sábado, 15 de agosto de 2009

Serendipity

Aunque sé muy bien que sólo se mueren los demás, nunca nosotros, pude prever esa muerte que nunca sentiría a algunos centímetros, o cientos o metros, o mejor a un simple vistazo de pájaro, por debajo del puntero del ratón.

Nueva York aparecía un poco desdibujada en el Google Maps, pero todos sus olores y humores confluían en la punta de mi nariz de sabueso antiguo husmeando esas fotos tan extensas como lo que querían mostrar, tan reales como el mapa de Borges, tan falsas como la ilusión de los inmortales. Caminé por sus calles sin rumbo fijo, dejándome perder por mis propios sentidos extraviados y mis cuatro ideas de la ciudad, más propias de filmotecas blanquinegras y carajillos de antaño en el Café Malvarrosa que de alguna anterior visita.

La dirección: 225 E 60th St New York, NY 10022; la hora: las 19:30 de una apacible y ya tenuemente soleada tarde de julio de este mismo año. Apreté el street view y mi muñequito se encontró de repente deambulando por aquellas calles. Manhattan es un barrio con nombre de cóctel y está lleno de tiendas caras y restaurantes modernos llenos de mujeres caras llenas de potingues y caras comidas de polla, así que me conformé con andar con toda la soltura que me daba el saberme agarrado al mapa y no mirar más de lo necesario.

Me encontraba en el comienzo del Queensboro bridge, en el cruce de 2nd Ave. y 59th St.; un lugar inhóspito donde confluían multitud de calles y de taxis amarillos. Mi muñequito tuvo un amago de ataque de agorafobia y tuve que sentarme en un banco y centrar mi vista en un punto fijo para que se me fuera el vértigo y el pasado. Seguí caminando y mi muñequito siguió caminando con mis mismos pasos hasta coger la 2nd Ave. a la derecha, una amplia calle con buena pinta y muchos comercios y tráfico fluido y como educado. No había casi negros por las aceras.

Cruce la 2nd Ave. con mi paso un tanto acartonado, me daba la impresión de haber hecho aquel camino muchas veces, pero sabía que no, que nunca había estado antes allí, que las calles eran tan planas como mi memoria, que mi vista sólo veía lo que sabía, que sólo mi corazón sabía lo que iba a pasar. Serendipity.

En el siguiente cruce había un semáforo y en el semáforo había una mujer, media melena lacia de pelo rubio teñido y desvencijado, media mirada segura y otro tanto acobardada más allá de mañana o del siguiente paso. La seguí y ella cruzó como si cruzara por otra calle, como si pensara ser otra mujer la que cruzara o la que era o la que fue. Cruzamos, mi muñequito y yo y ella, y seguimos caminando, ella como perdida y yo perdido, recordando los pasados que ya no tenían huella. Llegamos a la 60th St. y la mujer dobló a la izquierda y yo doblé a la izquierda.

Caminaba a dos metros de ella enganchado a la estela de su perfume y los pensamientos se le iban cayendo sueltos a mis pies que intentaban esquivarlos con nerviosos saltitos del muñequito y nerviosas renuncias mías a leérselos antes de que explotaran de algún sopetón. Nueva York es una gran ciudad y mi muñequito del Google tenía miedo a encontrar la casualidad.

Llegamos a la dirección antes indicada y ella entró en el local: Serendipity. Y yo entré en el local. Ella se sentó en una mesa cerca de la entrada y revisó su móvil distraída hasta que llegó el camarero. Yo me senté justo detrás de ella, procurando no llamar su atención. Ella pidió pastel caliente de chocolate con helado de chocolate encima. Yo también. Ella comió despacio, yo callé despacio todo lo que hubiera querido decirle. Ella se giró despacio, llevaba los labios sucios de chocolate, yo le sonreí y con una servilleta le limpié la boca. Ella siguió callada durante algún tiempo, luego se sentó frente a mí y comenzó a hablar. Cuando terminó ya había anochecido en Google y tras el cristal de la puerta pude ver a mi muñequito sentado en un banco. Parecía dormido. Yo quise responderle, decirle que nada importaba, que todo había estado bien, pero no tenía voz ni palabras y sólo pude acariciar la comisura de sus labios. Ella dejó resbalar un par de lágrimas y me besó el dedo índice y lo introdujo en su boca y me enseñó su ropa interior y me dijo ¿follamos la última vez? y yo le dije que sí y entonces entró un negrazo de dos metros y a mi me pareció que al final se la iba a follar él y yo le dije negro de mierda y él con acento de puertoriqueño se rió y me clavó su cuchillo, creo, y vi como el muñequito se quedaba muy quieto desangrándose en el banco, tan congelado como el helado de chocolate que se derretía en el plato. El Google Maps en mi ordenador se quedó colgado. Como la casualidad de encontrarte un día, aunque fuera en Nueva York.

Serendipity-NY


Más información:

http://es.wikipedia.org/wiki/Serendipia

http://www.unafamiliageek.es/2008/04/serendipia-serendipity-suerte-e-ingenio/

http://www.cienciateca.com/ctsserend.html

http://detodounpoco-tag.blogspot.com/2007/11/cerrado-por-cucarachas-y-ratones-el.html

Agregar a marcadores favoritos:
  • Agregar a Technorati
  • Agregar a Del.icio.us
  • Agregar a DiggIt!
  • Agregar a Yahoo!
  • Agregar a Google
  • Agregar a Meneame
  • Agregar a Furl
  • Agregar a Reddit
  • Agregar a Magnolia
  • Agregar a Blinklist
  • Agregar a Blogmarks

viernes, 7 de agosto de 2009

El grifo

El mismo día que cumplió tres años conoció la primera prohibición seria de su vida. Hasta entonces todo habían sido noes y que te doy al culo y hasta más de un cachete había recibido, pero todo formaba parte del tira y afloja que se llevaba el mundo con él, eran juegos de un paso más o un paso atrás, nada que no pudiera borrar un nuevo no o un nuevo sí. Pero la prohibición de acercarse al grifo y menos tocarlo fue algo diferente. Una raya que fijó el horizonte para siempre.

Ni su padre ni el resto de sus mayores eran demasiado estrictos; tampoco eran el país de jauja, pero se podía vivir bien con ellos, pensó el día que cumplió los doce. Las normas eran claras y sencillas, fáciles de cumplir, difíciles de olvidar a poco que quisieras que las cosas estuvieran en su sitio. Los pocos castigos que había merecido siempre habían sido más por inexperiencia suya que por verdadero afán de infringir alguna de las reglas. Sólo se trataba de hacer las cosas bien, no de no hacerlas.

Aprendió a mentir y a reír mientras tanto, a besar con la mejilla y a querer desde el hueco de su voz. Comprendió letras e incluso ideas, memorizó fórmulas, ritos y pasajes, descubrió ilusiones y les retorció el cuello para que no chillasen, acomodó sus pasos a los andares pedidos y olvidó la calderilla de los pequeños sueños en algún bolsillo con más de un agujero. Se casó y tuvo gemelos y a los tres años les prohibió acercarse y menos tocar aquel grifo que nadie sabía que hacía alli en medio del patio o en medio de sus vidas desde que alguno de sus abuelos lo abrió por última vez antes de instaurar el tabú.

Aprendió a callar su memoria, a ahogar su nostalgia con palabras fuertes y aguardientes de lijar momentos débiles. Aprendió a cantar canciones de viejos y quiso llorar y no pudo cuando sus gemelos se casaron el mismo día con dos gemelas traídas de China para ellos y ya lloró de chocheo el día que sus gemelos tuvieron a la vez cada uno gemelos de ojos rasgados y piel un poco desteñida. Se murió y el grifo siguió allí y sus hijos ya eran abuelos y el tiempo ya no se medía por años ni por álbumes de fotos y sus nietos lloraron el mismo día que sus hijos gemelos y sus nueras gemelas murieron en las torres gemelas en un viaje que había organizado el Inserso. Todo pasó y el tiempo también y los niños rasgados ya tenían niños de colores, gemelos, y la prohibición era la misma. Ni se os ocurra acercaros al grifo y menos tocarlo.

Un día de no se sabe qué tiempo apareció una muchacha con ojos de beberse toda la vida y se quedó mirando el grifo, quizá con sed quizá con ganas de saber. Uno de los gemelos de colores se acercó a ella y le avisó drásticamente de la prohibición de tocar aquel grifo.

—No lo pensaba tocar, sólo estoy mirando —el desdén se convirtió en cálida ironía cuando su mirada acarició el rostro irisado, esta vez un poco más rojo por la vergüenza, del muchacho.

—Yo sólo te lo digo, por si no lo sabías —intentó recuperar una posición que ya tenía perdida para siempre.

—Me llamó Arkadia y acabo de llegar a la ciudad con mi hermana para vivir con mis abuelos. Vamos a ser vecinos, por si no lo sabías —rió con entusiasmo y con su melena rubia bailando alrededor de la cabeza del gemelo en el momento de darle un beso con sus labios en una mejilla a punto de explotar por la dulce invasión.

—Yo soy Koko —balbució Koko.

—Eso de no tocar el grifo es una chorrada —punteó Arcadia en una despedida que enseguida se convirtió en una bienvenida eterna que al muchacho le cambió en un segundo todos sus colores, todas sus memorias y conciencias hasta no poder callarse el decir.

—Sí, seguramente es una chorrada. Pero no se puede tocar.

Y ambos se tocaron las almas con la punta de sus ojos y se quedaron allí parados dos o tres siglos o tres segundos y ambos se volvieron y se fueron a sus casas a contarle a su hermano gemelo, Coco, a su hermana gemela, Pastora, que habían conocido el amor que habían conocido que ninguna prohibición va más allá de lo que nosotros nos queremos prohibir.

Koko y Coco, Arkadia y Pastora, se pasaron la noche hablando y contando cada uno los sueños que hasta entonces habían callado. Ya no tenían reglas, ya no tenían miedos, sólo la esperanza de que las horas vinieran alegres hasta el amanecer y despertarse y seguir soñando seguir contando los pasos hasta el centro del patio y tras el primer beso dejar correr el agua dejar correr la vida.

Reblog this post [with Zemanta]
Agregar a marcadores favoritos:
  • Agregar a Technorati
  • Agregar a Del.icio.us
  • Agregar a DiggIt!
  • Agregar a Yahoo!
  • Agregar a Google
  • Agregar a Meneame
  • Agregar a Furl
  • Agregar a Reddit
  • Agregar a Magnolia
  • Agregar a Blinklist
  • Agregar a Blogmarks

viernes, 31 de julio de 2009

El espejo y el camisón.

A las 3:42 de la mañana, como cada noche, Mónica Colsada dio un brinco sobre la cama y abrió los ojos de par en par. Había vuelto a soñar lo mismo. Su rostro estaba sudado y un poco desencajado, molesto de sentirse repetido y otra vez igual, como cada noche, sus ojos se miraron en el espejo y se sintieron también vistos, también mirados.

Mónica Colsada tenía por aquellos días 37 años recién cumplidos, su segundo hijo, una niña que no se me parecía en nada, recién tenida y un sin fin de males imaginarios rondándole por la cabeza. Digo yo que sería la mala conciencia.

Se incorporó en la cama para verse mejor en el espejo e hizo su típico mohín de pena y desconsuelo. La oí sollozar. En realidad fue el sollozo de siempre, de cada noche. Un sollozo único, como abandonado nada más nacido o simplemente un carraspeo con ganas de ser sentimiento. Mónica Colsada era rubia de bote, pero a mí todavía me gustaba. No era guapa ni fea, pero tenía un buen culo, una risa un poco tonta y toda esa ternura que al principio tantas ganas de quererla te producía. Se quedó así, mirándose, un buen rato. Sentía fascinación por verse en un espejo, sobre todo haciendo el amor. Se excitaba viéndose como si fuera otro quien la viera o como si fuera yo el que la viera con otro.

A las 4:05 de la mañana Mónica Colsada se quitó las bragas y comenzó a masturbarse con la misma mirada seria que ponía ante el cajero de un banco o mientras leía las instrucciones de un electrodoméstico recién comprado. Sus silencios siempre me habían encantado porque acomodaban en el pliegue de sus labios una resignación con la que me gustaba engañarme. Cuando su vulva se convulsionó varias veces soltó un único gemido que se convirtió sin ninguna transición en un sollozo y luego en llanto, al principio con inesperados hipos, enseguida con lágrimas y más lágrimas, con lloros llenos de agua y de sonidos que parecían cantar aquella canción.

A las 4:25 de la mañana el silencio la abrazó y pareció más tranquila. Fue al baño y volví a oír como cada noche el potente chorro de su orina. Siempre me había vuelto a excitar oírla tras hacer el amor. Cuando regresó a la habitación se había lavado la cara y el sexo y me pareció que el sufrir la ponía guapa. Se puso el camisón blanco y una canción de Jorge Drexler, "Me haces bien", y comenzó a hacer sudokus. Siempre supe que cuando hacía sudokus pensaba en mí.

Así pasó más de una hora. Ella era muy buena haciendo sudokus y de vez en cuando se giraba y miraba en el espejo hacia donde yo debía estar. Yo quería verla sonreír, pero ya hacía mucho que no me sonreía, ni siquiera en el espejo. Yo quería oírla hablar, pero hacía mucho tiempo que sólo oía la canción, una y otra vez, una y otra noche, retumbando en mi cabeza como cada idea, como cada palabra, como cada vez que ella había estado abrazada a mí delante de aquel espejo.

A las 5:45 de la mañana quise cerrar los ojos, no pensar no recordar no querer nada más que cerrar los ojos y no ver ni oír ni querer nada más que cerrar los ojos pero su voz, su pelo y sus piernas abiertas en el asiento de mi coche no me dejaban más que pensar en sentirla de nuevo como cada noche como cada día desde que aquella vez cuando la miré por el espejo ya no era yo el que se reflejaba con ella. Amanecía y el vecino de arriba ya se levantaba y yo seguía despierto viéndola sin poder dormir viéndola sin poder sentirla más desde hacía no sé cuanto que se fue y desde entonces cada noche estaba conmigo tan despierta como yo tan desnuda como yo tan vacía como yo.

A las 6:30 de la mañana me levanté y me duché, me afeité y me corté. Me pareció oír su voz y volví a la habitación. El espejo estaba vacío y su camisón tendido sobre la cama. Lo recogí como cada día y lo guardé en su sitio. Se me escapó un sollozo o dos, luego alguna lágrima, luego ya el lloro lo inundó todo y quise llamarla, pero no me salía ninguna palabra, ninguna voz.

A las 7:05 de la mañana, un día más sin dormir, Martín Segura salió de su casa y comenzó a caminar sin rumbo hacía donde estuviera ella. Aún quedaba mucho para la noche.

Agregar a marcadores favoritos:
  • Agregar a Technorati
  • Agregar a Del.icio.us
  • Agregar a DiggIt!
  • Agregar a Yahoo!
  • Agregar a Google
  • Agregar a Meneame
  • Agregar a Furl
  • Agregar a Reddit
  • Agregar a Magnolia
  • Agregar a Blinklist
  • Agregar a Blogmarks

miércoles, 22 de julio de 2009

Déjà vu

La luz roja se iluminó y a Zac le entró hambre. Mucha hambre, como siempre; aunque Zac no pudiera entender lo que era siempre, ni siquiera imaginarlo. Se dirigió con pasos ansiosos hacia la puerta roja y traspasó el umbral a la vez que las aletillas de su nariz se abrían de par en par para saludar al aroma que por primera vez le invadía provocándole una desconocida y agradable sensación de jugos gástricos en el estómago. Se tragó su ración en dos bocados y al momento (pero tampoco podría entender qué era al momento) ya no recordaba haber comido ni siquiera haber vivido o haber sido. Sólo intuía el signo grabado en su frente: era lo que él era, su identidad.

Salió de nuevo al pasillo y continuó su camino rodeado de cientos como él, aunque cada uno con un signo diferente en la frente. Eran muchos, miles o más quizá, andando apretujados por los angostos pasadizos que giraban y se cruzaban en la oscuridad sin parecer llevar a ningún sitio. Eran muchos y todos vestían igual y andaban igual y miraban igual, pero no se hablaban ni se conocían ni sabían quienes eran. Sólo andaban esperando la próxima luz (esperando era algo que tampoco podrían comprender).

La luz verde iluminó sus rostros y Zac se abrió paso hacia una inmensa nave donde estaban dispuestos en filas cientos de asientos frente a una cadena de montaje sin fin. Se sentó en el mismo asiento en el que lo hacía cada vez que la luz verde le guiaba (pero él esto no podría saberlo) y comenzó su trabajo. Consistía en insertar signos en la frente de caras hechas de un material que podríamos llamar piel. En cada sesión de trabajo montaba tres mil quinientos signos diferentes sobre tres mil quinientas caras iguales. En esta ocasión, cuando llegó a la cara número dos mil novecientos siete, durante una milésima de segundo algo ocurrió y a la milésima siguiente, por primera vez en la vida, Zac tuvo un recuerdo que al instante se convirtió en pensamiento: esa cara ya la había visto antes.

Pero la cinta sin fin no tenía fin y tuvo que seguir insertando signos hasta que la luz se volvió azul y todos se levantaron al mismo tiempo y caminaron deprisa de vuelta a los pasillos de vuelta a sus dormitorios porque la luz azul significaba dormir y aunque Zac (pero él no podría saber por qué) por primera vez caminaba un paso detrás de los otros, llegó a su catre y sin saberlo se acurrucó en la postura de dormir y no se durmió por primera vez en su vida sino que se sorprendió al sentirse pensando y no ver iluminada ninguna luz blanca que significaba pensar.

Pasaron minutos y horas bañados con la luz azul, pero Zac continuó todo el tiempo con sus ojos abiertos debajo de sus párpados cerrados, con su primer recuerdo guardado en los rasgos de aquella cara que él ya había visto y ya eran dos pensamientos casi tres y se convirtieron en un desfile de pensamientos desenmadejando el ovillo de su vida que no era otra cosa que sus recuerdos.

Recordó la hora anterior, la cinta sin fin, la cara reconocida, la comida y la luz roja, el momento anterior y todos los momentos iguales anteriores hasta la primera vez que vio aquella cara tan repetida ahora que la recordaba, hasta un poco más allá, mucho más allá, cuando él no tenía aún aquella cara ni el signo en su frente, cuando él era un niño y jugaba a ser niño y a reír y quizá no se llamaba Zac sino Alejandro hasta que cumplió siete años y lo llevaron a adiestramiento y perdió su nombre y su memoria y quizá cumplió dieciocho años y le pusieron su nueva cara y su signo en la frente.

Siguió en vela todo el tiempo azul y siguió recordando cuando la luz cambió a violeta que significaba olvido para no recordar los sueños del sueño y todos se levantaron y él los seguía un paso detrás mientras recordaba lo poco que tenía para recordar después de toda una vida de sólo colores que no dejaban lugar a nada que pensar. Se encendió el negro y jugó a jugar, se encendió el rojo y el verde de nuevo, se encendió el amarillo hasta que eyaculó, luego el azul y todos los demás se fueron convirtiendo en momentos tras momentos que nadie más que él podría recordar como recordaba cada segundo aquella cara que una vez reconoció.

Se encendió el blanco y Zac pensó una historia para contar.

Agregar a marcadores favoritos:
  • Agregar a Technorati
  • Agregar a Del.icio.us
  • Agregar a DiggIt!
  • Agregar a Yahoo!
  • Agregar a Google
  • Agregar a Meneame
  • Agregar a Furl
  • Agregar a Reddit
  • Agregar a Magnolia
  • Agregar a Blinklist
  • Agregar a Blogmarks

jueves, 16 de julio de 2009

Exhibiciones y roturas

La entrada al parque de las buenas personas era gratuita. Todos los domingos por la mañana, pero también sábados y cualquier festivo, el recinto se llenaba de familias avitualladas hasta las cejas de los más variados tipos de comestibles y chucherías. Los niños, en especial los que acudían por primera vez, hocicaban nerviosos intentando adelantar con el olor lo que sería su primer avistamiento de una buena persona.

Para mí no era ningún espectáculo. Llevaba más de cinco años contemplando las mismas escenas, las mismas caras complacidas de una excursión que perdía su sentido desde el primer momento en que el visitante había tenido la idea de ser visitante. Mi trabajo no era sencillo, pero de tanto repetirlo se había convertido en algo que no era capaz de explicar. Simplemente lo hacía. Durante las seis horas que permanecía estático en mi urna, contemplando sin mirar a los cientos de estúpidos que se quedaban tan estáticos como yo, intentando hacerse mimos de mí mismo, mi cabeza estaba tan vacía como lo estaba mi vida el resto de las horas que mimaba el culo de alguna botella en algún tugurio del puerto donde las personas ya hacía mucho que habían dejado de ser buenas o malas o personas.

Muchos de ellos sólo venían para joder. No eran tan tontos. Sabían que lo de las buenas personas era un camelo tan grande como la llegada del hombre a la luna. Se traían preguntillas escritas para ver si caía en alguna, para ver si me afloraba la mala leche que seguramente los niños ya habían olido desde la entrada. No había peligro de que nada pasara, yo estaba muerto y mis respuestas estaban tan muertas como sus preguntas. Era fácil ser buena persona. El trabajo no estaba tan mal aunque de repente me picaran los huevos y no me pudiera rascar. Algunos directamente me insultaban e incluso me echaban las corfas de las pipas arropados por las risas apenas disimuladas de sus progenitores. Putos bobos de domingo.

Ese día me había tocado el papel de buena persona sin suerte y me habían vestido de mendigo con una pierna rota y una sonrisa un poco gilipollas de estar pidiendo que me rompieran la otra. Como era la misma sonrisa que se me ponía en cuanto me bebía tres vinos no me costó nada entrar en el personaje y así estaba tan a gusto cuando de pronto vi su cara delante de mí mirándome sin verme. Habían pasado casi siete años desde que me prometió que nunca me dejaría el día antes de dejarme, desde que me dijo ahogándose en llanto que ella era una buena persona y hacía lo que tenía que hacer porque no podía más, desde que me juró por sus hijos, que se murieran si no, que yo era su único amante y yo la creí hasta que la vi con su otro amante. Habían pasado siete años desde que dejé de creer en las buenas personas.

No me reconoció porque nunca en su vida me había reconocido, sólo me miró como miraba ella las cosas que le daban pena y a mí me dio mucha pena verla y tampoco reconocerla porque ya no era ella, no era su sonrisa sus ojos su boca sus nubes azules y esa forma que tenía de enamorar por sentirse enamorar. Estaba mayor y el pliegue de sus labios se había hecho duro donde antes era comprensión, su gesto estaba encorvado hacía dentro cuando antes era una mano tendida a la caricia. Me puse a temblar de rabia. No podía soportar que esa que tenía delante de mí hubiera suplantado a aquella con la que yo podía pasear del brazo mientras me susurraba canciones que hablaban de nosotros. No podía soportar que se hubiera plantado delante de mí sólo para romperme la urna donde descansaba la otra, aquella mujer que me mentía para hacerme feliz. El sudor se me convirtió en sangre al primer golpe que le di a los cristales que saltaron hechos añicos y mis siete años de perderla murieron agarrados a mis dedos apretando su cuello. Ella no murió, yo creo que tampoco, pero ya nada fue lo mismo, sólo la risa gilipollas de los espectadores satisfechos al fin de desenmascarar a una buena persona y luego el vino.



Agregar a marcadores favoritos:
  • Agregar a Technorati
  • Agregar a Del.icio.us
  • Agregar a DiggIt!
  • Agregar a Yahoo!
  • Agregar a Google
  • Agregar a Meneame
  • Agregar a Furl
  • Agregar a Reddit
  • Agregar a Magnolia
  • Agregar a Blinklist
  • Agregar a Blogmarks

jueves, 18 de junio de 2009

Reivindicación de la tristeza

Manuel del Álamo es un veterano periodista, devuelto de mil batallas y arrojado a mil pérdidas menos a una: la de la sonrisa. Manuel conserva la sonrisa afable y amiga de las personas que tienden la mano abierta en señal de la única victoria posible: la bonhomía.

Manuel del Álamo

Palabra antigua como él y también un poco apretada de género, pero, ¿qué le vamos a hacer?, el lenguaje es ya tan antiguo como nosotros y para ponerse al día necesita siempre lustros. Manolo, para sus amigos que lo son todos, viene de guerrillas y de bohemias, de alcoholes entre bodegones y copias ahumadas de matisses en viejos cafés con luces a las velas.

Pero el motivo de Manolo, ahora, son sus poemas. El poemario se llama “Reivindicación de la tristeza” y los que siempre vivimos en la raya en él encontramos que en la tristeza se encuentra la única belleza, la pérdida.

Os transcribo algunos de ellos:

I

Como un árbol, la soledad,

la soledad de la memoria.

II

Es cierto: la mañana está sonámbula. La luz quieta junto al

tabaco y unos lápices de colores, esperándote, serios.

Es cierto: la tierra no es un astro, es invierno sin ti. Nostalgia

crispada, reloj atolondrado. Sin ti.

tous les mots sont d’acord

III

Los hechos tendieron a ocurrir vestidos de caricias:

nos tomamos unas rebanadas de ternura en cafés y avenidas,

desafiando viejas cabinas vacías y el silencio de las hormigas.

-------------------------------------------

I

Detrás de los cigarrillos y ceniceros atónitos,

perplejas ginebras,

un oleaje de días y noches,

tus hombros lluviosos,

territorio infinito,

nocturno,

ausente.

II

Se dice

loco de alegría,

podría decirse

cuerdo de ginebra.

III

Me despierto.

Quieto,

el estómago da vueltas a un punto marrón.

Buscar el baño.

Mi cuerpo se desliza

tan despacio

que pudiera alcanzar

una garza,

un trozo de cielo,

este dolor de madrugada,

y de cama solitaria.

IV

No hacer nada.

Sólo verme envuelto en humo, lejos,

saboreando la quietud de la casa. Quieto.

Quieto como un caracol.

Soñando algo de música.

Casi siempre el mismo tema,

hasta el vértigo o el fin de otro cigarrillo.

V

Tu ausencia me llena de memoria.

-------------------------------------------

Mirando la lluvia desperté

en esta cocina de cuchillos fríos

y gatos oscuros,

con olor a ciruela y alacena.

Aquí se consumieron,

en una tarde de huidas quebradizas,

cafés, cigarrillos y

con este orden lluvioso y de penumbra,

la piel, la memoria,

el aliento de tu sonrisa.

-------------------------------------------

Respirabas esta noche

un orden secreto

de olores y lugares remotos,

el desorden

de piedras y pasos milenarios,

el largo insomnio de la

cumbre vieja.

-------------------------------------------

Palpo en los versos de Manolo una nostalgia recién inaugurada. Lo que ha pasado acaba de pasar, acaba de irse y el poema se queda solo, rodeado aún apenas por el humo de alguna ausencia. Son como instantáneas congeladas un segundo después, como un gesto de dolor acostumbrado que sabe que va a repetirse a sí mismo “hasta el vértigo o el fin de otro cigarrillo”. Es lo que queda de lo que se fue, una ausencia hecha molde de una memoria: “Tu ausencia me llena de memoria”. Este verso, rotundo y redondo, podría escribirme a mí, podría escribir cualquier pérdida, como éstas que afloran tras los “cuchillos fríos” hasta convertirse en protagonistas de la voz de un verso, un tanto perplejo de saberse de pronto solo y de pronto condenado a ser s(ó/o)lo memoria.

Brindemos por las ausencias con esta canción:


Agregar a marcadores favoritos:
  • Agregar a Technorati
  • Agregar a Del.icio.us
  • Agregar a DiggIt!
  • Agregar a Yahoo!
  • Agregar a Google
  • Agregar a Meneame
  • Agregar a Furl
  • Agregar a Reddit
  • Agregar a Magnolia
  • Agregar a Blinklist
  • Agregar a Blogmarks

sábado, 6 de junio de 2009

Playing for change (two)

Hace algunos meses os hablé del proyecto que Mark Johnson viene desarrollando desde que en marzo de 2005 comenzó a grabar la canción Stand by Me en una calle de Santa Mónica, California. El proyecto se llamó Playing for Change (tocando por el cambio, lo que nos lleva del sentido primario de cambio (lo suelto, las monedas que nos sobran) a otro sentido más conceptual: el cambio de un mundo lleno de violencia, exclusión y diferencia a otro en el que todos los humanos puedan tener la misma paz, las mismas posibilidades, una igualdad construida por la unión de lo diferente.

El primer artista callejero que participó fue Roger Ridley. A él le siguieron multitud de artistas y multitud de lugares a los que Mark Johnson y su equipo acudían con un estudio de grabación móvil que no tenía nada que envidiar a cualquier estudio fijo. Así, desde California a Barcelona, desde Jerusalem a Ghana, fue tomando forma esta idea tan especial que Mark tuvo hace diez años viajando en un metro de Nueva York. La repercusión en la red ha sido extraordinaria, un perfecto ejemplo de marketing viral y de cómo el futuro de cualquier cambio pasa por los medios.

El proyecto se ha convertido en una producción que abarca la grabación de cds y dvds para su venta, también se están empezando a organizar conciertos y actuaciones en directo (hoy mismo estaba anunciado un concierto en Second Life). Para gestionar esto, en 2007 se creó la Playing for Change Foundation, corporación de no provecho que a principios de 2008 fue complementada con otra entidad, Timeless Media, ésta sí con objeto de obtener beneficios y que, a su vez, acaba de formar una joint venture con Concord Music Group con el propósito de brindar sus productos al mayor número posible de gente. Esperemos que el objetivo primero (extender la paz y la igualdad a través de la música, invertir lo recaudado entre los músicos y crear escuelas musicales en los barrios perdidos del mundo) no se diluya entre los circuitos empresariales.

Inserto a continuación un nuevo video (mejor verlo en pantalla completa) de Songs around the world. Se trata del cover de One Love, de Bob Marley, profeta y reencarnación de Haile Selassie, único dios en el que yo he podido creer en mi vida, aunque siempre sucediera de forma transitoria y sujeta a condiciones sensoriales especiales. También inserto una entrevista que hace poco le hicieron a Mark Johnson en el programa Asuntos Propios de RNE.



Más información:

Playing for Change:

http://www.playingforchange.com/

http://www.youtube.com/user/PlayingForChange

http://www.playingforchange.org/

Bob Marley:

http://web.bobmarley.com/index.jsp

http://es.wikipedia.org/wiki/Bob_Marley

http://www.bob-marley.es/

Haile Selassie I:

http://es.wikipedia.org/wiki/Haile_Selassie

http://es.wikipedia.org/wiki/Movimiento_rastafari

Agregar a marcadores favoritos:
  • Agregar a Technorati
  • Agregar a Del.icio.us
  • Agregar a DiggIt!
  • Agregar a Yahoo!
  • Agregar a Google
  • Agregar a Meneame
  • Agregar a Furl
  • Agregar a Reddit
  • Agregar a Magnolia
  • Agregar a Blinklist
  • Agregar a Blogmarks

jueves, 28 de mayo de 2009

Los espejos y las máscaras

A veces (éstas son mis pesadillas más terribles)

me veo reflejado en un espejo, pero me veo

reflejado con una máscara.

(Jorge Luis Borges)

El hombre del espejo miró durante unas décimas de segundo a su modelo y luego giró con parsimonia el hombro por delante señalando una verónica que era desdén y olvido instantáneo del ser inerme que luchaba por vivir quince centímetros más allá de su reflejo.
El hombre del espejo había abandonado el espejo y ahora caminaba con paso de tango por la calle oscura aún de madrugada; el hombre reflejado siguió a su reflejo por esa calle y por todas las calles hasta llegar a un cruce de caminos con un perro atropellado en medio de la calzada. Era la rotonda de siempre, era la búsqueda de siempre y el hombre del espejo se encendió un cigarro. El hombre reflejado había dejado de fumar muchos años atrás.
A las rotondas siguieron los gatos y luego la escena con la mujer de negro y la gitana cantando en la calle una tarde de primavera y todos los ritos disfrazados de mitos y la risa maravillosa y la pena, toda la pena del tiempo después intentando recuperar aquella risa, aquellas nubes azules en aquellos ojos con risa de abrazos y palabras hechas para vestir con pijama los cariños que llegan un poco tímidos al principio, un poco con sorpresa de sentirse a sí mismos.
Pasaron las horas que siempre pasaban, dos o tres o seis, qué más daba, y los caminos ya estaban caminados todas las veces y las esperanzas ya regresaban aburridas como siempre de tanto andar tanto andar por las mismas rotondas los mismos pasados que ahogaban como pasadizos sin fin y otra vez el hombre del espejo se detuvo y terminó despacio de aspirar el humo de su última calada y se giró y sonrió benefactor al desolado hombre que le seguía.

-No me sigas más. No la busques más. Olvídanos. Olvídate.

El hombre reflejado calló como siempre y se quedó como siempre parado, hundido hasta las corvas en el mismo silencio con el que callaba todas las palabras que se le habían ido perdiendo desde hacía. El hombre del espejo rió burlón y continuó su paseo de días deshechos hasta llegar al parque del techado de los besos. Se sentó en el mismo banco y esperó un buen rato hasta que la mujer volvió a aparecer y se sentó junto a él.
Un día más la escena se repitió. El hombre del espejo y la mujer se abrazaron y comenzaron a besarse, a reír, a susurrarse canciones muy cerca del ensoñamiento, a acariciarse los párpados y las entrepiernas con un abandono que convertía a cada caricia en una huella perpetua de la siguiente caricia. El hombre reflejado gritó con furia, pero sólo consiguió provocar las risas de la pareja y de los cientos de gatos que ahora llenaban el jardín hasta que el jardín desapareció y la mujer desapareció y todos los gatos se volvieron pasos del hombre del espejo pisando las calles adoquinadas del centro y cruzándose a cientos de mujeres que andaban como ella que vestían como ella que miraban como ella tras sus máscaras de antifaz y el hombre reflejado seguía siguiendo, seguía queriendo encontrar algún final a la pesadilla, pero a cada paso del hombre del espejo se reflejaban mil caras de mujer cubiertas con los velos de los malos quereres o de los quereres falsos o de los quereres rotos o que perdieron sus reflejos.
Llegaron hasta la plaza de la catedral y allí el hombre del espejo se detuvo ante otra mujer de máscara y pasado tapado y habló con ella durante un rato interminable, un siglo o así, hasta que la mujer sonrió, le sonrió, y como despedida le acarició suavemente la mejilla. El hombre del espejo pareció quedarse pensativo y durante otras décimas de segundo me miró fijamente a los ojos. Dejó de parecerse a mí. La mujer caminó muy despacio en mi dirección y cuando llegó a mi altura alzó ligeramente la máscara de sus ojos y me susurró hasta luego con la misma voz que tanto me había querido. No la reconocí. Seguí mirándome un minuto o dos más en el espejo, como cada mañana. Volví a recordarla, volví a desear encontrarla aquel día, aunque fuera detrás de una máscara.


Más información:

http://www.ubu.com/film/borges.html

http://www.ucm.es/info/especulo/numero22/espejo.html

http://www.sololiteratura.com/bor/borlaimagen.htm

Agregar a marcadores favoritos:
  • Agregar a Technorati
  • Agregar a Del.icio.us
  • Agregar a DiggIt!
  • Agregar a Yahoo!
  • Agregar a Google
  • Agregar a Meneame
  • Agregar a Furl
  • Agregar a Reddit
  • Agregar a Magnolia
  • Agregar a Blinklist
  • Agregar a Blogmarks

viernes, 22 de mayo de 2009

Rostros y castigo

El rostro de la panadera se le quedó grabado tras los párpados, pero no volvió a reconocerla como panadera nunca más. Siguieron los rostros del camarero de todos los días, de la buena señora Rosenda que, como cada vez, le volvió a ofrecer los claveles que nunca compró y esta vez los claveles dejaron de existir, la señora Rosenda dejó de existir, pero su rostro se quedó grabado tras la desconocida cara del camarero y la desconocida cara de la panadera, así en fila, uno tras otro. A estos se les fueron sumando el viejo limpiabotas de la esquina de enfrente, el vendedor del cupón y todas las viejas figuras conocidas del barrio que pasaban a ser rostros desconocidos conforme iban engrosando la cada segundo más larga hasta el infinito lista de rostros desconocidos que se agolpaban pegados unos a los otros sin identidad ni recuerdo de ella, sin explicación posible a tanta cara pegada para siempre bajo sus párpados o dentro de sus ojos abiertos, todas sin cuerpo ni pasado convertidas en calcamonías gritándole en silencio ¿quienes somos, quienes fuimos, por qué no nos dejas salir, por qué no nos dejas vivir? Cada rostro que veía se convertía en una cara encerrada para siempre dentro su cabeza, cada rostro que apresaba era un ser menos que recordaba haber visto o conocido alguna vez, cada cara en la fila de su desmemoria era un olvido de algún ser querido, odiado o simplemente conocido. El mundo se le vacío de personas y se le llenó de caras hasta no poder ver ni un segundo atrás ni un segundo delante de lo que iba a venir o de lo que se había ido.

Solo conservó la memoria de tres mujeres a la que había creído querer alguna vez. A medida que los recuerdos del resto de su vida se iban perdiendo, los recuerdos de ellas iban haciéndose tan abundantes y detallados que sus minutos se convirtieron en un sudoku imposible en el que intentaba conjuntarlos en líneas que supusieran algún pasado. No pudo. Le faltaban las caras que completaran aquellas verdades construidas con tantas mentiras. Sus días se convirtieron en sus ojos cerrados y su vista recontando caras apelmazadas y truncadas de quienes fueran, decapitaciones sin sentido ni sangre ni sentimiento, sólo caras pegadas a la pared de su recuerdo, sólo vacío en aquella botella sin cuello ni mensaje puesta a zozobrar segundo a segundo, imagen a imagen, en un libro de fotografías sin alma ni cuerpo que le endemoniaba la vida y le hacía girar el carrusel del revés hasta pararse en una nada hueca llena de nadas y caras mirándole mirarlas rebuscando el sentido o intentando hallar algo, un nombre, que ponerles como pie de foto o encontrar, por fin por favor, un rostro al que ponerle la historia de aquello que él había querido. Posiblemente era la locura y por eso las palabras también se ponían en fila sin orden como los rostros, sin orden ni sentido iban ocupando sus filas, llenando los huecos de todos esos rostros vacíos para ocultar el dolor, el ya acostumbrado y mísero dolor, de no poder llevarse un rostro al recuerdo de todos sus olvidos.

Ese fue el castigo que duró hasta el fin de sus días por días y más días, por años y más años, juntándose caras al momento desconocidas tras sus párpados, juntándose recuerdos milimétricos en su dolor como afiches que le emponzoñaban el respirar. Volvió a vivir como la primera vez cada uno de los momentos, de las palabras, de las risas, de los besos, de los gemidos, de los llantos, de las dichas, de cada uno de aquellos amores, de cada una de aquellas torturas a la que aquellas mujeres desmembradas le seguían sometiendo sin piedad con tal de hacerle pagar por la temeridad de haberlas querido un poco más de lo que ellas estuvieron dispuestas a quererlo a él. Siguió hasta el fin acumulando rostros olvidados y probándoselos a sus recuerdos sin rostro como si fueran máscaras venecianas. Ninguna máscara sirvió, ningún recuerdo murió. Un día quiso recordar el crimen de tanto castigo, pero no lo consiguió.


Agregar a marcadores favoritos:
  • Agregar a Technorati
  • Agregar a Del.icio.us
  • Agregar a DiggIt!
  • Agregar a Yahoo!
  • Agregar a Google
  • Agregar a Meneame
  • Agregar a Furl
  • Agregar a Reddit
  • Agregar a Magnolia
  • Agregar a Blinklist
  • Agregar a Blogmarks

lunes, 18 de mayo de 2009

Mario Benedetti: Sin putas ni poetas.

Se nos fueron las palabras y sus pasos de baile con sus ecos y tonos que nos hacían reflejarnos en el espejo de vernos buenos y queredores.

Se nos fue el marino de aquel club de putas que recitaba en alemán, nos quedamos sin sus sueños salmodiados de antillano, nos quedamos sin su alma grande que reventaba tácticas y estrategias.

Y así estamos, puestos a guardar a la inaguardable debajo de nuestra gabardina de exhibicionistas con más miedo al helor del abandono que pudor a la vergüenza de lo callado; así estamos, mirando nuestro fondo de armario rebuscando el último amigo, el único mito, que nos abrace mientras dura el camino.

Así estamos, sin putas ni poetas.

Desde mis tiempos de instituto Mario Benedetti ha sido mi compañero. De repente este mundo se está quedando vacío de todos a los que conocí. Quizás es que estas calles que veo al pasar ya no sean las del que yo habité, por algún callejón de Praga desemboqué en éste que ya no sé muy bien qué es.

Intentaré andar sin pisar mi sombra, no sea que los del nuevo mundo me descubran y me echen de él.

Además del poeta, una de las cosas que me acompañaron más en el antiguo mundo fue la película “El lado oscuro del corazón”, de Eliseo Subiela. En una memorable escena aparece el poeta recitando un poema. Antes de eso Dario Grandinetti recita en off uno de los poemas de Benedetti que siempre conservé en mi armario: “No te salves”. Desgraciadamente nunca, ni en el mundo antiguo ni en el nuevo, encontré a nadie que no se salvara y siguiera vivo. Ni siquiera yo. En la siguiente escena asistimos a la declaración de amor más bonita (y más inútil) de la que he tenido conocimiento en mi antigua vida.

En el mundo antiguo los versos de Benedetti servían para querer, el el mundo nuevo igual ya sólo sirven para leer sin querer.




Más información:

Mario Benedetti:

http://es.wikipedia.org/wiki/Mario_Benedetti

http://www.cervantesvirtual.com/bib_autor/mbenedetti/autor.shtml

http://amediavoz.com/benedetti.htm

“El lado oscuro del corazón”:

http://es.wikipedia.org/wiki/El_lado_oscuro_del_coraz%C3%B3n

Eliseo Subiela:

www.eliseosubiela.com

http://es.wikipedia.org/wiki/Eliseo_Subiela

http://www.monteuve.com/filmografia/subiela.html

Dario Grandinetti:

http://es.wikipedia.org/wiki/Dar%C3%ADo_Grandinetti

Agregar a marcadores favoritos:
  • Agregar a Technorati
  • Agregar a Del.icio.us
  • Agregar a DiggIt!
  • Agregar a Yahoo!
  • Agregar a Google
  • Agregar a Meneame
  • Agregar a Furl
  • Agregar a Reddit
  • Agregar a Magnolia
  • Agregar a Blinklist
  • Agregar a Blogmarks

jueves, 14 de mayo de 2009

Melodías y equilibrios

Hola. Me llamo Fito y los Fitipaldis y hago letras de canciones. También las canto. Durante años he estado enamorado de Leonor Watling, ¿la conocéis? La vi en una serie de televisión que se llamaba "Raquel busca su sitio" y me quedé colgado y empecé a escribir canciones y luego a cantarlas y triunfé y me hice famoso y casi que hasta gané dinero y de pronto de ser feo fui guapo y de ser aburrido simpático y de ser nada lo fui todo, pero ella era más.

Un día nos conocimos y ella me dijo que le encantaban mis canciones y que las tenía todas y hasta ahí llegamos, el resto como si me follara un pez. Yo me quedé con mi baba colgando y me puse a escribir canciones para ella sin parar. No me llegaron a salir nada mal. Nos intercambiamos móviles y mensajes pero yo ya me di cuenta de que la cosa en follar no iba a acabar.

Una noche actué en Barcelona, en el Foro, junto a Calamaro y allí vi a mi amigo Carlos bailando y apuntando su móvil al cielo para que mi música le llegará a alguien que seguro que también él se quería follar y me di cuenta de que todo está en perfecto equilibrio entre los noes y los síes que viene a ser entre el follar o el no follar que viene a ser entre el tener o el no tener que viene a ser entre el querer o el no querer o el ser o el no ser, que hubiera dicho Parménides o quien coño fuera.

El 24 de junio de 2005, santo del rey, una mujer me paró por la calle y me pidió un autógrafo en una foto mía. Le escribí con recato "para tus ojos" y ella me besó en la mejilla y me dijo al oído que "yo ya tengo la vida hecha" y yo me quedé de piedra pensando que pudieran haber vidas ya hechas y enseguida le apunté mi número de teléfono en la foto y a los días me llamó y me dijo que si un café y nos acostamos y me contó de su marido y de sus dos hijos, su niña de seis meses, y a la semana se la trajo a mi casa y mientras yo le tocaba las tetas a ella ella le daba a su niña el biberón en mi cama.

Me llamaba todas las noches y me decía te quiero me encuentro mal tú no tienes nada que perder tú eres Fito y los Fitipaldis y yo le decía que en cualquier momento lo podía perder todo porque siempre se pierde todo o nada y si nada nada tenías y si todo todo lo perdías, pero esto ella no lo entendía, sólo me pedía ponme la canción y yo le pregunté qué canción y me dijo esa de "Me haces bien" y no pude convencerla de que esa canción no era mía, era de Jorge Drexler, pero le daba igual, pónmela otra vez, otra vez, y yo se la ponía y le hacía bien.

Me encantaba follar con ella y quererla como si quisiera a Leonor Watling y los días fueron pasando sin agobio con sus dudas y sus malas conciencias traídas siempre a destiempo y con mohines de quiero y no quiero y alguna mentira que me contó al bies como si así fuera menos mentira. Un día me enteré de que Leonor Watling se había quedado embarazada de Jorge Drexler y sentí un poco que todo estaba en perfecto equilibrio otra vez, como si fuera una regla de tres, ni la canción era mía ni la criatura era mía ni Leonor era mía ni mi amante era mía porque el me haces bien ya no le hacía tanto bien y me mandó a freír espárragos con más mohines y se fue a refugiar en su marido que aunque fuera gilipollas y facha sabía mucho de excel.

Yo seguí llenando mi pared de fotos de la Watling, sin poder evitar un cierto desapego. Al Drexler no he podido volver a escucharlo y de lo que soy Fito y los Fitipaldis poco a poco me estoy curando. Del daño que ella me hizo no. Todo está en equilibrio.


(Si tenéis tiempo os recomiendo esta entrevista a Leonor Watling: http://www.youtube.com/watch?v=FpOP7dwvIYU)



Y se terminó la gramola por hoy.

Agregar a marcadores favoritos:
  • Agregar a Technorati
  • Agregar a Del.icio.us
  • Agregar a DiggIt!
  • Agregar a Yahoo!
  • Agregar a Google
  • Agregar a Meneame
  • Agregar a Furl
  • Agregar a Reddit
  • Agregar a Magnolia
  • Agregar a Blinklist
  • Agregar a Blogmarks

martes, 12 de mayo de 2009

Antonio Vega

No sé si se puede ser un muerto ejemplar, pero si yo pudiera elegir el muerto que quiero ser creo que Antonio Vega sería un buen referente. A él se le murió la chica del ayer y a todos se nos ha muerto alguien cada día mientras jugábamos a que vivíamos. Ahora vendrán los homenajes y los recuerdos, las biografías y las buenas palabras, pero a algunos nos sigue gustando más la gente que no se salva. Yo de él me quedo con esta canción:


Agregar a marcadores favoritos:
  • Agregar a Technorati
  • Agregar a Del.icio.us
  • Agregar a DiggIt!
  • Agregar a Yahoo!
  • Agregar a Google
  • Agregar a Meneame
  • Agregar a Furl
  • Agregar a Reddit
  • Agregar a Magnolia
  • Agregar a Blinklist
  • Agregar a Blogmarks

jueves, 7 de mayo de 2009

Los cánticos y las sirenas

-Hola, tú debes ser el nuevo.

El cántico me hizo detener y levantar la vista. Tres escalones más arriba había una sonrisa disfrazada de sirena y todo el encanto del mundo. Nos presentamos: Marta, la mujer de un antiguo compañero de instituto; yo, encantado y sin un puto mástil donde atarme y resistir a mi nueva compañera de trabajo.

Nos hicimos amigos cordiales, luego cómplices; enseguida aprendimos a hablarnos con los ojos y a guardarnos los silencios como quien cede el paso. Su risa era una noria escondiendo los miedos y su voz se convirtió en el único personaje capaz de contar cualquier historia que pudiera haber sido.

Me ofreció su número de móvil y yo lo rechacé avisándole de que si me lo daba querría más y ella me envío un sms para que pudiera acercarme a ella entre las rotondas y los gatos negros hasta su casa a comer pato y después de hablarme de su vida como si fuera una sábana tendida en su balcón para mí y de enseñarme sus piedrecitas negras de Tenerife y acercar su aliento a mi mejilla nos despedimos y me besó muy suave en los labios y luego cuando yo ya iba de vuelta, me envió otro sms que decía "¿te ha gustado mi pato, te has convertido en sapo?"

Al poco fuimos amantes y amigos cordiales y cómplices. Ella buscaba palabras para regalarme junto a sus nubes azules, sus abrazos, sus recuerdos y tanta comprensión para mi recién estrenada condición de sapo que a mí se me amontonaban los segundos para quererla cuando en un garito de madrugada metió sus manos en mis bolsillos y me dijo que ella no podía ser fiel. Desde aquella noche la seguí por cada rendija de cada noche y de cada día, la contemplé desde cada una de sus innúmeras, le escribí los pocos torpes versos que pude aprehender para ella, le cedí mi vida y la de todos los demás para poder estar con ella incluso cuando no estaba ella.

Los días nos siguieron enamorados y se acostumbraron a acompañarnos en nuestros paseos y nuestras lecturas, en sus abrazos profundos buscando un refugio que ella misma no se daba, en sus sorpresivas iras y furtivos hastíos, en su miedo o en esa pequeña locura que la hacía llorar con lágrimas tímidas que yo nunca supe comprender. El mundo existía dos pasos más atrás de su brazo colgado del mío escuchándola cantarme al oído coplas y aquella vieja canción de The Bangels. Una noche me abrazó y me prometió que no me dejaría nunca.

Los ratos se nos fueron viniendo y yendo, y sin sentirlo ya no éramos tan cómplices y ya no éramos tan amigos y un día me envío un sms que decía: "¿Por qué no puedo estar con quien yo quiero?" Luego ella me dejó y todos los días se fueron con ella. Nunca quiso volver a hablar conmigo.

Yo perdí mi vida y el empleo y me fui a buscarla donde no estuviera, por todas esas ciudades en las que habíamos soñado estar; pero ella estaba tan dentro mío que se agarraba a mis pulmones y no me dejaba respirar ni dormir ni pensar en nada más que no fuera volver el tiempo atrás, del revés, y volver a vivir lo mismo, exactamente lo mismo, porque nada podría ser mejor.

Pasaron los años y yo regresé sin un céntimo y muy enfermo, sin casa ni personas de antes ni después. Me dediqué a mendigar por las calles y a beber hasta matarme. Un día nos cruzamos, ninguno de los dos nos reconocimos aunque ambos supimos al instante quiénes éramos. Desde entonces la espero cada día en el mismo rincón. Ella me echa unas monedas y sigue su camino. Yo la odio con toda mi alma por no ser ya ella mientras sigo buscando dentro de mí a aquella sirena.


Agregar a marcadores favoritos:
  • Agregar a Technorati
  • Agregar a Del.icio.us
  • Agregar a DiggIt!
  • Agregar a Yahoo!
  • Agregar a Google
  • Agregar a Meneame
  • Agregar a Furl
  • Agregar a Reddit
  • Agregar a Magnolia
  • Agregar a Blinklist
  • Agregar a Blogmarks

sábado, 2 de mayo de 2009

La historia de mi padre

El manco nos estaba metiendo la bronca una vez más aquella mañana plantado justo delante de mí. Yo sólo podía verle la espalda y su pelo grasiento alfombrando una calva que ya le llegaba por el cogote. No hacía falta ver más, imaginaba perfectamente su cara desencajada y su ira antigua apoderándose del miedo de todos nosotros.

El manco había luchado con los nacionales. Algunos decían que había estado en África y que su mujer se había ido con un moro o cosas así. Lo seguro es que el brazo sí lo perdió en la guerra, por eso nos odiaba tanto. Sobre todo a mí que era zurdo e hijo de rojos, aunque esto último yo no se lo decía a nadie.

El viejo pupitre de madera crujió con un movimiento mío y Don Enrique se giró como una peonza con su único brazo izquierdo y sin mirar siquiera me asestó un manotazo en la nuca que llevó a mis morros a reventarse contra la mesa. La sangre de mi nariz llenando el cubículo del tintero me dejó asombrado a mí, y tan asustado a él que el rojo de su ira se transmutó en un santiamén en blanco de miedo. Habíamos intercambiado los colores y yo, quizá por primera vez, sentí haber ganado una batalla aun cautivo y desarmado y chorreando sangre por las narices.

El manco me socorrió solícito, más que para curarme para borrar toda esa escandalosa huella de su disparatada violencia. Mandó callar a mis compañeros que se burlaban alborotados y me acompañó al botiquín para asistirme. La amnistía duró lo que tardó en olvidarse del susto y verme otra vez escribiendo con la izquierda. Con su única mano me agarró de la patilla y me levantó un palmo del suelo. Esta vez ni mis lágrimas acallaron sus gritos ni las burlas del resto. Yo no podía entender esa aversión porque yo escribiera con la izquierda cuando él mismo lo hacía con tanta necesidad como yo.

Cuando llegué a casa no le conté nada a mi madre, ella nunca supo nada de los golpes del manco ni de las burlas de mis compañeros o de los insultos a mi padre ausente. Yo sólo quería mirar su silencio, su quehacer ensimismado. Me quedaba mirándola y me sentía orgulloso de ella, siempre callada, siempre de negro, y de mi padre, al que nunca conocí, pero del que había imaginado tantas biografías que parecían haber sido muchos padres, no uno. Ninguna de ellas me servía como historia, porque yo ya sabía muy bien que los perdedores no tienen nunca historia.

El manco siguió pegándome todo el curso, quizás para matar el miedo de aquella sangre; mi madre siguió cuidándome callada. Algunos días, antes de irnos a dormir, sacaba la caja de fotografías y me las iba enseñando con pequeñas acotaciones como "tu abuelo Andrés", "tu abuela Simona"... No habían fotos de mi padre, pero mi imaginación fabricaba todas las historias a la medida del cariño que sentía por mi madre.

Un día el manco citó a mi madre para hablar con él en el colegio. Más que temor sentí un asco infinito porque mi madre se mezclara con el mundo sórdido de mi escuela, porque perdiera esa paz que tanto me curaba del infierno que era para mí todo lo que no era ella. Creo que el motivo de la entrevista fue que el manco no conseguía que yo escribiera con la derecha e intentaba que mi madre le ayudara en su cruzada. Ella no me comentó nunca nada, pero desde entonces fue al colegio con bastante regularidad. Un día vi como el manco al despedirse acariciaba con su mano izquierda el trasero de mi madre. Ella le sonrió. Desde entonces no he vuelto a imaginar a mi padre, sólo sueño con tener dos brazos izquierdos, el mío y el del manco en una urna.


Agregar a marcadores favoritos:
  • Agregar a Technorati
  • Agregar a Del.icio.us
  • Agregar a DiggIt!
  • Agregar a Yahoo!
  • Agregar a Google
  • Agregar a Meneame
  • Agregar a Furl
  • Agregar a Reddit
  • Agregar a Magnolia
  • Agregar a Blinklist
  • Agregar a Blogmarks

viernes, 24 de abril de 2009

Retrato de mujer con maleta y niño

El juego era sencillo, no tenía ninguna regla. Lo único que tenías que hacer era ponerte la peluca que te correspondiera, luego empezaba a sonar la música y cuando te tocaba el turno salías y bailabas. La primera vez me meé de miedo. Creo que eso me salvó la vida, aunque me dieron tantos golpes que estuve dos semanas sin poder jugar. El sargento Flitz me volvió a ayudar, una vez más. Me trajo sopa y curó mis labios y mis moraduras, me acarició la frente como tomándome la temperatura. No me obligó a chupársela hasta que mis labios no estuvieron completamente curados; mi niño no paraba de llorar de verme llorar y él una tarde le trajo dos caramelos y un puzzle del Káiser para que lo encajara. Mi niño dejó de llorar y le miró con esos ojos verdes perplejos con los que miraba las cosas que no acababa de entender.

El sargento Flitz fue bueno conmigo desde el principio, aunque lo primero que hizo la primera vez que me vio fue pegarme un sopapo. Yo creo que los dos nos miramos sorprendidos; yo por el dolor y él por ver en mi rostro que estaba acostumbrada al dolor, no era demasiado diferente a mi marido. Por la noche se acercó a mi camastro y después de acariciar a mi niño como si le tomara la temperatura puso su pene sobre mis labios cerrados. Siguió acariciando la frente de mi niño y yo supe que tenía que abrir la boca.

Desde esa noche ni a mi niño ni a mí nos faltaron comida ni mantas. El sargento me trataba muchas veces con cariño, me enseñó las fotos de su mujer y de sus hijos, me habló de su tierra y del lago donde todos los viernes de madrugada iba a pescar. Me habló de su perro y de su madre, del amor de su vida que nunca le había querido, de la mierda que era la guerra y de las ganas que tenía que terminara para poder volver a dormir aunque fuera sólo una noche más, de la lástima que sentía por mí y los míos, pero que me diera cuenta de la culpa que teníamos por no haber sabido ni querido ser alemanes, por habernos hecho ricos a costa del pueblo alemán, por haber mantenido nuestra secta de judíos usureros y haber socavado la dignidad de su raza. Yo asentía sin saber muy bien a qué, me sentía tan incómoda con sus palabras que casi prefería oír sus gemidos con su miembro en mi boca. Nunca le dejé que se corriera dentro y él siempre me respetó en esto como mi marido.

El juego era sencillo. Las chicas nos poníamos en semicírculo en el escenario, cada una con la peluca que nos hubiera correspondido. Estábamos en el bar de oficiales del campo de Terezin. El humo, la música y el vocerío de los alemanes me aturdían. Seguía teniendo tanto miedo como el primer día, pero sabía que no podía volver a defraudarlo, mi niño y yo misma seguíamos vivos gracias al sargento Flitz y para él era muy importante que yo cumpliera. Me lo había explicado muy bien la noche anterior: sólo tenía que ponerme la peluca que me dijeran y cantar la canción que me dijeran; luego, por orden de grado, los oficiales irían eligiendo a las que más les hubieran gustado. Las no elegidas irían al bar de suboficiales. Barra libre.

Le dije que yo no quería estar con ningún hombre que no fuera él. Él ser rió y me dijo que yo estaría con cualquiera que me permitiera respirar un segundo más. Yo pensé que tenía razón, pero necesité también pensar que era por mi niño. Se lo dije: "Es por mi niño" y él volvió a reír un poco triste y acarició mi clítoris con su dedo hasta que el calor volvió a invadir mi cuerpo y mi pensamiento se llenó de culpa y de deseo y las lágrimas me volvieron a las mejillas y el flujo resbaló otra vez por mis muslos y él otra vez se rió y otra vez me acarició suave la mejilla y acarició suave la frente de mi niño.

Esa noche me eligió un capitán y a la semana siguiente ya ni me acuerdo. Mi sargento Flitz se puso celoso y dejó de acariciar a mi niño y ya no me trajo más comida ni me metió más su pene ni me acarició más el clítoris.

Un día muy de mañana se plantó ante mí y me dijo que hiciera las maletas y me pusiera la mejor ropa que volvía a casa, acarició la frente del niño y me besó suave en los labios. Vi una lágrima en sus ojos y luego nos llevó a una gran cola de prisioneros que esperaban sin saberlo su turno para los hornos. Todos llevaban sus mejores ropas y un fotógrafo nos hacía fotos. Éste fue el juego.

----------------------------------------------------------

La idea de este relato me ha venido de mi último viaje a Praga, hace ahora unos dos años. Allí estuve viendo de nuevo en el Museo Judío de Praga el Memorial del Holocausto. Aunque nunca he estado muy de acuerdo con la propaganda del dolor, lo cierto es que ver los dibujos de aquellos niños y niñas (la inmensa mayoría de ellos murió) conmueve y mucho. Pero esta vez lo que más me conmovió fue una fotografía. En ella, por supuesto en blanco y negro, se ve a una mujer que está de pie formando una cola, esperando algo. La mujer tiene una belleza sobria y elegante. Debe tener unos treinta años y tiene un atractivo especial que va más allá de sus rasgos o sus formas. Su atractivo es la dignidad. La mujer está vestida con ropas que aunque no se pueda decir que sean humildes tampoco parecen ser las que llevaría alguien con un status económico o social elevado; se trata de un vestido oscuro y un abrigo negro que le llega hasta la pantorrilla y le da un aspecto sereno y refinado. Pareciera que la mujer se ha arreglado para salir y aunque no parece llevar rímel o maquillaje, sí se adivina claramente que se ha peinado con cierto esmero. En su rostro no se percibe atisbo de impaciencia o incertidumbre, menos aún de temor o siquiera una mota de resignación. Está aguardando algo, simplemente aguardando.

En su mano derecha lleva una maleta, en la izquierda un niño de unos ocho años. El niño también parece haberse arreglado para salir. Lleva unos pantalones cortos y, debajo del abrigo, una chaqueta de la misma tela de los pantalones; bajo la chaqueta, una camisa blanca. Tanto la madre como el hijo llevan cosidas en los abrigos sendas estrellas de David.

Me impresionó muchísimo ver el porte de la mujer, su belleza tranquila dándole la mano a su hijo. Ninguno de los dos parece saber lo que les espera. Yo no sé si podría haber esperanza en la madre, si verdaderamente podía pensar que ya había pasado lo peor y que a partir de entonces las puertas de Terezin se abrían a la esperanza y no a Auschwitz. En la fotografía se les ve tan vivos que da miedo pensar que ya estaban muertos.

He buscado la foto por internet, pero me ha sido imposible encontrarla (si alguno sabe de ella le agradeceré que me informe), así que he creado este pequeño montaje con fotografías hechas en Auschwitz por mi camarada Benito y con algunos de los dibujos hechos por los niños y niñas del campo de Terezin. La música es de Wim Mertens (“Zweierlei”, del álbum “With no need for seeds”)

Edito para aconsejaros que veáis el video a pantalla completa y con el sonido lo más alto posible.

Más información:

Terezin:

http://www.pamatnik-terezin.cz/showdoc.do?docid=164 El sitio oficial de Terezin en internet.

http://www.memoriales.net/topographie/checoslovaquia/terezin.htm Terezin, su historia.

http://es.wikipedia.org/wiki/Terezin: Información sucinta y útil, como siempre.

http://kurioso.wordpress.com/2009/02/20/los-ninos-que-vivieron-y-dibujaron-el-holocausto/ De este blog he sacado los dibujos de Terezin. Hay una información muy detallada del tema.

http://www.radio.cz/es/articulo/46588 Página en castellano con abundante información sobre temas checos

Auschwitz:

http://www.auschwitz.org.pl/ Sitio oficial

http://remember.org/auschwitz/ Paseo virtual por el campo

http://es.wikipedia.org/wiki/Auschwitz wikipedia, no ha que decir más.

http://www.memoriales.net/ Este sitio es fundamental si te interesa este tema.

http://www.ushmm.org/wlc/article.php?lang=es&ModuleId=10007021 Artículo en la enciclopedia del holocausto.

Agregar a marcadores favoritos:
  • Agregar a Technorati
  • Agregar a Del.icio.us
  • Agregar a DiggIt!
  • Agregar a Yahoo!
  • Agregar a Google
  • Agregar a Meneame
  • Agregar a Furl
  • Agregar a Reddit
  • Agregar a Magnolia
  • Agregar a Blinklist
  • Agregar a Blogmarks