viernes, 25 de septiembre de 2009

La voz en off

La primera línea decía que una lágrima brotaba de mis ojos y comencé a llorar sin saber por qué o sabiendo que no importaba saber por qué y al rato la barra del bar se había llenado de codos y de copas con humo y mis lágrimas eran surcos que dibujaban un flash-back en el que me veía hablando con ella en el callejón y su sonrisa y el diálogo:

—Cuando pienso en ti se me llena todo de cariño.

Y a la declaración siguieron sonrisas y complicidades, almuerzos y paseos, deseos y porqués, hastíos y adioses.

—Cada uno hace lo que cree que tiene que hacer.

Y luego vinieron más días y ella eligió aquella ciudad para dejarse ir y ya no volví a escuchar su amor, pero la sentía en cada segundo hasta que de nuevo las voces del bar y los ruidos y una voz en off que en tercera persona me decía lo que tenía que decir.

El camarero me preguntó si quería otro y yo le miré y comprendí su inglés y le dije of course aunque lo que quería era salir de allí, de la voz en off, pero la noche era fría en Praga y quise aguantar un poco más antes de sentir que ni siquiera el frío era ya completamente mío.

Una eslava de ojos azules me lamió con su mirada y me sonrió, ¿español?, y yo le sonreí, ¿erasmus?, y ella rió y bebió de mi copa y lamió mi lengua y me dijo, sí en Barcelona, y le dije, hablas muy bien, y me dijo, la chupo mejor, y los dos reímos y la voz en off rió también y el camarero puso dos copas más o quizá tres y los tres nos lamimos y hablamos y nos reímos. Quizá era un trío.

El bar cerró y los tres paseamos por las calles de Praga y llegamos hasta el Hradcany y allí entre los dos me dieron una paliza y me quitaron todo el dinero y me quedé acurrucado bajo un árbol y quise morirme, pero sólo me dormí y desperté en la cama de un hospital sin recordar muy bien qué había pasado. Con mucho esfuerzo pude levantarme y encontré mi ropa en el armario. Comprobé que la hoja de papel con el poema seguía en el bolsillo trasero de mis vaqueros y me vestí como pude. Tras cinco minutos de recorrer pasillos estaba en la calle sin que nadie me preguntara nada.

En el cuarto párrafo habían pasado seis meses y en el séptimo casi dos años. Yo vivía de nuevo en Barcelona y me ganaba la vida como podía pintando retratos callejeros en El Borne. Una tarde de septiembre aquellos ojos me volvieron a lamer y me preguntaron, que no me recuerdas, yo sonreí y le lamí la lengua, ella me acarició la mejilla, ¿te hicimos mucho daño?, nos quedamos en silencio mientras dibujaba en el lienzo las huellas de sus horas y la voz en off puso unas cuantas nubes y unas cuantas gotas y algún paraguas que se abrió. Una de las gotas calló en su mejilla y yo la dibujé también.

—¿Cómo quieres que te llame? —Se había recogido el pelo para follar y a mí me gustaba verla descansar sobre cada minuto que pasaba entre mis dedos acariciándola y el compás de un reloj que nos recordaba que el tiempo es una invención.

—¿Quieres llamarme Elba? —Su rostro parecía el de un chiquillo reposando antes de la próxima travesura y yo quise quererla y la voz en off me dijo llámala Elba y yo hubiera querido llamarla Sara, pero la llamé Elba y dibujé el nombre de Elba en sus muslos con mi saliva.

—¿Por qué fuiste a Praga? —Me lo preguntó como si supiera perfectamente la respuesta, como si se tratara de la constatación de que no iba a mentirle.

—Estaba buscando algo —Le mentí.

—¿Qué?

—Un sueño —Cogió con ambas manos mi cabeza y acercó sus ojos a los míos hasta que se convirtieron en cuatro.

—Me estás mintiendo. Tú querías que te pegáramos. Estabas buscando la muerte porque sabes que ella murió de pena por ti —Su voz era tan dulce, sus dedos tan caricia, su aliento tan mi vida, que por un momento pensé que ningún renglón nos aprisionaba.

—Yo sólo hacía lo que la voz me decía —Lamió mis ojos con una sonrisa, me hizo cosquillas con su lengua, me pellizcó los labios con sus dientes y me recitó el poema con un susurro.

En ese momento la voz en off comenzó a narrar con su voz grave y reposada, segura de sí misma, y las paredes se convirtieron en noche y estrellas y Sara y yo íbamos caminando por el callejón del oro y nos besábamos y hablábamos de una niña que acababa de cumplir años y yo le escribía un cuento que hablaba de una niña que había perdido su nombre para que lo leyera algún día cuando fuera mayor y su madre me besaba muy suavemente en los labios y me pedía que cerrara los ojos y la viera como cuando nos conocimos, con su melena larga y castaña, y que le cogiera la mano, que la abrazara fuerte, muy fuerte, porque tenía miedo de aquella voz en off.

Y la voz en off siguió hablando y Sara ya no estaba y Elba metía su lengua en mi oreja y yo reía mientras lloraba y ella me decía no tengas miedo a la muerte, sólo eres un personaje, y la voz en off dijo FIN y puso punto final.

¿Hemos hablado alguna vez de Vetusta Morla? Lo haremos.

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