miércoles, 23 de diciembre de 2009

Por el socialismo hacia el mimetismo

Últimamente se están poniendo de moda los videos en donde, de forma pretendidamente espontánea, la gente se une en un ritual de mímesis que abre los corazones del personal a la emoción de lo solidario, lo empático y lo grupal. No estamos solos, somos como ellos, y nos emocionan las mismas cosas, nuestras cosas. Es el pensamiento único llevado a la coreografía de grupo. No eres malo, eres como ellos, como todos, como nosotros, como él, como ella, aunque en tus ratos desagrupados engañes a tu marido y jures por tus dos hijos, aunque disimules y llores en los días señalados, como índica la regla (esa otra regla), aunque te cueles en el metro o defraudes a hacienda (los que bailamos somos todos) o des para caridad todo lo que has robado a tu chica de la limpieza. Es bonito integrarse y participar del rito, hacer el mismo paso, creer que somos mejores por estar juntos y entregarnos a ceremonias que nos cogen de la mano para cruzar las éticas, las conciencias y las querencias.

No hemos alcanzado el socialismo, pero estamos, todos unidos, alcanzando la república del mimetismo.

 

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lunes, 30 de noviembre de 2009

El día que soñé con Hilary Hahn

 

Me llamo Godofredo Ros y desde el día en que me abandonaron en un contenedor, apenas recién nacido, siempre he tenido una atracción especial por la música. Al principio, en los largos días de aquella infancia, cualquier ruido callejero me sumía en una especie de trance en el que mis sentidos rasgaban mi interior y una melancolía anegada de lágrimas sin derramar me ahogaba hasta no ver, ni saber. En esos momentos la vida me dolía con otro tipo de dolor, tan intenso y tan vivo que me hacía sentirme bien. Era una paradoja.

Sentía gran predilección por los bocinazos de los coches y cuando me escapé del orfanato me agencié una caja de limpia y me aseguré el cruce de calles con mayor tráfico rodado de Lisboa. Sin pensarlo había unido dos actividades que me llevarían por todo el mundo en busca de ese dolor que me hacía feliz. Aprendí a distinguir tonos y notas, tiempos y silencios, entre los ruidos que se iban acoplando formando melodías y risas de la gente al pasar y cada una de las caras de los transeúntes era una corchea o una semifusa, cada boca vocalizaba silencios que llenaban mis melancolías amontonadas de años y más abandonos y tantos olvidos. También aprendí a mirar a la gente desde abajo hasta arriba.

Un día de muchas ciudades después oí una bocina que me rasgó el corazón y me cosquilleó desde la nuca a la punta de los pies, hasta hacerme dejar la caja y un zapato, con su pie dentro, a medio limpiar. Estábamos en la plaza del viejo ayuntamiento de Praga y aquel maravilloso ruido venía de alguna calle atrás, de algunos siglos antes sin parar de estirar el aire y el tiempo y el mundo con un sonido que de pronto vi atravesando toda mi existencia, un hilo de oro que venía desde los futuros y me ataba, me giraba y por un momento supe que la melancolía se había ido cuando en la plaza Malé Námësti la vi.

La mujer llevaba puestas unas botas marrones de ante. A mitad pantorrilla emergían unos estrechos vaqueros y un grueso jersey de lana blanca abrazaba sus caderas y su cuerpo y su cuello como yo soñé para siempre desde ese mismo momento. En la plaza no había coches ni ruidos, sólo la música de su violín acostado en su mejilla. Su rostro y su pelo y sus ojos me hicieron feliz nada más verlos. Tan feliz que casi no podía soportar el dolor. Era otra paradoja.

Muchos días después supe que aquel sonido maravilloso que la muchacha irradiaba era una composición de un tal Bach. Supe también que la música es otra clase de ruido, de familia bien, y que ella se llamaba Hilary y besaba dulce y sin prisas ni billetes de por medio. Supe que si cerraba los ojos la veía y que si pensaba en ella me hablaba y ya no había melancolía porque ella y su música llenaron cada día y los meses viviendo juntos en una pequeña habitación de la calle Retëzová, justo al lado del café Mommartre, donde ella tocaba su violín por las noches para que la gente se enamorara y olvidara por un rato que el amor nunca se queda a escuchar. Yo bebía becherovka hasta que todo se me desdibujaba alrededor de su música y su cuerpo.

Cuando terminaba su trabajo paseábamos por la ciudad vieja. Ateridos de frío nos abrazábamos hasta que el calor nos humedecía y volvíamos con prisa a la habitación para follar despacio y contarnos viejas historias imposibles que los dos creíamos entre risas y miradas húmedas que nos enganchaban otra vez a que quizá el futuro sí que podía ser.

Por las mañanas ella practicaba con el violín y yo me quedaba en un rincón, abrazado a mi caja de limpia, con los ojos cerrados y pidiendo por favor que no acabara la música, que no dejara nunca de sonar aquel violín, aquel amor. Tenía tanto miedo de que todo fuera un delirio que no me atrevía a abrir los ojos hasta que su mano no venía a socorrerme, a acariciarme, a traerme al mundo de los sueños.

Un día la música cesó.

 

Más información:

http://www.hilaryhahn.com/

http://es.wikipedia.org/wiki/Hilary_Hahn

http://www.lastfm.es/music/Hilary+Hahn

http://www.classissima.com/spa/people/Hilary_Hahn

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sábado, 21 de noviembre de 2009

En un tren

 

La estación del Norte de Valencia es, además de un poco secesionista, modernista y muy bonita. P está esperando el tren para Vinaroz y una mujer, muy joven para él, se le acerca y le pregunta si esa es la vía del tren para Barcelona y si hace falta cancelar el billete en algún sitio. P está aburrido y cansado y triste, pero la sonrisa de la muchacha es como una película y él le dice que cree que sí porque él va a Vinaroz y que no hace falta validarlo porque él tampoco lo ha hecho y ella le mira sin dejar de sonreír y le dice gracias y le sigue mirando y un muchacho se le acerca y muy formal, las distancias, también le dice gracias y se aleja con la muchacha unos metros y ella con su preciosa sonrisa y su preciosa mirada se despide en silencio.

P no puede evitar sentarse en el vagón detrás justo de la pareja. La chica tiene una melena rubia que debe saber a medialuna y unos ojos azules grises que parecen chisporrotear cuando miran, su culo es un tobogán donde apenas se sujetan unos shorts negros y su pezón izquierdo parece desperezarse tras su camiseta también negra. A P le duelen los pensamientos y saca su libreta de hule negro para escribir algún poema que le esconda de la memoria.

El tren arranca y la chica y el chico hablan y ríen y parecen querer gustarse y ser muy amables e ingeniosos. Los principios siempre son así y P se alegra, qué estupidez, de notar que la pareja se conoce desde hace poco cuando ve cómo el chico mira el culo de la chica que se ha levantado para coger algo de su mochila y saca unas fotos y empieza a enseñárselas al chico y a P que espía desde el asiento de atrás. La chica, en una de esas, mira y ve la mirada de P y vuelve a sonreírle como antes y a P le hace daño la vida otra vez y se alegra de seguir vivo otra vez.

Las fotos y los paisajes pasan por la ventanilla y P se levanta para ir al servicio y luego se acerca al bar y pide un orujo blanco de esos que acartonan las lágrimas en la faringe e intenta no recordar que recuerda cada segundo que se fue cuando una sombra rubia a su lado le sobresalta y es la rubia pidiéndole fuego y él, temblando a su edad, no fumo, pero el camarero seguro, y ella, su sonrisa, gracias, ¿qué estás bebiendo?, orujo, ¿qué?, orujo, es aguardiente, lo hacen en Galicia, ah, Galicia, el año que viene iré a Galicia, ¿eres francesa?, sí, soy de Lille, ¿de Lille?, qué lejos y qué acento tan bonito que tienes, que bien hablas español, es que yo siempre tengo novios españoles y así se aprende mucho, jajaja, y su mirada y sus labios abiertos y P viviendo otra vez, pobre tonto.

Y pasan cinco minutos y parece que han pasado dos meses y ella está muy cerca y huele muy bien y ya saben a qué se dedica cada uno; lectora, en una editorial, ella; funcionario, de prisiones, él; tan joven, ella, tan mayor, él. Tan bonito estar así hablando mientras pasan los campos y casi rozar el agua de sus ojos y casi rozar sus labios con los dedos y todos los años pasados parecen zombis saliendo de sus tumbas y agarrándose a los tobillos de P para que su ilusión no se convierta en otra mentira.

Las palabras parecen músicas que no importa lo que digan, los gestos se van haciendo cercanos y ovillo y lana con gusto de estar cerca, casi rozándose, y lo que piensan se queda siempre dos segundos detrás de lo que sienten, como si fuera una doble imagen de lo que quisieran sentir. Ella habla y ríe y cuenta y de pronto la sonrisa se congela y el gris de los ojos es un poco negro y la voz un poco grave, un poco hueca, completamente nueva al contarle algo que nunca había contado, que un día un chico murió por ella, justo en una vía de tren, porque el chico la quería, pero ella no, la historia de siempre y el tren, la adolescencia, la vía, la muerte. Y P calla que no le importa nada la historia, pero verla así triste y seria y tan adentro ha valido tanto la pena de cualquier muerte, de cualquier vida, que P no puede evitar sentirse un poco hipócrita cuando pone su mano sobre la de ella y siente el contacto de su vida y se siente más cerca de ella que de sí mismo y sabe que todo es mentira, cualquier cosa, y hubiera muerto allí mismo por besarla, pero la muerte nunca ha sido tan fácil, y sólo puede acompañar el desliz de la lágrima de la chica por su mejilla, cuánta mentira, y susurrarle un tú no tuviste la culpa sabiendo que no es verdad, que todos tenemos siempre la culpa, por más que escribamos poemas para engañar.

La mano de P sigue yaciendo sobre la de la chica. El traqueteo del tren divide la vida en trozos y el tiempo parece una línea recta que se aleja de sí misma. Es ya de noche y P y la chica siguen hablando. Es posible que nunca follen, pero los cuarenta y cinco minutos que llevan juntos ya han removido cada uno de sus flujos, lo demás es puro acontecimiento. P pide otro orujo y ella le acompaña, P le cuenta su historia, le habla de su mujer, su amor desde los dieciséis, de su hija, su único amor, de su amante, de los celos de su mujer, de la locura de su mujer, de la muerte de su hija ahogada por su mujer, de su soledad, de su culpa, de su hastío, de su nada. El tren llega a Vinaroz.

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lunes, 2 de noviembre de 2009

Home Proyect

Yann Arthus-Bertrand, el muy valorado fotógrafo francés; sobre todo desde que se especializó en hacer fotografías aéreas por todo el mundo; presentó el pasado mes de junio su documental HOME, uno más de los proyectos encaminados a conseguir alcanzar un desarrollo sostenible como única forma de preservar nuestro entorno, la naturaleza.

Pero HOME no es un proyecto cualquiera, se trata de una impresionante obra de arte que ensambla las fotografías tomadas por Yann convirtiéndolas en una espectacular película de animación que se completa con una espléndida banda sonora de Armand Amar y un texto en off que va explicando de una manera muy gráfica cómo la acción antrópica está acabando con lo que permite nuestra vida.

El proyecto fue subvencionado con 10 millones de euros por el grupo francés PPR, al que pertenecen marcas como Gucci, Fnac o Puma. Se ha creado un interesante debate sobre el hecho de que los logos de estas marcas de lujo aparezcan en los créditos de la película: ¿marcas de productos superfluos patrocinando el consumo responsable?, ¿una más de las vueltas de tuerca del capitalismo?

Aunque dura hora y media, os aconsejo que os pongáis cómodos y la veáis con atención. Vale la pena. No la puedo poner entera aquí, pero os pongo el enlace:

http://www.youtube.com/watch?v=SWRHxh6XepM

(ya sabéis, a pantalla completa)

 

Más información:

http://www.yannarthusbertrand.org/v2/home_es.htm

http://www.davidporcel.com/

http://www.scoremagacine.com/Compositores_det.php?Codigo=1564

http://mpmv2.foroactivo.net/europa-f14/armand-amar-discografia-t36.htm

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viernes, 23 de octubre de 2009

El monstruo y la polaroid

Diez segundos para autodisparo.

A las nueve de la mañana Amadeo Moreno termina de un trago su cuarto barrechat y consigue que la copa ya no le tiemble en la mano mientras se ahoga con la siguiente calada al cigarro y se escapa corriendo al baño para escupir en el lavabo otro viscoso esputo rojo. Deja correr el agua para que desaparezca la sangre y el miedo. Se mira al espejo y sonríe sin ganas. Está vivo y aún puede caminar. Viste su raído traje oscuro y la corbata azul de ir a vender colonia de marca falsificada. Siempre le ha gustado su sonrisa, aunque también sea falsa.

Sale a la calle y lo ve. Hacía mucho tiempo que no lo veía, pero cada cierto tiempo se vuelve a encontrar con él. Desde que tiene uso de razón. Le recuerda mirando casi a hurtadillas como los demás niños jugaban, apartado, como sin derecho a mirar desde su feo y deformado rostro. Se recuerda a él mismo mirándole también huidizo, con miedo a que sus miradas se encontraran y aquello que era sólo un monstruo se convirtiera en una persona. Siempre había sentido vergüenza de la fealdad de aquel niño que se fue convirtiendo en muchacho a la vez que él en su mismo barrio. Nunca cruzaron una sola palabra y Amadeo se acostumbró a olvidarse de él apenas cambiaba de dirección para no verlo demasiado cerca.

Luego sin darse cuenta olvidó también su infancia y las cosas le fueron bien. Encontró un buen trabajo con cochazo incluido. Se compró un piso en una de las mejores zonas de la ciudad y una mujer rubia de bote que le parió un niño y una niña guapísimos. Se hizo de derechas y empezó a oír la Cope y a aguantar las broncas de la rubia por quedarse con el jefe a tomarse la cervecita de los viernes. Un día se quedó sin trabajo y poco después encontró a su rubia de bote follando con otro en su cama. Sólo pudo oír el llanto de su hija en la cuna y a su mujer gimiendo: "Dame caña, dame caña". Se fue sin maletas ni niños. Ahora se dedica a ir por las calles vendiendo las colonias e intentando ocultar con ellas el olor a putrefacción que desprende su hígado.

Cinco segundos para autodisparo.

Ya no recuerda que más le ha contado al monstruo. Sólo recuerda que por una vez ha tenido más vergüenza de sí mismo que del horrible y se ha acercado a él. Está mucho más deforme y monstruo, pero en un momento se ha convertido en persona. Han hablado y hablado sentados en un banco del parque. Ha descubierto que el monstruo es una persona cultivada y sensible, con un sentido del humor y de la ironía que él ha perdido hace mucho. Han recuperado con avidez toda la amistad que no se habían dado, se han mirado a los ojos sin miedo y Amadeo le ha perdido perdón sin decírselo. Aquel intocable al que todos rehuían está abrazándolo en ese banco y Amadeo siente cosquillas de cariño en la garganta y carraspea y dice que van a pensar que estamos liados y Tito, así se llama, ríe y dice que de alguna manera las infancias lían a las personas para toda la vida. Dicen muchas cosas más. Se levantan y caminan y Tito le cuenta que es muy feliz desde que aceptó ser como es, que está contento de haber vivido tanto y de haber sentido amor y el sol y todas estas cosas con las que algunos se engañan a sí mismos para no sufrir tanto.

Tito convence a Amadeo para que vaya a su casa y éste se sorprende de ver una decoración tan cuidada. Las paredes están llenas de fotografías del skyline de multitud de ciudades. Todas las ha hecho Tito. También hay un cuadro con un gato blanco eclipsado por una luna negra. Se llama "Eclipse de gato", pero ésa es otra historia, apunta el narrador. Amadeo se encuentra un poco incómodo, nervioso, en la casa ajena, y agradece el cardhu de doce años que le ofrece el anfitrión.

Tres segundos para autodisparo.

Tito es encantador y lo sabe. Le habla de sus viajes, de cómo le gustaba observar a los otros niños jugando al futbol porque, mientras lo hacía, se imaginaba a sí mismo jugando con ellos. Amadeo se atreve a preguntarle por su deformidad y Tito ríe como para adentro y sale de la habitación para volver enseguida con dos álbumes de fotos. Son instantáneas sacadas con una cámara polaroid. En la primera foto que le enseña hay dos bebés idénticos en una incubadora. Los bebés ya no vuelven a aparecer juntos en ninguna fotografía, pero en cada una de las siguientes páginas del álbum hay dos fotografías, cada una de ellas de un niño. Pocas páginas después Amadeo se reconoce y enseguida lo reconoce también a él. A cada fotografía el niño que fue Amadeo se muestra con mejor aspecto, a cada fotografía Tito aparece más deforme. Con el corazón a punto de helársele, Amadeo pasa página tras página, toda su vida y la de Tito están unidas por las fotografías.

—Es el retrato de Dorian Gray.

—No. Es nuestro retrato —Tito ha perdido su amabilidad—. Cada vez que yo te hacía una foto, parte de lo malo que llevabas contigo venía a mí. Desde que nacimos ha sido así. Tú has llevado el mal dentro de ti, yo lo he llevado fuera de mí. Ahora sólo nos queda la última foto.

Amadeo comprende y siente un poco de alivio. Está dispuesto. Tito prepara la polaroid, toma el cable disparador y se sienta junto a Amadeo. Ambos sonríen.

Autodisparo.

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domingo, 18 de octubre de 2009

La buena familia

 

Marta cierra los párpados y graba con fuerza en su oscuridad un deseo. Luego sopla y la vela se apaga y todos cantan y aplauden a sus quince años que por un momento parecen felices aunque la tarta la haya encontrado su padre en un contenedor. Abre los ojos y su mirada distorsionada por una lágrima recorre las arrugas de su madre, las manchas alcohólicas de las mejillas de su padre, los mocos de pegamento esnifado de su hermano pequeño. Se siente feliz y muy triste de saber que sólo es un momento.


La tarta está buenísima y se la comen en un santiamén, señor suspira la madre, y todos brindan con vasos disparejos y beben y el hermano eructa y el padre acaricia la mejilla de Marta, mi rubia maravillosa, y bailan aquel pasodoble de cuando era pequeña y los desconchados de las paredes sienten vergüenza de no haber sido capaces de seguir siendo como eran entonces, pero ya nada es igual y el padre se va al bar, a buscar trabajo dice él, y la madre sigue cosiendo los remiendos de la familia y Marta recoge la mesa, el mantel de hule agujereado por los cigarrillos, y se encierra en su cuarto a imaginar en su diario el primer día de sus quince años.

Ya es el segundo día y en el desayuno su madre le confirma lo que ya sabía: va a irse a casa de la condesa. Las dos lloran, se abrazan. Marta piensa en el chico que va a dejar, su madre se odia por lo que va a hacer. A su padre no lo volverá a ver, su hermano es como si no existiera ya. Su familia recibirá un dinero que se gastará pronto, como todo. Su madre balbucea un sinfín de excusas para taparse silencios que la acusen, Marta sonríe y la besa con dulzura, no te preocupes que estaré bien.


La condesa vive en una muy cuidada casa de campo, rodeada de huertas y jardines y con un río en el que han acondicionado una playa para su uso particular. Marta toca la campanilla de la puerta de servicio y tras unos segundos la puerta se abre y un hombre de aspecto rocoso y con aire juvenil en su sonrisa la recibe y ella hola, soy Marta. Él le coge la pequeña y deteriorada maleta y la acompaña hasta la habitación de las chicas. Allí no hay nadie y él le señala una de las cuatro camas, ahora sólo hay una chica más, Isa, en otra habitación duerme Carmen, la señora que se encarga de todo, y Juana, la cocinera, viene cada día. El hombre es agradable y consigue que Marta deje de temblar antes de dejarla sola para que se acomode. Al rato aparece Isa y todo parece ir mejor de lo que esperaba, serán amigas, piensa, y la acompaña a la cocina para presentarle a Juana y a Carmen.


Marta se deja llevar por los ánimos que le dan las dos mujeres y Carmen, una mujer lustrosa y sonrosada, le da las ropas que utilizará, le pellizca la mejilla y hace que se sienta bien, muy bien. Isa la coge de la mano y va a enseñarle toda la casa, no te preocupes, la condesa hasta mañana no vendrá, y le cuenta la historia de la casa, de la condesa, de Carmen, de Juana, de su familia, de su novio, ¿y tú tienes novio?, y a Marta se le hace un vacío en el estomago y musita sí, creo, tenía, no, ya no. Isa la abraza y le susurra al oído, ya verás al jardinero.


Es el día siguiente y aún no ha visto a la condesa, tan sólo ha podido espiarla desde la ventana de la cocina mientras aquella se bañaba en el río. Desde la distancia le ha parecido una mujer muy guapa. Se pone a temblar sólo de pensar en el momento en que la llame. Se ha puesto ya la ropa que le dio Carmen porque en cualquier momento tiene que estar disponible. No puede evitar sentir vergüenza, se siente desnuda con el minúsculo tanga blanco que deja sus labios vaginales al aire, con sus pezones pintados con lápiz de labios, con el cortísimo y transparente camisón de gasa blanca. Carmen la lleva frente a un espejo, le pregunta: ¿Alguna vez te has visto tan preciosa como hoy?


Por fin la campanita suena y Carmen le da un beso en la mejilla y la acompaña hasta el dormitorio de la condesa, no hables si ella no te pregunta, haz cada cosa que te diga sin emitir ningún sonido, no la mires nunca a los ojos. La condesa viste una bata negra, se acerca a ella y la toma de la barbilla, mira su rostro con complacencia y mientras Carmen abandona la estancia la besa en los labios, muy suavemente, la lleva a la cama, la tumba, le abre las piernas y besa su vagina, sus ingles, su clítoris, con un amor que Marta nunca había sentido, con un placer que su novio aún no había encontrado, y recuerda que no puede gemir, mientras la condesa introduce dos dedos en su vagina y siente dolor, y recuerda que no puede quejarse, y la condesa con su dulce sonrisa se yergue y dibuja un corazón en su frente con sus dedos rojos de sangre.

Más información:

http://es.wikipedia.org/wiki/Erzs%C3%A9bet_B%C3%A1thory

http://www.isabelmonzon.com.ar/condesa.htm

http://condesabathory.blogspot.com/

http://www.apocatastasis.com/alejandra-pizarnik-condesa-sangrienta.php

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domingo, 11 de octubre de 2009

La muerte de dios

La puerta de la habitación se cerró y todo quedó con un silencio oscuro que sólo rompía la respiración de Max, su miedo, y los ecos del padrenuestro que acababa de rezar.
Dios estaba en todas partes, le habían dicho, y eso era lo que más miedo le daba. No se podía huir de él y esa noche seguro que sería la que vendría y se lo llevaría para que no pudiera ver de nuevo el sol ni jugar a hacerse el muerto porque ya estaría muerto.
Max sumergió su cabeza en el embozo de la cama y contó hasta 2000 agarrándose a cada nuevo número como si de ello dependiera no caer en el precipicio que daría con sus huesos en el infierno. Pero el miedo de Dios siguió allí. Repasó mentalmente la cara de sus diez mejores amigos intentando adivinar a cuál de ellos se llevaría primero Dios a ese mundo triste donde los juegos no tenían brazos ni piernas. Siguió sin poder dormir y el ruido de su corazón empezó a componer palabras que le golpeaban cada pensamiento de intentar mantener la calma y la dignidad de esa noche no dejarse vencer por el pánico.
Pero una vez más el que venció fue el pánico y supo que iba a morir porque no podía respirar y el sudor le cubrió de sangre y sintió los dedos de Dios apretándole el cuello e intentó librarse de él con un salto que le arrojó de la cama con gran estrépito para dejarlo boqueando en el suelo convertido en pez pescado por ese cruel Dios que convertía los peces y todo lo que tocaba en norma y castigo, en muerte y en miedo.
Esa noche no murió. Ni la siguiente ni las muchas que vinieron después ya sin padrenuestros ni dioses acosadores. El miedo tampoco murió, pero consiguió esconderlo en el armario de los secretos imposibles de decir. Allí también fue metiendo nuevos miedos y nuevas ilusiones perdidas. Dejó de nombrar a dios con mayúsculas y cambió de piel varias veces; también de casa, de trabajo, de mujer y de ser. Dejó de ser y volvió a ser varias veces otro que ya nada tenía que ver con el niño ni el joven ni el hombre que había sido. Se compró recuerdos para olvidar y olvidó todo lo demás, pero cada noche el miedo se despertaba en su armario.
Se acostumbró a vivir con él y a disfrutar un poco con la espera de su visita. Poco a poco se fue apartando de todo lo demás. Encontró un trabajo de vigilante nocturno en una fábrica. Ya no tenía ataques de ansiedad, ya no boqueaba en el suelo, ya no pensaba nunca en dios, pero no podía vivir sin ese miedo húmedo que se le agarraba a la nuca y retumbaba en cada paso de la noche o del día. Max estaba viejo y cansado de esperar vivir, de esperar morir sin saber si la vida había pasado ya o si dios se lo había llevado en alguna de aquellas noches con padrenuestro. Encontró un libro abandonado en la garita desde la que vigilaba. Era una novela de ciencia ficción titulada "¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?". Ocupó toda la noche en leerla y, a medida que lo hacía, algo en él comenzó de nuevo a cambiar, pero esta vez no era él el que cambiaba, algo más íntimo que su propio yo empezó a transformarse, el miedo dejó poco a poco de apretarle el cuello, el aire entró en sus pulmones con una pureza que le hizo daño y fue consciente en ese mismo momento de que dios, ese ser terrorífico, había muerto; o mejor, supo que nunca había existido y se sintió engañado, robado en todos esos años que había perdido en tener miedo.
Cuando salió del trabajo no quiso ir a su pensión a dormir. Caminó sin rumbo junto al amanecer y fue tirando al día cada uno de sus miedos, cada uno de los años pasados delegados al miedo y al ser sin ser. Compró un paquete de tabaco y fumó por primera vez en su vida, se atragantó hasta las lágrimas y rio feliz de poder seguir respirando, pasó junto a una iglesia y entró. Hacía más de cincuenta años que no entraba en una. La nave estaba en penumbras y desierta, con la única luz de los altares laterales y las vidrieras. Llegó hasta la primera bancada frente al altar mayor y se sentó. En el retablo había una escalofriante escultura de un Cristo crucificado. Supo que ese Cristo era él y odió a dios por tanto miedo y tanto sufrimiento, por tanto castigo, tanto daño, tanta violencia. Se sintió bien. Hacía un poco de frío, pero no le costó dormirse en aquel banco, tampoco tuvo ningún miedo, ni siquiera se dio cuenta cuando dios se lo llevó.
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domingo, 4 de octubre de 2009

Perpetuum mobile

 

En la playa de la noche
mostraba mis ojos a las sirenas
que jugaban impunemente con mi pene
con el falo que en el lecho maloliente
deshacen los sueños y cae la piedra
del pensamiento al suelo.

(Leopoldo María Panero, Amanecer sobre la tumba, en "Poesía" 1970 - 1985)

 

-Te mataré mañana cuando la luna salga...

Leopoldo no paraba de repetir su letanía una y otra vez una y otra vez mientras, como si fuera parte del poema, meneaba la cabeza en un sí no eterno y chupaba su cigarrillo ahogándolo con sus babas y sus risas colgadas de idiota que lo sabe todo.

El sol calentaba el día hasta hacerlo hervir y las líneas que dibujaban los árboles, los bancos y los rosales flotaban en el aire sin poder respirar. Todo estaba quieto y no paraba de moverse en un compás repetitivo que le negaba la posibilidad de su mismo movimiento.

-Te mataré mañana cuando la luna salga..., y el primer somormujo me diga su palabra.

-Te mataré mañana cuando la luna salga...

Jacinto se acercó una vez más a pedirle un cigarrillo rubio a Leopoldo.

-Que te den por culo, grandísimo hijo de puta. Loco de los cojones.-Le increpó entre risotadas y farfulleos y por enésima vez le dio el cigarrillo que inmediatamente Jacinto le devolvió ceremoniosamente dándole las gracias con una respetuosa inclinación de cabeza.

Esta escena, como cualquier cosa que ocurría en aquella especie de prisión ajardinada, se había repetido monótona y milimétricamente durante toda la mañana: Leopoldo con su poema, Jacinto con su ceremonia, Israel con sus lloros pequeños y desconsolados, Ramón haciéndose su paja eterna, Toni "el loco" con su plomizo discurso negando su locura, Miguel preguntando al cielo cada tres segundos: "¿Lloverá?" y respondiéndose cada seis: "No, no lloverá"... La gran sinfonía de la locura tenía cronometrados y ensayados cada uno de sus movimientos en un perfecto perpetuum mobile que a cualquier espectador cuerdo le hubiera recordado un mecanismo de relojería.

La hora de la visita llegó y los autómatas se vieron rodeados de gente vestida de calle y con sonrisas encajadas en sus ganas de irse de aquella patética parodia de seres averiados. Los locos tenían las mismas ganas de que los visitantes se fueran, pero estos siempre preferían no hacerles caso y tomarlos por locos. Leopoldo le tocó el culo a una señora tiesa y sin culo que decía ser la madre de Toni, aunque éste lo negaba, y la enfermera del culo gordo le riñó, más por envidia que por convencimiento. Leopoldo rió; se descojonó, más bien; y siguió con sus denuestos sin orden ni concierto, luego se acercó a mí y me dijo que se sentía orgulloso de que fuéramos los únicos a los que no nos visitaba nadie ya que los dos en realidad estábamos muertos desde el mismo momento en que matamos a nuestras madres.

Yo le dije que sí, que sí y me alejé de él para ver si así se callaba la música que no paraba de sonar en mi oído derecho. Era un aria de una opera de Puccini, "Oh, mio babbino Caro", que hablaba de un río y de un anillo y de una tristeza que yo no recordaba haber sentido nunca, pero esa música me invadía y no podía pensar en nada, sólo podía esperar en mi cabeza la próxima nota de esa melodía sin fin que me tenía atado a ese patio y a esos locos con sol y gente alrededor que tanto molestaba. Alguna vez me ponía furioso e intentaba partirle esa cara de cara que ponían para que no se les viera el alma, pero enseguida los enfermeros me agarraban y me sedaban y entonces la música me invadía por completo y yo sólo quería que parara, que parara, pero sonaba más y más fuerte y se convertía en cosas que yo veía y luego estallaban y el pánico y el sudor volvían a ahogarme.

Apartado de todos, sentado en un banco al otro extremo del jardín, estaba Juan. Me acerqué hasta él y me senté a su lado en silencio. Juan estaba leyendo el mismo libro que leía siempre. En realidad no lo leía porque Juan no sabía leer y ni siquiera pasaba las páginas, pero se sorbía las horas mirando perdido las líneas del libro y recitando lo que él creía que leía. A mí me gustaba quedarme junto a él y escucharlo porque lo que decía era siempre muy bonito, nunca lo mismo, y me parecía que era la letra que le faltaba a mi música.

Juan continuó su lectura durante mucho rato y casi me asusté cuando de pronto paró de leer y de mirar al libro y se quedó fijamente mirándome a mí. Sonrió con un gesto que se podría confundir con amistad y me preguntó si yo sabía leer. Cuando le contesté que sí, me pidió que le leyera yo a él porque quería saber si lo que él leía era lo que ponía en el libro. Yo tomé el libro y comencé a leer, pero no dije ni una sola de las palabras que ponía allí, sino que dejé que todas salieran de muy dentro de mí, de allí donde hacía tanto que yo no podía ya entrar y salieron poco a poco aquellos otros recreos de mi niñez, aquellas ganas de creer, aquel querer sin querer y la música paró por un momento de ser una tortura y me dejó ver el rostro de ella y vi a Juan riendo alegre al comprobar que lo que yo leía era lo mismo que leía él en el libro y sonó la campana de fin del recreo y todos nos fuimos contentos a nuestros cuartos para perder de vista a los visitantes y seguir viviendo nuestras vidas.

 

Más información:

http://es.wikipedia.org/wiki/Leopoldo_Mar%C3%ADa_Panero

http://www.letras.s5.com/fv161005.htm

http://www.flickr.com/photos/yeyo1/3915531994/

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viernes, 25 de septiembre de 2009

La voz en off

La primera línea decía que una lágrima brotaba de mis ojos y comencé a llorar sin saber por qué o sabiendo que no importaba saber por qué y al rato la barra del bar se había llenado de codos y de copas con humo y mis lágrimas eran surcos que dibujaban un flash-back en el que me veía hablando con ella en el callejón y su sonrisa y el diálogo:

—Cuando pienso en ti se me llena todo de cariño.

Y a la declaración siguieron sonrisas y complicidades, almuerzos y paseos, deseos y porqués, hastíos y adioses.

—Cada uno hace lo que cree que tiene que hacer.

Y luego vinieron más días y ella eligió aquella ciudad para dejarse ir y ya no volví a escuchar su amor, pero la sentía en cada segundo hasta que de nuevo las voces del bar y los ruidos y una voz en off que en tercera persona me decía lo que tenía que decir.

El camarero me preguntó si quería otro y yo le miré y comprendí su inglés y le dije of course aunque lo que quería era salir de allí, de la voz en off, pero la noche era fría en Praga y quise aguantar un poco más antes de sentir que ni siquiera el frío era ya completamente mío.

Una eslava de ojos azules me lamió con su mirada y me sonrió, ¿español?, y yo le sonreí, ¿erasmus?, y ella rió y bebió de mi copa y lamió mi lengua y me dijo, sí en Barcelona, y le dije, hablas muy bien, y me dijo, la chupo mejor, y los dos reímos y la voz en off rió también y el camarero puso dos copas más o quizá tres y los tres nos lamimos y hablamos y nos reímos. Quizá era un trío.

El bar cerró y los tres paseamos por las calles de Praga y llegamos hasta el Hradcany y allí entre los dos me dieron una paliza y me quitaron todo el dinero y me quedé acurrucado bajo un árbol y quise morirme, pero sólo me dormí y desperté en la cama de un hospital sin recordar muy bien qué había pasado. Con mucho esfuerzo pude levantarme y encontré mi ropa en el armario. Comprobé que la hoja de papel con el poema seguía en el bolsillo trasero de mis vaqueros y me vestí como pude. Tras cinco minutos de recorrer pasillos estaba en la calle sin que nadie me preguntara nada.

En el cuarto párrafo habían pasado seis meses y en el séptimo casi dos años. Yo vivía de nuevo en Barcelona y me ganaba la vida como podía pintando retratos callejeros en El Borne. Una tarde de septiembre aquellos ojos me volvieron a lamer y me preguntaron, que no me recuerdas, yo sonreí y le lamí la lengua, ella me acarició la mejilla, ¿te hicimos mucho daño?, nos quedamos en silencio mientras dibujaba en el lienzo las huellas de sus horas y la voz en off puso unas cuantas nubes y unas cuantas gotas y algún paraguas que se abrió. Una de las gotas calló en su mejilla y yo la dibujé también.

—¿Cómo quieres que te llame? —Se había recogido el pelo para follar y a mí me gustaba verla descansar sobre cada minuto que pasaba entre mis dedos acariciándola y el compás de un reloj que nos recordaba que el tiempo es una invención.

—¿Quieres llamarme Elba? —Su rostro parecía el de un chiquillo reposando antes de la próxima travesura y yo quise quererla y la voz en off me dijo llámala Elba y yo hubiera querido llamarla Sara, pero la llamé Elba y dibujé el nombre de Elba en sus muslos con mi saliva.

—¿Por qué fuiste a Praga? —Me lo preguntó como si supiera perfectamente la respuesta, como si se tratara de la constatación de que no iba a mentirle.

—Estaba buscando algo —Le mentí.

—¿Qué?

—Un sueño —Cogió con ambas manos mi cabeza y acercó sus ojos a los míos hasta que se convirtieron en cuatro.

—Me estás mintiendo. Tú querías que te pegáramos. Estabas buscando la muerte porque sabes que ella murió de pena por ti —Su voz era tan dulce, sus dedos tan caricia, su aliento tan mi vida, que por un momento pensé que ningún renglón nos aprisionaba.

—Yo sólo hacía lo que la voz me decía —Lamió mis ojos con una sonrisa, me hizo cosquillas con su lengua, me pellizcó los labios con sus dientes y me recitó el poema con un susurro.

En ese momento la voz en off comenzó a narrar con su voz grave y reposada, segura de sí misma, y las paredes se convirtieron en noche y estrellas y Sara y yo íbamos caminando por el callejón del oro y nos besábamos y hablábamos de una niña que acababa de cumplir años y yo le escribía un cuento que hablaba de una niña que había perdido su nombre para que lo leyera algún día cuando fuera mayor y su madre me besaba muy suavemente en los labios y me pedía que cerrara los ojos y la viera como cuando nos conocimos, con su melena larga y castaña, y que le cogiera la mano, que la abrazara fuerte, muy fuerte, porque tenía miedo de aquella voz en off.

Y la voz en off siguió hablando y Sara ya no estaba y Elba metía su lengua en mi oreja y yo reía mientras lloraba y ella me decía no tengas miedo a la muerte, sólo eres un personaje, y la voz en off dijo FIN y puso punto final.

¿Hemos hablado alguna vez de Vetusta Morla? Lo haremos.

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miércoles, 23 de septiembre de 2009

Lala Mártin: el cuerpo inserto

 

Hace ya algún tiempo encontré las fotografías de Lala Mártin en la red. No pude evitar la sorpresa y el cautiverio inmediato por unas imágenes que se me presentaban como texturas, como paisajes y como retratos de una identidad que se plegaba sobre sí misma en un espacio fragmentado donde a los horizontes sólo se llegaba eligiendo el ángulo adecuado,  una densidad quieta donde la presencia de la modelo y fotógrafa tenía tanta fuerza como todo lo que faltaba para completarla.

Don't - Her Eyes are Closed

Don't - Her Eyes Are Closed (I am)

 

Las imágenes de Lala son mapas que nos marcan todo lo que no atisbamos de su mundo, de su tierra incógnita, son caminos detenidos a sí mismos en una revuelta del camino, esperando a que alguien pase y se pare a mirarlos y se quede allí pegado, mirando, como una parte más de lo retratado.

In the Faceless Crowd  - No Name Face

In the Faceless Crowd / No Name Face (I am)

 

Lo retratado es Lala, su rostro, su cuerpo inserto y fragmentado convertido en ese mapa que ya no es su cuerpo ni su rostro ni su retrato, sino un paisaje terroso que nos hace de celosía y nos entrama nuestra propia extrañeza de estar mirando tan adentro, tan lejos, tan necesitados de agarrarnos a esa ausencia que suena como el mar en nuestros ojos de caracola.

Su identidad se destierra, se exilia de sí misma y sólo emerge como la mano de un ahogado señalándonos un hito en su ausencia, un gesto que se convierte en signo, en lenguaje que de forma tenue, pero firme, nos señala la frontera que une dos pliegues de su corporeidad, de su estancia en la fotografía, en el mapa, en el mundo.

Every New Beginning Comes From Some Other's Beginning's End

Every New Beginning Comes From Some Other Beginning's End (Colorless Tiara)

Sus fotografías están surcadas por líneas, son tierra arada en la que las huellas de un tiempo colapsado parecen latir, parecen querer rescatarlo, querer despertarlo y ponerlo a caminar. Son texturas que forman un velo de gasa que entremuestra la distancia que queda para llegar a una certeza.

Disparate

Disparate (I am)

Las fotografías de Lala son los paisajes de una espera.

 

Entrevista con Lala Mártin:

¿Quién es Lala Mártin?

Lala Mártin es una chica que empezó escribiendo y que después se mudó a la fotografía.

Es una persona que siempre tuvo en claro que lo de ella pasaba por alguna rama del arte y de hecho, las probó todas. Es alguien que puede hacer cualquier trabajo que le ofrezcan, con la única aclaración que sólo se la va a ver plenamente feliz con una lapicera o con una cámara en la mano.

¿Recuerdas la primera vez que pensaste la composición de una foto antes de hacerla?

No soy una persona que piense en las composiciones antes de tomar las fotos, no planifico qué es lo que quiero, dejo que se vaya presentado solo. Trabajo mucho con el espacio, así que lo que sí suelo hacer es echar un buen vistazo al lugar que tengo disponible y ver qué puedo hacer con eso, pero soy una firme creyente de que la mejor composición es la que te sorprende gustándote sin que vos necesites hacer nada, la sorpresa en el resultado final es un factor que no resignaría en manos de algún tipo de planificación previa. Si hablamos de sesiones hechas para moda o empresas o particulares ya ahí estamos hablando en otros términos, porque ahí tenés una producción a tu disposición que te simplifica muchas cosas – como la locación, el vestuario, y hay una idea de concepto para la campaña que uno tiene que respetar – por supuesto, con sus libertades.

Can you See my Vision

Can you See my Vision

¿Qué medios materiales utilizas para hacer tus fotografías?

Todo lo que esté al alcance de la mano suma, si se lo sabe elegir con criterio. Por más de que no planifique mis composiciones sé distinguir muy bien en el ambiente aquellos elementos que no favorecerían a la imagen y trato de trabajar en ello pero no soy muy quisquillosa, todo sirve. No trabajo con trípode, me gusta usar aquello que tenga disponible en el momento para trabajar las diferentes alturas y distancias –siempre vi al trípode como un elemento que ayuda pero no me gusta estar supeditada a él.

¿Podrías relatarnos todo el proceso que lleva desde tu idea de una imagen a su plasmación?

Muy de vez en cuando tengo ideas previas a la concepción de una imagen. Lo que sí me pasa más frecuentemente es tener un concepto en mente y no saber qué imagen tomar para plasmarlo. Eso es lo que más me gusta, la parte del desafío y de la decisión, de la duda, la prueba y el error. Y siempre tomo más de una imagen diferente que pueda ser abarcada por ese concepto original – la decisión sobre qué muestro y que no responde a diversos criterios pero siempre trato de unificar lo que el público espera ver con aquello que yo efectivamente quiero mostrar. En ese sentido no dejo que me gane solamente lo que las personas quieren ver de mi trabajo, aunque lo sepa. Se toma la imagen, actualmente trabajo de forma digital con mi cámara casera, una HP Photosmart M627 (es una cuestión personal, sé que en algún momento voy a tener que usar una reflex por la misma demanda del trabajo y sus cuestiones, pero por el momento no veo razón para cambiar mi cámara) y de ahí se seleccionan cuáles quedan y cuáles no, para finalizar en la edición posterior que generalmente se hace en Photoshop o según dicen mis últimos trabajos, en Lightroom.

Follow You

Follow You

Una parte muy importante de tu trabajo tiene que ver con la edición en photoshop, con la creación de texturas. ¿Podrías explicarme que incidencia conceptual tienen estas intervenciones posteriores a la toma? ¿Utilizas otras herramientas además del photoshop?

Creo que la fotografía tiene dos momentos interrelacionados pero totalmente independiente uno del otro – la toma de la imagen y la post-producción de la misma. Cuando se utilizan programas como Photoshop o Lightroom, por nombrar los que yo utilizo, uno puede lograr que una foto no tan buena se vea mucho mejor pero es sólo eso, uno tampoco puede vender el espíritu de su trabajo. El aporte que puede hacer una acción de Photoshop es meramente una cuestión de colorización, un preset de Lightroom puede solucionar cuestiones como la luz o la exposición, una textura puede enfatizar una composición o agregar un elemento extra que ayude en la cuestión estética pero el sentido de la imagen, su significado y si significante no pueden provenir jamás del post-procesado. Y creo fervientemente en eso porque uno puede hacer un recorte y elegir qué parte de la realidad es la que va a comunicar o puede fusionar dos imágenes, pero de esa fusión va a partir el concepto de la imagen de forma global, no puede depender de cuestiones meramente estilísticas, la estética tiene que reforzar algo que tenga existencia independientemente de ella. Para decirlo de forma más concreta: el retoque es una gran herramienta que nos puede dar miles de posibilidades – que es capaz de mejorar una imagen si se lo usa como corresponde o de crear una aberración estética si se lo usa sin criterio pero si una imagen no dice nada, si no es capaz de transmitir nada per se, cambiarle los tonos o aplicarle una textura no va a hacer el milagro.

En uno de los comentarios que haces a pie de foto, hablas de la multitud de sentidos que puede tomar una misma imagen, simplemente combinándola con otras o editándola. De hecho, en tu serie Fusionary Imaginary juegas con esta idea utilizando el collage fotográfico. ¿Piensas que todavía podemos emplear el término objetivo referido a la reproducción de una imagen por medio del aparato fotográfico?

Por supuesto, si no lo creyera no tomaría imágenes! Creo que, como dije antes, una imagen puede tener sentido en sí misma o puede generar un significado totalmente nuevo al aplicarle otra imagen (de eso se trata mi serie Fusionary Imaginary, de lograr una unión de fotografías ya sean dípticos, trípticos, etc generando un nuevo concepto que se desprenda de la unión de esas imágenes trabajando de forma metonímica, la parte por el todo). Muchas veces veo que hay gente que utiliza esta técnica para generar gatopardismo (que parezca que todo cambia y que todo se resignifica para que en verdad todo permanezca igual), son meras elecciones personales, a mí en lo personal me gusta tener algo para decir.

En cuanto a la multiplicidad del mensaje fotográfico, eso es lo mejor y es quizás el factor mágico de todo esto: un texto puede ser interpretado también de muchas formas pero la posibilidad es inferior y siempre nos vemos en el dilema de si hemos entendido lo que nos han dicho o no. En cambio la imagen es un anclaje en sí misma, y cada cuál elige dónde anclar y cómo hacerlo – puede ser por sensaciones que despierta la propia imagen, puede ser un fenómeno plenamente evocativo y tratarse de una proyección que realiza la persona sobre un momento de su vida o una experiencia propia que la imagen le recuerda, es un proceso de empatía maravilloso. Y la cámara siempre está ahí, la cámara es el par de ojos que está eligiendo qué te muestra - está en vos poder descubrir por qué te lo está mostrando.

Share a Little Piece of your Blue

Share a Little Piece of your Blue

¿Ha pasado a mejor vida la fotografía analógica?

Yo creo que no, pero hay que ser muy cuidadoso al hablar de estos temas. Yo en lo personal me siento en deuda para con la fotografía analógica porque yo hasta el momento sólo he trabajado de forma digital, y considero que hay que llegar a la esencia propia de este arte que sólo te la puede dar la analogía. En este último período me he comprado varias cámaras analógicas y de hecho estoy esperando a un viaje que tengo programado para Octubre para poder probarlas. Pero decía que hay que ser muy cuidadosos con respecto a estas cuestiones porque, como con todo, hay intereses genuinos y hay modas, y últimamente la analogía ha tenido una buena parte de un interés genuino, pero también está siendo utilizada como una moda por varios.

En muchas de tus fotografías tú misma intervienes como modelo. ¿Qué función tiene esta intervención? ¿Eres tú la que está dentro del cuerpo fragmentado?

Siempre soy yo la que está dentro del cuerpo fragmentado, eso es lo evidente del asunto, por más que algunas de mis imágenes de mi misma utilice otros nombres de mujer son cuestiones meramente estilísticas – pero no podría negar jamás a mi propia persona en lo que hago.

Muchas veces me utilizo a mi misma como modelo por la necesidad de la urgencia: muchas veces siento el impulso de sacar fotos porque me viene algún concepto en particular y obviamente, no tengo un staff de modelos en mi casa entonces termino siendo yo la que posa porque sé que si pospongo el asunto luego no va a tener el mismo significado. También muchas ocasiones se trata de una cuestión de fidelidad a la idea original: por más que sea el trabajo del fotógrafo el guiar al modelo hasta alcanzar la pose que uno busca, muchas veces el modelo se acerca pero no lo logra en un 100% por la sencilla razón de que no puede ver las imágenes que una tiene en el cerebro entonces, en esos casos cuando sé que nadie sería capaz de lograr eso que necesito, lo hago yo.

The Voice Unheard

The Voice Unheard

Al contemplar tus trabajos da la impresión de que el tratamiento del espacio en tus imágenes es muy determinado: no tiene límites y, a la vez, quizás por la densidad que le confieres con tus texturas, adquiere una personalidad propia, una especie de identidad que se solapa con la identidad, a su vez diluida por la fragmentación y los escorzos, de tu figura. ¿Estamos hablando de un paisaje o de un retrato?

Un paisaje. A mí me gusta pensar que todo es un paisaje, incluso un retrato o un macro: todo es susceptible de cambio, y todo tiene una historia, incluso los poros en la piel. Por eso es que para mí todo es paisaje, incluso la más elaborada de las ideas. Todo aquello que me cuente una historia, desde la imagen más elaborada hasta un close-up de un ojo me muestra un campo de cosas que están allí con un motivo, con una razón, y que yo puedo considerar hermosas o no. Todo es una gran manta que se despliega ante los ojos, nos guste aquello que veamos o no.

Tus imágenes, esa especie de inserción de tu cuerpo en un ámbito que parece no haber sido colonizado aún, dan una sensación como de ternura resguardada, de debilidad que se protege para no ser hollada. Hay una especie de fragilidad fortalecida, de dignidad de lo que se muestra. Lala, ¿de qué nos están hablando tus fotografías? Si fuera su intención hablarnos de algo, claro. Y, si no lo fuera: ¿qué es lo que callan tus fotografías?

No sólo las mías, las imágenes que nos brindan la mayoría de las personas que viven de esto cuentan y callan. Fotografía, pintura, dibujos, lo que sea nos dice algo. Y en caso de que sean imágenes vacías, imágenes que para el creador no digan nada, lo bueno es que quizás a otra persona sí le pueden estar diciendo algo. En el caso particular de mis fotografías yo no las explico ni hablo de qué quiero decir o qué cuentan porque me parece que es como agarrar una tijera y cortarlas en pedazos, y si hiciera eso no sólo estaría limitando mi trabajo sino que también las estaría enfrascando y no les permitiría que tengan vida propia según el cariz con que se miren. Lo único que puedo decir es que mis fotos te dicen lo que vos quieras que te digan, y que se van a callar eso que vos no quieras escuchar.

 

Más información:

http://kumulonimbus.blogspot.com/

http://www.flickr.com/photos/lalamartin

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sábado, 19 de septiembre de 2009

El disecador de almas

Al padre Juan toda la vida le había rodado alrededor de las almas. Primero, por vocación, apadrinaba en su edad infantil niños infieles para ganar la salvación de sus almas; luego, por profesión, se ordenó sacerdote para procurar que las almas, salvables o no, cumplieran cada domingo con su condición feligresa; después, por pasión, perdió la razón y su propia alma por el alma de unos ojos; y, finalmente y hasta la actualidad, su obsesión era la de robar, disecar y coleccionar almas.

Extraerle a un cuerpo vivo su alma no es tan difícil como puede parecer, pero sí que requiere un cierto grado de pericia y, sobre todo, una perseverancia suficiente. Es cierto que en ocasiones alguien sin la más mínima preparación o siquiera intención se te lleva el alma y ya no la vuelves a ver; ni al ladrón ni a lo robado; pero esto sólo ocurre en ocasiones excepcionales.

Esa mañana era una más de mayo y Juan caminaba perdiendo los pasos entre otros días también perdidos y algún pensamiento distraído. Siempre paseaba hasta las dos y a las dos se tomó el vino en la taberna y bromeó y habló de futbol y del maldito aborto y los tiempos en general que ya no eran de credos ni de creencias. El bar estaba lleno de almas, pero ninguna de esas le interesaba. Eran almas de segunda o de tercera las que le miraban sin ganas de verle, sin ganas de hablar más que de aquellas cosas que se decían siempre como sin decir nada entre risas y renuncias a sentir las risas o las penas. Su alma tampoco era ya la que le vivió, pero se había acostumbrado a vivir con ella los días iguales y amoldados a sentir casi sin sentir las ausencias de su alma robada.

Tras el vino dos calles y un primer piso poco soleado y con los ruidos de la calle colándose por las ventanas que ya no cerraban bien ni abrían del todo para dejar salir el olor de libros que entumecía las tardes emparedadas con miedo a que uno de esos ruidos volviera a ser un canto de gitana o a que alguna luna llena se burlara desde la ventana. Se comió el guisado de ayer y se puso los guantes de látex antes de entrar al cuarto de las almas.

Tenía más de cinco mil almas perfectamente clasificadas y documentadas. Su colección era el resultado de más de diez años de trabajo, los diez años que hacía que a él le habían robado el alma por última vez, los diez años que hacía desde aquella noche en la que andando sin alma buscando su alma se encontró frente a un hombre que tras besar a una mujer en un portal caminaba con toda su alma hecha sonrisa y sueño y mañana en su cara y a Juan le fue tan fácil sentir envidia y dolor y rabia y llevarse aquella alma enamorada que tapara el hueco de su pérdida.

Encendió la potente y blanca luz de la habitación de las almas y se acercó a la mesa donde las disecaba. Se apretó con fuerza ambas sienes con sus respectivos dedos índice hasta que de su boca comenzó a decantarse sobre un molde rectangular una papilla gelatinosa y blanca. Cuando dejó de arrojar aquel grumo se quedó absorto mirando cómo aquel espeso líquido se iba solidificando a la vez que en su superficie se sucedían miles de imágenes narrando la historia de aquella alma. Tras cinco minutos escribió en una ficha todos los datos que identificaban su última disecación y, como cada vez que añadía un nuevo alma a su colección, sacó la fotografía del rostro de la mujer que a él se le llevó el alma diez años atrás. Era un rostro de mujer que miraba con sus ojos como sabiendo y sorprendidos a la vez, con unas nubes azules que parecían hacer de trasfondo, de cuarto oscuro donde la realidad deja de ser una señora estirada y aprende a jugar a jugar. Se acercó de nuevo a su última adquisición y comparó la fotografía con la imagen que mostraba el molde con el alma. Comprobó que una vez más esa alma no podía ser la de aquella mujer y la guardó en la vitrina que le correspondía. Cerró los ojos y todas las imágenes de la mujer se proyectaron en su corazón. Supo que algún día volvería a encontrar el alma de ella, su alma, no importaba que tuviera que disecar cien mil almas más.

Al pensar esto se estremeció con un sudor frío. ¿Qué alma de ella encontraría? Las almas se van sustituyendo unas a otras y cada una de ellas pierde para siempre a la anterior. La gente no se da cuenta, pero de pronto su joven alma ha sido robada y otra la sustituye, otra que ya no es tan espontánea, tan vívida, y así sucesivamente hasta que un día a la vieja alma que se ha quedado a vivir con él ya no la quiere nadie, ya no se la roban porque ya no tiene vida ni ilusión y la gente a eso le llama madurez. Las almas van de un ser a otro en un carrusel incesante hasta que un día se acartonan en el esternón de algún ser que ya casi no es, pero Juan se quitó estos pensamientos de la mente y se enjuagó la cara antes de ponerse la sotana y dirigirse a la iglesia para oficiar la misa de las siete.

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jueves, 10 de septiembre de 2009

Los sueños y los días

 

Volví a pasar por la misma calle de la acequia, por la fábrica abandonada con sus tres pilotes cerrando el camino, con su ruido a noche y su farol apedreado que lo sumía todo en la oscuridad misma, en la oscuridad igual de otra vez que recorría las mismas calles de aquella infancia que un día ya no despertó.

No veía nada y lo veía todo mezclado con los futuros humillados a pasado, con los pasados pervertidos por sus no querer ser o querer jugar a haber sido futuros. El tiempo se escondía en los portales y me sacaba la lengua a cada paso. Una burlona lengua sucia y larga como la vida. Seguí caminando entre las sombras y las grietas de aquel barrio antiguo. No tuve miedo o sí lo tuve y era eso el miedo. Tu sonrisa.

La fábrica se quejaba y los gatos la acompañaban. Era un ruido dulce de fábrica abuela, de vida replegada mirando hacia atrás, como esperando que llegara aquello que se rezagó. Eran gatos negros con la cola pisada y la vida magullada alrededor de los cascotes de la chimenea industrial. La fábrica hacía mucho que había sido derruida. En su lugar ahora había un centro municipal, un contenedor cultural lo llamaban, para no llamarlo nada.

La acequia tampoco estaba ya, pero yo la seguí, haciendo equilibrios, jugando a pisar la raya para no caer, para no pensar más en sí o en no. Mis amigos estaban en el sitio de siempre con sus conversaciones de apretar dientes y creer a ciegas, querer a tientos, entender a miles. Jugaban a la taba y a poner nombres a las cosas. Me acerqué a ellos y quise charlar, jugar, pero cada uno de ellos me miró y me dijo una palabra de esas que nadan bajo el agua sin oírse nada, sin decir nada, y cada uno de ellos se volvió, se sonrió, se fue, me dejó con la palabra sumergida en el agua que ya me llegaba hasta el cuello y dentro de mi cabeza nadaron sus palabras como peces bobos, ciegos y mudos, haciéndome cosquillas en los ojos y tragué saliva para no llorar. Se fueron todos. Sentí angustia y frío y con una arcada salieron todos los pececitos rosas por mi boca. Se cayeron a la acequia y allí siguieron sin decir nada. Sólo eran palabras.

Tras la acequia había un muro de mediana altura y tras el muro las vías del tren. El muro estaba lleno de pintadas de masones y requetés. También una que decía: "Bartolo se folla a la Carmen", y otra que decía: "¿Por qué no puedo estar con quien yo quiero?" y a mí me pareció una frase muy triste y llena de oes, que es como decir que las "o" copulan y son. Salté la acequia y me encaramé a la pared hasta llegar justo a la "o" de yo. Toqué en ella con los nudillos y al poco alguien abrió. Entré.

Dentro de la "o" todavía estaba más oscuro que fuera, así que al segundo coscorrón decidí arrodillarme y gatear con el máximo cuidado posible. Olía a hueco y un zumbido de o retumbaba por todas partes. Estaba en un túnel muy angosto y muy largo. Al fondo se vislumbraba un hilillo de luz. Cambié de postura y en ese segundo pasaron más de tres horas de gateo a medida que la luz se agrandaba hasta que todo fue luz y la "o" o el túnel ya no existía y yo caí en una luz muy blanca y pegajosa que me cubrió hasta llegar a tragar una especie de papilla con un extraño sabor a vainilla. En el fondo de aquella inmensa laguna sobresalía una plataforma como tierra firme. Nadé con mucha dificultad hacia allí y cuando llegué subí a ella. Era tan infinita como la laguna blanca, tan negra como el infinito y tan llena de palabras como los amores que vienen. Las palabras se lamían el clítoris unas a otras, se amontonaban entrelazadas y lascivas exhortando gemidos de placer para acompañar a sus fingidos orgasmos. Comprendí que me acababa de bañar en semen de letra y sentí un poco de asco.

Comencé a patear las palabras, a pisotearlas hasta que sus gemidos gimieron dolor y una de ellas, reventada por dentro, me dijo: "La literatura no puede ser distracción" y yo le di la razón y seguí pateándola hasta que dejó de gemir y continué abriéndome paso por la plataforma, pateando y leyendo un libro del revés donde pude leer:"El alomorfo de mi mirada es su reflejo en la tuya" y di un traspié y caí por un hueco de mirada azul precipicio y caí con el libro agarrado fuerte de las solapas y caí toda mi vida cayendo y gimiendo y rogué no sé a quién que despierte cuando llegue al fondo, que despierte y desperté y seguí cayendo con el libro agarrado por las solapas, seguí cayendo y desperté y seguí cayendo y al fondo no había nada, sólo otra vez la acequia, mis amigos dándome la espalda, la fábrica en ruinas, la vida del revés. Quise despertar. Dormir. Poder volver a soñar.

Le rogué a las sombras
unos gramos de oscuridad.
Y a la multitud pedí prestado
un poco más de soledad.
Al grito le pedí silencio,
calma a la ciudad.
Llamando por su nombre al sueño,
éste no tardó en llegar.
Había diecisiete espejos rotos
encima de un altar.
Reflejando esa parte de nosotros
que intentamos ocultar.
Había un mapa imaginario,
un libro sin final.
El camino estaba ya trazado
y algo nos impedía andar.
No puedo recordar jamás
cómo acaban los sueños.
Después de despertar
se desvanecen y los pierdo.
No puedo recordar.
No puedo recordar jamás...
Los sueños. Los sueños.
Cómo acaban los sueños.
De ceniza y de promesas rotas
se tiñó el amanecer.
Mis penas y mis huesos flotan
entre aviones de papel.
Diecisiete osos de peluche
buscan algo en que creer.
Diecisiete tumbas, diecisiete nubes,
lo intento, pero no puedo correr.
No puedo recordar jamás
cómo acaban los sueños.
Después de despertar
se desvanecen y los pierdo.
No puedo recordar.
No puedo recordar jamás...
Los sueños. Los sueños.
Cómo acaban los sueños.
No puedo recordar jamás
cómo acaban los sueños.
Después de despertar
se desvanecen y los pierdo.
No puedo recordar.
No puedo recordar jamás...
Los sueños. Los sueños.
Cómo acaban los sueños.

(091: “Cómo acaban los sueños”)

 

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jueves, 3 de septiembre de 2009

Las palabras perdidas

Me llamo Jonás Vallés y soy escritor de palabras perdidas. No os voy a negar que no me gano la vida con esto, ni con ninguna otra cosa, porque yo ya hace que no tengo ninguna vida que ganar.


Hasta hace unos años era prudentemente feliz y coleccionaba palabras. Las solía poner en fila, pegaditas unas a otras con sus conjunciones preposiciones comas y puntos; el pegamento habitual, vamos. Luego las repasaba una y otra vez y era como si me hablaran. Alguna gente a esto lo llama leer. Yo siempre lo he llamado soñar.


Un día quise pasar de coleccionar las palabras a coleccionar sueños y de coleccionar sueños a coleccionar momentos que convertir en recuerdos y entonces todo se jodió. Los recuerdos olvidaron los momentos, los momentos se burlaron de los sueños y los sueños sepultaron las palabras en afanes. Las palabras se murieron, casi todas de tuberculosis, pero algunas lograron escapar entre escupitajos y se descolgaron por la ventana, aprovechando que mi mujer la había abierto para escuchar a la gitana que cada primavera pasaba cantando la misma cantinela. Yo me había quedado absorto mirando su sexo transparentarse a través de las sayas que se ponía para planchar. Cuando quise darme cuenta la palabra adiós llegaba ya la calle y mi mujer y yo nos miramos largamente. El resto de las palabras murió de pena cuando ella se fue.


Luego todo fue una condena de puntos suspensivos y el amargo intento de reducir los silencios a su única palabra, pero ni siquiera ésta quería hacerme compañía, así que me dediqué a buscar el sida o alguna gonorrea entre los anuncios por palabras. Hasta que otra mañana de abril volví a oír cantar a la gitana e intenté imaginar aquel sexo que planchaba para que el delirio se me disfrazara de algo parecido a los sueños antiguos. En uno de los anuncios leí este texto:


"Palabra busca escritor que la escriba. Máxima discreción. Sólo mañanas. Teléfono XXXXXXXXX."


Llamé enseguida, pero comunicaba. Seguí llamando hasta que por fin una voz se descolgó por el auricular. Era una voz de mujer que decía: "¿Hola?, ¿hola?". Pasaron cinco o seis ¿holas? hasta que yo pude articular sonido y decir hola, era por el anuncio, yo soy escritor...


La voz de mujer era de las que te enlazan con su humo y te mecen junto a la narguile de sus respiros. Caí inmediatamente en el pozo de la palabra amor y me clavé las uñas para que mi sudor supiera a vino vestido de roja sangre que brindar a aquel sueño que esa otra mañana de abril volvía a disfrazarlo todo.


El trabajo era sencillo. Cada mañana, salvo lunes y martes, hasta que de nuevo cantara la gitana, tenía que escribir en escrupuloso orden cada una de las palabras que aquella voz me dictara, en un cuaderno tamaño cuartilla con tapas de hule negras. Bajo ningún concepto podía corregir nada de lo que escribiera ni volver a leer lo escrito. Cada hoja quedaba sepultada en el día en que se escribió, cada día moría ahogado en la tinta de unas palabras que no tendrían ayer. Acepté el trato.


Esa misma mañana, con mi viejo lápiz y mi libreta de hule negra, empecé a recuperar aquellas palabras que había perdido. La voz de aquella mujer dibujaba volutas de humo que adoptaban en cada momento la forma de la palabra que a mí me abrazaba muy dentro, como adivinando con cada tono de voz, con cada pausa, el pulso de mi respiro. Yo tenía prohibido hablar, preguntar. Sólo podía imaginar.


Imaginar puede convertirse en la droga más destructiva, en una tortura imposible y a la vez imprescindible. Mis mañanas eran su voz y mis tardes y noches se convirtieron en su eco latiendo en mis venas, en mi cabeza, en mi pene, en mis orejas rojas de frío esperando y temiendo la primavera. Desde que su voz callaba tras el teléfono, no podía hacer otra cosa que salir a la calle y caminar con ese rumbo fijo que tienen los que no van a ninguna parte. Caminaba durante horas sin ver, sin saber, sólo reteniendo en mi memoria, repitiendo en voz baja, cada una de sus palabras, en fila, en el mismo y riguroso orden en que ella me las había ido diciendo desde el primer día. Cada día empezaba de nuevo y añadía un nuevo día y volvía a empezar hasta tener toda la historia completa grabada en mi mente. Las lágrimas resbalaban cara abajo mientras recitaba los salmos de aquella voz. La gente me miraba con recelo y se apartaba. Yo a veces gritaba porque mi voz no era su voz, otras veces reía como un niño porque aquella historia era la historia más bonita que nunca nadie podía haber soñado.


LLegó la mañana en que la gitana volvió a cantar y la voz de la mujer en el teléfono me dijo:


—La historia termina aquí. Quema la libreta.

—Tengo que verte.

—Quema la libreta.

La quemé.


—Ahora cierra los ojos.


Los cerré y vi el rostro de mi mujer, su sexo transparentándose, sus silencios y todo ese amor que dejé escapar junto con las palabras.


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martes, 1 de septiembre de 2009

Alejandra Pizarnik: Los bordes arruinados.

Los bordes arruinados.

El límite natural de las cosas.

Perdido su sentido para siempre.

(Alejandra Pizarnik)

Decir que la muerte fue el último poema de Alejandra Pizarnik es muy fácil, pero no por ello hay que dejar de decirlo. Saber que se suicidó o murió por accidente es completamente superfluo porque ella ya se había suicidado con el primer poema, con el primer atisbo de ese borde arruinado que la separaba de tantos adentros y la exponía a todos los afueras.

La frontera entre Alejandra y lo que no era Alejandra rasgaba por dentro como un alambre de espinos, como una cámara de exterminio donde el ejecutor era la conciencia, el desgarro de la conciencia, de buscarse a uno mismo y verse reflejado en espejos de latón que distorsionan lo que uno quisiera ver o haber visto o haber soñado. Lo que más daño le infrigío fue siempre la parte de dentro del borde.

Del borde destruido vino la opción del suicidio, la no muerte, o el no suicidio, la muerte perpetua vestida de miedo y permanencia entre las aristas. Pero esto no era una opción, era sólo la salvación de la locura del escribir para no serlo, locura, del no escribir para serlo, muerte.

El borde apareció un día en el que al mirar atrás Alejandra vio que el territorio de la infancia se había quedado yermo y sin ella, que ella se había quedado sin tierra ni futuro: ¿A dónde ir más allá de la infancia cuando tú ya no estás más allá de ti misma, cuando el único refugio a lo que no duele son las muñecas inermes?

Y ante todo esto sólo buscar el silencio, sólo querer el silencio como único poema que nos explique, que nos mantenga mirando aquellas azucenas azules que nos permitían no pensar más, no pensar más y saber que todo ya lo tenemos pensado. El silencio de lo todo dicho, de lo todo sentido, absoluto discurso de ninguna palabra.

El silencio que cauterice la extrañeza de tu imagen en el espejo de latón, de tu doble mentiroso de ti mismo, de tu mueca de payaso gritando pánico y pidiéndote perdón, de tu muñeca azul madera muerta que un día te regaló Julio cuando tú y todos y la reina de corazones ya sabíamos que andabas muerta, que morías viva queriendo ser cualquier cosa que no fuera o por lo menos que no doliera tanto. Extrañeza de ti misma y de lo extraño de ti misma rozándote un poco húmeda de flujos y lágrimas contra el borde de todas esas identidades que se te amontonan sin dejarte ser sin más.

Tú también viajaste a París, como ella, y estuviste con Julio, como ella. Tu boca y algo de su mirada se os parecen y me recuerdan que en el fondo cada palabra es la misma para ti o para ella. Doble. Espejo. París y Cortázar en el restaurante Polidor bebiendo Sylvaner ante un château saignant, ella con dieciséis años viajando en tren a París con Rayuela entre las manos y tú queriéndote bañar en el mismo baño de sangre de la condesa Báthory con la sangre de todas tus muñecas desmembradas, con la sangre de la muñeca azul que Julio inventó para ti cuando ya estabas muerta, con la sangre de la sangre de todas las magas: tú la maga del Pont Neuf, ella la la maga que disfrazaba las palabras con el color de las jacarandas y atravesaba el espejo de puntillas con las puntas cruzadas al son de la música de un anello sobre el Arno. Palabras para esconder los silencios. El silencio.

Y el eco es la coincidencia que nos envuelve y nos re-tumba en tu apartamento de Buenos Aires, allí donde el accidente o tu voluntad dejaron de escribir, en el 980 de la calle Montevideo, junto a todas tus muñecas muertas y destripadas por la tristeza, había un retrato de Cirlot, el gran enamorado de lo absoluto imposible Cirlot, ella me regaló su libro, el que buscó a Bronwyn como yo la busco a ella por la calle de París y por todas las calles con miedo a encontrarla porque ya no será ella porque ya no seré yo y esa es nuestra muerte cobarde y usada, sudada y envuelta en la mortaja triste de lo gastado y gris.

Por eso la no muerte hubiera sido tu muerte, Alejandra, por eso invirtiendo las palabras en su reflejo, volviéndolas del revés, es la única forma en que las maravillas pueden ser. Melancolía, bohemia, angustia… son los nombres de los lugares por donde nos jugamos a ser, son los espejos donde estas palabras se convierten en el vaho que ella, que tú, algún día lea, que algún día veas, y entonces, Alejandra, vuestros labios, esos labios que tanto se os parecen, se frunzan, frente al borde arruinado del espejo, con un leve recuerdo de cariño y ternura.

alepizarnik

Si te atreves a sorprender
la verdad de esta vieja pared;
y sus fisuras, desgarraduras,
formando rostros, esfinges,
manos, clepsidras,
seguramente vendrá
una presencia para tu sed,
probablemente partirá
esta ausencia que te bebe.

«Los trabajos y las noches»

------------------------------------------------------

Ese instante que no se olvida
Tan vacío devuelto por las sombras
Tan vacío rechazado por los relojes
Ese pobre instante adoptado por mi ternura
Desnudo desnudo de sangre de alas
Sin ojos para recordar angustias de antaño
Sin labios para recoger el zumo de las violencias
perdidas en el canto de los helados campanarios.
Ampáralo niña ciega de alma
Ponle tus cabellos escarchados por el fuego
Abrázalo pequeña estatua de terror.
Señálale el mundo convulsionado a tus pies
A tus pies donde mueren las golondrinas
Tiritantes de pavor frente al futuro
Dile que los suspiros del mar
Humedecen las únicas palabras
Por las que vale vivir.
Pero ese instante sudoroso de nada
Acurrucado en la cueva del destino
Sin manos para decir nunca
Sin manos para regalar mariposas
A los niños muertos

“A la espera de la oscuridad”

------------------------------------------------------

Son mis voces cantando
para que no canten ellos,
los amordazados grismente en el alba,
los vestidos de pájaro desolado en la lluvia.
Hay, en la espera,
un rumor a lila rompiéndose.
Y hay, cuando viene el día,
una partición de sol en pequeños soles negros.
Y cuando es de noche, siempre,
una tribu de palabras mutiladas
busca asilo en mi garganta
para que no canten ellos,
los funestos, los dueños del silencio.

“Anillos de ceniza”

------------------------------------------------------

La que murió de su vestido azul está cantando.
Canta imbuida de muerte al sol de su ebriedad.
Adentro de su canción hay un vestido azul, hay
un caballo blanco, hay un corazón verde tatuado
con los ecos de los latidos de su corazón
muerto.
Expuesta a todas las perdiciones, ella
canta junto a una niña extraviada que es ella:
su amuleto de la buena suerte. Y a pesar de la
niebla verde en los labios y del frío gris en los
ojos, su voz corroe la distancia que se abre entre
la sed y la mano que busca el vaso.
Ella canta.

“Cantora nocturna”

------------------------------------------------------

y qué es lo que vas a decir
voy a decir solamente algo
y qué es lo que vas a hacer
voy a ocultarme en el lenguaje
y por qué
tengo miedo

“Cold in hand blues”

------------------------------------------------------

10
un viento débil
lleno de rostros doblados
que recorto en forma de objetos que amar

14
El poema que no digo,
el que no merezco.
Miedo de ser dos
camino del espejo:
alguien en mí dormido
me come y me bebe.

17
Días en que una palabra lejana se apodera de mí. Voy por esos días
sonámbula y transparente. La hermosa autómata se canta, se encanta,
se cuenta casos y cosas: nido de hilos rígidos donde me danzo y me
lloro en mis numerosos funerales. (Ella es su espejo incendiado, su
espera en hogueras frías, su elemento místico, su fornicación de nom-
bres creciendo solos en la noche pálida.)

33
alguna vez
alguna vez tal vez
me iré sin quedarme
me iré como quien se va

“Árbol de Diana”

------------------------------------------------------

ante la lúgubre manía de vivir
esta recóndita humorada de vivir
te arrastra Alejandra no lo niegues.
hoy te miraste en el espejo
y te fuiste triste estabas sola
y la luz rugía el aire cantaba
pero tu amado no volvió
enviarás mensajes sonreirás
tremolarás tus manos así volverá
tu amado tan amado
oyes la demente sirena que lo robó
el barco con barbas de espuma
donde murieron las risas
recuerdas el último abrazo
oh nada de angustias
ríe en el pañuelo llora a carcajadas
pero cierra las puertas de tu rostro
para que no digan luego
que aquella mujer enamorada fuiste tú
te remuerden los días
te culpan las noches
te duele la vida tanto tanto
desesperada ¿adónde vas?
desesperada ¡nada más!

“La enamorada”

------------------------------------------------------

Este temporal a destiempo, estas rejas en las niñas
de mis ojos, esta pequeña historia de amor que
se cierra como un abanico que abierto mostraba a la
bella alucinada: la más desnuda del bosque en el
silencio musical de los abrazos.

“Naufragio inconcluso”

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Sólo la sed
el silencio
ningún encuentro
cuídate de mí amor mío
cuídate de la silenciosa en el desierto
de la viajera con el vaso vacío
y de la sombra de su sombra

“Poema 3”

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Mañana
me vestirán con cenizas al alba,
me llenarán la boca de flores.
Aprenderé a dormir
en la memoria de un muro,
en la respiración de un animal que sueña.

“Sombras de los días a venir”

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“El sabor de las palabras, ese sabor a semen viejo, a vientre viejo, a hueso que despista, a animal mojado por un agua negra (el amor me obliga a las muecas más atroces frente al espejo). Yo no sufro, yo no digo sino mi asco por el lenguaje de la ternura, esos hilos morados, esa sangre aguada. Las cosas no ocultan nada, las cosas son cosas, y si alguien se acerca ahora y me dice “al pan pan y al vino vino” me pondré a aullar y a darme de cabeza contra cada pared infame y sorda de este mundo.”

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«Abandono de todo plan literario. Las palabras son más terribles de lo que me sospechaba. Mi necesidad de ternura es una larga caravana. sé que escribo bien y esto es todo. Pero no me sirve para que me quieran».


Más información:

http://cvc.cervantes.es/ACTCULT/pizarnik/

Completísimo estudio del Centro Virtual Cervantes sobre Alejandra Pizarnik. No hacen falta más enlaces. Allí encontraréis información muy interesante y una completa bibliografía.

http://www.ucm.es/info/especulo/numero28/alepizar.html

Un buen estudio de Carlos Luis Torres Gutiérrez sobre su figura literaria y humana.

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Gracias y reconocimientos a mis camaradas Alber y Manolo por alumbrarme este texto en una falsaria y sabrosa no cena.

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