viernes, 25 de septiembre de 2009

La voz en off

La primera línea decía que una lágrima brotaba de mis ojos y comencé a llorar sin saber por qué o sabiendo que no importaba saber por qué y al rato la barra del bar se había llenado de codos y de copas con humo y mis lágrimas eran surcos que dibujaban un flash-back en el que me veía hablando con ella en el callejón y su sonrisa y el diálogo:

—Cuando pienso en ti se me llena todo de cariño.

Y a la declaración siguieron sonrisas y complicidades, almuerzos y paseos, deseos y porqués, hastíos y adioses.

—Cada uno hace lo que cree que tiene que hacer.

Y luego vinieron más días y ella eligió aquella ciudad para dejarse ir y ya no volví a escuchar su amor, pero la sentía en cada segundo hasta que de nuevo las voces del bar y los ruidos y una voz en off que en tercera persona me decía lo que tenía que decir.

El camarero me preguntó si quería otro y yo le miré y comprendí su inglés y le dije of course aunque lo que quería era salir de allí, de la voz en off, pero la noche era fría en Praga y quise aguantar un poco más antes de sentir que ni siquiera el frío era ya completamente mío.

Una eslava de ojos azules me lamió con su mirada y me sonrió, ¿español?, y yo le sonreí, ¿erasmus?, y ella rió y bebió de mi copa y lamió mi lengua y me dijo, sí en Barcelona, y le dije, hablas muy bien, y me dijo, la chupo mejor, y los dos reímos y la voz en off rió también y el camarero puso dos copas más o quizá tres y los tres nos lamimos y hablamos y nos reímos. Quizá era un trío.

El bar cerró y los tres paseamos por las calles de Praga y llegamos hasta el Hradcany y allí entre los dos me dieron una paliza y me quitaron todo el dinero y me quedé acurrucado bajo un árbol y quise morirme, pero sólo me dormí y desperté en la cama de un hospital sin recordar muy bien qué había pasado. Con mucho esfuerzo pude levantarme y encontré mi ropa en el armario. Comprobé que la hoja de papel con el poema seguía en el bolsillo trasero de mis vaqueros y me vestí como pude. Tras cinco minutos de recorrer pasillos estaba en la calle sin que nadie me preguntara nada.

En el cuarto párrafo habían pasado seis meses y en el séptimo casi dos años. Yo vivía de nuevo en Barcelona y me ganaba la vida como podía pintando retratos callejeros en El Borne. Una tarde de septiembre aquellos ojos me volvieron a lamer y me preguntaron, que no me recuerdas, yo sonreí y le lamí la lengua, ella me acarició la mejilla, ¿te hicimos mucho daño?, nos quedamos en silencio mientras dibujaba en el lienzo las huellas de sus horas y la voz en off puso unas cuantas nubes y unas cuantas gotas y algún paraguas que se abrió. Una de las gotas calló en su mejilla y yo la dibujé también.

—¿Cómo quieres que te llame? —Se había recogido el pelo para follar y a mí me gustaba verla descansar sobre cada minuto que pasaba entre mis dedos acariciándola y el compás de un reloj que nos recordaba que el tiempo es una invención.

—¿Quieres llamarme Elba? —Su rostro parecía el de un chiquillo reposando antes de la próxima travesura y yo quise quererla y la voz en off me dijo llámala Elba y yo hubiera querido llamarla Sara, pero la llamé Elba y dibujé el nombre de Elba en sus muslos con mi saliva.

—¿Por qué fuiste a Praga? —Me lo preguntó como si supiera perfectamente la respuesta, como si se tratara de la constatación de que no iba a mentirle.

—Estaba buscando algo —Le mentí.

—¿Qué?

—Un sueño —Cogió con ambas manos mi cabeza y acercó sus ojos a los míos hasta que se convirtieron en cuatro.

—Me estás mintiendo. Tú querías que te pegáramos. Estabas buscando la muerte porque sabes que ella murió de pena por ti —Su voz era tan dulce, sus dedos tan caricia, su aliento tan mi vida, que por un momento pensé que ningún renglón nos aprisionaba.

—Yo sólo hacía lo que la voz me decía —Lamió mis ojos con una sonrisa, me hizo cosquillas con su lengua, me pellizcó los labios con sus dientes y me recitó el poema con un susurro.

En ese momento la voz en off comenzó a narrar con su voz grave y reposada, segura de sí misma, y las paredes se convirtieron en noche y estrellas y Sara y yo íbamos caminando por el callejón del oro y nos besábamos y hablábamos de una niña que acababa de cumplir años y yo le escribía un cuento que hablaba de una niña que había perdido su nombre para que lo leyera algún día cuando fuera mayor y su madre me besaba muy suavemente en los labios y me pedía que cerrara los ojos y la viera como cuando nos conocimos, con su melena larga y castaña, y que le cogiera la mano, que la abrazara fuerte, muy fuerte, porque tenía miedo de aquella voz en off.

Y la voz en off siguió hablando y Sara ya no estaba y Elba metía su lengua en mi oreja y yo reía mientras lloraba y ella me decía no tengas miedo a la muerte, sólo eres un personaje, y la voz en off dijo FIN y puso punto final.

¿Hemos hablado alguna vez de Vetusta Morla? Lo haremos.

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miércoles, 23 de septiembre de 2009

Lala Mártin: el cuerpo inserto

 

Hace ya algún tiempo encontré las fotografías de Lala Mártin en la red. No pude evitar la sorpresa y el cautiverio inmediato por unas imágenes que se me presentaban como texturas, como paisajes y como retratos de una identidad que se plegaba sobre sí misma en un espacio fragmentado donde a los horizontes sólo se llegaba eligiendo el ángulo adecuado,  una densidad quieta donde la presencia de la modelo y fotógrafa tenía tanta fuerza como todo lo que faltaba para completarla.

Don't - Her Eyes are Closed

Don't - Her Eyes Are Closed (I am)

 

Las imágenes de Lala son mapas que nos marcan todo lo que no atisbamos de su mundo, de su tierra incógnita, son caminos detenidos a sí mismos en una revuelta del camino, esperando a que alguien pase y se pare a mirarlos y se quede allí pegado, mirando, como una parte más de lo retratado.

In the Faceless Crowd  - No Name Face

In the Faceless Crowd / No Name Face (I am)

 

Lo retratado es Lala, su rostro, su cuerpo inserto y fragmentado convertido en ese mapa que ya no es su cuerpo ni su rostro ni su retrato, sino un paisaje terroso que nos hace de celosía y nos entrama nuestra propia extrañeza de estar mirando tan adentro, tan lejos, tan necesitados de agarrarnos a esa ausencia que suena como el mar en nuestros ojos de caracola.

Su identidad se destierra, se exilia de sí misma y sólo emerge como la mano de un ahogado señalándonos un hito en su ausencia, un gesto que se convierte en signo, en lenguaje que de forma tenue, pero firme, nos señala la frontera que une dos pliegues de su corporeidad, de su estancia en la fotografía, en el mapa, en el mundo.

Every New Beginning Comes From Some Other's Beginning's End

Every New Beginning Comes From Some Other Beginning's End (Colorless Tiara)

Sus fotografías están surcadas por líneas, son tierra arada en la que las huellas de un tiempo colapsado parecen latir, parecen querer rescatarlo, querer despertarlo y ponerlo a caminar. Son texturas que forman un velo de gasa que entremuestra la distancia que queda para llegar a una certeza.

Disparate

Disparate (I am)

Las fotografías de Lala son los paisajes de una espera.

 

Entrevista con Lala Mártin:

¿Quién es Lala Mártin?

Lala Mártin es una chica que empezó escribiendo y que después se mudó a la fotografía.

Es una persona que siempre tuvo en claro que lo de ella pasaba por alguna rama del arte y de hecho, las probó todas. Es alguien que puede hacer cualquier trabajo que le ofrezcan, con la única aclaración que sólo se la va a ver plenamente feliz con una lapicera o con una cámara en la mano.

¿Recuerdas la primera vez que pensaste la composición de una foto antes de hacerla?

No soy una persona que piense en las composiciones antes de tomar las fotos, no planifico qué es lo que quiero, dejo que se vaya presentado solo. Trabajo mucho con el espacio, así que lo que sí suelo hacer es echar un buen vistazo al lugar que tengo disponible y ver qué puedo hacer con eso, pero soy una firme creyente de que la mejor composición es la que te sorprende gustándote sin que vos necesites hacer nada, la sorpresa en el resultado final es un factor que no resignaría en manos de algún tipo de planificación previa. Si hablamos de sesiones hechas para moda o empresas o particulares ya ahí estamos hablando en otros términos, porque ahí tenés una producción a tu disposición que te simplifica muchas cosas – como la locación, el vestuario, y hay una idea de concepto para la campaña que uno tiene que respetar – por supuesto, con sus libertades.

Can you See my Vision

Can you See my Vision

¿Qué medios materiales utilizas para hacer tus fotografías?

Todo lo que esté al alcance de la mano suma, si se lo sabe elegir con criterio. Por más de que no planifique mis composiciones sé distinguir muy bien en el ambiente aquellos elementos que no favorecerían a la imagen y trato de trabajar en ello pero no soy muy quisquillosa, todo sirve. No trabajo con trípode, me gusta usar aquello que tenga disponible en el momento para trabajar las diferentes alturas y distancias –siempre vi al trípode como un elemento que ayuda pero no me gusta estar supeditada a él.

¿Podrías relatarnos todo el proceso que lleva desde tu idea de una imagen a su plasmación?

Muy de vez en cuando tengo ideas previas a la concepción de una imagen. Lo que sí me pasa más frecuentemente es tener un concepto en mente y no saber qué imagen tomar para plasmarlo. Eso es lo que más me gusta, la parte del desafío y de la decisión, de la duda, la prueba y el error. Y siempre tomo más de una imagen diferente que pueda ser abarcada por ese concepto original – la decisión sobre qué muestro y que no responde a diversos criterios pero siempre trato de unificar lo que el público espera ver con aquello que yo efectivamente quiero mostrar. En ese sentido no dejo que me gane solamente lo que las personas quieren ver de mi trabajo, aunque lo sepa. Se toma la imagen, actualmente trabajo de forma digital con mi cámara casera, una HP Photosmart M627 (es una cuestión personal, sé que en algún momento voy a tener que usar una reflex por la misma demanda del trabajo y sus cuestiones, pero por el momento no veo razón para cambiar mi cámara) y de ahí se seleccionan cuáles quedan y cuáles no, para finalizar en la edición posterior que generalmente se hace en Photoshop o según dicen mis últimos trabajos, en Lightroom.

Follow You

Follow You

Una parte muy importante de tu trabajo tiene que ver con la edición en photoshop, con la creación de texturas. ¿Podrías explicarme que incidencia conceptual tienen estas intervenciones posteriores a la toma? ¿Utilizas otras herramientas además del photoshop?

Creo que la fotografía tiene dos momentos interrelacionados pero totalmente independiente uno del otro – la toma de la imagen y la post-producción de la misma. Cuando se utilizan programas como Photoshop o Lightroom, por nombrar los que yo utilizo, uno puede lograr que una foto no tan buena se vea mucho mejor pero es sólo eso, uno tampoco puede vender el espíritu de su trabajo. El aporte que puede hacer una acción de Photoshop es meramente una cuestión de colorización, un preset de Lightroom puede solucionar cuestiones como la luz o la exposición, una textura puede enfatizar una composición o agregar un elemento extra que ayude en la cuestión estética pero el sentido de la imagen, su significado y si significante no pueden provenir jamás del post-procesado. Y creo fervientemente en eso porque uno puede hacer un recorte y elegir qué parte de la realidad es la que va a comunicar o puede fusionar dos imágenes, pero de esa fusión va a partir el concepto de la imagen de forma global, no puede depender de cuestiones meramente estilísticas, la estética tiene que reforzar algo que tenga existencia independientemente de ella. Para decirlo de forma más concreta: el retoque es una gran herramienta que nos puede dar miles de posibilidades – que es capaz de mejorar una imagen si se lo usa como corresponde o de crear una aberración estética si se lo usa sin criterio pero si una imagen no dice nada, si no es capaz de transmitir nada per se, cambiarle los tonos o aplicarle una textura no va a hacer el milagro.

En uno de los comentarios que haces a pie de foto, hablas de la multitud de sentidos que puede tomar una misma imagen, simplemente combinándola con otras o editándola. De hecho, en tu serie Fusionary Imaginary juegas con esta idea utilizando el collage fotográfico. ¿Piensas que todavía podemos emplear el término objetivo referido a la reproducción de una imagen por medio del aparato fotográfico?

Por supuesto, si no lo creyera no tomaría imágenes! Creo que, como dije antes, una imagen puede tener sentido en sí misma o puede generar un significado totalmente nuevo al aplicarle otra imagen (de eso se trata mi serie Fusionary Imaginary, de lograr una unión de fotografías ya sean dípticos, trípticos, etc generando un nuevo concepto que se desprenda de la unión de esas imágenes trabajando de forma metonímica, la parte por el todo). Muchas veces veo que hay gente que utiliza esta técnica para generar gatopardismo (que parezca que todo cambia y que todo se resignifica para que en verdad todo permanezca igual), son meras elecciones personales, a mí en lo personal me gusta tener algo para decir.

En cuanto a la multiplicidad del mensaje fotográfico, eso es lo mejor y es quizás el factor mágico de todo esto: un texto puede ser interpretado también de muchas formas pero la posibilidad es inferior y siempre nos vemos en el dilema de si hemos entendido lo que nos han dicho o no. En cambio la imagen es un anclaje en sí misma, y cada cuál elige dónde anclar y cómo hacerlo – puede ser por sensaciones que despierta la propia imagen, puede ser un fenómeno plenamente evocativo y tratarse de una proyección que realiza la persona sobre un momento de su vida o una experiencia propia que la imagen le recuerda, es un proceso de empatía maravilloso. Y la cámara siempre está ahí, la cámara es el par de ojos que está eligiendo qué te muestra - está en vos poder descubrir por qué te lo está mostrando.

Share a Little Piece of your Blue

Share a Little Piece of your Blue

¿Ha pasado a mejor vida la fotografía analógica?

Yo creo que no, pero hay que ser muy cuidadoso al hablar de estos temas. Yo en lo personal me siento en deuda para con la fotografía analógica porque yo hasta el momento sólo he trabajado de forma digital, y considero que hay que llegar a la esencia propia de este arte que sólo te la puede dar la analogía. En este último período me he comprado varias cámaras analógicas y de hecho estoy esperando a un viaje que tengo programado para Octubre para poder probarlas. Pero decía que hay que ser muy cuidadosos con respecto a estas cuestiones porque, como con todo, hay intereses genuinos y hay modas, y últimamente la analogía ha tenido una buena parte de un interés genuino, pero también está siendo utilizada como una moda por varios.

En muchas de tus fotografías tú misma intervienes como modelo. ¿Qué función tiene esta intervención? ¿Eres tú la que está dentro del cuerpo fragmentado?

Siempre soy yo la que está dentro del cuerpo fragmentado, eso es lo evidente del asunto, por más que algunas de mis imágenes de mi misma utilice otros nombres de mujer son cuestiones meramente estilísticas – pero no podría negar jamás a mi propia persona en lo que hago.

Muchas veces me utilizo a mi misma como modelo por la necesidad de la urgencia: muchas veces siento el impulso de sacar fotos porque me viene algún concepto en particular y obviamente, no tengo un staff de modelos en mi casa entonces termino siendo yo la que posa porque sé que si pospongo el asunto luego no va a tener el mismo significado. También muchas ocasiones se trata de una cuestión de fidelidad a la idea original: por más que sea el trabajo del fotógrafo el guiar al modelo hasta alcanzar la pose que uno busca, muchas veces el modelo se acerca pero no lo logra en un 100% por la sencilla razón de que no puede ver las imágenes que una tiene en el cerebro entonces, en esos casos cuando sé que nadie sería capaz de lograr eso que necesito, lo hago yo.

The Voice Unheard

The Voice Unheard

Al contemplar tus trabajos da la impresión de que el tratamiento del espacio en tus imágenes es muy determinado: no tiene límites y, a la vez, quizás por la densidad que le confieres con tus texturas, adquiere una personalidad propia, una especie de identidad que se solapa con la identidad, a su vez diluida por la fragmentación y los escorzos, de tu figura. ¿Estamos hablando de un paisaje o de un retrato?

Un paisaje. A mí me gusta pensar que todo es un paisaje, incluso un retrato o un macro: todo es susceptible de cambio, y todo tiene una historia, incluso los poros en la piel. Por eso es que para mí todo es paisaje, incluso la más elaborada de las ideas. Todo aquello que me cuente una historia, desde la imagen más elaborada hasta un close-up de un ojo me muestra un campo de cosas que están allí con un motivo, con una razón, y que yo puedo considerar hermosas o no. Todo es una gran manta que se despliega ante los ojos, nos guste aquello que veamos o no.

Tus imágenes, esa especie de inserción de tu cuerpo en un ámbito que parece no haber sido colonizado aún, dan una sensación como de ternura resguardada, de debilidad que se protege para no ser hollada. Hay una especie de fragilidad fortalecida, de dignidad de lo que se muestra. Lala, ¿de qué nos están hablando tus fotografías? Si fuera su intención hablarnos de algo, claro. Y, si no lo fuera: ¿qué es lo que callan tus fotografías?

No sólo las mías, las imágenes que nos brindan la mayoría de las personas que viven de esto cuentan y callan. Fotografía, pintura, dibujos, lo que sea nos dice algo. Y en caso de que sean imágenes vacías, imágenes que para el creador no digan nada, lo bueno es que quizás a otra persona sí le pueden estar diciendo algo. En el caso particular de mis fotografías yo no las explico ni hablo de qué quiero decir o qué cuentan porque me parece que es como agarrar una tijera y cortarlas en pedazos, y si hiciera eso no sólo estaría limitando mi trabajo sino que también las estaría enfrascando y no les permitiría que tengan vida propia según el cariz con que se miren. Lo único que puedo decir es que mis fotos te dicen lo que vos quieras que te digan, y que se van a callar eso que vos no quieras escuchar.

 

Más información:

http://kumulonimbus.blogspot.com/

http://www.flickr.com/photos/lalamartin

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sábado, 19 de septiembre de 2009

El disecador de almas

Al padre Juan toda la vida le había rodado alrededor de las almas. Primero, por vocación, apadrinaba en su edad infantil niños infieles para ganar la salvación de sus almas; luego, por profesión, se ordenó sacerdote para procurar que las almas, salvables o no, cumplieran cada domingo con su condición feligresa; después, por pasión, perdió la razón y su propia alma por el alma de unos ojos; y, finalmente y hasta la actualidad, su obsesión era la de robar, disecar y coleccionar almas.

Extraerle a un cuerpo vivo su alma no es tan difícil como puede parecer, pero sí que requiere un cierto grado de pericia y, sobre todo, una perseverancia suficiente. Es cierto que en ocasiones alguien sin la más mínima preparación o siquiera intención se te lleva el alma y ya no la vuelves a ver; ni al ladrón ni a lo robado; pero esto sólo ocurre en ocasiones excepcionales.

Esa mañana era una más de mayo y Juan caminaba perdiendo los pasos entre otros días también perdidos y algún pensamiento distraído. Siempre paseaba hasta las dos y a las dos se tomó el vino en la taberna y bromeó y habló de futbol y del maldito aborto y los tiempos en general que ya no eran de credos ni de creencias. El bar estaba lleno de almas, pero ninguna de esas le interesaba. Eran almas de segunda o de tercera las que le miraban sin ganas de verle, sin ganas de hablar más que de aquellas cosas que se decían siempre como sin decir nada entre risas y renuncias a sentir las risas o las penas. Su alma tampoco era ya la que le vivió, pero se había acostumbrado a vivir con ella los días iguales y amoldados a sentir casi sin sentir las ausencias de su alma robada.

Tras el vino dos calles y un primer piso poco soleado y con los ruidos de la calle colándose por las ventanas que ya no cerraban bien ni abrían del todo para dejar salir el olor de libros que entumecía las tardes emparedadas con miedo a que uno de esos ruidos volviera a ser un canto de gitana o a que alguna luna llena se burlara desde la ventana. Se comió el guisado de ayer y se puso los guantes de látex antes de entrar al cuarto de las almas.

Tenía más de cinco mil almas perfectamente clasificadas y documentadas. Su colección era el resultado de más de diez años de trabajo, los diez años que hacía que a él le habían robado el alma por última vez, los diez años que hacía desde aquella noche en la que andando sin alma buscando su alma se encontró frente a un hombre que tras besar a una mujer en un portal caminaba con toda su alma hecha sonrisa y sueño y mañana en su cara y a Juan le fue tan fácil sentir envidia y dolor y rabia y llevarse aquella alma enamorada que tapara el hueco de su pérdida.

Encendió la potente y blanca luz de la habitación de las almas y se acercó a la mesa donde las disecaba. Se apretó con fuerza ambas sienes con sus respectivos dedos índice hasta que de su boca comenzó a decantarse sobre un molde rectangular una papilla gelatinosa y blanca. Cuando dejó de arrojar aquel grumo se quedó absorto mirando cómo aquel espeso líquido se iba solidificando a la vez que en su superficie se sucedían miles de imágenes narrando la historia de aquella alma. Tras cinco minutos escribió en una ficha todos los datos que identificaban su última disecación y, como cada vez que añadía un nuevo alma a su colección, sacó la fotografía del rostro de la mujer que a él se le llevó el alma diez años atrás. Era un rostro de mujer que miraba con sus ojos como sabiendo y sorprendidos a la vez, con unas nubes azules que parecían hacer de trasfondo, de cuarto oscuro donde la realidad deja de ser una señora estirada y aprende a jugar a jugar. Se acercó de nuevo a su última adquisición y comparó la fotografía con la imagen que mostraba el molde con el alma. Comprobó que una vez más esa alma no podía ser la de aquella mujer y la guardó en la vitrina que le correspondía. Cerró los ojos y todas las imágenes de la mujer se proyectaron en su corazón. Supo que algún día volvería a encontrar el alma de ella, su alma, no importaba que tuviera que disecar cien mil almas más.

Al pensar esto se estremeció con un sudor frío. ¿Qué alma de ella encontraría? Las almas se van sustituyendo unas a otras y cada una de ellas pierde para siempre a la anterior. La gente no se da cuenta, pero de pronto su joven alma ha sido robada y otra la sustituye, otra que ya no es tan espontánea, tan vívida, y así sucesivamente hasta que un día a la vieja alma que se ha quedado a vivir con él ya no la quiere nadie, ya no se la roban porque ya no tiene vida ni ilusión y la gente a eso le llama madurez. Las almas van de un ser a otro en un carrusel incesante hasta que un día se acartonan en el esternón de algún ser que ya casi no es, pero Juan se quitó estos pensamientos de la mente y se enjuagó la cara antes de ponerse la sotana y dirigirse a la iglesia para oficiar la misa de las siete.

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jueves, 10 de septiembre de 2009

Los sueños y los días

 

Volví a pasar por la misma calle de la acequia, por la fábrica abandonada con sus tres pilotes cerrando el camino, con su ruido a noche y su farol apedreado que lo sumía todo en la oscuridad misma, en la oscuridad igual de otra vez que recorría las mismas calles de aquella infancia que un día ya no despertó.

No veía nada y lo veía todo mezclado con los futuros humillados a pasado, con los pasados pervertidos por sus no querer ser o querer jugar a haber sido futuros. El tiempo se escondía en los portales y me sacaba la lengua a cada paso. Una burlona lengua sucia y larga como la vida. Seguí caminando entre las sombras y las grietas de aquel barrio antiguo. No tuve miedo o sí lo tuve y era eso el miedo. Tu sonrisa.

La fábrica se quejaba y los gatos la acompañaban. Era un ruido dulce de fábrica abuela, de vida replegada mirando hacia atrás, como esperando que llegara aquello que se rezagó. Eran gatos negros con la cola pisada y la vida magullada alrededor de los cascotes de la chimenea industrial. La fábrica hacía mucho que había sido derruida. En su lugar ahora había un centro municipal, un contenedor cultural lo llamaban, para no llamarlo nada.

La acequia tampoco estaba ya, pero yo la seguí, haciendo equilibrios, jugando a pisar la raya para no caer, para no pensar más en sí o en no. Mis amigos estaban en el sitio de siempre con sus conversaciones de apretar dientes y creer a ciegas, querer a tientos, entender a miles. Jugaban a la taba y a poner nombres a las cosas. Me acerqué a ellos y quise charlar, jugar, pero cada uno de ellos me miró y me dijo una palabra de esas que nadan bajo el agua sin oírse nada, sin decir nada, y cada uno de ellos se volvió, se sonrió, se fue, me dejó con la palabra sumergida en el agua que ya me llegaba hasta el cuello y dentro de mi cabeza nadaron sus palabras como peces bobos, ciegos y mudos, haciéndome cosquillas en los ojos y tragué saliva para no llorar. Se fueron todos. Sentí angustia y frío y con una arcada salieron todos los pececitos rosas por mi boca. Se cayeron a la acequia y allí siguieron sin decir nada. Sólo eran palabras.

Tras la acequia había un muro de mediana altura y tras el muro las vías del tren. El muro estaba lleno de pintadas de masones y requetés. También una que decía: "Bartolo se folla a la Carmen", y otra que decía: "¿Por qué no puedo estar con quien yo quiero?" y a mí me pareció una frase muy triste y llena de oes, que es como decir que las "o" copulan y son. Salté la acequia y me encaramé a la pared hasta llegar justo a la "o" de yo. Toqué en ella con los nudillos y al poco alguien abrió. Entré.

Dentro de la "o" todavía estaba más oscuro que fuera, así que al segundo coscorrón decidí arrodillarme y gatear con el máximo cuidado posible. Olía a hueco y un zumbido de o retumbaba por todas partes. Estaba en un túnel muy angosto y muy largo. Al fondo se vislumbraba un hilillo de luz. Cambié de postura y en ese segundo pasaron más de tres horas de gateo a medida que la luz se agrandaba hasta que todo fue luz y la "o" o el túnel ya no existía y yo caí en una luz muy blanca y pegajosa que me cubrió hasta llegar a tragar una especie de papilla con un extraño sabor a vainilla. En el fondo de aquella inmensa laguna sobresalía una plataforma como tierra firme. Nadé con mucha dificultad hacia allí y cuando llegué subí a ella. Era tan infinita como la laguna blanca, tan negra como el infinito y tan llena de palabras como los amores que vienen. Las palabras se lamían el clítoris unas a otras, se amontonaban entrelazadas y lascivas exhortando gemidos de placer para acompañar a sus fingidos orgasmos. Comprendí que me acababa de bañar en semen de letra y sentí un poco de asco.

Comencé a patear las palabras, a pisotearlas hasta que sus gemidos gimieron dolor y una de ellas, reventada por dentro, me dijo: "La literatura no puede ser distracción" y yo le di la razón y seguí pateándola hasta que dejó de gemir y continué abriéndome paso por la plataforma, pateando y leyendo un libro del revés donde pude leer:"El alomorfo de mi mirada es su reflejo en la tuya" y di un traspié y caí por un hueco de mirada azul precipicio y caí con el libro agarrado fuerte de las solapas y caí toda mi vida cayendo y gimiendo y rogué no sé a quién que despierte cuando llegue al fondo, que despierte y desperté y seguí cayendo con el libro agarrado por las solapas, seguí cayendo y desperté y seguí cayendo y al fondo no había nada, sólo otra vez la acequia, mis amigos dándome la espalda, la fábrica en ruinas, la vida del revés. Quise despertar. Dormir. Poder volver a soñar.

Le rogué a las sombras
unos gramos de oscuridad.
Y a la multitud pedí prestado
un poco más de soledad.
Al grito le pedí silencio,
calma a la ciudad.
Llamando por su nombre al sueño,
éste no tardó en llegar.
Había diecisiete espejos rotos
encima de un altar.
Reflejando esa parte de nosotros
que intentamos ocultar.
Había un mapa imaginario,
un libro sin final.
El camino estaba ya trazado
y algo nos impedía andar.
No puedo recordar jamás
cómo acaban los sueños.
Después de despertar
se desvanecen y los pierdo.
No puedo recordar.
No puedo recordar jamás...
Los sueños. Los sueños.
Cómo acaban los sueños.
De ceniza y de promesas rotas
se tiñó el amanecer.
Mis penas y mis huesos flotan
entre aviones de papel.
Diecisiete osos de peluche
buscan algo en que creer.
Diecisiete tumbas, diecisiete nubes,
lo intento, pero no puedo correr.
No puedo recordar jamás
cómo acaban los sueños.
Después de despertar
se desvanecen y los pierdo.
No puedo recordar.
No puedo recordar jamás...
Los sueños. Los sueños.
Cómo acaban los sueños.
No puedo recordar jamás
cómo acaban los sueños.
Después de despertar
se desvanecen y los pierdo.
No puedo recordar.
No puedo recordar jamás...
Los sueños. Los sueños.
Cómo acaban los sueños.

(091: “Cómo acaban los sueños”)

 

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jueves, 3 de septiembre de 2009

Las palabras perdidas

Me llamo Jonás Vallés y soy escritor de palabras perdidas. No os voy a negar que no me gano la vida con esto, ni con ninguna otra cosa, porque yo ya hace que no tengo ninguna vida que ganar.


Hasta hace unos años era prudentemente feliz y coleccionaba palabras. Las solía poner en fila, pegaditas unas a otras con sus conjunciones preposiciones comas y puntos; el pegamento habitual, vamos. Luego las repasaba una y otra vez y era como si me hablaran. Alguna gente a esto lo llama leer. Yo siempre lo he llamado soñar.


Un día quise pasar de coleccionar las palabras a coleccionar sueños y de coleccionar sueños a coleccionar momentos que convertir en recuerdos y entonces todo se jodió. Los recuerdos olvidaron los momentos, los momentos se burlaron de los sueños y los sueños sepultaron las palabras en afanes. Las palabras se murieron, casi todas de tuberculosis, pero algunas lograron escapar entre escupitajos y se descolgaron por la ventana, aprovechando que mi mujer la había abierto para escuchar a la gitana que cada primavera pasaba cantando la misma cantinela. Yo me había quedado absorto mirando su sexo transparentarse a través de las sayas que se ponía para planchar. Cuando quise darme cuenta la palabra adiós llegaba ya la calle y mi mujer y yo nos miramos largamente. El resto de las palabras murió de pena cuando ella se fue.


Luego todo fue una condena de puntos suspensivos y el amargo intento de reducir los silencios a su única palabra, pero ni siquiera ésta quería hacerme compañía, así que me dediqué a buscar el sida o alguna gonorrea entre los anuncios por palabras. Hasta que otra mañana de abril volví a oír cantar a la gitana e intenté imaginar aquel sexo que planchaba para que el delirio se me disfrazara de algo parecido a los sueños antiguos. En uno de los anuncios leí este texto:


"Palabra busca escritor que la escriba. Máxima discreción. Sólo mañanas. Teléfono XXXXXXXXX."


Llamé enseguida, pero comunicaba. Seguí llamando hasta que por fin una voz se descolgó por el auricular. Era una voz de mujer que decía: "¿Hola?, ¿hola?". Pasaron cinco o seis ¿holas? hasta que yo pude articular sonido y decir hola, era por el anuncio, yo soy escritor...


La voz de mujer era de las que te enlazan con su humo y te mecen junto a la narguile de sus respiros. Caí inmediatamente en el pozo de la palabra amor y me clavé las uñas para que mi sudor supiera a vino vestido de roja sangre que brindar a aquel sueño que esa otra mañana de abril volvía a disfrazarlo todo.


El trabajo era sencillo. Cada mañana, salvo lunes y martes, hasta que de nuevo cantara la gitana, tenía que escribir en escrupuloso orden cada una de las palabras que aquella voz me dictara, en un cuaderno tamaño cuartilla con tapas de hule negras. Bajo ningún concepto podía corregir nada de lo que escribiera ni volver a leer lo escrito. Cada hoja quedaba sepultada en el día en que se escribió, cada día moría ahogado en la tinta de unas palabras que no tendrían ayer. Acepté el trato.


Esa misma mañana, con mi viejo lápiz y mi libreta de hule negra, empecé a recuperar aquellas palabras que había perdido. La voz de aquella mujer dibujaba volutas de humo que adoptaban en cada momento la forma de la palabra que a mí me abrazaba muy dentro, como adivinando con cada tono de voz, con cada pausa, el pulso de mi respiro. Yo tenía prohibido hablar, preguntar. Sólo podía imaginar.


Imaginar puede convertirse en la droga más destructiva, en una tortura imposible y a la vez imprescindible. Mis mañanas eran su voz y mis tardes y noches se convirtieron en su eco latiendo en mis venas, en mi cabeza, en mi pene, en mis orejas rojas de frío esperando y temiendo la primavera. Desde que su voz callaba tras el teléfono, no podía hacer otra cosa que salir a la calle y caminar con ese rumbo fijo que tienen los que no van a ninguna parte. Caminaba durante horas sin ver, sin saber, sólo reteniendo en mi memoria, repitiendo en voz baja, cada una de sus palabras, en fila, en el mismo y riguroso orden en que ella me las había ido diciendo desde el primer día. Cada día empezaba de nuevo y añadía un nuevo día y volvía a empezar hasta tener toda la historia completa grabada en mi mente. Las lágrimas resbalaban cara abajo mientras recitaba los salmos de aquella voz. La gente me miraba con recelo y se apartaba. Yo a veces gritaba porque mi voz no era su voz, otras veces reía como un niño porque aquella historia era la historia más bonita que nunca nadie podía haber soñado.


LLegó la mañana en que la gitana volvió a cantar y la voz de la mujer en el teléfono me dijo:


—La historia termina aquí. Quema la libreta.

—Tengo que verte.

—Quema la libreta.

La quemé.


—Ahora cierra los ojos.


Los cerré y vi el rostro de mi mujer, su sexo transparentándose, sus silencios y todo ese amor que dejé escapar junto con las palabras.


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martes, 1 de septiembre de 2009

Alejandra Pizarnik: Los bordes arruinados.

Los bordes arruinados.
El límite natural de las cosas.
Perdido su sentido para siempre.
(Alejandra Pizarnik)
Decir que la muerte fue el último poema de Alejandra Pizarnik es muy fácil, pero no por ello hay que dejar de decirlo. Saber que se suicidó o murió por accidente es completamente superfluo porque ella ya se había suicidado con el primer poema, con el primer atisbo de ese borde arruinado que la separaba de tantos adentros y la exponía a todos los afueras.
La frontera entre Alejandra y lo que no era Alejandra rasgaba por dentro como un alambre de espinos, como una cámara de exterminio donde el ejecutor era la conciencia, el desgarro de la conciencia, de buscarse a uno mismo y verse reflejado en espejos de latón que distorsionan lo que uno quisiera ver o haber visto o haber soñado. Lo que más daño le infringió fue siempre la parte de dentro del borde.
Del borde destruido vino la opción del suicidio, la no muerte, o el no suicidio, la muerte perpetua vestida de miedo y permanencia entre las aristas. Pero esto no era una opción, era sólo la salvación de la locura del escribir para no serlo, locura, del no escribir para serlo, muerte.
El borde apareció un día en el que al mirar atrás Alejandra vio que el territorio de la infancia se había quedado yermo y sin ella, que ella se había quedado sin tierra ni futuro: ¿A dónde ir más allá de la infancia cuando tú ya no estás más allá de ti misma, cuando el único refugio a lo que no duele son las muñecas inermes?
Y ante todo esto sólo buscar el silencio, sólo querer el silencio como único poema que nos explique, que nos mantenga mirando aquellas azucenas azules que nos permitían no pensar más, no pensar más y saber que todo ya lo tenemos pensado. El silencio de lo todo dicho, de lo todo sentido, absoluto discurso de ninguna palabra.
El silencio que cauterice la extrañeza de tu imagen en el espejo de latón, de tu doble mentiroso de ti mismo, de tu mueca de payaso gritando pánico y pidiéndote perdón, de tu muñeca azul madera muerta que un día te regaló Julio cuando tú y todos y la reina de corazones ya sabíamos que andabas muerta, que morías viva queriendo ser cualquier cosa que no fuera o por lo menos que no doliera tanto. Extrañeza de ti misma y de lo extraño de ti misma rozándote un poco húmeda de flujos y lágrimas contra el borde de todas esas identidades que se te amontonan sin dejarte ser sin más.
Tú también viajaste a París, como ella, y estuviste con Julio, como ella. Tu boca y algo de su mirada se os parecen y me recuerdan que en el fondo cada palabra es la misma para ti o para ella. Doble. Espejo. París y Cortázar en el restaurante Polidor bebiendo Sylvaner ante un château saignant, ella con dieciséis años viajando en tren a París con Rayuela entre las manos y tú queriéndote bañar en el mismo baño de sangre de la condesa Báthory con la sangre de todas tus muñecas desmembradas, con la sangre de la muñeca azul que Julio inventó para ti cuando ya estabas muerta, con la sangre de la sangre de todas las magas: tú la maga del Pont Neuf, ella la la maga que disfrazaba las palabras con el color de las jacarandas y atravesaba el espejo de puntillas con las puntas cruzadas al son de la música de un anello sobre el Arno. Palabras para esconder los silencios. El silencio.
Y el eco es la coincidencia que nos envuelve y nos re-tumba en tu apartamento de Buenos Aires, allí donde el accidente o tu voluntad dejaron de escribir, en el 980 de la calle Montevideo, junto a todas tus muñecas muertas y destripadas por la tristeza, había un retrato de Cirlot, el gran enamorado de lo absoluto imposible Cirlot, ella me regaló su libro, el que buscó a Bronwyn como yo la busco a ella por la calle de París y por todas las calles con miedo a encontrarla porque ya no será ella porque ya no seré yo y esa es nuestra muerte cobarde y usada, sudada y envuelta en la mortaja triste de lo gastado y gris.
Por eso la no muerte hubiera sido tu muerte, Alejandra, por eso invirtiendo las palabras en su reflejo, volviéndolas del revés, es la única forma en que las maravillas pueden ser. Melancolía, bohemia, angustia… son los nombres de los lugares por donde nos jugamos a ser, son los espejos donde estas palabras se convierten en el vaho que ella, que tú, algún día lea, que algún día veas, y entonces, Alejandra, vuestros labios, esos labios que tanto se os parecen, se frunzan, frente al borde arruinado del espejo, con un leve recuerdo de cariño y ternura.
alepizarnik
Si te atreves a sorprender
la verdad de esta vieja pared;
y sus fisuras, desgarraduras,
formando rostros, esfinges,
manos, clepsidras,
seguramente vendrá
una presencia para tu sed,
probablemente partirá
esta ausencia que te bebe.

«Los trabajos y las noches»
------------------------------------------------------
Ese instante que no se olvida
Tan vacío devuelto por las sombras
Tan vacío rechazado por los relojes
Ese pobre instante adoptado por mi ternura
Desnudo desnudo de sangre de alas
Sin ojos para recordar angustias de antaño
Sin labios para recoger el zumo de las violencias
perdidas en el canto de los helados campanarios.
Ampáralo niña ciega de alma
Ponle tus cabellos escarchados por el fuego
Abrázalo pequeña estatua de terror.
Señálale el mundo convulsionado a tus pies
A tus pies donde mueren las golondrinas
Tiritantes de pavor frente al futuro
Dile que los suspiros del mar
Humedecen las únicas palabras
Por las que vale vivir.
Pero ese instante sudoroso de nada
Acurrucado en la cueva del destino
Sin manos para decir nunca
Sin manos para regalar mariposas
A los niños muertos

“A la espera de la oscuridad”
------------------------------------------------------
Son mis voces cantando
para que no canten ellos,
los amordazados grismente en el alba,
los vestidos de pájaro desolado en la lluvia.
Hay, en la espera,
un rumor a lila rompiéndose.
Y hay, cuando viene el día,
una partición de sol en pequeños soles negros.
Y cuando es de noche, siempre,
una tribu de palabras mutiladas
busca asilo en mi garganta
para que no canten ellos,
los funestos, los dueños del silencio.

“Anillos de ceniza”
------------------------------------------------------
La que murió de su vestido azul está cantando.
Canta imbuida de muerte al sol de su ebriedad.
Adentro de su canción hay un vestido azul, hay
un caballo blanco, hay un corazón verde tatuado
con los ecos de los latidos de su corazón
muerto.
Expuesta a todas las perdiciones, ella
canta junto a una niña extraviada que es ella:
su amuleto de la buena suerte. Y a pesar de la
niebla verde en los labios y del frío gris en los
ojos, su voz corroe la distancia que se abre entre
la sed y la mano que busca el vaso.
Ella canta.

“Cantora nocturna”
------------------------------------------------------
y qué es lo que vas a decir
voy a decir solamente algo
y qué es lo que vas a hacer
voy a ocultarme en el lenguaje
y por qué
tengo miedo

“Cold in hand blues”
------------------------------------------------------
10
un viento débil
lleno de rostros doblados
que recorto en forma de objetos que amar


14
El poema que no digo,
el que no merezco.
Miedo de ser dos
camino del espejo:
alguien en mí dormido
me come y me bebe.


17
Días en que una palabra lejana se apodera de mí. Voy por esos días
sonámbula y transparente. La hermosa autómata se canta, se encanta,
se cuenta casos y cosas: nido de hilos rígidos donde me danzo y me
lloro en mis numerosos funerales. (Ella es su espejo incendiado, su
espera en hogueras frías, su elemento místico, su fornicación de nom-
bres creciendo solos en la noche pálida.)


33
alguna vez
alguna vez tal vez
me iré sin quedarme
me iré como quien se va


“Árbol de Diana”
------------------------------------------------------
ante la lúgubre manía de vivir
esta recóndita humorada de vivir
te arrastra Alejandra no lo niegues.
hoy te miraste en el espejo
y te fuiste triste estabas sola
y la luz rugía el aire cantaba
pero tu amado no volvió
enviarás mensajes sonreirás
tremolarás tus manos así volverá
tu amado tan amado
oyes la demente sirena que lo robó
el barco con barbas de espuma
donde murieron las risas
recuerdas el último abrazo
oh nada de angustias
ríe en el pañuelo llora a carcajadas
pero cierra las puertas de tu rostro
para que no digan luego
que aquella mujer enamorada fuiste tú
te remuerden los días
te culpan las noches
te duele la vida tanto tanto
desesperada ¿adónde vas?
desesperada ¡nada más!

“La enamorada”
------------------------------------------------------
Este temporal a destiempo, estas rejas en las niñas
de mis ojos, esta pequeña historia de amor que
se cierra como un abanico que abierto mostraba a la
bella alucinada: la más desnuda del bosque en el
silencio musical de los abrazos.

“Naufragio inconcluso”
------------------------------------------------------
Sólo la sed
el silencio
ningún encuentro
cuídate de mí amor mío
cuídate de la silenciosa en el desierto
de la viajera con el vaso vacío
y de la sombra de su sombra

“Poema 3”
------------------------------------------------------
Mañana
me vestirán con cenizas al alba,
me llenarán la boca de flores.
Aprenderé a dormir
en la memoria de un muro,
en la respiración de un animal que sueña.

“Sombras de los días a venir”
------------------------------------------------------
“El sabor de las palabras, ese sabor a semen viejo, a vientre viejo, a hueso que despista, a animal mojado por un agua negra (el amor me obliga a las muecas más atroces frente al espejo). Yo no sufro, yo no digo sino mi asco por el lenguaje de la ternura, esos hilos morados, esa sangre aguada. Las cosas no ocultan nada, las cosas son cosas, y si alguien se acerca ahora y me dice “al pan pan y al vino vino” me pondré a aullar y a darme de cabeza contra cada pared infame y sorda de este mundo.”
------------------------------------------------------
«Abandono de todo plan literario. Las palabras son más terribles de lo que me sospechaba. Mi necesidad de ternura es una larga caravana. sé que escribo bien y esto es todo. Pero no me sirve para que me quieran».
Más información:
http://cvc.cervantes.es/ACTCULT/pizarnik/
Completísimo estudio del Centro Virtual Cervantes sobre Alejandra Pizarnik. No hacen falta más enlaces. Allí encontraréis información muy interesante y una completa bibliografía.
http://www.ucm.es/info/especulo/numero28/alepizar.html
Un buen estudio de Carlos Luis Torres Gutiérrez sobre su figura literaria y humana.
------------------------------------------------------
Gracias y reconocimientos a mis camaradas Alber y Manolo por alumbrarme este texto en una falsaria y sabrosa no cena.
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sábado, 29 de agosto de 2009

Cita en Praga I

Las mañanas de las primaveras de Praga suelen ser grises y de fina lluvia; algunas con tanques, otras, como ésta en la que me dirigía a la cita, con el frío del invierno todavía pellizcando en las orejas. Conocía la ciudad como si fuera un dibujo hecho por mí mismo y sentía sus sombras como si fueran los reflejos de mi memoria, pero esto no evitaba que siguiera perdiéndome entre sus calles como uno más de los muchos turistas que desaparecían sin rastro cada año.
La cita, como siempre, era en el cementerio judío, a los pies de la tumba del rabino Löw. Como siempre recorrí la calle Parizská hasta encontrar la sinagoga española, como siempre el hombre de la puerta me saludó, shalom, y murmuró la misma fórmula para sus adentros. El encanto lo dibujó todo y yo ya no era yo y la sinagoga salmodiaba resonando a los cielos que se cerraron o se hicieron negros o simplemente se vistieron de infierno.
Desde los tiempos del golem cada sabbath se repetía la misma escena. Mis sienes temblaban bajo el sudor y mi pulso viejo de parkinson temblaba bajo el temor de no encontrarla. Pero siempre la encontraba, sólo tenía que perderme para ello, sólo tenía que recitar en silencio la thorá para encontrar la palabra, para poner cada cifra en su sitio.
Cambiaron las horas y los siglos y de pronto ya estaba entre las tumbas y los recuerdos de tantos tiempos se habían teñido de gotas de rocío. Una vez más tuve miedo y eso me tranquilizó. Los gatos me acompañaron hasta que descubrí sus tobillos y sus piernas tan largas tan blancas bajo las medias negras y su boca roja de guardar sonrisas y su guante su mano sus ojos mirándome su espera, siempre su espera.
Me acercó uno de los papelitos que la gente ponía bajo piedrecitas sobre el túmulo. De todo el mundo venían judíos a pedirle deseos al rabino. El deseo de su billete era mi deseo y nos abrazamos y seguimos mucho tiempo en silencio. Olía a piel, olí su pasado, quise ver mi muerte o escuchar el nombre de dios, pero ella sólo me besó. Volví a tener miedo.
Oí el despertar del golem, su llanto, su ira, pensé conmigo no te va a pasar nada y ella rio con cansancio y me cogió la mano y empezamos a caminar por su laberinto de tumbas y vidas perdidas de turistas despistados atrapados en instantáneas que al momento se convierten en los nombres del holocausto llenando los muros con letras minúsculas que nunca forman el nombre impronunciable de dios, que nunca estallan dentro de nuestras cabezas, que nunca sueñan en lo que queremos ni en lo que sentimos.
Había nombres de niños y de ancianos, había nombres repetidos en vidas repetidas en días y días iguales en muertes iguales en lápidas iguales sin papelitos ni deseos ni recuerdos. Había muerte y yo me sentí bien abrazado a ella mientras esperaba que escribiera mi nombre en el muro y luego me llevara a mi tumba. La noche me hacía caricias y su boca roja me cantó una canción muy despacito, como para no despertarme.
Llegamos a la entrada del cementerio y tras una vitrina vi cientos de zapatos y zapatillas amontonados de todos los colores tamaños y edades. Vi la foto de la madre con su hijo de la mano, con su abrigo nuevo y sus maletas para el viaje. Volví a llorar y ella volvió a acariciarme la mejilla. Siempre era igual.
Desde una reja nos asomamos a la calle y vimos decenas de gatos mirándonos y recitando el salmo 309. Ella se emocionó y se apretó fuerte a mí. La quise.
Amanecía en las nubes y el cielo se hizo esperma cayendo lentamente sobre su boca roja. Nos despedimos e intenté salir, pero como siempre sólo desperté.
Tras el cristal de la ventana las gotas resbalaban con pereza. La eché de menos y me arreglé deprisa para salir a la calle. No me importó mojarme cruzando el puente, sólo quería cuanto antes llegar de nuevo al cementerio, a su tumba, a su vida. Todo estaba triste e igual que siempre, pero cada paso que daba era una noche que llegaba hasta ella, cada sueño una vida que vivía con ella, cada día hasta la noche una muerte que me separaba de ella.
Cuando llegué al cementerio estaba ya lleno de turistas. Alguno depositaban sus papelitos sobre las tumbas, otros leían los deseos ya pedidos, otros se guarecían tras los objetivos de sus cámaras. Yo me acerqué a la tumba del rabino y cogí el papelito que ella me había dejado. Decía: "duerme antes para verme antes". Quise imaginar su rostro, sus palabras, sus risas, pero sólo pude imaginar el nombre impronunciable de Yahveh.
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viernes, 21 de agosto de 2009

Epifanías

—¿Has visto a Dios? —Era la quinta vez que a Abraham del Monte le preguntaban lo mismo aquel día y sólo eran las 7 de la mañana, así que para todos será comprensible que estuviera francamente hasta los huevos. Sobre todo si pensamos que Abraham del Monte era ciego. Aunque no del todo. Abraham del Monte tenía visiones.


También debería haber sido comprensible para Abraham que todos le preguntaran lo mismo después de haber acaparado la noche anterior el protagonismo en el talk-show con mayor audiencia de todas las televisiones del país. Justo antes de la publicidad, en todo el puto prime-time. Fácil que hoy le preguntaran. No te jode.


Abraham trabajaba vendiendo cupones de la once. Obvio. Todos le teníamos simpatía y hasta cariño porque siempre se había hecho querer con su gracejo de Cádiz, a pesar de no tener maldita la gracia ninguno de los chistes que contaba, pero su castellano chafardeao y sus cejas arqueadas siempre te sacaban la sonrisa. Y la pasta del cupón, claro. Aunque le gustaba beber como al que más (el ser ciego no le eximía de la querencia de ponerse ídem) y decía las mismas chorradas que todos los de la peña del bar, nunca nos preocupamos demasiado de sus historias de trances, vírgenes vaporosas en las copas de los árboles y resplandores en los que a San Buenaventura se le pasaban mil años. Porque, claro, como buen profesional del cupón, Abraham era seguidor acérrimo del santo y hasta nos juraba que podía leer la mano, cosa de la que todos nos descojonábamos y no le dábamos ni bola. Anda que leer la mano el puto ciego...


Sí que nos preocupamos un poco el día que nos enseñó unas pequeñas heridas en las manos. Él nos dijo muy serio y trascendente que eran los sintagmas o los estigmas, no me acuerdo cómo coño les llamaba, de cristo. Nosotros nos lo tomamos a chirigota como todo lo que nos tomamos en el puto bar del 13 y le dijimos que dejara de hacerse pajas con las cuchillas de afeitar, que se iba a quedar sin polla, pero él esa vez se enfadó y nos envío a todos a tomar por culo y nos llamó impíos, cosa que nos cortó el rollo bastante porque ninguno supo muy bien qué coño nos estaba llamando con eso. Durante días no volvimos a hablar del temita, pero a las dos semanas o tres nos vino otra vez con los sintagmas y con que había visto a no sé cuál niña de Fátima con lo que yo ya me acojoné bastante y le dije: "¡Abraham, como empieces con ese rollo te parto el alma! ¡Mecaguentusmuertos ya!"


Pero no hubo forma. Llegó un punto en que el Abraham no hablaba de otra cosa más que de sus putas visiones y de sus vírgenes y sus heridas y sus santos y sus lebitaciones porque ahora el gilipollas se ha empeñado en que a veces cuando ve a la virgen encaramá él se sube a dos palmos del suelo y flota. Total que ya es un asco el rollo del bar porque a nosotros nos importan un cojón de mico todas sus historias, pero como ya no sabemos si tomárnoslas a cachondeo y en el fondo nos preocupa que el ciego esté como una chota, pues ya veis, que no sabemos qué coño hacer, porque este ciego lo único que ve en su vida son las minifaldas de las chicas y si no, al tanto que esto es empírico: cada vez que hay una cerca se le pone tiesa. Eso sí que son visiones.


Así que desde hace tiempo el ciego nos está jodiendo a todos, sobre todo a mí que soy el director del banco y no sé cuál es el mal de ojo que me ha echado que desde no sé cuando ya no hablo normal ni escribo normal y la palabra lebitaciones siempre me sale con b alta y yo sé muy bien, porque soy el director del banco, que lebitaciones es con b baja. Mi vida se ha venido al carajo desde que al tipo se le ha ocurrido eso de ver. Yo comprendo que todos queramos ver, como no, claro. Pero si no ves, te jodes y te callas y no empiezas a inventarte historias y sobre todo no me jodes a mí que soy el director del banco y seguro que esta misma mañana me van a despedir, me van a llamar a la central y no me dejarán ni sentarme en el despacho del director gerente y me dirán ¿cómo se le ocurre llamar a un programa de televisión basura a insultar a un invidente y presentarse como el director de la sucursal número 17 del Banco de Fomento y decir que el ciego no ve una puta mierda porque dios es usted? Y yo sólo diré que lo hice porque yo soy dios y a mí sólo me ve quien yo quiero que me vea y ese puto ciego no me ve ni el cipote si yo no quiero por eso no debe extrañarle que ahora le pregunte si ha visto a dios mientras le meo las cuencas vacías de los ojos, que le pregunte si quiere lebitar mientras le cuelgo de su corbata a dos palmos del suelo, que le pregunte si quiere más sintagmas o estigmas, o como coño se diga, de cristo mientras le rajo una y cincuenta veces su piel fofa y blanda de ciego seguidor de San Buenaventura y le grito fuera de mí, (¿fuera de mí?): "¿Me ves ahora, ciego de mierda? ¿Puedes echarme mal de ojo ahora, hijoputa, puedes ver a dios ahora?” Y me ha entrado un poco de risa y de pena por la situación, pero me he ido tranquilo porque yo soy dios y a mí sólo me ve quien yo quiero.


Más información:

http://www.filmaffinity.com/es/film701892.html

http://es.wikipedia.org/wiki/Apocalypse_Now

http://www.monteuve.com/filmoteca/pa7-1.html

http://serbal.pntic.mec.es/~cmunoz11/monje37.pdf

http://www.cineismo.com/criticas/apocalypse-now.htm

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sábado, 15 de agosto de 2009

Serendipity

Aunque sé muy bien que sólo se mueren los demás, nunca nosotros, pude prever esa muerte que nunca sentiría a algunos centímetros, o cientos o metros, o mejor a un simple vistazo de pájaro, por debajo del puntero del ratón.

Nueva York aparecía un poco desdibujada en el Google Maps, pero todos sus olores y humores confluían en la punta de mi nariz de sabueso antiguo husmeando esas fotos tan extensas como lo que querían mostrar, tan reales como el mapa de Borges, tan falsas como la ilusión de los inmortales. Caminé por sus calles sin rumbo fijo, dejándome perder por mis propios sentidos extraviados y mis cuatro ideas de la ciudad, más propias de filmotecas blanquinegras y carajillos de antaño en el Café Malvarrosa que de alguna anterior visita.

La dirección: 225 E 60th St New York, NY 10022; la hora: las 19:30 de una apacible y ya tenuemente soleada tarde de julio de este mismo año. Apreté el street view y mi muñequito se encontró de repente deambulando por aquellas calles. Manhattan es un barrio con nombre de cóctel y está lleno de tiendas caras y restaurantes modernos llenos de mujeres caras llenas de potingues y caras comidas de polla, así que me conformé con andar con toda la soltura que me daba el saberme agarrado al mapa y no mirar más de lo necesario.

Me encontraba en el comienzo del Queensboro bridge, en el cruce de 2nd Ave. y 59th St.; un lugar inhóspito donde confluían multitud de calles y de taxis amarillos. Mi muñequito tuvo un amago de ataque de agorafobia y tuve que sentarme en un banco y centrar mi vista en un punto fijo para que se me fuera el vértigo y el pasado. Seguí caminando y mi muñequito siguió caminando con mis mismos pasos hasta coger la 2nd Ave. a la derecha, una amplia calle con buena pinta y muchos comercios y tráfico fluido y como educado. No había casi negros por las aceras.

Cruce la 2nd Ave. con mi paso un tanto acartonado, me daba la impresión de haber hecho aquel camino muchas veces, pero sabía que no, que nunca había estado antes allí, que las calles eran tan planas como mi memoria, que mi vista sólo veía lo que sabía, que sólo mi corazón sabía lo que iba a pasar. Serendipity.

En el siguiente cruce había un semáforo y en el semáforo había una mujer, media melena lacia de pelo rubio teñido y desvencijado, media mirada segura y otro tanto acobardada más allá de mañana o del siguiente paso. La seguí y ella cruzó como si cruzara por otra calle, como si pensara ser otra mujer la que cruzara o la que era o la que fue. Cruzamos, mi muñequito y yo y ella, y seguimos caminando, ella como perdida y yo perdido, recordando los pasados que ya no tenían huella. Llegamos a la 60th St. y la mujer dobló a la izquierda y yo doblé a la izquierda.

Caminaba a dos metros de ella enganchado a la estela de su perfume y los pensamientos se le iban cayendo sueltos a mis pies que intentaban esquivarlos con nerviosos saltitos del muñequito y nerviosas renuncias mías a leérselos antes de que explotaran de algún sopetón. Nueva York es una gran ciudad y mi muñequito del Google tenía miedo a encontrar la casualidad.

Llegamos a la dirección antes indicada y ella entró en el local: Serendipity. Y yo entré en el local. Ella se sentó en una mesa cerca de la entrada y revisó su móvil distraída hasta que llegó el camarero. Yo me senté justo detrás de ella, procurando no llamar su atención. Ella pidió pastel caliente de chocolate con helado de chocolate encima. Yo también. Ella comió despacio, yo callé despacio todo lo que hubiera querido decirle. Ella se giró despacio, llevaba los labios sucios de chocolate, yo le sonreí y con una servilleta le limpié la boca. Ella siguió callada durante algún tiempo, luego se sentó frente a mí y comenzó a hablar. Cuando terminó ya había anochecido en Google y tras el cristal de la puerta pude ver a mi muñequito sentado en un banco. Parecía dormido. Yo quise responderle, decirle que nada importaba, que todo había estado bien, pero no tenía voz ni palabras y sólo pude acariciar la comisura de sus labios. Ella dejó resbalar un par de lágrimas y me besó el dedo índice y lo introdujo en su boca y me enseñó su ropa interior y me dijo ¿follamos la última vez? y yo le dije que sí y entonces entró un negrazo de dos metros y a mi me pareció que al final se la iba a follar él y yo le dije negro de mierda y él con acento de puertoriqueño se rió y me clavó su cuchillo, creo, y vi como el muñequito se quedaba muy quieto desangrándose en el banco, tan congelado como el helado de chocolate que se derretía en el plato. El Google Maps en mi ordenador se quedó colgado. Como la casualidad de encontrarte un día, aunque fuera en Nueva York.

Serendipity-NY


Más información:

http://es.wikipedia.org/wiki/Serendipia

http://www.unafamiliageek.es/2008/04/serendipia-serendipity-suerte-e-ingenio/

http://www.cienciateca.com/ctsserend.html

http://detodounpoco-tag.blogspot.com/2007/11/cerrado-por-cucarachas-y-ratones-el.html

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viernes, 7 de agosto de 2009

El grifo

El mismo día que cumplió tres años conoció la primera prohibición seria de su vida. Hasta entonces todo habían sido noes y que te doy al culo y hasta más de un cachete había recibido, pero todo formaba parte del tira y afloja que se llevaba el mundo con él, eran juegos de un paso más o un paso atrás, nada que no pudiera borrar un nuevo no o un nuevo sí. Pero la prohibición de acercarse al grifo y menos tocarlo fue algo diferente. Una raya que fijó el horizonte para siempre.

Ni su padre ni el resto de sus mayores eran demasiado estrictos; tampoco eran el país de jauja, pero se podía vivir bien con ellos, pensó el día que cumplió los doce. Las normas eran claras y sencillas, fáciles de cumplir, difíciles de olvidar a poco que quisieras que las cosas estuvieran en su sitio. Los pocos castigos que había merecido siempre habían sido más por inexperiencia suya que por verdadero afán de infringir alguna de las reglas. Sólo se trataba de hacer las cosas bien, no de no hacerlas.

Aprendió a mentir y a reír mientras tanto, a besar con la mejilla y a querer desde el hueco de su voz. Comprendió letras e incluso ideas, memorizó fórmulas, ritos y pasajes, descubrió ilusiones y les retorció el cuello para que no chillasen, acomodó sus pasos a los andares pedidos y olvidó la calderilla de los pequeños sueños en algún bolsillo con más de un agujero. Se casó y tuvo gemelos y a los tres años les prohibió acercarse y menos tocar aquel grifo que nadie sabía que hacía alli en medio del patio o en medio de sus vidas desde que alguno de sus abuelos lo abrió por última vez antes de instaurar el tabú.

Aprendió a callar su memoria, a ahogar su nostalgia con palabras fuertes y aguardientes de lijar momentos débiles. Aprendió a cantar canciones de viejos y quiso llorar y no pudo cuando sus gemelos se casaron el mismo día con dos gemelas traídas de China para ellos y ya lloró de chocheo el día que sus gemelos tuvieron a la vez cada uno gemelos de ojos rasgados y piel un poco desteñida. Se murió y el grifo siguió allí y sus hijos ya eran abuelos y el tiempo ya no se medía por años ni por álbumes de fotos y sus nietos lloraron el mismo día que sus hijos gemelos y sus nueras gemelas murieron en las torres gemelas en un viaje que había organizado el Inserso. Todo pasó y el tiempo también y los niños rasgados ya tenían niños de colores, gemelos, y la prohibición era la misma. Ni se os ocurra acercaros al grifo y menos tocarlo.

Un día de no se sabe qué tiempo apareció una muchacha con ojos de beberse toda la vida y se quedó mirando el grifo, quizá con sed quizá con ganas de saber. Uno de los gemelos de colores se acercó a ella y le avisó drásticamente de la prohibición de tocar aquel grifo.

—No lo pensaba tocar, sólo estoy mirando —el desdén se convirtió en cálida ironía cuando su mirada acarició el rostro irisado, esta vez un poco más rojo por la vergüenza, del muchacho.

—Yo sólo te lo digo, por si no lo sabías —intentó recuperar una posición que ya tenía perdida para siempre.

—Me llamó Arkadia y acabo de llegar a la ciudad con mi hermana para vivir con mis abuelos. Vamos a ser vecinos, por si no lo sabías —rió con entusiasmo y con su melena rubia bailando alrededor de la cabeza del gemelo en el momento de darle un beso con sus labios en una mejilla a punto de explotar por la dulce invasión.

—Yo soy Koko —balbució Koko.

—Eso de no tocar el grifo es una chorrada —punteó Arcadia en una despedida que enseguida se convirtió en una bienvenida eterna que al muchacho le cambió en un segundo todos sus colores, todas sus memorias y conciencias hasta no poder callarse el decir.

—Sí, seguramente es una chorrada. Pero no se puede tocar.

Y ambos se tocaron las almas con la punta de sus ojos y se quedaron allí parados dos o tres siglos o tres segundos y ambos se volvieron y se fueron a sus casas a contarle a su hermano gemelo, Coco, a su hermana gemela, Pastora, que habían conocido el amor que habían conocido que ninguna prohibición va más allá de lo que nosotros nos queremos prohibir.

Koko y Coco, Arkadia y Pastora, se pasaron la noche hablando y contando cada uno los sueños que hasta entonces habían callado. Ya no tenían reglas, ya no tenían miedos, sólo la esperanza de que las horas vinieran alegres hasta el amanecer y despertarse y seguir soñando seguir contando los pasos hasta el centro del patio y tras el primer beso dejar correr el agua dejar correr la vida.

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viernes, 31 de julio de 2009

El espejo y el camisón.

A las 3:42 de la mañana, como cada noche, Mónica Colsada dio un brinco sobre la cama y abrió los ojos de par en par. Había vuelto a soñar lo mismo. Su rostro estaba sudado y un poco desencajado, molesto de sentirse repetido y otra vez igual, como cada noche, sus ojos se miraron en el espejo y se sintieron también vistos, también mirados.

Mónica Colsada tenía por aquellos días 37 años recién cumplidos, su segundo hijo, una niña que no se me parecía en nada, recién tenida y un sin fin de males imaginarios rondándole por la cabeza. Digo yo que sería la mala conciencia.

Se incorporó en la cama para verse mejor en el espejo e hizo su típico mohín de pena y desconsuelo. La oí sollozar. En realidad fue el sollozo de siempre, de cada noche. Un sollozo único, como abandonado nada más nacido o simplemente un carraspeo con ganas de ser sentimiento. Mónica Colsada era rubia de bote, pero a mí todavía me gustaba. No era guapa ni fea, pero tenía un buen culo, una risa un poco tonta y toda esa ternura que al principio tantas ganas de quererla te producía. Se quedó así, mirándose, un buen rato. Sentía fascinación por verse en un espejo, sobre todo haciendo el amor. Se excitaba viéndose como si fuera otro quien la viera o como si fuera yo el que la viera con otro.

A las 4:05 de la mañana Mónica Colsada se quitó las bragas y comenzó a masturbarse con la misma mirada seria que ponía ante el cajero de un banco o mientras leía las instrucciones de un electrodoméstico recién comprado. Sus silencios siempre me habían encantado porque acomodaban en el pliegue de sus labios una resignación con la que me gustaba engañarme. Cuando su vulva se convulsionó varias veces soltó un único gemido que se convirtió sin ninguna transición en un sollozo y luego en llanto, al principio con inesperados hipos, enseguida con lágrimas y más lágrimas, con lloros llenos de agua y de sonidos que parecían cantar aquella canción.

A las 4:25 de la mañana el silencio la abrazó y pareció más tranquila. Fue al baño y volví a oír como cada noche el potente chorro de su orina. Siempre me había vuelto a excitar oírla tras hacer el amor. Cuando regresó a la habitación se había lavado la cara y el sexo y me pareció que el sufrir la ponía guapa. Se puso el camisón blanco y una canción de Jorge Drexler, "Me haces bien", y comenzó a hacer sudokus. Siempre supe que cuando hacía sudokus pensaba en mí.

Así pasó más de una hora. Ella era muy buena haciendo sudokus y de vez en cuando se giraba y miraba en el espejo hacia donde yo debía estar. Yo quería verla sonreír, pero ya hacía mucho que no me sonreía, ni siquiera en el espejo. Yo quería oírla hablar, pero hacía mucho tiempo que sólo oía la canción, una y otra vez, una y otra noche, retumbando en mi cabeza como cada idea, como cada palabra, como cada vez que ella había estado abrazada a mí delante de aquel espejo.

A las 5:45 de la mañana quise cerrar los ojos, no pensar no recordar no querer nada más que cerrar los ojos y no ver ni oír ni querer nada más que cerrar los ojos pero su voz, su pelo y sus piernas abiertas en el asiento de mi coche no me dejaban más que pensar en sentirla de nuevo como cada noche como cada día desde que aquella vez cuando la miré por el espejo ya no era yo el que se reflejaba con ella. Amanecía y el vecino de arriba ya se levantaba y yo seguía despierto viéndola sin poder dormir viéndola sin poder sentirla más desde hacía no sé cuanto que se fue y desde entonces cada noche estaba conmigo tan despierta como yo tan desnuda como yo tan vacía como yo.

A las 6:30 de la mañana me levanté y me duché, me afeité y me corté. Me pareció oír su voz y volví a la habitación. El espejo estaba vacío y su camisón tendido sobre la cama. Lo recogí como cada día y lo guardé en su sitio. Se me escapó un sollozo o dos, luego alguna lágrima, luego ya el lloro lo inundó todo y quise llamarla, pero no me salía ninguna palabra, ninguna voz.

A las 7:05 de la mañana, un día más sin dormir, Martín Segura salió de su casa y comenzó a caminar sin rumbo hacía donde estuviera ella. Aún quedaba mucho para la noche.

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