaba Bronwyn. Estábamos en una librería y yo le conté esta historia:

“Una tarde de agosto de 1966 Juan Eduardo Cirlot se metió en un cine de Barcelona. Me imagino las calles saturadas de calor y el cine fresco y en penumbra, adormecido por el duermevela de la pantalla. La película se llamaba “El señor de la guerra” (“The war Lord”), de Franklin Shaffner, protagonizada por Charlton Heston, Richard Boone y Rosemary Forsyth en el papel de Bronwyn.

La historia es la siguiente: En la Edad Media un poblado de Normandía es atacado por los frisios. El caballero Chrysagon libra a los lugareños del ataque, cuando ve a Bronwyn e inmediatamente se enamora de ella. La muchacha ya tiene concertado su casamiento, pero el señor feudal ejerce su derecho de pernada y la retiene. Los habitantes de la aldea asedian el castillo para rescatar a la muchacha, obligando al Chrysagon y a Bronwyn, que se ha enamorado de su raptor, a refugiarse en un torreón.

En un momento de la película emerge de las opacas aguas de un lago la figura y el rostro de la belleza absoluta, de la verdad absoluta, porque, siguiendo a Tolstoi, la belleza sólo puede ser si es verdad: Bronwyn.

Esta visión, tan estrechamente relacionada al mito de la resurrección de entre las aguas, obsesiona a Cirlot hasta que, tras asistir a un montaje ruso de Hamlet, la relaciona con la figura de Ofelia muerta en las aguas: Bronwyn es Ofelia renacida. Bronwyn es “la que renace de las aguas”. A partir de entonces Cirlot dedicará todos sus esfuerzos poéticos a desentrañar el misterio de este ser absoluto que en una misma visión se tiene y se pierde. Durante los siguientes años, hasta su muerte en 1973, dedicará su trabajo poético a corporizar en palabras la esencia de ese absoluto al que había accedido entre fotogramas. Se trata de una obra formada por 16 cuadernillos publicados en ediciones prácticamente particulares, que poco a poco va alcanzando el reconocimiento que se le debe en la poesía castellana de todos los tiempos: el ciclo Bronwyn.”

Bueno, seguramente no fue esto lo que le conté, pero el caso es que ella me compró el libro y, de él, me leyó este poema:

Pensé que te alejabas para siempre,
que tu sueño era el fin de mi evidencia,
y que el sagrado bosque de tu culto
era un recuerdo sólo entre palabras.

Pero vives en mí más que yo mismo,
que apenas soy la sombra de mi ser
que va perdiendo trozos del espíritu
en los negros ramajes de los años.

Bronwyn, pero perduras y me existes.
Y soy porque me asistes todavía
entre la claridad de las estrellas
y la blancura de tu cuerpo blanco.

(En Bronwyn, W. 1971


Más información:

Artículo en Espéculo sobre la exposición sobre Cirlot realizada en el IVAM en 1996: http://www.ucm.es/info/especulo/numero4/cirlot.htm
Artículo mío más extenso sobre el ciclo Bronwyn en Autorneto:http://www.autorneto.com/Literatura/Reseñas/Bronwyn-la-que-renace-de-las-aguas.188501
Poemas extraídos de Bronwyn: http://www.xtec.es/~jaguade/bronwyn.htm
Otros poemas de Cirlot: http://amediavoz.com/cirlot.htm
Acercamiento a Cirlot y su ciclo Bronwyn: http://www.geocities.com/bronwynxxi/index.htm
Bosquejo de Cirlot en la wikipedia: http://www.wikipedia.es/enciclopedia/Juan_Eduardo_Cirlot
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viernes, 18 de julio de 2008

El iphone habla por ti

Ayer aproveché la magnífica tarde de lluvia para meterme en un café a leer la prensa de "El país". Era una de esas tardes hechas para leer un buen libro, pero, ya veis, el afán de actualidad nos secuestra a todos. Todos los requisitos de aislamiento y tranquilidad se cumplían, se disfrutaba del silencio adecuado, sin niños impertinentes retozando alrededor de mi mesa y ni siquiera conversaciones con ecos de eurocopas dándome patadas en las meninges, cuando un sonido molesto vino a alterar mi placer: el politono maldito de un móvil. Al primer sonido le sucedieron muchos más hasta hacerme levantar la vista casi cubierta ya por el odio. Al otro lado de la cafetería ocupaban una mesa una pareja de treintañeros, chico y chica, ambos vestidos con corte ejecutivo junior y ambos con sendos tesoros en sus manos: dos iphone al parecer recién adquiridos gracias a leoninas promociones de la sempiterna Telefónica.
Dejé de leer la prensa y los observé sin un disimulo que no hacía falta dado lo abstraídos que estaban con sus aparatos último modelo. Me llamó la atención que ninguno de los dos cruzara una palabra con el otro, simplemente se dedicaban a inspeccionar las mil y una supuestas funciones del adminículo mientras sus rostros extasiados hasta el embobalicamiento se reflejaban en las pantallas. Tras la minuciosa inspección, ambos, como si estuvieran programados para ello, comenzaron a hablar por sus aparatos. Tras más de diez minutos la chica, con el telefonillo en la oreja, se acercó a la barra y pagó las consumiciones. Los dos salieron sin dejar de hablar con sus respectivos iphones. En todo el rato que estuvieron en la cafetería no se cruzaron ni una palabra entre ellos.
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domingo, 6 de julio de 2008

Realidad y flexiguridad

Se está poniendo muy de moda el término flexiguridad. Otra palabra más. Otra panacea más. La verdad es que desde muy pequeño he tenido la sensación de que algunas palabras venían de vez en cuando a quitarme algo. La palabra deberes me quitó mucho rato para jugar, luego vino castigo y eso ya significó no jugar nada. Las palabras follar y coño me hicieron pasar largos ratos espiando el rostro de mi madre para poder entender el misterio de su doble vida, madre y mujer. De pronto, cuando a eso de los trece o catorce años las chicas me llamaban amigo, yo intuí que esa palabra me excluía de muchas otras cosas que seguramente hubiera agradecido más y, sin que yo pudiera darme cuenta a tiempo, un buen día se hizo omnipresente en mi vida la palabra realidad: verdadera bomba atómica que destruyó todos mis mundos de ensueño, todas esas tardes leyendo y reinventando las historias que leía, todos esos refugios en donde yo controlaba las palabras, las elegía y las hacía jugar conmigo. La palabra realidad vestía uniforme y taconeaba con fuerza a ritmo de oca en mis sienes. Con ella se trajo todo un ejercito de acólitos: necesidad, razón, interés, verdad…y también: obligación, moral, error, pecado… Unas ocuparon el estrado de los tecnócratas y otras el de los ideólogos en el Gran Congreso de lo que Es. La invasión de términos ha seguido a lo largo de mi vida, entrepuertas y escaleras; unas palabras han ido ocupando el protagonismo de otras, pero todas han ido quedando en el estante de los recuerdos como palabras trampa que han intentado conformar, y lo han conseguido en muchos casos, una realidad en función de los intereses de algunos.

La nueva palabra invasora es flexiguridad. Hace referencia a la política de empleo danesa que combina el despido libre con unas sólidas prestaciones estatales de desempleo. En Dinamarca esto parece funcionar bien, eso dicen ellos. Aquí también nos lo están diciendo: la flexiguridad permite una agilidad al empresario y una mayor productividad. No nos dicen que nuestra estructura social no tiene nada que ver con la danesa, ni que en Dinamarca se pagan unos impuestos progresivos lo suficientemente abultados para sostener estas prestaciones, sin que el fraude fiscal sea lo significativo que es en países como España. No nos hablan del sistema de formación laboral que disfrutan en Dinamarca, ni nos dicen qué estructura se crearía aquí para poder hacer frente a la segunda parte de la palabra: la seguridad. Estamos ante una palabra calcetín que envuelve un callo muy difícil de soportar: la flexibilidad labora pura y dura.

Más información:

http://www.flexiseguridad.es/
http://insight.iese.edu/es/doc.asp?id=00832&ar=7: Artículo en la Universidad de Navarra
http://www.otromundoesposible.com/?p=1726: Otro Mundo es Posible nos muestras las ponencias sobre el tema que PSOE y PP han presentado en sus respectivos congresos.
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=45625: Artículo sobre la cuestión.
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domingo, 29 de junio de 2008

Fotografías de Praga



Estas fotos las hice en marzo de 2007, durante mi segundo viaje a Praga. El primero lo hice en 1992, en plenas olimpiadas de Barcelona. Praga ha cambiado, los turistas lo ocupan todo, aquel metálico sabor a socialismo ha desaparecido, pero el vaporoso sabor mágico sigue percibiéndose, a poco que te olvides por un rato de tus compras. Hablaremos de Praga y de sus magias, de sus jardines y de lo fácilmente que te pierdes para llegar siempre al sitio de partida. Hablaremos del Golem y del rabino Löw, del cementerio judio y de una mujer con su niño cogido de la mano, ambos muy arreglados y portando las maletas con sus pertenencias, esperando en al cola que les llevaría al horno crematorio. Hablaremos de jazz, de Kafka y del callejón del oro, hablaremos de ópera, conciertos en iglesias y de una modernidad que sabe a vieja y te habla de primaveras, tanques y tolerancia. Hablaremos.
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sábado, 28 de junio de 2008

¿Qué recuerdas de las escaleras?

Ray Loriga, "Héroes".

Que eran más grandes. La distancia entre los peldaños era mayor y la distancia entre lo más alto y el suelo también. Recuerdo escaleras más altas y puertas más grandes, distancias mayores y esfuerzos mayores. Más lejos, pero también más cerca. Más frío, sobre todo más frío. El dolor en las manos, las manos golpeadas por balones de cuero y sobre todo por verjas, palos, hierros. El frío y el dolor en las manos y un agujero en el pecho al correr. Saltábamos verjas, verjas enormes, teníamos miedo y frío. Saltábamos verjas y una de esas verjas oxidadas me hizo un agujero en la tripa, un agujero que sangraba. Recuerdo el frío y el sabor de la sangre, sangre de la nariz o de los dedos o de la tripa, pero sobre todo recuerdo escaleras grandes y el dolor del cuerpo al caer constantemente. La extraña sensación de tener cuerpo y la extraña sensación de tener miedo. También cortar el césped del jardín, limpiar la hierba que se atascaba en las cuchillas, pensar en cualquier otra cosa mientras tanto. Problemas con el tiempo. El tiempo que separa cortar el césped de volver a la calle. El tiempo que separa estar en la calle de volver a casa. El tiempo que separa unos días de otros, el tiempo durante los fines de semana y el tiempo durante un lunes. Diferentes medidas. Como una goma. Recuerdo medidas elásticas, distancias elásticas, esperas eternas y diversiones rápidas. También los coches y la idea de no tenerlos y las motos y la misma idea y las mujeres. Todas las ideas de nunca, y las ideas de espera.

Los relojes, la obsesión por los relojes, por tenerlos y mirarlos y la mierda de estar siempre debajo de alguno, la mierda de las horas decidiendo cosas, horas de hacer algo y horas de hacer lo contrario, horas infranqueables como un jodido muro de acero.

¿Qué más recuerdas de las escaleras?

Sólo eso; la altura, el dolor, el frío y las horas.



Hace año y medio tuve la suerte de estar cerca de Ray Loriga en una charla con escolares de bachillerato. Es un tío duro, pero cercano, de estos que beben su tercio de cerveza en la botella, te hablan como colegas y piensan, como tú, en tocarle el culo a la morena de al lado. Es un duro tierno de los que se cortan al afeitarse frente al espejo, como nosotros. Además es amigo de Leonor. Qué coño. Te debo una visita, Ray.

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¿65 horas? Ni de coña

Ya sabéis todos del nuevo proyecto de la derechizada Unión Europea: aumentar el máximo de horas trabajadas a la semana a 65 horas. Es un paso más para ir recortando y recortando el supuesto Estado de Bienestar que los tenderos de Europa (cercanamente guiados por los empresarios yankees) se inventaron para contrarrestrar el peligro soviético. Ahora ya no existe ese peligro rojo y vienen muy bien otros peligros para tener a la masa jodida pero contenta, que dice la canción de Concha Buika. No sólo no acaban con el dumpping, sino que poco a poco lo van importando a la vieja Europa. Es una medida más para flexibilizar el mercado laboral europeo, cada vez que hay (o se inventan) una crisis económica las únicas recetas que ofrecen son siempre las mismas: ahorro de gasto social y del coste del trabajo, nunca nadie dice nada de limitación de beneficios o una verdadera progresividad de impuestos. Es el chantaje de siempre: o trabajas más y cobras menos,...o no trabajas.

Entrepuertas y escaleras se suma a la campaña ¿65 horas? Ni de coña. Daos una vueltecita por aquí y apoyar un poco.

De paso os dais otra vueltecita por Mangas Verdes, desde donde podréis conseguir un año gratis de alojamiento web.
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viernes, 27 de junio de 2008

Informes y patrones

En mis vagabundeos por ahí he encontrado un site que ayuda a patrocinar estos tableros garabateados nuestros y de nuestras convulsiones. Se llama Infopatrocinios.com, el mayor agregador de noticias del mundo, se dicen. Me llama mucho la atención este tipo de nuevo periodismo popular que está aflorando dentro del internet 2. Lo que hace unos años eran las armas del proletariado, los medios de producción, han sido sustituidas por las pistolas de juguete, de agua podríamos decir, de la opinión libre, anónima y multiplicada por sí misma en un infinito juego de espejos que acaba con cualquier mensaje y, otra vez McLuhan con su onanismo mediático, lo único que queda es ruido. Pero, ¿qué importa si el proletariado ha sido sustituido por una masa de colorines que tiene tarjeta de El Corte Inglés y nuestras mentes hace mucho que no llegan a final de mes?

Infopatrocinios.com nos permite un granito más en la dura tarea de existir en la blogsfera y Entrepuertas y escaleras les agradece su ayuda para ello.

infopatrocinios es una iniciativa de tuPatrocinio
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viernes, 20 de junio de 2008

Los republicanos españoles liberaron París



En la anterior entrada de Entrepuertas y escaleras puse una estupenda presentación de Emilio con fotografías de París. En ella se hacía referencia a la liberación de París en 1944. Esta nueva entrada es para apuntar, según me indica mi siempre atento amigo Manolo, que las primeras tropas que entraron en París el 24 de agosto de 1944 estaban formadas por antiguos combatientes republicanos que tras ser derrotados por los fascistas en España no dudaron en luchar al lado de los aliados en contra del nazismo, sin importarles en ningún momento que aquellos no hubieran movido ni un solo dedo para evitar el triunfo de los franquistas en la guerra civil española.
Los republicanos españoles formaban la columna Dronne, la nueve, perteneciente a su vez a la División Leclerc, el grueso de la cual hizo su entrada en París al día siguiente, el 25 de agosto. Los republicanos españoles entraron en su columna mecanizada, a bordo de tanques a los que habían puesto nombres de batallas de la guerra civil: Madrid, Brunete, Guernica, Guadalajara...
Cerca de 3500 republicanos españoles formaban parte del ejercito de la llamada Francia Libre y entre 8000 y 10000 lucharon en la resistencia, el maquis.

Aunque esta entrega abnegada por el ideal de un mundo mejor nunca fue suficientemente reconocida, ni por los franceses ni siquiera tampoco por los gobiernos democráticos españoles, el 24 de agosto de 2004 se les hizo un discreto homenaje y se descubrió una placa en su recuerdo.




Más información en:

- La nueve: A todos los interesados en el tema os recomiendo esta página. En ella podréis encontrar fotos, testimonios e incluso una radio emitiendo la liberación de París.
- Les cosaques: Boletín informativo del grupo de reconstrucción histórica La Nueve: Boletín especial sobre los actos de homenaje que se celebraron en 2004 a la Nueve.
- Eduardo Pons Prades: Republicanos en la liberación de París, Historia XVI, nº 111, julio de 1985: Profundo e instructivo artículo sobre los republicanos en la liberación de París
- Artículo de Ian Gibson: Traiciones y reparaciones: Este artículo es más corto, pero no menos interesante.
- Asociación de Familiares y Amigos de Represaliados de la II República por el franquismo: Ya quedan pocos vivos, no podemos permitir que se pierda su memoria, porque sin ella nosotros no existimos.
- La segunda guerra mundial: Una buena aproximación a las causas y desarrollo de la guerra.
- Európolis: Los españoles y la liberación de París: Juan Pedro Quiñonero nos comenta en su blog el aniversario de la liberación de París.
- http://guerracivil.forumup.es/about4157-guerracivil.html: Este foro es imprescindible para todo aquel que esté interesado por uno de los hechos históricos más destacados en la historia contemporánea de nuestra civilización (o lo que sea).
- S.B.H.A.C. : Imágenes de republicanos españoles luchando contra los nazis: Testimonios gráficos de unas vidas heróicas.

Agradezco a todos ellos la información que han puesto a la disposición de todos nosotros.

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domingo, 15 de junio de 2008

fotografías de París

Estas maravillosas fotografías fueron tomadas por nuestro desconocido, pero a partir de ahora amigo de Entrepuertas y escaleras, Emilio. Las pongo aquí como reconocimiento a lo que puede ser un buen trabajo, aunque no te paguen por ello.

Emilio nos cuenta como el general von Choltitz no fue capaz de cumplir las órdenes que le dió Hitler de destruir todos los monumentos de París. Gracias a ello hoy podemos disfrutar estas impresionantes fotografías: Los Inválidos, la Concordia, El Louvre, Notre Dame, la Ópera, el Arco del Triunfo, la Torre Eiffel...

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jueves, 12 de junio de 2008

Lenguas bárbaras y lenguas viperinas

BREVIARIO:
Para los que le interesen las lenguas bárbaras, aquí: http://aprenderinglesonline.blogspot.com/ y aquí: http://www.babelyou.com/ pueden encontrar cosas interesantes. Los que estén más interesados por sus propias lenguas, viperinas, que se muerdan un poquito y saboreen su rico veneno, no encontrarán nada mejor en esta vida. Ellos lo saben.
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martes, 10 de junio de 2008

Fotos de Estambul

Hace poco hice un muy grato viaje a Estambul y creo que sería bueno poner en entrepuertas y escaleras algunas de los cientos de fotografías que hice (ya sabéis de mi compulsión fotográfica). Más adelante pondré otra entrada con más datos sobre la visita, ahora me conformo con compartir las fotografías y contaros que me impresionó muchísimo la mezcla de modernidad y tradición que encontré. El que se puedan ver mujeres bellísimas con minifaldas infartantes en la plaza Taksim y encontrar en la misma ciudad figuras que se desplazan cubiertas de los pies a la cabeza es algo que te demuestra que ni la tierra es redonda ni la realidad sencilla. También tendremos que hablar del sufismo y el sema, la ceremonia donde los derviches giran y giran hasta llegar a Dios.
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