lunes 2 de noviembre de 2009

Home Proyect

Yann Arthus-Bertrand, el muy valorado fotógrafo francés; sobre todo desde que se especializó en hacer fotografías aéreas por todo el mundo; presentó el pasado mes de junio su documental HOME, uno más de los proyectos encaminados a conseguir alcanzar un desarrollo sostenible como única forma de preservar nuestro entorno, la naturaleza.

Pero HOME no es un proyecto cualquiera, se trata de una impresionante obra de arte que ensambla las fotografías tomadas por Yann convirtiéndolas en una espectacular película de animación que se completa con una espléndida banda sonora de Armand Amar y un texto en off que va explicando de una manera muy gráfica cómo la acción antrópica está acabando con lo que permite nuestra vida.

El proyecto fue subvencionado con 10 millones de euros por el grupo francés PPR, al que pertenecen marcas como Gucci, Fnac o Puma. Se ha creado un interesante debate sobre el hecho de que los logos de estas marcas de lujo aparezcan en los créditos de la película: ¿marcas de productos superfluos patrocinando el consumo responsable?, ¿una más de las vueltas de tuerca del capitalismo?

Aunque dura hora y media, os aconsejo que os pongáis cómodos y la veáis con atención. Vale la pena. No la puedo poner entera aquí, pero os pongo el enlace:

http://www.youtube.com/watch?v=SWRHxh6XepM

(ya sabéis, a pantalla completa)

 

Más información:

http://www.yannarthusbertrand.org/v2/home_es.htm

http://www.davidporcel.com/

http://www.scoremagacine.com/Compositores_det.php?Codigo=1564

http://mpmv2.foroactivo.net/europa-f14/armand-amar-discografia-t36.htm

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viernes 23 de octubre de 2009

El monstruo y la polaroid

Diez segundos para autodisparo.

A las nueve de la mañana Amadeo Moreno termina de un trago su cuarto barrechat y consigue que la copa ya no le tiemble en la mano mientras se ahoga con la siguiente calada al cigarro y se escapa corriendo al baño para escupir en el lavabo otro viscoso esputo rojo. Deja correr el agua para que desaparezca la sangre y el miedo. Se mira al espejo y sonríe sin ganas. Está vivo y aún puede caminar. Viste su raído traje oscuro y la corbata azul de ir a vender colonia de marca falsificada. Siempre le ha gustado su sonrisa, aunque también sea falsa.

Sale a la calle y lo ve. Hacía mucho tiempo que no lo veía, pero cada cierto tiempo se vuelve a encontrar con él. Desde que tiene uso de razón. Le recuerda mirando casi a hurtadillas como los demás niños jugaban, apartado, como sin derecho a mirar desde su feo y deformado rostro. Se recuerda a él mismo mirándole también huidizo, con miedo a que sus miradas se encontraran y aquello que era sólo un monstruo se convirtiera en una persona. Siempre había sentido vergüenza de la fealdad de aquel niño que se fue convirtiendo en muchacho a la vez que él en su mismo barrio. Nunca cruzaron una sola palabra y Amadeo se acostumbró a olvidarse de él apenas cambiaba de dirección para no verlo demasiado cerca.

Luego sin darse cuenta olvidó también su infancia y las cosas le fueron bien. Encontró un buen trabajo con cochazo incluido. Se compró un piso en una de las mejores zonas de la ciudad y una mujer rubia de bote que le parió un niño y una niña guapísimos. Se hizo de derechas y empezó a oír la Cope y a aguantar las broncas de la rubia por quedarse con el jefe a tomarse la cervecita de los viernes. Un día se quedó sin trabajo y poco después encontró a su rubia de bote follando con otro en su cama. Sólo pudo oír el llanto de su hija en la cuna y a su mujer gimiendo: "Dame caña, dame caña". Se fue sin maletas ni niños. Ahora se dedica a ir por las calles vendiendo las colonias e intentando ocultar con ellas el olor a putrefacción que desprende su hígado.

Cinco segundos para autodisparo.

Ya no recuerda que más le ha contado al monstruo. Sólo recuerda que por una vez ha tenido más vergüenza de sí mismo que del horrible y se ha acercado a él. Está mucho más deforme y monstruo, pero en un momento se ha convertido en persona. Han hablado y hablado sentados en un banco del parque. Ha descubierto que el monstruo es una persona cultivada y sensible, con un sentido del humor y de la ironía que él ha perdido hace mucho. Han recuperado con avidez toda la amistad que no se habían dado, se han mirado a los ojos sin miedo y Amadeo le ha perdido perdón sin decírselo. Aquel intocable al que todos rehuían está abrazándolo en ese banco y Amadeo siente cosquillas de cariño en la garganta y carraspea y dice que van a pensar que estamos liados y Tito, así se llama, ríe y dice que de alguna manera las infancias lían a las personas para toda la vida. Dicen muchas cosas más. Se levantan y caminan y Tito le cuenta que es muy feliz desde que aceptó ser como es, que está contento de haber vivido tanto y de haber sentido amor y el sol y todas estas cosas con las que algunos se engañan a sí mismos para no sufrir tanto.

Tito convence a Amadeo para que vaya a su casa y éste se sorprende de ver una decoración tan cuidada. Las paredes están llenas de fotografías del skyline de multitud de ciudades. Todas las ha hecho Tito. También hay un cuadro con un gato blanco eclipsado por una luna negra. Se llama "Eclipse de gato", pero ésa es otra historia, apunta el narrador. Amadeo se encuentra un poco incómodo, nervioso, en la casa ajena, y agradece el cardhu de doce años que le ofrece el anfitrión.

Tres segundos para autodisparo.

Tito es encantador y lo sabe. Le habla de sus viajes, de cómo le gustaba observar a los otros niños jugando al futbol porque, mientras lo hacía, se imaginaba a sí mismo jugando con ellos. Amadeo se atreve a preguntarle por su deformidad y Tito ríe como para adentro y sale de la habitación para volver enseguida con dos álbumes de fotos. Son instantáneas sacadas con una cámara polaroid. En la primera foto que le enseña hay dos bebés idénticos en una incubadora. Los bebés ya no vuelven a aparecer juntos en ninguna fotografía, pero en cada una de las siguientes páginas del álbum hay dos fotografías, cada una de ellas de un niño. Pocas páginas después Amadeo se reconoce y enseguida lo reconoce también a él. A cada fotografía el niño que fue Amadeo se muestra con mejor aspecto, a cada fotografía Tito aparece más deforme. Con el corazón a punto de helársele, Amadeo pasa página tras página, toda su vida y la de Tito están unidas por las fotografías.

—Es el retrato de Dorian Gray.

—No. Es nuestro retrato —Tito ha perdido su amabilidad—. Cada vez que yo te hacía una foto, parte de lo malo que llevabas contigo venía a mí. Desde que nacimos ha sido así. Tú has llevado el mal dentro de ti, yo lo he llevado fuera de mí. Ahora sólo nos queda la última foto.

Amadeo comprende y siente un poco de alivio. Está dispuesto. Tito prepara la polaroid, toma el cable disparador y se sienta junto a Amadeo. Ambos sonríen.

Autodisparo.

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domingo 18 de octubre de 2009

La buena familia

 

Marta cierra los párpados y graba con fuerza en su oscuridad un deseo. Luego sopla y la vela se apaga y todos cantan y aplauden a sus quince años que por un momento parecen felices aunque la tarta la haya encontrado su padre en un contenedor. Abre los ojos y su mirada distorsionada por una lágrima recorre las arrugas de su madre, las manchas alcohólicas de las mejillas de su padre, los mocos de pegamento esnifado de su hermano pequeño. Se siente feliz y muy triste de saber que sólo es un momento.


La tarta está buenísima y se la comen en un santiamén, señor suspira la madre, y todos brindan con vasos disparejos y beben y el hermano eructa y el padre acaricia la mejilla de Marta, mi rubia maravillosa, y bailan aquel pasodoble de cuando era pequeña y los desconchados de las paredes sienten vergüenza de no haber sido capaces de seguir siendo como eran entonces, pero ya nada es igual y el padre se va al bar, a buscar trabajo dice él, y la madre sigue cosiendo los remiendos de la familia y Marta recoge la mesa, el mantel de hule agujereado por los cigarrillos, y se encierra en su cuarto a imaginar en su diario el primer día de sus quince años.

Ya es el segundo día y en el desayuno su madre le confirma lo que ya sabía: va a irse a casa de la condesa. Las dos lloran, se abrazan. Marta piensa en el chico que va a dejar, su madre se odia por lo que va a hacer. A su padre no lo volverá a ver, su hermano es como si no existiera ya. Su familia recibirá un dinero que se gastará pronto, como todo. Su madre balbucea un sinfín de excusas para taparse silencios que la acusen, Marta sonríe y la besa con dulzura, no te preocupes que estaré bien.


La condesa vive en una muy cuidada casa de campo, rodeada de huertas y jardines y con un río en el que han acondicionado una playa para su uso particular. Marta toca la campanilla de la puerta de servicio y tras unos segundos la puerta se abre y un hombre de aspecto rocoso y con aire juvenil en su sonrisa la recibe y ella hola, soy Marta. Él le coge la pequeña y deteriorada maleta y la acompaña hasta la habitación de las chicas. Allí no hay nadie y él le señala una de las cuatro camas, ahora sólo hay una chica más, Isa, en otra habitación duerme Carmen, la señora que se encarga de todo, y Juana, la cocinera, viene cada día. El hombre es agradable y consigue que Marta deje de temblar antes de dejarla sola para que se acomode. Al rato aparece Isa y todo parece ir mejor de lo que esperaba, serán amigas, piensa, y la acompaña a la cocina para presentarle a Juana y a Carmen.


Marta se deja llevar por los ánimos que le dan las dos mujeres y Carmen, una mujer lustrosa y sonrosada, le da las ropas que utilizará, le pellizca la mejilla y hace que se sienta bien, muy bien. Isa la coge de la mano y va a enseñarle toda la casa, no te preocupes, la condesa hasta mañana no vendrá, y le cuenta la historia de la casa, de la condesa, de Carmen, de Juana, de su familia, de su novio, ¿y tú tienes novio?, y a Marta se le hace un vacío en el estomago y musita sí, creo, tenía, no, ya no. Isa la abraza y le susurra al oído, ya verás al jardinero.


Es el día siguiente y aún no ha visto a la condesa, tan sólo ha podido espiarla desde la ventana de la cocina mientras aquella se bañaba en el río. Desde la distancia le ha parecido una mujer muy guapa. Se pone a temblar sólo de pensar en el momento en que la llame. Se ha puesto ya la ropa que le dio Carmen porque en cualquier momento tiene que estar disponible. No puede evitar sentir vergüenza, se siente desnuda con el minúsculo tanga blanco que deja sus labios vaginales al aire, con sus pezones pintados con lápiz de labios, con el cortísimo y transparente camisón de gasa blanca. Carmen la lleva frente a un espejo, le pregunta: ¿Alguna vez te has visto tan preciosa como hoy?


Por fin la campanita suena y Carmen le da un beso en la mejilla y la acompaña hasta el dormitorio de la condesa, no hables si ella no te pregunta, haz cada cosa que te diga sin emitir ningún sonido, no la mires nunca a los ojos. La condesa viste una bata negra, se acerca a ella y la toma de la barbilla, mira su rostro con complacencia y mientras Carmen abandona la estancia la besa en los labios, muy suavemente, la lleva a la cama, la tumba, le abre las piernas y besa su vagina, sus ingles, su clítoris, con un amor que Marta nunca había sentido, con un placer que su novio aún no había encontrado, y recuerda que no puede gemir, mientras la condesa introduce dos dedos en su vagina y siente dolor, y recuerda que no puede quejarse, y la condesa con su dulce sonrisa se yergue y dibuja un corazón en su frente con sus dedos rojos de sangre.

Más información:

http://es.wikipedia.org/wiki/Erzs%C3%A9bet_B%C3%A1thory

http://www.isabelmonzon.com.ar/condesa.htm

http://condesabathory.blogspot.com/

http://www.apocatastasis.com/alejandra-pizarnik-condesa-sangrienta.php

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domingo 11 de octubre de 2009

La muerte de dios

La puerta de la habitación se cerró y todo quedó con un silencio oscuro que sólo rompía la respiración de Max, su miedo, y los ecos del padrenuestro que acababa de rezar.

Dios estaba en todas partes, le habían dicho, y eso era lo que más miedo le daba. No se podía huir de él y esa noche seguro que sería la que vendría y se lo llevaría para que no pudiera ver de nuevo el sol ni jugar a hacerse el muerto porque ya estaría muerto.

Max sumergió su cabeza en el embozo de la cama y contó hasta 2000 agarrándose a cada nuevo número como si de ello dependiera no caer en el precipicio que daría con sus huesos en el infierno. Pero el miedo de Dios siguió allí. Repasó mentalmente la cara de sus diez mejores amigos intentando adivinar a cuál de ellos se llevaría primero Dios a ese mundo triste donde los juegos no tenían brazos ni piernas. Siguió sin poder dormir y el ruido de su corazón empezó a componer palabras que le golpeaban cada pensamiento de intentar mantener la calma y la dignidad de esa noche no dejarse vencer por el pánico.

Pero una vez más el que venció fue el pánico y supo que iba a morir porque no podía respirar y el sudor le cubrió de sangre y sintió los dedos de Dios apretándole el cuello e intentó librarse de él con un salto que le arrojó de la cama con gran estrépito para dejarlo boqueando en el suelo convertido en pez pescado por ese cruel Dios que convertía los peces y todo lo que tocaba en norma y castigo, en muerte y en miedo.

Esa noche no murió. Ni la siguiente ni las muchas que vinieron después ya sin padrenuestros ni dioses acosadores. El miedo tampoco murió, pero consiguió esconderlo en el armario de los secretos imposibles de decir. Allí también fue metiendo nuevos miedos y nuevas ilusiones perdidas. Dejó de nombrar a dios con mayúsculas y cambió de piel varias veces; también de casa, de trabajo, de mujer y de ser. Dejó de ser y volvió a ser varias veces otro que ya nada tenía que ver con el niño ni el joven ni el hombre que había sido. Se compró recuerdos para olvidar y olvidó todo lo demás, pero cada noche el miedo se despertaba en su armario.

Se acostumbró a vivir con él y a disfrutar un poco con la espera de su visita. Poco a poco se fue apartando de todo lo demás. Encontró un trabajo de vigilante nocturno en una fábrica. Ya no tenía ataques de ansiedad, ya no boqueaba en el suelo, ya no pensaba nunca en dios, pero no podía vivir sin ese miedo húmedo que se le agarraba a la nuca y retumbaba en cada paso de la noche o del día. Max estaba viejo y cansado de esperar vivir, de esperar morir sin saber si la vida había pasado ya o si dios se lo había llevado en alguna de aquellas noches con padrenuestro. Encontró un libro abandonado en la garita desde la que vigilaba. Era una novela de ciencia ficción titulada "¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?". Ocupó toda la noche en leerla y, a medida que lo hacía, algo en él comenzó de nuevo a cambiar, pero esta vez no era él el que cambiaba, algo más íntimo que su propio yo empezó a transformarse, el miedo dejó poco a poco de apretarle el cuello, el aire entró en sus pulmones con una pureza que le hizo daño y fue consciente en ese mismo momento de que dios, ese ser terrorífico, había muerto; o mejor, supo que nunca había existido y se sintió engañado, robado en todos esos años que había perdido en tener miedo.

Cuando salió del trabajo no quiso ir a su pensión a dormir. Caminó sin rumbo junto al amanecer y fue tirando al día cada uno de sus miedos, cada uno de los años pasados delegados al miedo y al ser sin ser. Compró un paquete de tabaco y fumó por primera vez en su vida, se atragantó hasta las lágrimas y rió feliz de poder seguir respirando, pasó junto a una iglesia y entró. Hacía más de cincuenta años que no entraba en una. La nave estaba en penumbras y desierta, con la única luz de los altares laterales y las vidrieras. Llegó hasta la primera bancada frente al altar mayor y se sentó. En el retablo había una escalofriante escultura de un Cristo crucificado. Supo que ese Cristo era él y odió a dios por tanto miedo y tanto sufrimiento, por tanto castigo, tanto daño, tanta violencia. Se sintió bien. Hacía un poco de frío, pero no le costó dormirse en aquel banco, tampoco tuvo ningún miedo, ni siquiera se dio cuenta cuando dios se lo llevó.

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domingo 4 de octubre de 2009

Perpetuum mobile

 

En la playa de la noche
mostraba mis ojos a las sirenas
que jugaban impunemente con mi pene
con el falo que en el lecho maloliente
deshacen los sueños y cae la piedra
del pensamiento al suelo.

(Leopoldo María Panero, Amanecer sobre la tumba, en "Poesía" 1970 - 1985)

 

-Te mataré mañana cuando la luna salga...

Leopoldo no paraba de repetir su letanía una y otra vez una y otra vez mientras, como si fuera parte del poema, meneaba la cabeza en un sí no eterno y chupaba su cigarrillo ahogándolo con sus babas y sus risas colgadas de idiota que lo sabe todo.

El sol calentaba el día hasta hacerlo hervir y las líneas que dibujaban los árboles, los bancos y los rosales flotaban en el aire sin poder respirar. Todo estaba quieto y no paraba de moverse en un compás repetitivo que le negaba la posibilidad de su mismo movimiento.

-Te mataré mañana cuando la luna salga..., y el primer somormujo me diga su palabra.

-Te mataré mañana cuando la luna salga...

Jacinto se acercó una vez más a pedirle un cigarrillo rubio a Leopoldo.

-Que te den por culo, grandísimo hijo de puta. Loco de los cojones.-Le increpó entre risotadas y farfulleos y por enésima vez le dio el cigarrillo que inmediatamente Jacinto le devolvió ceremoniosamente dándole las gracias con una respetuosa inclinación de cabeza.

Esta escena, como cualquier cosa que ocurría en aquella especie de prisión ajardinada, se había repetido monótona y milimétricamente durante toda la mañana: Leopoldo con su poema, Jacinto con su ceremonia, Israel con sus lloros pequeños y desconsolados, Ramón haciéndose su paja eterna, Toni "el loco" con su plomizo discurso negando su locura, Miguel preguntando al cielo cada tres segundos: "¿Lloverá?" y respondiéndose cada seis: "No, no lloverá"... La gran sinfonía de la locura tenía cronometrados y ensayados cada uno de sus movimientos en un perfecto perpetuum mobile que a cualquier espectador cuerdo le hubiera recordado un mecanismo de relojería.

La hora de la visita llegó y los autómatas se vieron rodeados de gente vestida de calle y con sonrisas encajadas en sus ganas de irse de aquella patética parodia de seres averiados. Los locos tenían las mismas ganas de que los visitantes se fueran, pero estos siempre preferían no hacerles caso y tomarlos por locos. Leopoldo le tocó el culo a una señora tiesa y sin culo que decía ser la madre de Toni, aunque éste lo negaba, y la enfermera del culo gordo le riñó, más por envidia que por convencimiento. Leopoldo rió; se descojonó, más bien; y siguió con sus denuestos sin orden ni concierto, luego se acercó a mí y me dijo que se sentía orgulloso de que fuéramos los únicos a los que no nos visitaba nadie ya que los dos en realidad estábamos muertos desde el mismo momento en que matamos a nuestras madres.

Yo le dije que sí, que sí y me alejé de él para ver si así se callaba la música que no paraba de sonar en mi oído derecho. Era un aria de una opera de Puccini, "Oh, mio babbino Caro", que hablaba de un río y de un anillo y de una tristeza que yo no recordaba haber sentido nunca, pero esa música me invadía y no podía pensar en nada, sólo podía esperar en mi cabeza la próxima nota de esa melodía sin fin que me tenía atado a ese patio y a esos locos con sol y gente alrededor que tanto molestaba. Alguna vez me ponía furioso e intentaba partirle esa cara de cara que ponían para que no se les viera el alma, pero enseguida los enfermeros me agarraban y me sedaban y entonces la música me invadía por completo y yo sólo quería que parara, que parara, pero sonaba más y más fuerte y se convertía en cosas que yo veía y luego estallaban y el pánico y el sudor volvían a ahogarme.

Apartado de todos, sentado en un banco al otro extremo del jardín, estaba Juan. Me acerqué hasta él y me senté a su lado en silencio. Juan estaba leyendo el mismo libro que leía siempre. En realidad no lo leía porque Juan no sabía leer y ni siquiera pasaba las páginas, pero se sorbía las horas mirando perdido las líneas del libro y recitando lo que él creía que leía. A mí me gustaba quedarme junto a él y escucharlo porque lo que decía era siempre muy bonito, nunca lo mismo, y me parecía que era la letra que le faltaba a mi música.

Juan continuó su lectura durante mucho rato y casi me asusté cuando de pronto paró de leer y de mirar al libro y se quedó fijamente mirándome a mí. Sonrió con un gesto que se podría confundir con amistad y me preguntó si yo sabía leer. Cuando le contesté que sí, me pidió que le leyera yo a él porque quería saber si lo que él leía era lo que ponía en el libro. Yo tomé el libro y comencé a leer, pero no dije ni una sola de las palabras que ponía allí, sino que dejé que todas salieran de muy dentro de mí, de allí donde hacía tanto que yo no podía ya entrar y salieron poco a poco aquellos otros recreos de mi niñez, aquellas ganas de creer, aquel querer sin querer y la música paró por un momento de ser una tortura y me dejó ver el rostro de ella y vi a Juan riendo alegre al comprobar que lo que yo leía era lo mismo que leía él en el libro y sonó la campana de fin del recreo y todos nos fuimos contentos a nuestros cuartos para perder de vista a los visitantes y seguir viviendo nuestras vidas.

 

Más información:

http://es.wikipedia.org/wiki/Leopoldo_Mar%C3%ADa_Panero

http://www.letras.s5.com/fv161005.htm

http://www.flickr.com/photos/yeyo1/3915531994/

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