miércoles, 18 de marzo de 2009

“Yo no lo haría”

Lucio Martínez había coleccionado cromos de pequeño, también había jugado a la taba y al "churro va" hacía unos treinta años. Hoy en día, tras dos hijos, tres amores rotos, una condena por hurto con rotura, siete asesinatos impunes y dos adicciones profundas; una no reconocida a las novelas malas y otra evidente al vino cabezón; seguía manteniendo una afición insufrible por las frases de películas de serie B, a la que había sumado una bastante menos explicable: seguir durante horas, días o semanas a personas, ya fueran hombres, niños o mujeres, que llamaban su atención en el perdido deambular por la ciudad en que había quedado su vida.

No se podía deducir ninguna regla que determinara cuáles eran las personas elegidas para un seguimiento que empezaba tímido y como retraído, siempre dudando de valerle la pena al seguidor, y poco a poco se iba convirtiendo en algo absorbente que se iba apoderando del tiempo de Lucio hasta convertirlo en prisionero de aquel a quien seguía.

No había reglas. De pronto Lucio veía a alguien parado en un semáforo y no podía dejar de ponerse a su lado, mirarlo de reojo, observarlo con disimulo para saber cuanto antes si la persona era o no era de aquellos que él debía seguir. Muchos no lo eran. Sin embargo, de vez en cuando esa persona en el semáforo tenía una mirada, esa clase de mirada, o un pliegue en la comisura de los labios, o justamente cuando cambiaba a ámbar el semáforo la persona se llevaba la mano a los labios como si quisiera tapar un bostezo, pero Lucio descubría emocionado que se trataba de una caricia más del diablo.

En estas ocasiones el corazón empezaba a golpearle la yugular y las palmas de sus manos se llenaban de sudor. Comenzaba un seguimiento que podía durar dos semáforos más o incluso días o semanas. Todo dependía de la persona perseguida. La inmensa mayoría desmentían el interés de Lucio al poco tiempo con una mirada diferente o un gesto que los llenaba de la vulgaridad de lo normal y los excluía de su atención. Otras pocas veces el elegido no sólo no desdecía de su interés, sino que poco a poco y según como proseguía el seguimiento, iba cumpliendo cada una de las expectativas que Lucio había intuido en su primer vistazo.

Llevaba siguiendo al anciano desde hacía tres días enteros. La primera vez lo había visto sentado en un banco situado en el muelle del puerto, de cara al mar. Hacía un día nublado, algo fresco para la época del año que era. Apenas se veían unos cuantos pescadores alejados en la escollera, el resto del puerto estaba como abandonado sin barcos ni gente que lo transitara, ni siquiera estibadores a pesar de no ser un día festivo. Sí había gaviotas y un perro justo al lado del anciano, unido a él por una correa y quizás por demasiados años, empezó a adivinar Lucio mientras se apoyaba sobre unos bultos a unos quince metros en diagonal de donde se sentaba el anciano. Lucio se puso las gafas para verlo con mayor nitidez y descubrió un rostro suave, con muy pocas arrugas, pero todo el tiempo grabado en la piel, no sabría explicarlo bien. Se fue paseando por aquella expresión distante, sobria pero relajada, e intentó meterse dentro de aquella cabeza, iniciar un paseo que le llevara a los pensamientos del anciano, a sus recuerdos también. Pasaron fácilmente dos horas en las que Lucio se transformó en anciano viendo lo que veía el anciano, pensando lo que pensaba el anciano y recordando lo que recordaba el anciano.

El anciano se levantó y comenzó a alejarse muelle abajo con su perro siguiéndole y ramoneando en cualquier objeto que encontraba. Lucio lo siguió cruzando calles y avenidas hasta un barrio no muy alejado del puerto donde el anciano se perdió en un portal y luego reapareció abriendo el balcón de una vivienda de la segunda planta. Lucio se sentó ahora en un banco del parque situado frente al balcón. El abuelo no volvió a aparecer en todo el día y Lucio estuvo allí sentado recordando la infancia del abuelo, sus cromos y sus tabas, su juventud llena de guerra y su madurez llena de miedo. Vio una mujer y un hijo muerto del anciano; vio dolor y esperanza, o tal vez olvido. Se embarcó en un carguero que llevaba a la otra orilla del mar y no volvió en muchos, todos los años. Vio una casa blanca con ventanas azules y un sol grande y otra mujer sabia encunando el tiempo perdido y también recordó un gran amor y un gran odio.

Al día siguiente y al otro todo transcurrió igual. El anciano salía pronto de casa y compraba el pan y alguna vianda en el colmado junto a su patio. Volvía a subir y al poco reaparecía para su paseo matinal con su perro de la correa. Llegaba al puerto y se sentaba en el mismo banco para perderse durante toda la mañana en un horizonte que no tenía enfrente, sino detrás de su mirada. Lucio había dejado ya de ver al anciano y sólo podía contemplar el mismo horizonte que él. Ninguno de sus pensamientos era ya suyo, sino del anciano, ninguna de las palabras mudas que se dibujaban en su mente era suya, sino del anciano. Como todas las veces anteriores ya nada en su vida era suyo, sino de aquella persona a la que seguía. Cada recuerdo, cada pensamiento, cada sueño de esas personas se apoderaba de él y le oprimía hasta no dejarle respirar. De nuevo otra vez la opresión estaba ahí en su pecho y en su cuello, en su mandíbula y en sus hombros, en sus sienes y sus ojos a punto de estallar. Ya no recordaba quién era o si se llamaba Lucio o a sus hijos idos o sus mujeres expiadas con vino malo. Sólo era lo que era el anciano y estaba ya casi muerto.

Buscó entre sus bolsillos un pañuelo y se secó la cara y las manos. Se acercó hasta el banco intentando tranquilizar su respiración y se sentó junto al anciano. Pasaron los dos juntos más de media hora pensando lo mismo. El anciano sonrió con desgana y le miró fijamente por primera vez. Pasó otro buen rato hasta que le dijo con una voz muy suave:

-Yo no lo haría.

Lucio no pudo responder. Sólo sacó el estilete de la caña de su bota y lentamente se lo clavó al viejo en el corazón. El perro comenzó a ladrar.

Agregar a marcadores favoritos:
  • Agregar a Technorati
  • Agregar a Del.icio.us
  • Agregar a DiggIt!
  • Agregar a Yahoo!
  • Agregar a Google
  • Agregar a Meneame
  • Agregar a Furl
  • Agregar a Reddit
  • Agregar a Magnolia
  • Agregar a Blinklist
  • Agregar a Blogmarks

3 comentarios:

Spectrum Sinclair dijo...

Hola, Alex Lamico
Me ha gustado mucho este relato, creo que me estoy aficionando en esta baja a "Entrepuertas y escaleras" !Cuántas cosas interesantes se descubren en algunos reposos obligados¡, si no que se lo pregunten al personaje de James Stewart en "La ventana indiscreta"...

alex lamico dijo...

Hola amigo/a spectrum. Celebro que te estés aficionando a entrepuertas, pero espero que la afición sobreviva a tu baja, que deseo corta. ¡Qué gran película "La ventana indiscreta"! Cuánto hay en ella de lo que es el comportamiento humano. Me alegraría que entrepuertas pueda ser una ventana lo suficientemente interesante como para que sigas mirando en ella. Yo, por mi parte, debo decirte que sólo hay una cosa que puede superar el mirar por una ventana y es el mirar al que está mirando por la ventana. Que tus problemas de salud se solucionen pronto, ya sean de espalda o de vista, y que te hayan servido para descubrir cosas que valgan la pena. Un abrazo.

Susan Urich Manrique dijo...

Será posible que de tanto mirarte en la vida de otro puedas perder la noción de cuál es tu propia vida? Un abrazo, grande, muy grande.

Publicar un comentario

Hola, amigo o amiga, gracias por venir.